Paisajes abstractos en la Galería Secreta

By on febrero 23, 2024

Arte

El jueves 29 de febrero se inaugura, a las 19:00, la exposición Paisajes abstractos, en la Galería Secreta, curada tanto por Mario Torre como por el pintor Roy Sobrino. La exposición reúne a nueve destacados pintores abstractos: Gabriel Ramírez, Roy Sobrino, Ralf Walter, Jorge Carlos Zoreda, Jaime Barrera, Alberto Urzaiz, Celina Fernández, Lida Ponce y Francisco Barajas.

El título de la exposición –Paisajes abstractos– es más que una mera figura de estilo: muchas de estas obras transitan entre la abstracción pura y la idea de paisaje. Algunas incluyen además rostros y personajes, sin ser propiamente retratos.

Así, por ejemplo, la obra de Gabriel Ramírez, Las hermanas Pickford (1965), que sin duda hace referencia a las dos famosas actrices del cine mudo, representa dos rostros ejecutados de tal manera que, en su infantilismo voluntario, nos remiten ipso facto al grupo CoBrA. Es precisamente por la presencia de estos dos rostros en el cuadro que las coloridas celdas cloisonnées que componen la obra se convierten en un paisaje natural, perdiendo así intencionalmente su cualidad meramente abstracta.

Algo similar sucede con la obra de Roy Sobrino (2024) en la que vemos en el primer plano el Rostro abstracto que le da su título. Frente a esta figura es difícil no pensar en El grito, de Edvard Munch. De inmediato, las vibrantes franjas de colores, características de la pintura de Sobrino, se convierten en una suerte de fondo reminiscente del paisaje angustiante que caracteriza la famosa obra del expresionista noruego, aunque sin que ello merme del todo la alegre espontaneidad a la que nos ha acostumbrado Sobrino.

La obra de Ralf Walter, La corte (2023), sorprende por la manera en que el pintor es capaz no sólo de equilibrar las formas irregulares con las que compone su obra, sino de integrar a la vez en ellas el caos de lo aleatorio por medio de rayones de diversa índole. El resultado es una obra abstracta extremadamente balanceada, geométrica en esencia, que, sin embargo, evoca el paisaje urbano de las grandes capitales del mundo como Nueva York o, mejor aún, Berlín.

El lienzo de Jorge Carlos Zoreda, Mensajes ocultos (2023) también parece aludir a un paisaje urbano. Sería difícil no ver aquí referencias al grafiti callejero, como sucede con la obra de Walter. No obstante, lo que aquí predomina es el ritmo y la energía. Si algo reivindican los trazos libres que vemos ante nosotros es el movimiento alegre de la vida. Sin embargo, a pesar de su dinamismo, asombra aquí también el gran equilibrio de esta composición en la que se combinan estructura y libertad, como sucede en el Jazz.

La obra sin título de Jaime Barrera también nos introduce en un universo poético hecho de texturas metálicas y rugosas, sugerentes de un papier déchiré cuyas formas diversas muestran cierta afinidad con aquellos paisajes que surgen de los muros viejos cuando uno se permite contemplarlos, como lo recomendaba Da Vinci en su Tratado de la pintura. Si bien la obra es plenamente abstracta, es difícil no ver surgir en ella todo tipo de pareidolias animales, evocativas, hasta cierto punto de la pintura rupestre.

Puesto que de pareidolias se trata, ante la superficie curva sobre fondo azul de la obra sin título de Alberto Urzaiz (2024), uno se resiste inútilmente a imaginar el cuerpo de una mujer. Por otro lado, los negros y grises azulados que dan vida y profundidad a esta silueta abstracta nos introducen en una suerte de paisaje onírico que tiene algo de los ambientes nocturnos cultivados por el simbolismo o el romanticismo, pero también de la pintura oriental.

Algo similar sucede con Premonición (2020), de Celina Fernández que, debido a los rojos y de los negros que en ella predominan, sugiere un espacio cercano al de los mitos y leyendas. Aquí también uno duda del carácter plenamente “abstracto” de la obra debido a la profundidad del paisaje interior al que nos confronta, el cual parece ser aquel que se dibuja en las lejanías del espíritu cuando el presentimiento quiere señalarnos, por medio de formas que se rehúsan a definirse del todo, que algún evento está a punto de acontecer.

Quizás sea en la obra de Lida Ponce que reconocemos más fácilmente la idea de paisaje natural. Ante las formas orgánicas que nos presenta en Atardecer (2024) es imposible no pensar en ello. Aquí el goce que provoca la obra es sin duda afín al que produce la simple contemplación de la naturaleza: reconocemos los rosas y encendidos naranjas con los que ciertas puestas de sol dan color a las nubes grises, así como el contraste deliciosamente suave que así se produce cuando el cielo se encuentra con el azul turquesa de las olas del mar.

En cambio, entre todas las obras que se han descrito hasta aquí, quizás sea la de Francisco Barajas la que más se aleja de la idea de paisaje natural. En su óleo sin título (2021) vemos un fondo constituido de cuadrángulos en escala de grises sobre los que se sobreponen fragmentos de círculos sabiamente coloridos que dan vida y ritmo a la obra, pero de tal manera que el único espacio al que podría remitirnos su armonía y equilibrio formal sería el de las ideas puras.

Así pues, ante esta muy bienvenida muestra, el visitante encontrará una valiosa ocasión de reflexionar y, sobre todo, de disfrutar, de los múltiples lazos que la abstracción puede mantener, o no, con el paisaje, sea este natural, interior, o puramente ideal.

ESTEBAN GARCÍA BROSSEAU

garciabrosseaue@gmail.com

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