La Matanza de Cerdos

By on octubre 19, 2016

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Recuerdos de Mi Infancia: 1935 – 1938

Hopelchén y Dzibalchén, Campeche

Mérida, Yucatán, México

CAPÍTULO 28

La Matanza de Cerdos

Creo que entre todos esos tantos y variados trabajos en que ayudaba al tío José del Carmen Barrera Lara como principiante voluntario, en el que más y mejor aprovechaba mi colaboración era en la matanza de cerdos, que regularmente efectuaba. Unas dos o tres veces por semana, de acuerdo con la competencia que se presentase, porque también los otros propietarios de tiendas hacían lo mismo cuando la oportunidad se les presentaba. Esa era precisamente la ventaja que tenía el tío sobre sus competidores: los cerdos se criaban allí mismo en los corrales, y no era necesario estar andando a la expectativa, en espera de una buena compra a la que se le pudiese sacar provecho. El tío José del Carmen tenía la baraja en la mano… y los cerdos.

Siendo el tío el que con más frecuencia realizaba esas operaciones, yo ya estaba convertido en un verdadero ayudante en lo de ajusticiar inocentes cerditos que no tenían más pecado en esta vida que pasárselas de sabrosos, tragando y durmiendo, sin sospechar que era eso lo que iba a conducirlos al cadalso cuando ya se hallasen bien cebados y rechonchos. Con su vida pagaban los grandes lodazales que por todo el corral tenían formados, y en donde gustaban remojar los hocicos antes de echarse a dormir en ellos.

El tío o uno de sus ayudantes eran los encargados del sacrificio, que se efectuaba con una especie de espada con la cual se le buscaba el corazón, introduciéndola debajo de una de las patas delanteras, que previamente se le levantaba. Cuando eran dos los cerdos que se sacrificaban en el mismo día, y la carne no se gastaba a pesar de los pedidos y la demanda en la mesa, entonces mi cooperación se empleaba en transportar a la casa toda la carne sobrante, para que allí se le salase, a fin de conservarla y venderla al día siguiente.

Pero eso era sólo la mitad del trabajo. La otra parte llegaba al día siguiente. Se alistaban de nuevo los calderos, se prendía de nuevo la lumbre y allí se echaba toda la piel del marrano, que más adelante saldría convertida en apetitosos y olorosos chicharrones, en chicharrones que la gente comenzaba a pelearse antes que saliesen de los calderos. Su producción era mucho más limitada que la carne, y porque eran mayores los encargos que se tenían.

José del Carmen Barrera Lara en el centro de la imagen. De espaldas, su hijo Rafael Barrera Baqueiro, y a su derecha el niño Raúl Emiliano Lara Baqueiro.

José del Carmen Barrera Lara en el centro de la imagen. De espaldas, su hijo Rafael Barrera Baqueiro, y a su derecha el niño Raúl Emiliano Lara Baqueiro.

Raúl Emiliano Lara Baqueiro

[Continuará la próxima semana…]

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