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LA JUSTICIA VORAZ DE LAS HOGUERAS
Una imperturbable tarde de noviembre de 1562 comienzan a reunirse graves inquisidores en la plaza del pueblo de Maní. Se congregan para castigar a los heresiarcas sorprendidos en la quema del copal y en la ofrenda de corazones de venados ante sus ídolos. En ese infinito descampado aguarda la aparición de los herejes una muchedumbre de indios aterrorizados. Son criados, cocineros, carpinteros, albañiles y agricultores. Están todos de pie alrededor de una hoguera que arde con tranquila malignidad y de algunos complicados aparatos de tortura.
Atados, ataviados con sambenitos injuriosos que delatan su calidad de criminales, comienzan a llegar a la plaza cientos de indios conducidos por alguaciles españoles. Marchan sustentados en toques de trompetas y tambores, precedidos de atristados hermanos franciscanos.
A lacónicos dictámenes proceden tormentos brutales. Exorcistas frenéticos pronuncian, a gritos, apasionadas jaculatorias para arrancar etéreos demonios del cuerpo de los indios. Se execra a los dioses paganos, se derrumban ídolos. A la hoguera van a dar por igual efigies idolátricas, códices sagrados, altares y meritorios vasos esgrafiados.
Presiden esas indignidades el fraile Diego de Landa y el doctor Quijada.
EL HORROR DE LOS HERESIARCAS
Al auto de fe de Maní sucede un dilatado ciclo de excesos abominables en nombre de la Iglesia. Coludidos el doctor Quijada y el padre Landa maquinan suplicios bestiales para escarmentar la inocente herejía de los naturales. La presencia de esos inexorables embajadores de la justicia divina provoca horror a los indios y los precipita al suicidio (que les veda padecer el suplicio de los inquisidores). Un muchacho que aguarda su turno fatal determina horadarse la garganta con el filo de una piedra para no ser horadado por las barras españolas. Otros se cuelgan de taciturnos ceibos en los bosques. Se emiten ordenanzas atroces. Muchas las firma Landa y las redacta de esta manera:
“…yo mando que prendáis el cuerpo de Gaspar Che, indio, señor y cacique del pueblo de Sacalum, y preso y a buen recaudo lo poned en la cárcel en manera que no se ausente y la ejecución del Santo Oficio se ejecute, lo cual así haced y cumplid porque conviene así al servicio de Dios Nuestro Señor…” (Scholes y Adams Don Diego Quijada, Alcalde Mayor de Yucatán, 1938)
GENEROSO INVENTARIO DE SUPLICIOS
La persecución es porfiada. Al bárbaro acosamiento se suman feroces perros de caza ensayados para rastrear el terror de los heresiarcas. No hay forma de escapar: con enfadosa meticulosidad son registrados edificios, cuevas y remotos parajes de la selva. Al atrapamiento prosigue el suntuoso infierno del suplicio. He aquí, para constancia del lector, algunos de los tormentos aplicados a los apóstatas por los vesánicos magistrados del Santo Oficio:
De una alta viga pende un hombre. Está desnudo y cuelga de las muñecas. Para hacer su pena más dolorosa le han sido atadas gravosas piedras a los pies. En esta insufrible posición es mantenido muchas horas. De pronto, la tortura sufre una variación: un depravado alcaide español comienza a rociar el fatigado cuerpo con cera hirviente. Para rubricar aquella angustia le aplican a la víctima una generosa ración de latigazos. Practican otra malvada variación: darle incontables vueltas al colgante y soltarlo de pronto para deshacer las vueltas.
La tortura del agua: atan al prisionero a un burro de madera: para inmovilizarlo le ligan los brazos y los muslos y se los tuercen y aprietan con garrotes. Le abren la boca con un palo y le hacen beber agua sin medida. Cuando la barriga se ha hinchado hasta el límite, de alguna parte surge un diabólico alguacil que se sube de pies encima de ella y procede a oprimirla hasta que el agua fluye con violencia por la boca, los oídos y las narices.
El padre Landa dictó, entre otros, estos funestos veredictos:
1
“A Francisco Tun, mozo de escuela, por quemar copal a los demonios y por encubridor de indios idólatras, condenamos a que sea trasquilado y que con una coroza en la cabeza y una soga en la garganta esté de pie toda una misa y que le sean dados cien azotes a raíz de las carnes.” (ibíd).
2
“A Diego Hau a que sea trasquilado, y encorozado y con una soga en la garganta y candela encendida en la mano y en pie toda una misa y que le sean dados cien azotes a raíz de las carnes y que traiga puesto por tiempo y espacio de dos años precisos un sambenito.” (ibíd).
3
“A Francisco Balam, principal sacerdote falso del demonio, a que sea trasquilado, encorozado, soga en la garganta y candela encendida en las manos a toda una misa de pie, y a que le sean dados cien azotes a raíz de las carnes, y más lo privamos del oficio de principal por todos los días de su vida y en destierro de dicho pueblo… Y esto porque reincidió en sus más costumbres, idolatrías y sacrificios a los demonios desde un año en adelante después que fue bautizado, haciéndose sacerdote falso del demonio, pervirtiendo y encubriendo idolatrías.” (ibíd).
EL EFÍMERO MILAGRO DE UNA JUSTICIA NUEVA
Tamaña barbaridad ameritaba un castigo. Un religioso bien intencionado, el obispo Toral, arriba a Yucatán en medio de ese desenfreno inquisidor. Llega con el fuego de una justicia nueva, expide órdenes para liberar a los atormentados. El mismo suelta los grillos a moribundos torturados. La lacerante operación de ese fanatismo homicida debe cesar de inmediato. Se instruyen los procesos a los responsables.
LAS INAGOTABLES IMPUTACIONES
Cientos de testigos declaran contra Landa. Corroboran, con cada nuevo testimonio, la aborrecible conducta del religioso. Lo acusan, literalmente, de “haber atormentado en tormentos de cuerda, azotes, hachas de cera ardiendo y cárceles a… (aquí viene una extensa relación de torturados) los cuales todos murieron de los sobredichos tormentos y no de otra cosa alguna.” (ibíd)
He aquí otra parte de esa alegación:
“Tampoco nombro los mancos y lisiados que quedaron de los tormentos tales que hoy en día a cabo de año y medio que los atormentaron, no pueden trabajar ni comer con sus manos, y yo los palpé con las mías y vi con mis ojos y sería proceder en infinito.” (ibíd)
Y una más:
“Tampoco cuento los indios que huyendo de los tormentos que les querían dar los religiosos se huían a los montes y se ahorcaban por no venir a padecer y morir como habían visto a otros de sus compañeros.” (ibíd)
LE ROI LE VEUT…
El Consejo de Indias respalda las acusaciones formuladas en ese proceso. Con vasto impudor los acusados rechazan los cargos. El dilatado juicio retiene al religioso largo tiempo en España. Se gasta esos años componiendo su famosa relación, tan infatigablemente consultada. Landa conjetura que ya no volverá a Yucatán: sus enemigos en esa remota provincia desfavorecen su regreso. Los indios impugnan también ese eventual retorno. Una carta signada por cuatro gobernadores mayas dirigida al rey Felipe II es irrefutable muestra de su repudio por ese franciscano feroz y por sus secuaces. Pero Landa cuenta con amigos en la provincia que demandan al rey el inaplazable regreso del religioso. Conociendo la simpatía de ese católico monarca por Landa el lector puede prever el fin: Felipe deja transcurrir el tiempo; después, no sólo le concede al acusado un desatinado perdón, sino que lo nombra obispo de Yucatán. Ocupará la sede vacante de su equitativo adversario el fallecido prelado Toral.
UNA ANTIGUA SOBERBIA INDEMNE
Su inoportuno retorno sacude a la provincia. Amparado por el rey comienza por tomar venganza de los viejos agravios de sus opositores. Su primitiva soberbia está intacta. Aparte esa rutina revanchista, Landa sabe aplicarse con esmero a la administración de su nuevo cargo. Por las calles, metido en su pobre hábito, ensaya de nueva cuenta su embaucadora humildad. Lo precede un negrito, su criado, que lo escolta por todas partes. Viaja también a otras provincias.
EL ÁNGEL DE LA ESPADA DE FUEGO
El año de 1575 Landa visita la provincia de Tabasco: ahí le ocurre uno de sus rumbosos prodigios. En aquel sitio impera una caterva de hechiceros idólatras que intimidan a todo un pueblo; el fraile, con su vigilante espíritu censor, los encuentra culpables de herejía y los castiga a su manera; los escarnecidos brujos determinan asesinarlo. El plan estriba en hundir el puente al momento en que Landa cruce el río. Pero el proyecto aborta simplemente porque el franciscano cumplirá la jornada escoltado por un ángel guardián. El excitable cronista Cogolludo explica que el ángel era muy bello, y que no le faltaban las alas y que –como el radiante Querubín que guarda el camino del árbol de la vida (Génesis, III, 24)– esgrimía una espada de fuego contra los hechiceros.
CRÍMENES INTERMINABLES
Volvamos al doctor Quijada. A ese eminente malvado le fueron formulados decenas de cargos por sus crímenes. Para obviar al lector la cansada enumeración de esas acusaciones me limitaré a presentar la siguiente síntesis:
Erigió, asociado con Landa y tres otros frailes autoasignados magistrados del Santo Oficio, innumerables cadalsos para castigar supuestas herejías. Provistos de rebenques, conducían a los indios en atropellada procesión. Los obligaban a llevar corozas en la cabeza. Los ataban, unos con otros, con sogas, los hacían portar candelas en las manos y cantar, semidesnudos y en montón, el Miserere mei. Los frailes encabezaban ese injurioso desfile: ostentaban en las manos el estandarte real con las insignias del Santo Oficio. Coludido con los inquisidores, Quijada mandó cumplir coram populo las despiadadas sentencias dictadas por aquellos tribunales de la infamia. Juró, ante los Evangelios, que esas sentencias eran precisas y que merecían su aprobación. Este juramento lo pronunció en la Casa de Dios, puesta su mano derecha sobre un misal. Cuando terminó de jurar hizo azotar a los indios y mandó quemar los ídolos y los huesos de los muertos acusados de herejes.
La suma de las víctimas alegada por los acusadores de Quijada es pasmosa: cuatro mil quinientas nueve personas fueron ahorcadas y atormentadas. Seis mil trescientas treinta flageladas y trasquiladas. Ciento cincuenta y siete expiraron durante las agonías de tormentos intolerables. Trece fueron halladas colgadas de los árboles del monte. Diez y ocho meramente desparecieron. La cifra de mancos y lisiados es infinita.
Los despojos de ciento catorce personas enterradas en iglesias y cementerios fueron exhumados y los huesos quemados y hechos polvo ante la muchedumbre. Se opuso Quijada a sepultar a los fallecidos en el suplicio: esos agraviados cadáveres fueron quemados a la luz del día.
Quienes lo sirvieron en las extenuantes labores de su hacienda jamás alcanzaron a percibir retribuciones. En cambio, la cantidad de tributos exigida a los indios por el alcalde mayor durante su estancia en Yucatán es portentosa.
De otras muchas infracciones se hace responsable a Quijada; por ejemplo, de adulterio, estupro y promiscuidad. Se le tacha de ser un hombre vicioso del pecado de la carne, de ser apasionado de los juegos de azar y amigo de piratas y bandoleros. Se le reprocha su deplorable conducta social, de llevar ropas estrafalarias en vez de los largos, ceremoniales mantos de raso y paño al modo de los decorosos letrados de la corte. El encono de sus denunciantes extrema el detalle: lo acusan de hacer señas obscenas y lanzar palabrotas y de cantar a viva voz acompañado de su guitarra. En cuanto a esta última acusación el doctor Quijada explicará que, ciertamente alguna desvanecida tarde del añejo verano de 1562, pulsó la vihuela, pero muy dulcemente, en el fondo de su cuarto de enfermo de la Casa de Montejo.
EL FIN
El obispo Landa falleció antes de cumplir cincuenta y cinco años, el 29 de abril de 1579. Parece que se sintió mal en el decurso de su homilía y hubo de retirarse apresuradamente a su recámara. Los médicos entendieron, después de exasperantes tentativas por revivirlo, que el obispo se les moría sin remedio. Se prohibieron las visitas con excepción del gobernador, del deán y de “una señora principal”, personas que tuvieron acceso, in extremis, a las fatigadas bendiciones del prelado. Se ha afirmado que hartas lágrimas afloraron a sus ojos durante el perdurable lapso de su agonía. El fin llegó a las nueve de la mañana. Largó el alma abismado en esa dramática tranquilidad de los impasibles. Los religiosos historiadores de su tiempo quisieron atribuir al acto de su muerte el mismo decorado de milagrería que le había lucido tan bien en sus celosos comienzos en Yucatán: aseguran (esos apasionados apologistas) que el vulgar rostro del difunto se revistió de una belleza excepcional, y que un muerto se levantó de su tumba para proclamar –como una luctuosa variante del Arcángel Gabriel– el suceso del fallecimiento.
El doctor Quijada, su viejo álter ego de brutalidad, había sucumbido en Castilla siete años antes (1572) atosigado por el asma.
Roldán Peniche Barrera
Continuará la próxima semana…




























