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La Incógnita del Hombre – II

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Estamos siendo controlados en la medida en que seguimos dormidos: por el consumismo, por la política, por el poder, por la religión, por el trabajo y por el ocio.

Tal vez lo que más haga reflexionar en “La Incógnita del Hombre” sea precisamente el autor.  La incógnita del hombre está en él.  Nos hace pensar precisamente en eso que pregunta en su libro.  ¿Qué es lo que condiciona y determina la conducta del hombre? Alexis Carrel es un individuo indudablemente culto, personaje de indiscutible valor científico conocido mundialmente, y reconocido igualmente al otorgarle el Premio Nóbel.  Sin embargo, tal parece que ese equilibrio que busca en el Hombre él mismo no lo posee.

De temperamento esquizotípico-hiperestésico, con carácter teórico-estético, deja entrever un acendrado complejo de inferioridad en su fase política. No es difícil imaginarlo como un espíritu orgulloso e independiente, egoísta, calculador y ególatra, de ideología socialista con base en la filosofía Marxista.

Existe una extraña disparidad entre las ciencias de la materia inerte y las de la vida.

La ciencia de los seres vivientes en general, y la del individuo humano en particular, no ha hecho tan grandes progresos. El hombre, tal como lo conocen los especialistas, está lejos de ser el hombre concreto, el hombre real. No es sino un esquema compuesto de otros esquemas construido por las técnicas de la ciencia.  Nuestras concepciones del hombre están impregnadas de Metafísica.

Están basadas sobre tantos y tan precisos datos, que es grande la tentación de elegir entre ellos los que nos agradan. Es harto evidente que los conocimientos de todas las ciencias cuyo objetivo es el hombre siguen siendo todavía insuficientes, que nuestro conocimiento de nosotros mismos es aún más rudimentario.

Nuestra ignorancia puede atribuirse al mismo tiempo al modo de existencia de nuestros antepasados, a la complejidad de nuestra naturaleza, y a la estructura de nuestro espíritu.  Ante todo, el hombre tenía que vivir, y esta necesidad exigía la conquista del mundo exterior.

Mucho antes de interesarse por la constitución de su cuerpo y de su espíritu, meditaron sobre el sol, la luna, las estrellas, las mareas y el paso de las estaciones, pero hubo aún otra razón para el lento progreso del conocimiento de nosotros mismos. Nuestra mente está construida de tal modo que se deleita en la contemplación de los hechos simples.

El lento progreso del conocimiento del ser humano, comparado con la espléndida ascensión de la física, la astronomía, la química y la mecánica, se debe a la falta de comodidad de nuestros antepasados, a la complejidad del tema y a la estructura de nuestra inteligencia.  El ambiente que ha moldeado el cuerpo y el alma de nuestros antepasados durante muchos milenios ha sido sustituida por otro. Esta revolución silenciosa ha tenido lugar sin que lo advirtamos siquiera.

Ha engendrado en todos el hábito de la vida común, las máquinas han disminuido la intensidad del esfuerzo humano.  También se debe a la riqueza del período de la post-guerra, la enorme difusión de la educación.  La juventud ha comprendido el papel de la ciencia en el mundo moderno.  El modo de vida de los hombres modernos está profundamente influido por la higiene y los principios resultantes de los descubrimientos de Pasteur.

El ambiente intelectual y moral que nos rodea, en el cual nos hallamos sumergidos, ha sido igualmente modelado por la ciencia. La atmósfera en que se baña el cerebro de las masas cambia rápidamente, como todos los ambientes que rodean a los hombres modernos.  El Universo es la expresión del maravilloso desarrollo de las ciencias de la materia inerte.

Los profundos cambios impuestos en las costumbres de los hombres han aparecido recientemente.  Junto con la disminución del esfuerzo muscular y de la adquisición del bienestar, los seres humanos han aceptado gustosamente el privilegio de no estar nunca solos, de disfrutar de las continuas diversiones de la ciudad, de formar parte de intensas multitudes, de no pensar nunca. Ya no juega un papel la selección natural. Los seres humanos no han crecido tan rápidamente como las instituciones nacidas de sus cerebros.

Meterse en la batalla, pero con el corazón en paz, es la única manera de vivir la realidad de la vida.

Aunque la civilización moderna ha sido construida con nuestro esfuerzo, no se ajusta ni a nuestro tamaño ni a nuestra forma.  Es evidente que la ciencia no sigue plan alguno. De este modo, se ve que el ambiente con que la ciencia y la tecnología han logrado rodear al hombre no se ajusta a él porque ha sido construido al azar, sin respetarle y sin tener en cuenta su verdadero ser.

Nuestra ignorancia de nosotros mismos se debe a la extrema abundancia y a la confusión de los datos acumulados por la humanidad. También se debe a la división del hombre que, en un número casi infinito de fragmentos, han hecho las ciencias que han tratado de estudiar su cuerpo y su conciencia.

Numerosos conceptos relativos al ser humano son meras construcciones lógicas de nuestro espíritu, estos conceptos han sido llamados por Bridgman conceptos operantes. Es evidente que las cosas que podemos observar son las únicas que realmente conocemos.

Se define al hombre como un ser compuesto de materia y conciencia, aunque las relaciones entre la conciencia y la materia corporal no han sido llevadas hasta la fecha al campo experimental con mayor amplitud.

Los conceptos operantes son la única base sólida sobre la cual podemos construir.

Los conceptos de la Física, la química, la fisiología y la psicología son aplicables a los planos superpuestos de la organización corporal.

La confusión en nuestro conocimiento de nosotros mismos proviene principalmente de la presencia de los residuos de sistemas científicos, filosóficos y religiosos entre los hechos positivos.

Es indispensable hacer un examen completo del hombre, un examen analítico y sintético a la vez de nuestra constitución y de nuestras relaciones físicas, químicas y mentales con nuestro medio ambiente circundante.  A menudo sucede que se da una importancia exagerada a una parte cualquiera a costa de las demás, escogemos arbitrariamente entre ellos el que más agrada y nos olvidamos de los demás.

Otro error consiste en estudiar los sistemas que pueden ser fácilmente aislados y abordados con métodos simples y desdeñamos los más complejos.

A primera vista, el método científico no parece ser aplicable al análisis de todas nuestras actividades, no alcanzan sino aquellas que están situadas en el espacio y en el tiempo. El hombre en su totalidad está situado dentro de la jurisdicción de las técnicas científicas.

La revisión crítica de los datos que atañen al hombre nos proporciona una gran cantidad de informes positivos, pero de este modo nuestros progresos no serán muy grandes; habrá que ir más allá y construir una verdadera ciencia del hombre.

Para desarrollar una ciencia semejante, debemos durante algún tiempo desviar nuestra atención del progreso mecánico y, también en cierta medida, de la higiene y de la medicina clásica y de los aspectos puramente materiales de nuestra existencia. Es indispensable mejorar la calidad estructural, funcional y mental de cada individuo.

Nuestra curiosidad debe desviarse de la senda actual y tomar otra dirección. Debe abandonar lo físico y lo fisiológico para seguir lo mental y lo espiritual.

La nueva ciencia debe progresar por un doble esfuerzo de análisis y síntesis hacia una concepción del individuo humano suficientemente completa y sencilla para que aquella sirva de base a nuestra acción.

El hombre no debe ser separado en partes. El análisis de su multiplicidad reclama naturalmente la ayuda de técnicas varias.

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