La Conjura de Xinúm – XVIII

By on noviembre 25, 2021

XVI. Tratado de Tzucacab.

Las armas llegadas no proporcionaron sino levísimos instantes de respiro. En un dos por tres, la situación volvió a ser tan grave como antes y aun peor, y así se llegó a hablar de una emigración en masa de las familias blancas.

El derrumbe del gobierno parecía inminente. El gobernador Méndez pensó entonces que, sin interrumpir la buena matanza de indios, podía intentarse un avenimiento con los principales jefes de la revuelta. El hombre no se paró en pintas. Con malicia consideró que don Miguel Barbachano -su tradicional enemigo político- era el sujeto más indicado para tratar con aquellos jefes, pues muchos de éstos lo tenían en gran estima. Lo mandó llamar y le suplicó que, en bien de la patria, sin dilación y por los medios que estimara pertinentes, se pusiera al habla con tales caudillos, escuchara sus quejas y, llegado el caso, les hiciera concesiones a fin de restablecer la paz lo más pronto posible.

Barbachano aceptó la comisión y ya se disponía a salir de Mérida para iniciar sus labores, cuando supo que el Obispo Guerra acababa de enviar a los rebeldes una Pastoral invitándolos también a deponer las armas y a presentar sus quejas ante una comisión de curas presidida por el P. José Canuto Vela. Entonces Barbachano creyó prudente unirse a estos eclesiásticos y con ellos salió rumbo a Tekax, lugar escogido para iniciar los trabajos.

Una vez en este pueblo, por medio de una carta, el cura anunció a los rebeldes, los deseos del señor Obispo para que, como cristianos que eran, volvieran a la paz y a la concordia. Barbachano siguió el ejemplo del P. Vela y les dirigió otra carta en la que, entreverando bendiciones con amenazas, les comunicó su parecer.

«Llegó el día -les dijo- en que me acerqué a vosotros; llegó el momento en que, rebosando mi corazón de afecto, os alargué la mano para procurar el bien de libertaros de los padecimientos que estáis sufriendo, poniéndome en disposición de que se consienta en concederos vuestras justas peticiones, a fin de que todos entréis en reposo. Os juro que cumpliré lo que hoy os ofrezco. He dejado mi casa y las comodidades de mi vida y he sufrido las penalidades del camino, para acercarme a oír vuestras quejas y para acordar con vosotros, en uso de mis facultades, que se os haga justicia y se os otorgue cuanto demandáis por ella. No es preciso, pues, proseguir la guerra; es necesario que cesen las persecuciones, que se acaben las matanzas y no se oiga más choque de armas. Pero os digo también que el poder del gobierno es grande y podría lanzarse sobre vosotros para exterminaros de golpe. Más es muy triste llegar a este término penoso, porque Dios reprueba tan luctuoso exterminio y yo puedo evitarlo escuchando previamente vuestras quejas, para concluir los males que experimentáis. Las naciones extranjeras saben ya la discordia que devasta al país y tienen los ojos puestos sobre nosotros, para que cuando llegue el caso que nos vean envueltos en nuestra ruina, originada de la obstinación con que nos destruimos, vengan con ejércitos a reconquistar estas tierras. Tal desgracia caerá sobre nosotros, si ahora que es tiempo de remediarlo no me creéis. Para precaveros, pues, de semejante calamidad, aquí estoy yo a favoreceros; nada temáis para acercaros a mí, pues haré que seáis cuidados y custodiados honoríficamente, en particular vosotros que sois caudillos de vuestra raza. Contestadme de palabra o por escrito que es lo que espero, para que cuanto antes acordemos lo que convenga, con objeto de que terminen las hostilidades».

Los pocos rebeldes que se atrevieron a contestar estas cartas, lejos de manifestar deseos de paz, aprovecharon la ocasión para denunciar una vez más las penalidades y las angustias que sufrían.

Francisco Caamal y sus allegados dieron la respuesta más enérgica. En ella estaba viva la rabia de sus corazones y la desconfianza con que miraban semejantes llamamientos a la concordia. Decía así:

«¿Por qué no se acordaron o se pusieron alerta cuando nos empezó a matar el señor gobernador? ¿Por qué no se ostentaron o se levantaron en nuestro favor cuando nos mataban los blancos? ¿Por qué no hicieron nada cuando un tal padre Herrera hizo cuanto quiso a los pobres indios? Este padre puso la silla de su caballo en un indio y, montando sobre él, empezó a azotarlo, lastimándole la barriga con sus acicates. ¿Por qué no nos tuvieron lástima cuando esto sucedió? ¿Y ahora se acuerdan? ¿Y ahora saben que hay un Dios verdadero? Cuando nos estaban matando ¿no sabíais que había un Dios verdadero? Porque si os estamos matando ahora, vosotros primero nos mostrasteis el camino. Si se están quemando las casas y las haciendas de los blancos, es porque habéis quemado antes el pueblo de Tepich y los ranchos en que estaban los indios y porque los blancos comieron el ganado que estos mismos indios poseían en sus terrenos. ¡Cuántas trojes de maíz de los indios robaron los blancos! ¡Cuántas milpas de indios cosecharon los blancos! ¡Y esto hacían mientras iban tras ellos matándoles con pólvora! Y, así, lo que nos han hecho los blancos es lo que nosotros les hacemos ahora. Este es nuestro pago. ¡Tenemos fuertes deseos de que nos midamos y nos veamos las caras! ¡Deseamos que los blancos conozcan nuestras armas y nuestra furia! Y, por último, les decimos que necesitamos castigar a los blancos porque es mucho lo que nos han engañado».

Poco después, llegó la respuesta de Jacinto Pat; era menos violenta pero no por esto dejaba de señalar los crímenes y los abusos que cometía el enemigo. A vueltas de dos o tres cortesías decía así:

«Recibí vuestras comunicaciones y a ellas contesto manifestando que de no haber sido por los daños que nos han hecho los señores españoles aquí en Tihosuco, estos pueblos no se habrían alzado; pues si lo están es por defenderse de la muerte que empezó a causarles Antonio Trujeque. Los indios se alzaron cuando vieron que se les cogía para amarrarlos en la plaza del pueblo de Tihosuco. Trujeque, Igualmente, fue quien empezó los incendios, quemando el pueblo de Tepich, y quien dio principio a la maldad cogiendo a los indios como se cogen animales del monte. De orden del propio comandante, también fueron matados muchos indios. Y si no se pone remedio a estos males que padecemos, sólo la vida o la muerte decidirá este asunto, porque yo ya no tengo más recurso».

No podían ser, pues, más elocuentes ni más agrias las tales respuestas. Era evidente que estos hombres estaban demasiado heridos en su orgullo y en su sangre, para avenirse, así como así a un convenio de paz. Además, detestaban tanto al señor Méndez que, desde las primeras palabras que cruzaron con los comisionados, se vio que sólo estaban dispuestos a seguir los tratos si éste se retiraba del gobierno y transfería el poder al señor Barbachano.

Tan resuelta actitud de los indios obligó a Méndez a renunciar a su cargo y a nombrar en su lugar al mencionado sujeto. Zanjada esta dificultad, la comisión procuró entonces entrevistarse con Pat; pero los pasos que para ello dio tropezaron con dilaciones sin cuento debido a reticencias del cacique a las distancias y al mal estado de los caminos. Sólo al cabo de días, Ignacio Tuz, secretario de Pat, trajo la noticia de que éste se avenía a celebrar una primera entrevista en la hacienda Thuul. Los delegados -menos el señor Barbachano- se encaminaron a dicho lugar, pero una vez en Thuul supieron que Pat había preferido aguardarlos en Tzucacab. La comitiva, sin manifestar disgusto, se trasladó a este pueblo,

Jacinto Pat salió a recibir a los delegados, con amistad y cortesía; los hospedó en sus propias habitaciones y puso a su disposición criados y mozos para que los sirvieran en la medida de sus deseos. Más tarde los invitó a decir las palabras de paz que traían.

El cura Vela, que era hombre de criterio y de buen discurso, habló de los males que la guerra venía acarreando, de las pérdidas de vidas, de la destrucción de la riqueza, del éxodo de las familias y de la angustia que sufrían todos, indios y blancos. Dijo también que él por el amor de Dios y por la justicia que tanto deseaba el señor Obispo, estaba dispuesto a hacer lo que fuera posible para llegar a un entendimiento con los rebeldes, que pusiera fin a tan lamentable estado de cosas.

A estas palabras, Jacinto Pat estuvo atento y circunspecto y, cuando le tocó hablar, se puso de pie y con no menos calor acento de sinceridad, dijo cosas de su conciencia. Empezó por manifestar que a él también le dolían los males, las ruinas y las miserias que traía consigo la guerra, pero advirtió como ya lo había dicho en su carta, que a su parecer la culpa de tanta angustia recala en los blancos porque éstos siempre fueron sordos y ciegos ante el dolor de los hombres de su raza.

Hablaba todavía cuando los indios de afuera, como si adivinaran la inutilidad de las pláticas que se estaban celebrando, empezaron a dar muestras de impaciencia y de encono. Desde la plaza lanzaban denuestos contra los comisionados y hubo un momento en que se dieron a apedrear la casa y hasta disparar sus armas. Para calmarlos, Pat salió a la puerta, levantó la voz y pidió calma y cordura, prometiendo que pronto gozarían de los beneficios que iban a alcanzarse gracias a la buena voluntad de los hombres allí reunidos.

Fueron inútiles sus palabras. Los indios estaban tan ciegos de coraje que gritaron más y más y aun trataron de agredir al propio cacique. Por fortuna, en ese momento el cura Vela se asomó al portal, levantó la mano y los bendijo. Luego, con calma, les explicó que la paz sería buena para todos y que, al firmarse el convenio que se venía estudiando, no habría vencedores ni vencidos, porque tanto los indios como los blancos eran hijos de Dios, criados para su gloria y servicio.

Cuando terminó de hablar, los indios empezaron a retirarse y a dar muestras de sosiego y en cuanto volvió la calma se reanudaron las pláticas.

La tarea de la comisión resultó ardua y engorrosa, pues las propuestas de los bandos eran contradictorias y a veces irreconciliables. En varias ocasiones pareció que era imposible dar un paso adelante. A la postre unos empezaron a ceder en sus exigencias y otros a acomodarse a la razón; y sólo después de muchos ajustes y desajustes, se llegó a concertar un tratado de paz que satisfizo a todos.

Por los términos de éste, se convino que, de allí en adelante y para siempre, quedaba abolida la contribución personal; que el derecho de bautismo sería de tres reales y el de casamiento de diez; que se permitiría a los indios rozar los montes para hacer sus sementeras y formar sus ranchos en los ejidos y en las tierras baldías de la comunidad; que se devolverían las armas que el gobierno había incautado; que las deudas de los sirvientes serian dispensadas; que la destilación de aguardiente no tendría gravamen; que el cargo del señor Barbachano seria vitalicio; que Jacinto Pat recibiría el título de Gran Cacique de los indios y que, por último, las fuerzas beligerantes se retirarían a sus hogares y volverían a sus trabajos cotidianos sin que, en adelante, nadie los habría de molestar por las cosas pasadas.

La comisión dio por terminadas sus labores, y Jacinto Pat después de despedirse de los clérigos, dispuso que una escolta los acompañara hasta Tekax. Realizaron el viaje sin contratiempo, pero, cuando llegaron a dicho pueblo, se encontraron con que muchos indios, enardecidos por el alcohol, andaban cometiendo desacatos entre la población blanca. Por fortuna, aquellos hombres no sólo se aquietaron ante los señores curas, sino que, aproximándose a ellos, les rindieron homenaje.

Entonces la comisión avanzó por el camino de la sierra y se trasladó a Ticul, donde se encontraba el asiento del gobernador. Éste recibió los papeles del tratado y prometió dictar sin más dilación el acuerdo correspondiente. No se mostró remiso, pues a los pocos días firmó el documento y como prontas providencias, envió a Jacinto Pat, entre otros regalos, un bastón con puño de oro y una banda de raso blanco en la cual se leía: Jacinto Pat Gran Cacique de Yucatán.

Con tal nombramiento satisfizo la vanidad de Pat, pero, como era de esperarse, avivó el resquemor de los otros caciques, como luego se pasa a contar.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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