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Historia de un lunes – XVIII

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BARRERA VAZQUEZ YUCATECO UNIVERSAL (*)

Es proverbial la mezquindad de la naturaleza en el momento de otorgar al hombre la luminosidad de la verdadera sapiencia. Mas es justo pensar en las excepciones universales, en Leonardo y en Goethe, por ejemplo, hijos predilectos de la genialidad, quienes multiplicaron sus facetas de artistas, científicos y filósofos, hombres de noble estirpe humanística.

El maestro Alfredo Barrera Vázquez, nuestro Alfredo Barrera Vázquez, dimana en forma directa del humanismo renacentista. Multifacético, dominó el arte, la paleografía, la historia, la literatura. Sus estudios mayistas son eruditos y profundos. También espigó en la herbolaria y en la filología. Fue un bibliófilo consumado. Quizás nada de lo que yo diga esta mañana en que celebramos el 89 aniversario del natalicio del maestro signifique una novedad para nosotros, pero es justo recordar a Barrera Vázquez una y otra vez en sus multiplicados talentos, en su vasta erudición, en su mayismo revelador, y en su absoluta consagración a los estudios americanistas.

Tampoco ignoramos que desde los años párvulos se hace dueño de la dulce lengua de los mayas. Parece que aprendió a hablar el maya antes que el español. Sus padres hablarán maya, lo mismo que sus nanas, y mayas serán sus compañeritos en la hacienda que su padre, el recto y honrado don Narciso Barrera, administró por muchos años. Don Narciso fue, como los grandes épicos de las Escrituras, rico en años y rebasó los noventa. Dña. Eloísa Vázquez y Bolívar fallecerá joven aún. Cuando Barrera Vázquez viene al mundo el 26 de noviembre de 1900, en la villa de Maxcanú, Yucatán, Mérida es una taciturna ciudad de 57,000 habitantes. Por ese tiempo comienza la demolición del viejo teatro San Carlos, cuyo espacio hospedará, ocho años más tarde, a la europeizante arquitectura del teatro Peón Contreras.

Las primeras actividades del maestro Barrera se inician cuando apenas ha cumplido 8 años. A esa tierna edad se aplica al estudio de las artes gráficas y en 1911, tres años después, realizará su primera jornada a España donde estudia primaria y secundaria en Madrid y Andalucía. Ahí comienza a dibujar, y en 1916 cursa el bachillerato. Al año siguiente ya está de vuelta en Mérida; frecuenta la casa de Teoberto Maler quien, entre vasos de cerveza y platos de sauerkraut, le da lecciones de arqueología. Creo que aquí principian las aficiones del joven Barrera Vázquez por las arduas disciplinas arqueológicas.

En México, un año más tarde, estudia en San Carlos pintura y grabado, mientras asiste a la Escuela Nacional de Maestros. Aunque no es mi intención presentar aquí la biografía exhaustiva del homenajeado, hay que subrayar algunos pormenores, como su condición de viajero infatigable y ciudadano del mundo. Peregrinó por Europa, América del Sur, por el mismo corazón de la selva africana, cuya infinita feracidad lo deslumbró. En los Estados Unidos trabajó como investigador, en Nueva Orleans, en Chicago, en Rhode Island, en Nueva York… Hoy, un centro de estudios de la Universidad de Alabama lleva su nombre. En sus mejores años redacta artículos y ensayos para periódicos y revistas especializadas, publica sus primeros libros, lleva a cabo descubrimientos como este: hacia 1937 los más conspicuos bibliófilos y hemerófilos de Yucatán postulaban que El Aristarco Universal es, sin discusión, el primer periódico  en la Península. Barrera Vázquez desconfía de esa engañosa verdad. Avalado por tesoneras pesquisas, publica en el Boletín de Bibliografía Yucateca, que él mismo dirige, la inesperada noticia: antes que El Aristarco existió El Misceláneo (año de 1813). El hallazgo asombra a los doctos de aquel tiempo.

Fue discípulo y amigo de Morley, de Frans Bloom, fue colega de Thompson y de Scholes y Adams. Los grandes estudiosos de la cultura maya arribaban a Mérida para consultar con él sus dudas e inquietudes. Hace averiguaciones acerca del arte plumario y del pulque entre los mayas, y recopila, en 1947, una serie de cuentos mayas, cuando está a punto de dar a la imprenta El Libro de los libros de Chilam Balam, una de sus obras fundamentales. En 1950 marcha a París, comisionado por dos años, para trabajar en la UNESCO. Tres años más tarde, esa misma Institución lo enviará a Somalia, donde residirá hasta 1956. Luego proseguirá hacia La Paz, Bolivia, donde sufrirá un infarto al miocardio. Su médico le recomienda regresar a Mérida, vivir al nivel del mar. El maestro retorna a Yucatán para quedarse, en 1958, hasta su fallecimiento 22 años más tarde. Traía en sus velices un bello Canto a Bolivia que, junto con Cruz, poema en 5 puntos cardinales, constituye su legado poético a nosotros.

Su dilatada estancia en Yucatán resultó fructuosa en todos los órdenes: publicó sus Cantares de Dzitbalché (otro de sus trabajos esenciales), el citado poema Cruz, el monumental Diccionario Maya Cordemex; salieron de la imprenta los dos primeros tomos de sus Obras Completas, fue instaurada, a idea suya, la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán, que él dirigió durante algunos años… Cuando cumplió 75 años de edad, en 1975, la intelectualidad yucateca le reiteró su homenaje con renovado fervor. Cinco años después (1980), ocurre su fallecimiento. Enrique Gottdiener –sabio escultor de lo maya– sacó la mascarilla del rostro sereno del ilustre difunto.

En 1990, esto es, el año próximo, se cumplen diez años de su fallecimiento y 90 de su natalicio. Los dos –uno fatídico, el otro venturoso– son hechos memorables. ¿Qué haremos los yucatecos para homenajear con hondura esas efemérides? Yo me atrevería a formular al Ejecutivo del Estado, a las instituciones educativas culturales, públicas y privadas, a la generalidad de los yucatecos, las siguientes proposiciones: 1° Auspiciar un certamen de biografías de Barrera Vázquez, con su respectivo premio en metálico y la publicación de la obra premiada, 2° Proseguir la edición de las inconclusas Obras Completas del maestro, cuyos primeros dos volúmenes datan de 1979 y 1980. Pienso que la ejecución de por lo menos una de estas propuestas constituirá, de alguna manera, un acto de indisputable justicia hacia alguna de las mentes más lúcidas y excepcionales que ha tenido Yucatán en este siglo.

Mérida, Yuc., Nov. 25 de 1989.

  (*) Trabajo leído ante el busto de Barrera Vázquez, en celebración de su 89 aniversario.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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