Grietas, fisuras

By on enero 7, 2021

Pareciera una exageración, pero muchas de las más simples tradiciones son a veces el resultado o los remanentes de una práctica antigua y olvidada. Muchos no saben que esto aplica a veces a incluso los juegos más sencillos. Es difícil de creer, pero debe tenerse en cuenta que en la antigüedad era más común tener encuentros de naturaleza inusual y esto llevó a crear ciertas reglas de comportamiento y hábitos para evitarlos.

Con el paso del tiempo, y con el lento disminuir de estos encuentros, estas reglas se fueron olvidando o en algunos casos pasaron a ser parte de la cultura popular, hasta convertirse en algo completamente diferente, olvidando completamente su propósito inicial. Esto se debe a que muchas de estas reglas jamás fueron escritas y, en vez de eso, eran compartidas de boca a boca, a veces incluso como canciones para, como era en la época, recordar las reglas si uno las cantaba o incluso tarareaba la tonada.

Eventualmente estas se volvieron rimas populares cuyo significado original se perdió, adquiriendo otro. También ocurrió que muchas de estas normas se interpretaron como reglas de juegos de niños pasados y nada más, mientras otras fueron convertidas en rimas infantiles que formaban partes de leyendas.

Muchos están familiarizados con estos juegos, (el Escondite, el Juego de las Traes, o incluso Pato, Pato, Ganso.)

Pero hay un juego, desapercibido por todos al punto de que nadie puede recordar su origen.

El juego nunca tuvo un hombre oficial, pero todos han escuchado de él alguna vez, pese a no ser tan popular. Se trata del simple juego, hábito o manía según algunos, de no pisar las grietas de la calle donde uno camina, o las líneas de las baldosas del suelo. Aunque se ha atribuido esto a obsesivos compulsivos, la verdad es que tiene mucho tiempo de existir, incluso antes de los tiempos modernos en los que se relacionó con síntomas de problemas mentales.

Lo más cercano a una frase popular relacionada con este juego es la clásica frase en inglés “Step on a crack, break your mother’s back”, traducida al español en “Pisa una grieta y tu mamá te reta”, aunque su traducción literal es “Pisa una grieta y romperás la espalda de tu madre.” Esto es, por supuesto, una alusión a las terribles consecuencias de pisar una de estas grietas. Sin embargo, “grietas” fue el nombre con el que se le llamaba a lugares específicos que uno debía evitar a toda costa en la antigüedad debido a las calamidades que ocurrían si terminaba parado en una.

Lamentablemente, como toda prueba física de la existencia de dichas reglas, no hay ninguna existente de estos encuentros que hayan sobrevivido el pasar del tiempo. A diferencia de muchos otros casos, existen, para bien o mal, relatos contemporáneos de encuentros con estas llamadas “grietas” que dan un poco de luz sobre la naturaleza extraña de estas cosas y porqué eran tan temidas por nuestros ancestros.

***

Thomas no sabía exactamente qué estaba viendo. Cuando entró al cuarto de la casa abandonada no lo hizo buscando algo en específico, sino por curiosidad, mientras intentaba encontrar un lugar con sombra donde pudiera revisar los mensajes de su teléfono.

Al principio, pensó que solo era una fisura creada por los trabajadores de alguna construcción que habían tirado algo por accidente. Debió ser algo grande porque ocupaba el centro del cuarto. Lo extraño era verla expandirse y contraerse. De lejos pareciera que alguien hubiera derramado un líquido negro que se expandía para luego secarse y volverse más pequeño.

Cuando notó que no podía moverse Thomas sintió pavor. Una línea de la fisura estaba debajo de su pie y por alguna razón ya no podía mover esa pierna, por más que trataba. Observó colapsarse todo el piso, sin emitir ruido alguno, todo siendo tragado por un abismo negro.

Lejos de caer a la planta baja, o a un sótano, o incluso una cañería, antes de caer en el negro infinito debajo de él, Thomas fugazmente registró el ojo gigante que lo veía desde el piso.

Cuando encontraron su teléfono, días después, no había grieta alguna en el suelo.

***

José despertó confundido y adolorido, preguntándose dónde estaba y, sorprendentemente, pudo reconocer el lugar. Era un camino de tierra que cruzaba el monte por el que siempre pasaba para llegar al bar luego de salir del trabajo. Aunque sus andanzas de borracho solían terminar con él besando el suelo, esta vez sintió que algo estaba mal.

Para empezar, no se sentía tan ebrio y todavía era muy temprano, apenas atardecía, por lo que no había pasado mucho tiempo de su hora de salida. Se sacudió la tierra y entonces recordó algo. Mirando hacia atrás, vio la pequeña zanja de tierra, apenas una línea en forma de rayo a un lado del camino de tierra.

Los chicos del bar la llamaban “La Trinchera” por una tonta broma que le habían hecho a un sujeto hacía unos años y cuyos detalles José nunca quiso saber. Era obvio que él había caído en ella, aunque no entendía cómo, pues estaba muy alejada del camino como para que se cayera por accidente y sin darse cuenta.

José vio la cadena saliendo de la Trinchera y cómo el otro extremo terminaba en un anillo que le envolvía la pierna. Se quedó estupefacto, tratando de entender como había llegado eso a él.

El anillo y los eslabones de la cadena estaban marcados con algún lenguaje que él no entendió por lo que pensó que debía ser extranjero. Intentó quitárselo con las manos y al instante se dio cuenta de que era inútil, que tendría que hacerlo un cerrajero. Tomó la cadena y empezó a tirar de ella.

Al instante, desde el otro lado empezó a ser jalada por una fuerza desconocida. José cayó tanto de la sorpresa como por la fuerza del tirón. La cadena se tensó y empezó a llevarse a José hasta el fondo de la Trinchera, mientras hacía todo lo posible por evitarlo, sintiendo como si le estuvieran arrancando la pierna.

Sin nada de qué agarrarse y sin fuerza para pelear después de un largo día de jornada laboral, José se vio arrastrado al fondo de la Trinchera donde las sombras lo tragaron. Nadie escuchó su grito cortado de golpe al cerrarse las fauces de tierra.

***

El Padre Armando estaba de mal humor. Hacía una semana la policía disparó a quemarropa a un criminal dentro de la Iglesia, lo habían matado en medio del presbiterio. El altar había quedado salpicado de sangre, un espectáculo horroroso que puso a la congregación en una situación muy delicada, teniendo que cerrar por días mientras se investigaba la escena del crimen. El Padre admitía que estaba más preocupado por el estado de la iglesia que por el criminal, a quien ya había encontrado antes. Se había presentado días antes del tiroteo diciendo que quería confesarse. El sacerdote sabía que el criminal, de nombre Rubén, trabajaba como camello de los carteles locales y sabía algunas de las cosas que había hecho. Esta era una de las pocas ciudades donde la presencia de los carteles aún no era tan fuerte, así que el sacerdote estaba en una de esas pocas situaciones en donde podía negarse sin sufrir consecuencias.

Se decía que Rubén había abandonado el cartel por las extrañas cosas que hacía, que practicaba la magia negra aunque, curiosamente, no estaba relacionada ni con el satanismo o la santa muerte. Entre sus delirios decía que le habían hecho algo a su sangre que “hacía que las cosas malas que toman siglos en formarse lo hicieran en días o menos”, fuera lo que eso fuera. Al Padre ya no le importaba. Quería terminar con todo ese circo para volver a la normalidad.

Oyó entonces un crujido.

Se dirigió hacia el lugar del que creyó provenía el sonido hasta llegar al sagrario. Justo encima de la estatuilla de la Virgen se encontraba un agujero de bala, la bala y un poco de sangre aún visibles. El Padre estaba a punto de perder la paciencia.

Se preguntó si podía limpiarlo él mismo o si tenía que hablar a la policía para que vinieran a hacer bien su trabajo. Vio cómo la bala caía de la pared al suelo, rebotando hasta perderse de vista.

Las fisuras alrededor del agujero se hacían más grandes, como una tela de araña que se expandía más y más. Del agujero se empezó a derramar al suelo algo que no era ni tinta, bruma, agua o sangre negra. Se elevó y adquirió una forma más sólida, aunque ajena a todo lo que existía en el mundo.

En el silencio de la iglesia desolada en la medianoche, el Padre no pudo ni gemir de lo asustado que estaba. Sus ojos miraban de arriba a abajo a la cosa, intentando en vano darle un significado. Segundos antes de ser llevado al otro lado del agujero de bala, el Padre tuvo un horrible pensamiento: Pensó en todos los años que había oficiado misa en esa iglesia, en toda la gente que rezaba a la imagen encima de ese agujero, en cómo esos rezos tal vez nunca habían llegado a quien se suponía. Tal vez esta cosa siempre estuvo aquí, detrás de esa pared, y ahora era libre después de años de alimentarse de las creencias de todos.

Cuando el Padre fue arrastrado a la negrura, su fe no fue lo único que se rompió.

***

El Doctor Heaton no entendía por qué esto le estaba sucediendo. Repasó mentalmente todo lo que había pasado mientras miraba fijamente con ojos muertos las estrellas.

No tenía un hombre, se le conocía como el Paciente 23. Había sido el caso más difícil que Heaton había visto en su vida y durante toda su estadía en el manicomio todos estos años. Fue encontrado vagando en las calles, sin nada más que una bata andrajosa; por su aspecto, había pasado semanas así. Alertaron primero a las autoridades cuando unos peatones lo vieron quemando en una hoguera improvisada un libro viejo, mientras lloraba y gritaba cosas sin sentido. Minutos después fue encontrado por la policía en medio de la calle.

Por más que se investigó, no se supo nada de él ni de ningún familiar. Era literalmente un don nadie. Fue llevado al manicomio para tratarlo, usualmente la forma en que las autoridades le pasan la responsabilidad a la institución y se lavan las manos de todo el asunto.

Los siguientes días fueron frustrantes: era completamente inmune a todas las terapias que se le aplicaron. No había manera de hacerlo hablar y, cuando lo hacía, era como si no le hablara al doctor, sino a una persona imaginaria. Tratar de entender de lo que hablaban era una pérdida de tiempo, alusiones vagas del espacio y las formas geométricas que por momentos parecían llegar a un punto, para convertirse en delirios sin sentido.

Al final del mes, el Doctor estuvo a punto de rendirse y transferirlo al ala de enfermos mentales más graves, pero algo pasó. Por primera vez, durante su plática con su amigo imaginario, el Paciente 23 se quedó callado, mirando fijamente a la nada. El Doctor notó por su expresión que era como si él estuviera escuchando con atención algo de suma importancia.

Finalmente, se dirigió al doctor y simplemente dijo: “Me gustaría irme a mi celda ahora, si es posible”. Y no volvió a hablar. El Doctor Heaton se quedó estupefacto. Era prueba absoluta de que el sujeto retenía cierta lucidez. De mala gana Heaton, mientras llevaba al paciente a su celda, pensó que tendría que lidiar con el sujeto por más días para llegar al fondo del asunto.

La mañana siguiente, el Paciente 23 fue encontrado muerto en su celda. Se había roto la cabeza al estrellarla varias veces durante la noche en la pared sur de su cuarto. Así lo confirmaron los testigos que escucharon los ruidos de “algo húmedo siendo golpeado una y otra vez” que estaba cerca del cuarto, y las grandes baldosas en la pared, cuarteadas y llenas de sangre.

Horas después de que el cuerpo fue descubierto y sacado de la celda, el Doctor Heaton se quedó un momento dentro del cuarto, a solas. Dijo que quería revisar con cuidado el lugar, para ver si encontraba algo que el paciente hubiera dejado atrás. En realidad, quería estar un momento con sus pensamientos. Estaba molesto.

Finalmente se le había presentado la oportunidad de enderezar al paciente, y ahora este se mató, como si nada. No podía evitar cierto odio hacia él, más que a sí mismo. Tal vez lo que lo atormentaba más era que nada tenía sentido; desde un punto de vista clínico, simplemente no había manera de que un sujeto así hiciera algo tan drástico para acabar con su vida. No encontrar una conexión o un motivo lo carcomía desde adentro.

Si alguien hubiera estado frente al cuarto del paciente, hubiera visto la puerta cerrándose, con el doctor adentro. Hubiera visto las luces apagándose. Segundos después, vería la misma puerta abrirse, la luz encendida, sin el doctor, la sangre y la grieta en la pared.

Dentro del cuarto, sin embargo, todo pasó a un ritmo diferente. Minutos pasaron mientras Heaton veía, sin poder moverse o hablar, la sangre de todo el cuarto absorbida por la grieta en la pared; la grieta misma se abría y configuraba en una serie de formas indefinibles; años, siglos, centurias, hasta que se abrió por completo y Heaton se vio a si mismo reflejado en algo que podía ser un espejo o una laguna de agua oscura cuya superficie ondulaba en formas extrañas.

Heaton finalmente pudo moverse; su mente hacía lo posible por mantenerse consciente. La información bombardeaba el espacio, lleno de luces dentro de esa piscina oscura reflejante en la pared agrietada. Lentamente, y sin completamente entender por qué lo hacía, Heaton alzó su mano hacia la pared, hasta que las puntas de sus dedos tocaron y se hundieron en el líquido negro. Eso fue todo.

Mientras Heaton era llevado por siluetas oscuras que revoloteaban, dirigiéndolo hacia el centro de la existencia para conocer al verdadero arquitecto del universo, él lo supo: el Paciente 23 no era un loco, sino un engrane más de una gran máquina cuya función había finalizado. El Paciente 23 era la llave.

Heaton, por otra parte, era el alimento.

***

Aún nos falta mucho por entender la naturaleza exacta de estas grietas y lo que representan, así como lo que buscan. Al principio es difícil creer que esto sea verdad, hasta que empiezas a notar fisuras que aparecen de la nada, y entonces te das cuenta de la verdad.

Seamos sinceros: En un mundo donde círculos concéntricos pueden traer cosas del abismo y las esquinas de las paredes pueden ser usadas como escapes para los horrores que vagan por los anales del tiempo, ¿es tan difícil creer que algunas grietas resguardan cosas más allá de este espacio?

Así que recuerda las advertencias y las reglas. La próxima vez que te desesperes y pierdas los estribos, evita descargar tu furia en la pared que tengas enfrente.

No vaya a ser que abras la puerta a algo que no deseas conocer.

HUGO PAT

yorickjoker@gmail.com

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