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En el declive fatal

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Voces sobre el panorama

Detail of an old couple holding their hands

 

Por Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

 

Estamos desengañados. ¿Desengañados de qué, de quién…? ¡De la vida, de nosotros mismos! Como en la figura popular, se nos cae el alma. Nuestra ciudad está enferma de pesimismo, de desilusión. Es una epidemia que necesita con todas las urgencias una potente y completa sanidad de espíritu. Una ciudad sin fe es una ciudad que se prepara para echar el ancla en el fango de la desidia, del abandono, del pesimismo, al fin… Terapeutas del espíritu necesitamos. Pero terapeutas que sepan transmitir su esencia por medio de su magnetismo regenerador que debe oler a campo nuevo, a vigor, a goma que revienta, a esperanza que se burla de la cicatriz, a realización que se levanta sobre los fracasos…

Los discípulos envejecen; los maestros chochean. Los está encorvando, con una vejez prematura, el ambiente. Hay olor de estío, de hoja seca, de tierra cuarteada por el sol, en donde debía haber primavera, sensación de verdor, aroma de surco regenerado por el manantial…

Ya no nos sirve el libro de filosofía, ¡ni debe servirnos! La transmisión personal, directa, de las palabras, con el calor de la pronunciación, con el refuerzo del gesto, del ademán; con la exposición de la fibra, de lo hondo, exige nuestra hora de melancolía, de desastrosa cobardía espiritual. Como en los claros del bosque, perdido el rumbo, tratan de orientarse hombres y bestias; así, en plena ciudad en que domina el radio, en que el teléfono conecta intereses, atenciones, simpatías y amores, los lamas, en la desconfianza absoluta de la personalidad, creyentes en el descrédito de la perseverancia, vetean propiamente el vericueto de salida, a veces sea el que sea, como si se les viniese encima un aluvión de arena, o corriese, para abrasarlos, la corriente infernal de un incendio sembrador de desolaciones y de pavores. La serenidad de ánimo; la fortaleza del carácter; la confianza en el dominio de la adversidad empleando para ello paciencia, inteligencia y voluntad, parece que han huido de nosotros. La electroterapia cósmica de un dolor colectivo descuajador que constituya una mención histórica tal vez sirva para que volvamos al equilibrio del sentido, no digamos humano, sino biológico, de la lucha. Llenos de necesidades –del cuerpo y del alma– vemos pasar las horas, sin un anhelo que clave la espuela imperiosa en nuestro nervio y lo obligue a moverse hacia el horizonte. Un animal con hambre, aún débil, sangrante, mutilado, tendería a la conquista de lo que necesita. Pero, como si quisiéramos colocarnos por debajo de la bestia, hombres como somos, cercados de apremios, ayunos, no de comodidad, de felicidad, sino de lo imperioso, caemos en la atonía mortal que es hermana de la tumba. Es horrible este encuentro diario de mi alma con el alma de los demás. Castrar la fe en nosotros mismos es hacernos, extraña y alucinantemente, sementales dantescos para una fecundación de fracasados. Regeneremos nuestras savias, ferruginemos nuestra sangre de espíritu, endurezcamos nuestros puños pusilánimes para golpear con ellos la frente de la adversidad empeñada en embestirnos.

Vengo a gritar un grito joven sobre el panorama desolador que ofrecen los caminos nuestros que esperan a los taumaturgos que devuelven la confianza y tonifican la voluntad. Y a esos enfermos agravados por las falsas panaceas perniciosas de los charlatanes del bien, yo, que creo haber escapado de la epidemia remediable, les digo que es necesario echar a andar las plantas para desentumecer las articulaciones; que debemos, con sacrificio, con heroísmo, antes que quedar en mitad de la soledad y del abandono, pugnar por alcanzar el puesto cercano o inmediato en que es posible hallar la venda, el consuelo, la curación. Sobre la gusanera que hierva en nuestra carne debe estar el ansia de vivir, de amar, de servir, de ser útil, y, consecuentemente, la voluntad de hacernos sanos. Descreídos, melancólicos, desalentados, viejos moral y espiritualmente hablando, no seremos más que enfermos en un bosque, en un lugar remoto, apartado, ofrecidos cobardemente, con un crimen que no tiene calificativo de ponderación, a la inutilidad, al desgaste y a la vergüenza. ¡Armémonos de creencia, de entusiasmo, de empeño, de ansia de vivir! ¡Aguas lustrales contra el hollín de los tiempos! ¡Ejercicios de anhelo para que la sangre se renueve y enhieste el corazón! Y pidamos, compenetrados todos de la necesidad de hacerlo, que haya un levantamiento de conciencias para iniciar el asalto a la desilusión, y que, en pie de guerra contra la fuerza que nos asola, toda la ciudad sea un campamento de almas defendiendo el pasado de gloria en la tentativa y en el logro, el presente que no podemos ni debemos llenar de la ignorancia de despeñarnos, ya en el declive, al fondo de la miseria de no ser fuertes y animosos, y el futuro en que van a cosecharse los atavismos que dejemos…

Mérida, Yucatán.

Diario del Sureste. Mérida, 23 de marzo de 1935, p. 3.

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