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El perfecto chivo expiatorio

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Cuento

Santi Mayor, “El guapo del Ring”, anunció su retiro, ante la sorpresa del mundo entero. El imbatible campeón mundial de los ligeros del Consejo Mundial de Boxeo, que contaba con millones de seguidoras, firmó contrato con una de las más importantes productoras de Hollywood para convertirse en actor, eligiendo para su pelea final al también invicto monarca de la Asociación Mundial de Boxeo, Donald Patton.

Ambos púgiles eran peleadores sui generis, el argentino Mayor nunca quiso expandir su carrera más allá de su organismo; en su récord de 32 victorias, 20 lo llevaron a ser retador oficial y las otras 12 fueron de campeonato: la victoria ante Okawa Gosuki para coronarse y 11 defensas dentro del CMB. Santi era muy atractivo, tan apuesto que desde el principio atrajo atención mediática; el respaldo de su legión de seguidoras lo convirtió en el boxeador más popular.

Ninguna bolsa millonaria lo tentó para unificar título con monarcas de otros organismos. “No tengo tiempo, che. Tengo mucho trabajo, aparte del boxeo, con mi fundación de huérfanos. Por eso acepto contratos como modelo, o para comerciales, porque ese plata, y la del box, me han ayudado a sacarla adelante y, por supuesto, gracias a vosotras mis fans, a las que adoro,” aseguraba en cada entrevista.

Su bello rostro nunca sufrió daño extremo. Su poderosa mano izquierda era una bazuca, noqueando pronto a todos sus rivales: 12 cayeron en el primer asalto, 18 en el segundo, solamente dos rivales soportaron hasta el tercero. Su conducta antes y después de cada combate era intachable, nunca caía en ataques verbales, se limitaba a repetir que respetaba a todos los boxeadores, pues sabía muy bien lo difícil que era llegar a ser profesional, el sacrificio que implicaba convertirse en un guerrero.

Donald Patton era un tipo sólido como una roca. El originario de Arkansas creció curtido con el regio trabajo del campo en un pequeño rancho heredado por su abuelo. Religioso, educado, y sumamente correcto, comenzó a practicar boxeo como un remedio a su natural timidez, logrando con su dedicación coleccionar trofeos: el campeonato amateur, oro para su país en las Olimpiadas de Los Angeles 2028, y la corona de campeón del mundo ante Tyson Bronson, tras un brutal combate. Nada mal para un peleador de tan recia pegada que se volvió profesional en busca del suficiente dinero para pagar su hipoteca.

Donald no solo recuperó su rancho, sino que adquirió otro más grande. Invirtió sus ganancias en proyectos agrícolas y bienes inmuebles, dando empleo a muchas familias de la zona, lo que le ganó el cariño de millones de personas que lo bautizaron como el mesías. Se casó con su novia de toda la vida, con quien criaba a tres hijos. Pensó que tras 40 combates profesionales era momento de decir adiós, y qué mejor manera que con una pelea millonaria. Era un hombre feliz cuyo profesionalismo sobre el ring lo llevaría a ser descrito como uno de los más técnicos de la historia.

La Batalla de los Caballeros del Ring, la pelea más vista, atrajo la atención del planeta entero. Las apuestas estaban cerradísimas al medirse los mejores guerreros. Los gritos de sus fanáticas la noche del combate en Las Vegas eran más estruendosos que los que recibían los Beatles en los años sesenta del siglo anterior. Todos los récords se rompieron, las bolsas aseguradas eran asquerosamente elevadas. Los expertos del boxeo se relamían ante el festín, tratando de pronosticar lo que sucedería en breve. Gene Crowley, el veterano analista de CNDTV, vaticinó un empate entre dos hombres que rompían los prototipos exigidos, al tratarse con respeto en las conferencias y ceremonia de pesaje.

Sin embargo, una vibra muy extraña se posesionó del lugar al momento de subir Donald al ring. De por sí siempre fue parco sobre el cuadrilátero, pero su rostro denotaba una furia nunca vista.

Ninguno de los dos pronósticos se cumplió aquella noche: ni el que apostaba por un nocaut de Santi antes de la mitad del combate, ni el que afirmaba lo mismo, pero en sentido inverso, con triunfo de Donald. El único que insistió en el empate fue Gene Crowley, acertando al menos en el número de rounds.

Durante 12 asaltos el norteamericano utilizó todos sus recursos técnicos para machacar lentamente al argentino. El rostro del ídolo femenil poco a poco se fue transformando en una sangrienta masa tumefacta que arrancó lamentos y desmayos de muchas de sus seguidoras.

El gaucho lanzó sus mejores golpes, muchos llegando al cuerpo y rostro de su rival, pero ninguno con la suficiente explosión para acabarlo.

Para el asalto final, con la nariz rota, los parpados hinchados, los ojos casi cerrados y hematomas acumulados, tiraba golpes por simple inercia.

Fue una carnicería. Santi Mayor se derrumbó para perder lo invicto, la belleza física y su carrera en Hollywood, debiendo ser hospitalizado por más de un año.

Donald abandonó el ring apenas el réferi declaró el KO. Jamás anunció oficialmente su retiro, ni emitió declaración alguna. Jamás volvió a pelear, retirándose a su rancho. Tiempo después se supo que se divorció: su esposa lo engañaba con su manager. La leyenda asegura que se enteró de esa traición justo cuando estaba a punto de salir al ring, precisamente en aquella pelea. La rabia que lo poseyó fue la que causó aquel cuadro sangriento.

El hombre herido encontró en su rival el perfecto chivo expiatorio.

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

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