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Carlos Duarte Moreno
(Especial para el Diario del Sureste)
Hay que confesar que nuestra ciudad está enferma de monotonía. Por pequeña, pese que día a día se ensancha, encontramos los mismos rostros en los sitios a que asistimos habitualmente. Nos hundimos en el cine: damos una vuelta en raudo vehículo por las avenidas; y, otra vez a la casa, o al hogar del amigo, para movernos en el mismo vaivén, escuchando comentarios, frases hostiles e injustas contra hombres ausentes y valiosos. Los días pasan y nos enmohecen paulatinamente.
Los que vivimos en los vericuetos del arte, del periodismo, de la música, tenemos un refugio que puede llamarse de casta, de abolengo, de prosapia: el café. Allí, entre sorbo y sorbo, nuestras heridas se cicatrizan, se curan, o, cuando menos, se alivian. Y, en lo que parece ocioso transcurrir de tiempo, se forjan tentativas, se planean acciones, se escriben artículos, se componen canciones que luego enjoyan nuestro acervo y aletean a las puertas de las novias con el temblor de las cuerdas de las guitarras.
Teodoro Zapata, ferviente enamorado de su arte, mago en el pincel y en la perseverancia, que enredó su nombre en la fastuosidad de los decorados que doraron las mejores noches del teatro nuestro, es uno de los asiduos. Nos habla de sus trabajos, de sus logros victoriosos, y nos bosqueja la presentación de una ópera maya… Obligado por algún motivo imprevisto, con amargura nos habla de los que no saben ser compañeros en la vida artística. Pepe Domínguez, nuestro modesto artista que de autor de laureadas canciones se ha metido a anunciador de radio, llega con su eterna sonrisa y sus ojos a ratos pícaramente bailadores, mostrando a las claras que no hace ejercicio y que come bien, pues eso que se ha dado en llamar “perder la línea” parece que se manifiesta en él. Chucho Herrera, que es tan genuinamente trovador, que me perdone lo suficiente, pero tiene tipo de sastre. Resulta curioso esto y, si se quiere, hasta aventurado, pero realmente hay tipos humanos que nos hablan del oficio, profesión u ocupación que les son afines. Un hombre con el cabello bien peinado y reluciente de brillantina, que sepa jugar tablero y hable hasta por los codos y que además sepa o quiera saber de todo, ¿qué dirían ustedes, nobles lectores, que era? ¿Verdad que barbero? Y aquí que me perdonen los fígaros, entre los que cuento simpatizadores muy sinceros, si me acuerdo de ellos para hacer una comparación. El maestro Filiberto Romero, de cuando en cuando se aparece para brindar su plática y su sonrisa. Amílcar Cetina, gentil y valioso, comparte este pan del café aromoso, aunque parezca un contrasentido esta construcción. Saad, el inquieto Saad, mostrándonos bosquejos y hablando de sus reliquias mayas y de las ofertas mareantes de los norteamericanos que nos visitan. José Rachini, identificado sin franciscano poder con los tigres y hecho ya señor de la filigrana, nos espeta la consabida historia de su despedida como poliedro, recordando que en un mismo día jugó como pelotero, toreó matando cuatro toros bravíos, y cantó “Marina” en nuestro máximo coliseo. Alguien desde una mesa cercana lanza una sonora e inesperada trompetilla de legítima manufactura cubana y reímos todos, inclusive el hombre geométrico. Candelario Lezama y Enrique González, que forman el dueto que conmigo comparte esperanzas, proyectos y trabajo, son la nota de quietud, pues apenas hablan y se cuidan de compartir epigramas o bromas. Pero en cuanto llega Goyito Méndez, nuestro popular Don Chinto, la cosa cambia de aspecto, y el fuego de intención contra el prójimo se inicia graneado. Y si a esto agregamos que nuestro festivo Chato Duarte está en Mérida, de vacaciones, pues actúa de profesor en la región oriental, ya es de suponer cómo hemos estado de ocurrencias y de subidos, pero en el fondo inocentes ratos, en que abundan los magistrales decires y las respuestas oportunas. Lalo Santamaría es de los asiduos, con su calma de seminarista con entrañable vocación. Felipe Castillo Vega, que con Pepe Domínguez estuvo tanto tiempo en Cuba dando a conocer nuestra trova, nos trae su perpetua cordialidad y su pulcritud de educación. Manolo López, sembrador también de nuestras canciones, es, propiamente, terrible: siempre tiene algo que colgar al cuello del vecino para hacernos reír. Hace apenas algunos días que llegó al centro de nuestra bohemia, acompañado de don Braulio Roche que se sabe de memoria admirables páginas de José Enrique Rodó, nuestro viejo y siempre joven poeta Ignacio Magaloni Ibarra. Serapio Baqueiro y Ricardo Mimenza Castillo apenas se dejan ver.
–¿Quieres hacerme unos versos para una muchacha?
Desde luego accedo. Y Pepe Domínguez interroga malicioso:
–¿Son para aquella chiquiteña que me gusta?
Así nos llevamos. Y por eso, razonable y, sin querer, ganancioso, digo:
–Ponle música a estos versos que hice para mi amor.
Y se oye el ofrecimiento:
–¡Ya sabes, cuando quieras la serenata, nada más pagas el automóvil!
Y es que entre gente del mismo ramo no se cobran las hechuras.
–¿Te pagaron lo de anoche?
–Se fue a Progreso. Pero aquí tengo…
Y la hermandad artística, con la esperanza, con el anhelo, con la palpitación del alma, divide el dinero. NI egoísmos, ni miserias, ni envidias.
Y es así como, sobre la monotonía de la ciudad, hemos podido enclavar un penacho glorioso.
Mérida, Yucatán.
Diario del Sureste. Mérida, 3 de agosto de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]




























