El más acá

By on mayo 30, 2024

Letras

Dr. Eduardo Urzaiz Rodríguez

Clemente López Trujillo

(Especial para el Diario del Sureste)

Un libro claro y suficiente para todas las edades y todos los pensamientos este libro con que nos acaba de obsequiar el doctor don Eduardo Urzaiz. Sentíamos removerse en nosotros todavía el tumulto de ideas y tibios resplandores de belleza que asentó en nuestro mundo intelectual El país que no se parece a otro, del licenciado José Castillo Torre, cuando llegó a nuestras manos la obra Conferencias sobre historia de las religiones del doctor Urzaiz. Después de leído este último, comparamos ambos libros. Qué diferencia, tanto en su presentación tipográfica como en su contenido. Pero qué grandes puntos de contacto en lo que se refiere al trabajo organizado. Decíamos de Castillo Torre que nos empujaba del café, y ahora viene el doctor Urzaiz a dar de latigazos contra la espalda de nuestros prejuicios.

Debemos decirlo francamente: el doctor Urzaiz es uno de nuestros valores literarios que más nos incitan a imprimir la huella estremecida de nuestra admiración en la carne de una palabra. Y esta palabra es: sinceridad. No es el doctor Urzaiz del tipo de esos rebuscadores que tanto y con tanto desconcierto melancólico abundan en nuestro medio. No es de los que están metidos en bibliotecas polvorientas y mordidas por la ausencia del sol. Se solaza gozosamente en el sentimiento y en la cultura, y en el sentimiento de la cultura, que es una nueva categoría de la luz. Su sinceridad descansa en esta nueva categoría, en torno de la cual ha habido una cierta obstinación en hacer silencio. ¡Y qué silencio! Un silencio que yo he cogido por el vientre, donde el escalpelo ha podido penetrar sin prisas. Y qué ancho rumor hay dentro de ese silencio en torno de la obra del doctor Urzaiz, qué rumor envuelto en protestas, agitado por simpatías y antipatías, notables las primeras y contumaces las segundas. ¿Por qué esta actitud? Porque hay otros, los de la viejísima categoría del polvo, que la dan en trabajar para sí mismos.

La modulada vibración que se desenvuelve con suave sensatez en el reciente libro del doctor Urzaiz nos pone en el camino de la más clara y resonante penetración de su sentido. De la lectura de esta obra no extraemos de inmediato una filosofía de las religiones, ni lo hemos intentado, ni mucho menos el autor se lo ha propuesto. Sin embargo de esto, una introducción conteniendo ciertas características de filosófica posición ante el desenvolvimiento general de la obra nos serviría de mucho. El libro que nos ocupa contiene una sucinta exposición e interpretación de las religiones. Ya el título demarca con bastante claridad su contenido. Son conferencias que el autor ha ido preparando con amplio espíritu sociológico, teniendo como punto de partida la elegante zona de la claridad. Claridad y nada más que claridad, y todo sinceridad.

El deseo: esta es la fórmula de Feuerbach. El deseo hace al hombre creer en la existencia de un Dios, es decir, con el deseo lo crea. Una vez en posesión de Dios, el hombre, el hombre comienza a desear otra cosa, y se la pide a Dios. La fórmula de Feuerbach es buena. Pienso que el hombre que no desea está perdido. O mejor: no es hombre el hombre que no desea.

El doctor Urzaiz bien que sabe agitar estas cosas de las religiones de todos los pueblos y de todos los tiempos. Leyendo estas Conferencias sobre la historia de las religiones no pensamos en otra cosa sino en aquella definición de David Federico Strauss: “No se camina impunemente entre los dioses”. El doctor Urzaiz nos da la impresión de que camina por entre la selva de las religiones con una grandísima cautela de cazador.

El deseo es lo que ha animado siempre a los hombres a premeditar en sus avanzadas ideológicas. Hay en esto de las religiones un deseo del hombre por afirmarse cada día, por hacerse a sí mismo, por meterse en la piedra y saber qué es lo que en la piedra vibra, y así en el árbol y en los astros, y en el viento y en el hombre, y en Dios.

El autor no sólo va exponiendo ideas religiosas: aditamenta su pensamiento radical en torno de las ideas emanadas de su propia observación. A veces, su ironía nos hace pensar un poco fuera del radio de acción de nuestro pensamiento. Pero como la del doctor Urzaiz es una ironía por filtración, es decir, que se va escurriendo como si nada, nos sentimos alentados e inyectados de una savia sentimental inesperada.

Y todo esto es juego, un juego en el sentido que le da a esta palabra José Ortega y Gasset, contrastándola con la otra del deporte. Un juego en que entran a formar parte grandes inquietudes, pero no de un Más Allá, sino de un Más Acá. Y qué bien lo ha logrado el autor. Lo medularmente filosófico de las religiones son siempre las ideas de un Más Allá, llámese como se llame, siéntase como se sienta. Pero enfocando esta manera de sentir y ver las cosas, el doctor Urzaiz llega al punto culminante, sin enredarse siquiera en la más pequeña de las piedras del camino.

Un Más Allá claro, rotundo, es lo que se nos pone a la vista. Después, el Más Acá resalta sin escamoteos ni faquirismos verbales, y pone un estremecimiento en el espíritu.

El hombre debe verse y analizarse tal como es, con la mirada en sí mismo. El Más Acá es el hombre sobre la tierra, con sus debilidades y sus fuerzas encontradas, batallando con el remordimiento, y con el dolor, y con la verdad con la esclavitud. El Más Acá somos nosotros mismos, la tierra en que pisamos y alentamos y a donde, en final de cuentas, vamos a dar con la estructura inconsistente de nuestros huesos.

Este último libro del doctor Urzaiz debería hacerse llegar a las manos de la juventud. A las manos de nuestros obreros y de nuestros padres de familia. Es bueno que sepan los hombres de hoy y de mañana que no es necesario que recurramos a autores extranjeros para el estudio de determinadas materias. Que aquí, en nuestro medio, tan raquitizado por obra y gracia de ciertos valores literarios, hay también valores que, como el doctor Urzaiz, ponen las cosas en su sitio con muy elogiosa inteligencia. Pero ¡ay!, “la inteligencia es cosa terrible”, dice en alguna parte don Miguel de Unamuno.

 

Diario del Sureste. Mérida, 9 de julio de 1935, p. 3.

[Compilación de José Juan Cervera Fernández]

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