Deshecha ilusión de arrabaleros

By on abril 23, 2015

Deshecha ilusión de arrabaleros

Por más intentos, no me era posible orinar en el vaso de plástico que el oficial en turno me había entregado. La ira, como calambres erráticos, se reflejaba al apretar las manos. Un hilillo de sangre escurrió por los dedos del puño al clavarme las uñas. A la espalda, la voz del que me condujo al baño: “No te hagas pendejo, ¡orina!”. “Ven y ayúdame”, dije girando hacia él, sacudiendo el pene, y recuerdo el golpe rompiéndome la ceja. ¡Cómo querían que orine si no había tomado cervezas!

Habíamos pasado la noche planeando un negocio. La excitación crecía al descubrirnos más allá del tiempo extra viviendo a expensas de los padres y éramos capaces de gastar un poco más de lo común para cualquier hombrecito de arrabal de esta ciudad clavada en el sureste. El año que apenas inició pintaba bien. Teníamos trabajo.

A mis veintidós logré colocarme en una consultoría ambiental y pasaba la tarde platicando con José en su taller de cómputo: “Pregúntame qué hago”. Después del teatro de la interrogación le respondía: “Nada. Ahora pregunta cuánto cobré.” De nuevo la mímica superflua, en esta farsa de profesionista comprometido con la naturaleza y el cuidado del ambiente, y responder: “Tres mil quinientos”. “Alcanza pa’ que des tu tanda”.

Esperaba que los demás del grupo abandonaran las oficinas en las que permanecían desde el amanecer, apenas atisbando el sol creciente: Ángel, de la imprenta, donde se desempeñaba como diseñador gráfico por computadora; que Héctor, encerrado en la bóveda, diera tiempo a los de caja para cuadrar sus cuentas y le permitieran salir del banco; que Carlos se librara de la última reunión en el despacho de su tío, rodeado de papeles, dictados, memorándums y clientes que buscan los mejores beneficios del divorcio; y que José terminara la reparación de la última compu del día, contento por los nimios conocimientos que tenían sus clientes en esta materia, idóneo para cobrar lo que fuera sin que pusieran objeción, según decía. Una vez juntos, celebrar el viernes, sin necesidad de pretexto. “Una flor pintada de azul, ¿no es un motivo?”, decía José al iniciarse la juerga que se prolongaba sábado y domingo hasta el medio día; descansar un rato, a misa por la noche con la novia del momento, después a cenar. No nos fastidiaba vernos y contar las mismas historias de siempre.

Yo era el mayor. El único con carrera concluida, a pesar de haber crecido con ellos recorriendo callejones y privadas del fraccionamiento Pacabtún, en las inmediaciones de la colonia Fidel Velázquez. Tú tienes poco tiempo en la ciudad, por eso no conoces este barrio formado por casas ordenadas de forma paralela, separadas por una avenida que cruza a todo lo largo y remata al norte en el parque de béisbol, y al sur con lo que aún se conoce como la Conasupo, ya convertida en estación de policía. Calles estrechas y apretadas. Hileras de viviendas minúsculas, fruto final del gobierno de los setenta años, arrimadas unas junto a otras, con paredes delgadas, para escuchar a los vecinos deambular por habitaciones pequeñas. Manzanas de edificios atravesadas en la parte media por un andador. En las bocacalles se distinguen las de dos pisos mirando a la avenida, para camuflajear la pobreza de este complejo habitacional de excordeleros.

Fuimos juntos a la secundaria. Al terminarla, presenciamos cómo los compañeros de salón se agremiaban en banditas, reuniéndose en los parques o en los andadores a tirar placas (ya sabes, señas que los identifiquen como banda), planear el golpe, probar lo ilícito, echando apuestas para descubrir su hombría. Grupos tribales de jovenzuelos que con el tiempo tomaron fuerza, agitando, junto con navajas y alguna otra arma, el rencor de su violencia contenida. Desde siempre barrio bravo, peligroso para andarse por las noches.

Mientras la mayoría de los chavos de nuestra edad se decidía por una carrera delictiva, nosotros entramos a los grupos juveniles de la iglesia (esa otra forma de pasar el tiempo) que, con la llegada del nuevo párroco, de visión renovadora, atiborraba el atrio de la parroquia con feligreses sumisos y sedientos de perdón (victimarias multitudes), siempre listos para presenciar sus conciertos eclesiásticos de música y pirotecnia, y depositar su limosna con el compromiso de liberar la culpa.

Crecimos en este ambiente. Sin embargo, la religión no permeó en nosotros y la tomábamos como un sitio ideal para la cacería de niñas tiernas, ¿para qué engañarnos? Nos entusiasmaba celebrar al párroco Carrillo sus filiaciones políticas. Brindaba esperanzas de revuelta intelectual, cultural, con cada sermón donde injuriaba e intentaba desenmascarar a políticos y servidores públicos renombrados (rayando en la calumnia pero, ¿qué importancia? Vitoreábamos su atrevimiento). Poco a poco, esa esperanza se diluyó ante la incongruencia de las palabras pronunciadas y el poco compromiso que demostraba una vez que bajaba del altar. Dentro de estas situaciones de lo cotidiano, nuestra relación de amigos creció y esas vivencias animaban nuestras borracheras.

Descubrimos ideales afines al recorrer clandestinos durante las salidas semanales a las barras libres de los antros del Paseo de Montejo. Probamos las posibilidades ilusorias de la marihuana y aprendimos cómo cortarnos la borrachera con una ligera grapa de coca. En esos constantes festejos, siempre surgía en la plática, bajo el tintineo de caguamas, el recuento de conocidos que habían pisado el bote, o de niñas, compañeras de escuela, embarazadas sin haber cumplido los veinte, y festejábamos nuestra suerte de sentirnos intocables. Éramos un grupo fortalecido por las experiencias.

En este barrio de obreros, desertar de la escuela es común, (tienes razón, en muchos sitios del país se da lo mismo). Madurar temprano es obligatorio. Enfrentarse a la vida implica tener que trabajar desde chavo, ganarse los buenos “baros” para invitar a una “nena” al cine, y que todavía alcance para el reven del fin de semana. Así sucedió con mis compas que, sin envidiar mis logros, se conformaban con su trabajo de empleados. Yo los consolaba o, mejor dicho, tal vez asumía la realidad de los profesionistas del país diciendo: “Al menos ustedes tienen seguro social, yo ni prestaciones ni aguinaldo”.

Durante aquellos años, mi madre se empeñaba en hacer hasta lo imposible por seguir costeándome la escuela y no me podía dar el lujo de gastar dinero extra. Por ello mi comportamiento era más bien semejante al de un parásito para mis amigos, quienes sí podían costearse la borrachera y que, por amistad, siempre me invitaban, hasta el momento en que dejé de tomar por completo, aquejado de colitis recurrente, que me ponía, en serio, mal, muy mal, con apenas probar alcohol, lo que ahora me permite ahorrar dinero.

Tal vez nadie pensó que la noche que nos detuvieron las cosas fueran a cambiar de forma radical. Esa noche en que todo se resolvió, nos sentíamos hombres diferentes a lo que el destino se hubiera empeñado en querer para nosotros. Se notaba la diferencia con las salidas de años atrás, cuando nos conformábamos con tomar las chelas en casa de Héctor, de pie junto al muro de la terraza, mirando el ir y venir de la gente por la avenida, después de juntar los pocos pesos que podíamos sacar a nuestros padres, o de los empleuchos en que nos desenvolvíamos. Era distinto, teníamos la frente en alto, la vista hacia delante, siempre hacia adelante. Todos con buena paga, podíamos brindar por la suerte en un restaurante de clasemedieros, y nos atrevíamos a planear la creación de un negocio propio. ¿Qué mejor que una sociedad entre cuates de toda la vida? Acordamos la cantidad que cada quien tendría que depositar en la cuenta de Carlos, electo esa noche tesorero.

Apuraron la última cerveza (yo, mi agridulce limonada) y pedimos la cuenta. Se hacía tarde. El fin de semana concluía y, sintiéndonos “jóvenes responsables tocados por la fortuna, prófugos del destino de los arrabales”, teníamos que descansar para iniciar la jornada el lunes.

Fue patético llegar a la Delegación. Rayaban las dos de la mañana. Al entrar, se abría una salita de espera. Del lado derecho se encontraba el escritorio del oficial en turno. Frente a él, a la izquierda, una banca larga de madera en la que permanecía, amodorrada, una mujer joven, vestida con bata clínica; no recuerdo su rostro pero la imagino fea. Dos hombres me sujetaban los brazos, como si aún tuviera intenciones de escapar después de lo sucedido. Sin contener el enojo, exigí justicia ante la violación de mis derechos. No importó ni una de mis quejas. Pregunté por mi amigo, pero nadie contestó. Hicieron que me quitara la camisa y, después que la mujer de bata clínica me revisó, se asentó en el acta que no presentaba marcas de maltrato. Deposité en el escritorio la cartera, contaron el dinero, me obligaron a desprenderme del cinturón, del reloj y los cordones de los zapatos (no me fuera a suicidar). Luego de redactar en una hoja las pertenencias y hacerme firmar, el que parecía jefe me devolvió la camisa, y me entregó el vaso de plástico para depositar la muestra.

Detuve el automóvil. El semáforo en luz roja. Las calles desiertas: “Cruza, a esta hora los semáforos son precaución”. Cerciorándome que no había peligro, avancé. A escasos metros, del otro lado del camellón, una patrulla encendió sus luces. No avanzamos más de dos esquinas para escuchar la sirena anunciando que debía detenerme. Fue hasta que el oficial me solicitó los papeles cuando me percaté que no estaban en la guantera. Sólo pude entregar la licencia de conducir.

Me pidieron que bajara del carro y, ante el discurso de las faltas que había cometido aclaré: “Son más de las doce… el semáforo es precaución, … venimos de cenar.., los llevo a su casa… yo ni siquiera tomo”. En su hablar atropellado, el agente me hizo ver los problemas en que estábamos metidos. Yo me resistía: “¡El intermitente evita que uno sea asaltado al detenerse mucho tiempo..!”, intenté explicar, llegar a un acuerdo. No tenía justificación, el semáforo marcaba rojo estático: “… son más de las doce… no venían carros…”. Se acercó su “pareja” con el reglamento vehicular en la mano y la mirada endurecida, como si se tratara de un atraco de suma importancia. Con voz ronca y demostrada prepotencia (y él sí tenía aliento alcohólico) dijo, al mismo tiempo que señalaba en el librito: “El artículo 27 es claro: ‘los conductores tienen que hacer alto total”. Enojado por su actitud espeté: “Permíteme, el artículo que dices no es el que estás mostrando, estás señalando el 123…”. Y entonces ocurrió: a mis espaldas crecía, como un gigante que despierta y se levanta entre las montañas de la más tímida prudencia, el aleteo de una voz “apocalíptica”: “¡Vergüenza debe sentir tu familia porque eres policía! ¡Analfabeta!”, fue el grito – escupitajo de fuego lanzado por Ángel, que presenciaba la escena sentado en el borde de la ventanilla del copiloto con esa sonrisa idiota en el rostro, jugándose una broma.

De personalidad introvertida, Ángel tenía que tomarse unas cervezas para comenzar a disparar chistes y expresar su visión de las cosas que le molestaban. Tal vez el hecho de ser el mayor de tres hermanas, de madre soltera, le hacían ser comedido en su actuar cotidiano, eso de dar el ejemplo y cosas así. Pero el alcohol hacía surgir en él lo disidente. Desde la secundaria había tenido estas actitudes para con la autoridad, pero nunca se trataba de meternos en problemas serios sino, más bien, cuando no lograba salirse con la suya bastaba alguna reprimenda, una madriza acaso; como cuando llegó borracho de una barra libre y un grupo de chavos banda intentó asaltarlo. ¿No el idiota se empezó a reír y a gritarles ‘ora si se jodieron, no tengo ni un centavo, me gasté la lana en la disco’, no le quitaron hasta los zapatos, lo dejaron en cueros y además lo madrearon?

Los otros tres compañeros intentaron callarlo. Fue tarde para detener el caos. El policía, ofendido, arrancó a Ángel de la ventanilla, lo tiró al suelo y le dio de patadas. Héctor ordenó a José que te llamara de inmediato: “Háblale a Escamilla para que sepa lo que nos está pasando”. “No tengo crédito”, fue la respuesta al cerrar el celular. Carlos corrió como el maricón que siempre ha sido. Logré arrebatar mi licencia, subir al auto y arrancar, cargado de adrenalina, mientras que cada uno de mis tripulantes abordaba como bien podía. Esquinas adelante, varias patrullas cerraron el paso. Sólo el conductor debía ser detenido, pero Ángel no sé si por estúpido o por amistad, siguió insultando hasta que lo cargaron. Los demás tuvieron que irse.

Compartí la celda con tres personas. “Mi consuelo”, pensaba, “es que duermen y no tengo que soportar sus miradas”. Eran un objeto más de la oscura escenografía. No logré cerrar los ojos. A esta hora los chavos habrían dado aviso a mi madre, y tenía la certeza de que también al padre Carrillo. Este pensamiento me mantenía alerta, contagiaba algún tipo de seguridad. En cualquier momento vendrían a sacarnos: “cuando sepan que somos de su equipo de trabajo se arrepentirán de habernos detenido, no hicimos nada grave”. El jefe de la policía no es bien visto por la gente, mucho menos en sectores de clase baja donde el padre Carrillo tiene poder de convencimiento. ‘Ora sí se va a armar la revolución’. Nunca imaginé el proceder de la autoridad. A pesar de que sí, y en serio te lo digo, sí sentía miedo, el odio era mayor y quería venganza. Confiaba en que los cuates, afuera, estaban buscando la forma de sacarnos. Estaba seguro que te habían ido a ver, y pronto la prensa estaría amotinada en la entrada. Despertarían a los muchachos del grupo juvenil que dirigíamos: “¿los detuvieron?…, sí… es terrible la represión de este gobierno para los jóvenes…, cómo se atreven…, son muchachos serios…, uno de ellos (yo, por supuesto) ni siquiera toma…, lo hacen porque son de Pacabtún”. Imaginaba que en poco tiempo habría una manifestación exigiendo nuestra libertad. Tendría que tener un discurso listo. Los perdonaría, claro. A todos. Sin rencores. Eso hablaría bien de mí. El padre Carrillo estaría orgulloso… No sé por qué, pero pensé que, por ser del equipo de trabajo del sacerdote, la policía tendría cierta consideración para con nosotros: ¿acaso no éramos figuras públicas, ejemplo para otros jóvenes?

La incomodidad de la celda me traía a la mente otro tipo de sentimientos. Es verdad que me sentí burlado, violentado en mis derechos, casi un prisionero político. Mas, con el paso del tiempo y el silencio viscoso que atravesaba los oídos, interrumpido apenas por el sonido de alguien escribiendo a máquina, ese sentimiento se transformaba en angustia, dolor en el pecho: “¡Qué coño hago aquí!, ¿cómo es posible que esté viviendo esto? Yo, un profesionista, universitario. Es imposible que esté sucediendo, tengo que despertar de alguna forma, ¿dónde carajos estará Ángel? ¿Adónde lo llevaron? ¿Qué va a pasar conmigo?”. Tal vez era peor que nos relacionaran como servidores de la parroquia del padre Carrillo. Lo hicieron. Y considerando los últimos sermones que se había gastado el padrecito contra la policía, pues ser coordinador del grupo juvenil tal vez no fuera lo mejor de mi currícula para zafarme de esta situación.

Dolía la cara, la ceja sobre todo. Hervían los músculos y sentí como si los ojos pudieran escupir injurias que no alcancé a pronunciar. La luna contemplaba el encierro filtrándose por la pequeña ventana y sus barrotes. Un tufo asqueroso inundaba el ambiente. No podía cerrar los párpados. La madrugada comenzaba a refrescar y me refugié en un rincón de la celda.

Trajeron a Ángel hasta mucho después, aunque el remolino de imágenes en la mente, y el hecho de haber dejado mi reloj junto con mis pertenencias me hacía imposible calcular el tiempo. No logré verle la cara, pero pude escuchar cómo le gritaban y cómo, con voz cortada, él accedía a todo lo que pedían. No era el mismo de horas atrás, definitivamente. Lo habían doblado. Lo cruzaron frente a mi celda, con la cabeza cubierta por su camisa machada de sangre, y pensé: “no me digan que no hubo maltrato físico”. Me pegué lo más que pude a los barrotes del encierro, trataba de ver donde lo ponían, le grité para que me escuchara; pero un policía, con un cachazo de rifle sobre los barrotes, me hizo retroceder. No logré percibir la voz del amigo, sólo murmullos de los guardias. Lo dejaron solo. Él se mantuvo en silencio, mientras yo me desgañitaba exigiendo llamar por teléfono.

Leí la noticia casi dos días después que sucedió, ya como crónica, una vez que ya estaba acomodado en el cuarto que mi ex compañero de estudios me prestó mientras rehacía mi vida. Fue tal el escándalo suscitado, que toda la ciudad habló alguna vez del suceso. Me sentía tan ofuscado por la situación que no tenía ganas de mirar ni hablar con nadie. Cuando la leí, supe que tenía que entrevistarme contigo porque, aunque como dices, tal vez no haya nada que hacer y nadie alcance a creer la historia, quiero ser yo el que se libere de este pensamiento. Purgarme del recuerdo, si así lo quieres tomar.

Me encontraba sentado en la parte trasera del carro-patrulla cuando la abordó uno de los uniformados, que apenas había aparecido y, diciendo que a la policía se le respeta, me golpeó en la cara con la mano abierta. Por reflejo me agarré de su placa y, jalándolo hacia mí, intenté ver su número, pero el dorado en la placa resplandecía tanto que los números giraban haciéndose borrosos, ilusorios, indescifrables, al grado que tuve que dejar caer los párpados y ocultar la vista. Exigí me dijera su nombre. No lo hizo y, ante mi confusión, logró zafarse y bajar del carro. Tomando sus lentes entre las manos, los rompió gritando que yo lo había atacado. Entraron al automóvil, más agentes; alcancé a meter los brazos para cubrirme. No tengo marcas de golpes, ya que se fijaron de no utilizar los nudillos. Casi en la inconciencia, desparramado en el asiento trasero, alcancé a entender murmullos sobre el escarmiento que pensaban darnos. Hice un esfuerzo para oír mejor. Horas más tarde, en la celda, cuando al fin puse en orden mis recuerdos, en ese rincón apestoso a vómitos y orines, comprendí que dijeron algo como “son gente del curita de Pacabtún, los he visto de dirigentes en varios eventos, el jefe va a quedar encantado y, si no, pues nos vamos a divertir, que no…”.

Al despabilarme por completo, observé que nos dirigíamos a la Delegación. Me recosté junto a la ventanilla del vehículo a rumiar la furia. Quería ignorar la presencia de Ángel y sus arrebatos que nos tenían aquí. Le echaba la culpa, y estaba encabronado hasta la médula con él. Debió presentirlo porque esquivaba mis ojos. Yo hacía esfuerzos por digerir el odio que crecía en el pecho al momento de llegar a un crucero en que el semáforo marcaba rojo. “Cruza, no viene nadie” indicó el copiloto, y me acerqué hacia la rejilla que nos separaba de los asientos delanteros: “Qué a toda madre, ¿ustedes si pueden volarse un alto?, ¡qué a toda madre!”. “Este no es un carro de paletas, muchachito”. En el colmo de la ironía comencé a aplaudirles: “¡Bravo, bravo, superman!, qué bueno que te tenemos en esta ciudad para que nos protejas”. El carro se detuvo, los oficiales descendieron, abrieron las puertas traseras, pistola en mano nos obligaron a bajar y a tirarnos al suelo.

Sentí la heladez del cañón del arma sobre la sien izquierda, y la aspereza del pavimento en la mejilla derecha. Apreté los párpados y todo fue oscuro por un larguísimo momento. Escuché voces pequeñas sonando en la radio, el arribo de otros vehículos, gritos y más golpes. No pude ver dónde condujeron a Ángel, pero estoy seguro que lo escuché suplicar, llorar. Quise ayudarlo, levantarme del suelo, pero un pie me oprimía la cabeza contra el piso, y alguien tenía asentada una rodilla sobre mi espalda.

Dentro de los gritos que escuchaba se intercalaban risas y, sobre todo, gemidos: “No que son el azote de Pacabtún, no que son los más cabrones del barrio, más bien parecen muñequitas…”, eran algunas de las líneas que alcancé a atrapar en el remolino de voces y ruido. Hicieron que me levantara y, al abordar, Ángel ya no estaba y yo no entendía la razón de tanta violencia.

Cuarenta y ocho horas bastaron para que el negocio que habíamos planeado se fuera por la borda. En ese tiempo que pasamos encarcelados, Ángel y yo perdimos el empleo y sentí cómo nos enemistamos. El golpe para mi madre, con la cual aún vivía, fue demasiado. Tuvo que pagar la fianza de ambos porque la madre de Ángel no quiso ayudarlo, además de pagar al policía los lentes que quedó asentado en el acta yo había roto. Tan sólo entré a la casa para ver mis cosas guardadas en cajas de cartón: “cuando regrese del trabajo no quiero que sigas aquí, y espero me devuelvas lo que pagué por sacarlos”, había dicho al irse.

Héctor, Carlos y José intentaron buscarme pero me las arreglé para no toparme más con ellos. Me cambié a un fraccionamiento al otro lado de la ciudad, a casa de un ex compañero de la escuela.

A las cinco de la mañana por fin me permitieron hacer la llamada a que tenía derecho. Intenté varios números, excepto el de mi casa. Nadie contestó. Al fin hablé a casa de Héctor y, para mi sorpresa, contestó José. Dos del grupo habían sido arrestados, golpeados y la estaban pasando mal, y los otros tres seguían festejando la noche: “No hay nada que hacer, carnal. Hablamos con el tío de Carlos, y de ley tienen que pasar cuarenta y ocho horas encerrados. Y el padre Carrillo quiso darnos un sermón que, por supuesto, tuvimos que ignorar. En desagravio, decidimos brindar porque ahora sólo nosotros tres quedamos limpios de pisar el bote. ¡¿Dime si no es motivo para festejar?!”

¿Cómo explicarte lo que sentí en ese momento? ¡Crecimos juntos, coño! Se suponía que debíamos cuidarnos unos a otros.

Al abandonar la cárcel traía los pasos de Ángel detrás de mí. Subí al carro de mi madre y desde ahí pude ver como él le agradeció y se despidió de ella. Me lanzó una mirada seca y, sin decir palabra, se alejó. “No quiso que lo llevemos”. “Que se joda”, dije a mi madre cuando arrancó el vehículo.

Tal vez pueda imaginar lo que pasó por su mente. El aislamiento pudo más con él que conmigo. De alguna forma habrá pensado, como yo, en la traición de los amigos, el abandono de su familia, la negación del sacerdote. Pero más que nada, y porque creo que lo conocía bien, estoy seguro que no pudo perdonar la humillación que le hicieron los policías; no por la detención, sino porque sus hermanitas tuvieron la oportunidad de verlo derrotado. La venganza le caló muy fuerte. No me enteré por los cuates, ni los he vuelto a ver, aunque estoy seguro que quizá nos veamos en el entierro.

Es difícil pensar que no tuvo tiempo para planearlo y que lo hizo al sucumbir y caer presa de un arrebato, como si se tratara de juzgar las acciones de un loco, eso han intentado hacer creer. No lo acepto. Más bien estoy seguro que durante el encierro se habrá dado valor. Al salir averiguó el nombre de los policías. ¿Quién iba a decir que los malditos estarían adscritos a la estación de Pacabtún y que vivían en la Fidel Velázquez? Son raza, como se dice en el argot, ¿cómo pudieron chingar a quienes han crecido en la misma barriada?

La faramalla del arresto se había publicado como una redada exitosa contra vándalos del fraccionamiento e incluso, y eso lo supe hasta que tú me enseñaste la foto de Ángel publicada en Presidio, se pararon el cuello al atrapar (según ellos) a la escoria que azota el barrio. Su rostro ensangrentado daba lástima. Alrededor de él, aparatos electrónicos, dizque robados, una pistola, algunas balas, y en el pie de foto, “Asaltantes que han sido protegidos diversas ocasiones por el padre Carrillo…”. No quise leer más.

Esperó lo suficiente. Al salir del trabajo los habrá seguido a sus casas. Estudió sus rutinas. Te digo que era muy callado pero cuidadoso, con una dedicación y paciencia enormes, ¡era diseñador gráfico! Lo increíble me sigue pareciendo la sangre fría mostrada, la rapidez con que debió actuar. Terminar con una familia, salir, caminar hasta la casa del otro policía, con el tubo asesino en las manos, y no titubear hasta consumar su deseo.

Lo detuvieron cerca de la carretera a Cancún y puso tanta resistencia – parece que lesionó a uno o dos agentes con arma blanca – que lo tuvieron que matar. Al menos quiero pensar que se resistió, y no que lo cazaron como a un maldito animal.

Miro el descenso del ataúd y escucho al padre Carrillo diciendo esa sarta de estupideces sobre la ley del Talión y los mensajes de Cristo de poner la otra mejilla (ni una palabra sobre lo acontecido, sin reproches sociales). ¿Cómo Ángel iba a poner la otra mejilla, luego que le arrebataron la tranquilidad de vida que había logrado formarse? Ni en su cadáver pude observar al amigo. Las costuras de la autopsia lo dejaron irreconocible. A lo lejos, los otros tres del grupo. No dudo sobre el sentimiento recorriendo (arañando, desgarrando) sus recuerdos. Muy aparte, contemplo el cortejo en desbandada, cada quien a enfrentar sus remordimientos.

Adán Echeverría García

Esta historia recibió Mención de Honor del Premio Nacional

José Amaro Gamboa, convocado por la UADY en 2004

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