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Balandra

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La escuela de comunidad

Santiago Herrera Castillo

Un hombre sencillo, sin título; pero maestro de verdad

Al llegar al kilómetro 18 de la carretera Mérida–Progreso, se dobla hacia el Poniente y se camina (en la época del relato había que caminar) un kilómetro más para cruzar la barda de piedras que forma la primitiva muralla del pueblo. Allá está, oculto a las miradas, un pueblo que se llama Komchén, del municipio de Mérida. Como el lugar se encuentra situado no lejos de la ciénaga y de la costa, es muy pedregoso y enfermizo (enfermedades hídricas y de desnutrición).

En ese poblado, aunque parezca increíble, había en los años de 1926 a 1930 un activo comercio de flores que las mujeres llevaban al cercano pueblo de Progreso. Las flores eran cultivadas en los improvisados jardines domiciliarios. Allí conocí al maestro Juan Bautista Balandra.

Balandra era de alta estatura y enjuto, facciones rústicas y ademanes mesurados; muy activo, atento y conversador. No era nativo de Yucatán sino del estado de Guanajuato, aunque perfectamente adaptado a nuestras costumbres rústicas yucatecas. Residía con su madre, anciana muy atenta en su trato social, que vestía falda y huipil corto con rebozo. Era su cabellera gris y trenzada. Los ademanes de madre e hijo eran casi idénticos. Balandra y su madre –madrecita campesina– formaban una familia ejemplar.

El local de la escuela era, en 1926, una casa de madera y láminas acanaladas de zinc con un pequeño anexo que era la residencia del maestro. En 1927 inauguróse el nuevo edificio de mampostería que hasta hoy existe, aunque muy mal edificado, cuyos techos hubo que reparar cuando recibieron el impacto de las primeras lluvias.

Balandra, como casi todos los maestros de aquella época, en los pequeños poblados y haciendas, trabajaba solo y en dos turnos diurnos más el nocturno. De 7 a 10 atendía al primero y al segundo año y, por las tardes, de las tres a las cinco, al tercero y cuarto año. Por la noche, de 7 a 9, ayudaba a un grupo de jóvenes y adultos enseñándolos a leer y sobre todo era su consejero en cuestiones morales y cívicas. Tal programa de trabajo era constante durante todos los días de la semana. La escuela nocturna –por cuya atención recibía paga especial– también se hallaba sometida a un programa y pasaba exámenes trimestrales. No era centro alfabetizador: era una escuela nocturna.

El maestro era incansable en su labor docente. Esa era su sola ocupación. Tenía su pequeña biblioteca pedagógica y de cultura general y ponía en práctica cuantas ideas consideraba que podían mejorar su labor.

Una noche de exámenes trimestrales asistí personalmente a su “nocturna” y encontré, colgados de las paredes, grandes cartelones con los aforismos que siempre le decía yo a los maestros y que Balandra trasladaba a sus jóvenes discípulos: “El orden es la vida”, “No me digas lo malo que se hace sino lo bueno que debe hacerse”, “Dime con el ejemplo la conducta que debo observar”, etcétera.

Balandra se preocupaba personalmente por cada uno de sus discípulos y era también el consejero médico; sabía aplicar inyecciones y prestar los auxilios y, como residía en el pueblo, estaba disponible a cualquier hora: el maestro del pueblo. En aquellos días eran muy frecuentes las epidemias entre los niños y patentemente se veían los efectos de la desnutrición y de los heredi–alcohólicos.

La escuela trabajaba normalmente y cada tres meses los alumnos eran examinados por sinodales. En 1928 casó el maestro con la hija de uno de los principales vecinos del pueblo…

¡Un verdadero maestro rural! ¡Un verdadero maestro de la comunidad!

 

Diario del Sureste. Mérida, 8 de diciembre de 1966, pp. 3, 7.

 

[Compilación de José Juan Cervera Fernández]

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