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Ave Fénix

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Emilio Castelar

Parsifal

[Serapio Baqueiro Barrera]

Refiérese que cuando el cadáver del Cid Campeador fue expuesto en el templo para rendirle al famoso paladín legendario los honores póstumos, un hombre del pueblo penetró en aquel penumbroso místico recinto y, acercándose al ataúd para contemplarlo mejor, no pudo resistir un impulso de ridícula audacia y, alargando el brazo, exclamó: –Tocaré las barbas de tan insigne caballero, que cuando él vivía nadie fue osado a tocar…; y el cadáver, incorporándose en su lecho, castigó tan grande irreverencia con un golpe tremendo que hizo rodar por el suelo al pobre hombre.

¿No se os antoja esta absurda leyenda un símbolo de la España siempre conturbada, hasta en la muerte y siempre rediviva? De la España fecunda como fuente inexhausta; de esa tierra fervorosa y sin embargo perjura; cruel e inhumana con sus reyes inquisidores y conquistadores. De la España que no caduca en la historia porque con hálito de inmortalidad la vivifica, que es como el anillo saturniano que la eternidad del tiempo no acaba de desgastar, o el ave fénix surgiendo viva de sus cenizas inmediatamente de haber perecido…

La España frívola y trágica, cuyo genio logra amalgamar en sí estas dos cualidades morales contradictorias, que así la han visto y considerado los viajeros más ilustres que la han visitado, desde Víctor Hugo, Teófilo Gautier, Alejandro Dumas, Bizet y Mauricio Barres…

En estos aciagos días de su historia verdaderamente dramática, todo el mundo piensa y habla de España, íntimamente unos o en público otros, porque el tema es apasionante e inagotable y absorbe el ánimo de periodistas y escritores.

Todos hablamos con más o menos acierto o autoridad de sus monumentos maravillosos consagrados por el tiempo, de sus costumbres y de sus hombres ilustres, principalmente de los que están más cerca espiritualmente de nosotros, es decir, de los hombres que trataron de regenerarla y modernizarla política y socialmente.

De Pí y Margall, de Salmerón, de Castelar, de quien recientemente alguien dijo que fue el padre de la primera República española.

Y efectivamente es así. El gran tribuno que ganaba todas las batallas con la magia de su elocuencia, que se servía del idioma como de una materia plástica para modelar con él sus pensamientos que eran como columnas y frisos y bajorrelieves y cúpulas y arcos de triunfo.

Los muertos crecen en sus sepulcros, dijo el insigne pensador; rectifiquemos esta frase del gran republicano diciendo: sí, algunos muertos, como él, se agigantan en su tumba…

Si por un milagro pudiéramos hacer salir de su tumba al prodigioso orador que renunció la Presidencia de la República porque no quiso sancionar con su firma varias sentencias de muerte, diciendo con profunda repugnancia cuando le presentaban los expedientes relativos: Yo no vine aquí para matar hombres, prefiero irme a mi casa…; si pudiéramos resucitarlo, repetimos, ¿cuál sería su posición espiritual ante la tragedia que reina en este momento en su patria?

Don Emilio Castelar profesaba con el mismo ardimiento el credo republicano y el credo católico, porque creía que no hay incompatibilidad entre estas dos creencias, la democrática y la religiosa que le prohibía matar. Se suscitaría, pues, en su conciencia un gran conflicto de deberes y, por sus ojos entornados, según su propia frase grandilocuente, “pasarían bramando océanos de lágrimas…”

Mérida, noviembre de 1936.

 

Diario del Sureste. Mérida, 13 de noviembre de 1936, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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