Viajes a Yucatán – XXV

By on septiembre 3, 2021

XXV

PRIMER VIAJE A YUCATÁN

(1839)

Continuación…

CAPITULO XVI

Ruinas de Nohpat.-Montículo elevado.-Gran vista.-Figura humana esculpida.-Terrazas.-Monstruosa figura esculpida.-Calavera y canillas.-Situación de las ruinas.-Viaje a Kabah.-Chozas cobijadas de guano.-Arribo a las ruinas.-Regreso al pueblo.-Asombro de los indios.-Criado de precio.-Fiesta de Corpus.-Pluralidad de santos.-Manera de poner un santo debajo de patrocinio.-Procesión.-Fuegos artificiales.-Baile.-Exceso de población femenina.-Una danza.

Al siguiente día salimos para otra ciudad arruinada. Está situada sobre el camino de Uxmal, y era la misma que había visto en mi primera visita a Ticul, y se le conocía con el nombre de Nohpat. A una legua de distancia salimos del camino real y tomamos otro a la izquierda, que no era más que una vereda de milpa la cual seguimos, encontrándonos, al cabo de quince minutos, entre las ruinas. Sobre las demás se alzaba un elevado montículo con un edificio arruinado sobre su cumbre. Desmontamos a su pie y amarramos los caballos. Su pendiente mide ciento cincuenta pies y cerca de doscientos y cincuenta su base. Se ha separado y caído parte de la cima o cumbre, sobre la cual yace el edificio arruinado, de suerte que presenta el aspecto de una quebrada; y según nos dijo Cocom, el guía, se había desprendido en la última estación de aguas. Subimos arriba por el lado de la quebrada, y pasando por la parte superior del montículo, bajamos por el del sur, en donde encontramos una gigantesca escalera cubierta de vegetación y maleza, pero con la mayor parte de los escalones en su respectivo sitio, casi enteros. Consiste el edificio arruinado de la cumbre, en un solo corredor de tres pies y cinco pulgadas de ancho. Desde allí observamos desparramadas a nuestros pies las ruinas todas de Nohpat, en medio de una llanura silvestre sembrada de cerros artificiales cubiertos de arboleda, y los cuales demarcamos con los nombres con que eran conocidos de los indios. Hacia el O. cuarta al N, se alzaban las ruinas de Uxmal a la vista del admirado espectador, pues a aquella distancia aparecían como enteras y en todo su esplendor formando parte de una ciudad animada. A nuestro frente descollaba la casa del gobernador, y tan próxima y cercana, que acertábamos a distinguir el terreno de puertas adentro, y ciertamente hubiéramos distinguido también a cualquier hombre que hubiese andado por encima de sus grandes terrazas, y sin embargo, durante las dos primeras semanas que estuvimos en Uxmal, nada supimos de la existencia de este lugar, que era imposible que viéramos desde allí por hallarse todo escondido y cubierto de arboleda.

Bajamos de este montículo pasando a un lado de la escalera, y en seguida subimos a una elevada plataforma en cuyo centro yacía una ruda piedra redonda, semejante a la llamada “Picota” que se encuentra en los patios de Uxmal. Al pie de la escalinata había otra gran piedra plana, que tiene esculpida sobre su superficie una colosal figura humana. Tiene de largo esta piedra once pies cuatro pulgadas, y de ancho tres pies diez pulgadas. Está asentada de espaldas sobre el suelo, rota por en medio en dos pedazos. La escultura es ruda, gastada por el tiempo, y ahora es difícil distinguir sus perfiles. Probablemente estaba en pie, pero habiéndose caído y roto, ha estado por muchos años con la cara al cielo, expuesta a la fuerza y torrente de las lluvias. Decían los indios que era el retrato del rey de los antiguos, y sin duda lo era de algún señor o cacique.

En la parte del S. E. del patio y a corta distancia, hay otra plataforma o terraza con dos grupos de edificios que forman un ángulo recto. Uno de ellos tenía dos pisos con árboles que crecían y nacían del techo y las paredes, presentando un conjunto de ruinas las más pintorescas que hubiese visto en el país. Al acercarnos vimos al Dr. Cabot trepándose al techo por uno de los árboles que se desprendían de un ángulo del edificio en busca de un pájaro; y con el ruido que hacía espantó a una gigantesca iguana, la cual saltando de árbol en árbol se echó a correr por la cornisa, y se fue a refugiar a una de las grietas de la pared del frente.

Más allá, había otra terraza con edificios arruinados cubiertos de árboles, que presentaban un aspecto muy pintoresco y la cual nos parecía de las más atractivas e interesantes de todas las que hasta entonces habíamos visto; circunstancia que indujo a Mr. Catherwood a dibujarlas.

De allí pasamos muchos otros edificios y montículos arruinados, y a la distancia de seis o setecientos pies salimos a un campo abierto, que formaba la parte más curiosa e interesante de estas ruinas. Yacía en las inmediaciones de tres montículos, de los cuales tirando líneas entre si formaban ángulos rectos, y en el espacio abierto que había en el centro, se encontraban varios de monumentos esculpidos despedazados, caídos y algunos de ellos medio enterrados. Cabezas y cuerpos rotos yacían desparramados en tal confusión que al principio no acertábamos a descubrir la conexión que tuvieran entre sí, hasta que examinados con detención encontramos dos fragmentos, los cuales por la forma que presentaban las superficies de la parte rota, parecían componer las de una misma pieza. Una de estas partes o fragmentos representaba una monstruosa cabeza, y la otra un cuerpo aún más monstruoso. Este último lo asentamos en su posición propia, y con alguna dificultad, por medio de palos y de las sogas que los indios desataron de sus alpargates, logramos levantar la otra y colocarla en su lugar correspondiente tal cual estuviera antes. Este monumento consistía de una masa de piedra sólida de cuatro pies, cuatro pulgadas de alto, un pie y seis pulgadas de espesor, y representaba una figura humana agachada, con una expresión horrible en la cara, la cual la tenía casi vuelta sobre un hombro. El tocado figuraba la cabeza de una bestia salvaje, pudiéndose distinguir todavía con facilidad las orejas, ojos, dientes y quijadas. La escultura es ruda, y toda la figura tiene un aspecto tosco y feo. Probablemente es uno de los ídolos que adoraba el pueblo de esta ciudad antigua.

Se encontraban otros del mismo carácter general, pero con la escultura muy borrada y gastada por el transcurso del tiempo. Además de éstos, había fragmentos de monumentos de un carácter distinto, medio enterrados en el suelo y esparcidos por aquí y acullá, sin ningún orden aparente, pero que evidentemente se adaptaban el uno al otro. Después de examinarlos por algún tiempo, los colocamos del modo que a nuestro juicio debían haber estado. Varían de un pie cuatro pulgadas a un pie diez pulgadas de largo, y todos tienen la misma altura de dos pies tres pulgadas. Presentaban un diseño formado de calaveras y canillas: la escultura es de bajorrelieve, clara y distinta todavía. Probablemente era éste el lugar sagrado de la ciudad, en donde se ostentaban en presencia del pueblo sus ídolos y deidades rodeados de los emblemas de la muerte.

Estas ruinas están situadas en las tierras del común del pueblo de Nohcacab, a lo menos, así lo dice el alcalde de este pueblo, aunque D. Simón las reclama como pertenecientes a las de la hacienda Uxmal; bien que no creo que el arreglo de esta cuestión valga la pena de una mensura. El nombre Nohpat está compuesto de dos palabras mayas que significan “gran señor”; y estos son todos los informes que pude obtener respecto de esta antigua ciudad. Si la hubiéramos descubierto antes, seguramente nos estableciéramos allí hasta explorarlo todo, pues sus montículos y vestigios de edificios, aunque en un estado muy ruinoso, acaso son tan numerosos como los de Uxmal. Hacía un día, como uno de los más hermosos del mes de octubre en nuestro país, soplando una brisa fresca y constante que templaba el calor. El país en que yacían las ruinas era despejado y abierto, o con árboles suficientes para adornar el paisaje y dar a aquéllas un aspecto pintoresco. Estaba cortado por numerosas veredas y cubierto de grama, como el más hermoso prado de nuestro país, y era aquélla la primera y única vez que encontrábamos placer en dar un nuevo paseo por el campo. Bernardo llegó del pueblo con un indio cargado de víveres; precisamente en el momento en que deseábamos comer, y en fin, todo contribuyó a hacer de aquel día, uno de los más agradables y satisfactorios de los que pasamos entre las reliquias de los antiguos.

El día siguiente, 8 de enero, salimos con dirección a Kabah, por el camino real de Bolonchén. La bajada de la rocallosa meseta sobre la cual está situado el convento, era de aquel lado áspera, desigual y precipitada. Pasamos por una larga calle de casas de guano; ocupadas exclusivamente por indios, algunas de las cuales tenían un aspecto muy pintoresco. Al fin de la calle, como igualmente a la extremidad de las otras tres calles principales que corren en dirección de los puntos cardinales, se encuentra una capillita con altar, en donde los indios puedan hacer sus oraciones al salir del pueblo y dar gracias por su feliz regreso. Saliendo del pueblo, el camino es pedregoso y limitado por ambos lados de árboles y matojos ruines, pero según fuimos avanzando el país comenzó a despejarse y adornarse de hermosa arboleda. A distancia de dos leguas, tomamos a la izquierda por una vereda de milpa y no tardamos en vernos metidos entre árboles y arbustos cubiertos de un espeso follaje, que después de la hermosa y despejada campiña de Nohpat, no pudimos menos de considerar como una vicisitud de la fortuna. Algo más allá, vimos a través de un descampado un montículo elevado y cubierto de vegetación, sobre el cual había un edificio semejante a la casa del enano, que descollaba sobre todos los demás objetos adyacentes y que estaba anunciando el asiento de otra antigua y perdida ciudad. Moviéndonos algo más todavía, para ver mejor por el claro de los árboles, vislumbramos un gran edificio de piedra, con el frontis entero según las apariencias. Apenas habíamos expresado nuestra admiración, cuando vimos otro, y otro más todavía a corta distancia. ¡Tres grandes edificios a un tiempo con fachadas perfectas y enteras, según lo que habíamos podido descubrir con trabajo y desde aquella distancia! Esto era realmente una sorpresa para nosotros; crecían nuestra admiración y asombro, y estábamos tan excitados, como si fuese ésta la primera ciudad arruinada que hubiésemos descubierto.

Los guías nos abrieron una vereda, y avanzamos con gran dificultad hasta hallarnos al pie de una terraza cubierta de arboleda espesa, enfrente del edificio más cercano. Detuvímonos allí: los indios despejaron un trecho del terreno para atar y asegurar los caballos, y trepando sobre una destruida pared de la terraza, fuera de la cual crecían enormes árboles, salimos a la plataforma y nos encontramos delante de un edificio con sus paredes en pie, y aunque con su frente dilapidado, manifestando en sus restos haberse hallado más ricamente decorado que ninguno de los de Uxmal. Atravesamos la terraza, ascendimos las escaleras, y entrando por las abiertas puertas, paseamos todas las piezas. Bajamos luego por la parte posterior de la terraza, y subimos en seguida por una gran escalinata de piedra diferente de todas las que habíamos visto, y tentando el camino por entre la arboleda pasamos al edificio siguiente, que presentaba una fachada casi entera con árboles que brotaban de sus lados y sobre su parte superior, de tal suerte que parecía que la naturaleza se había combinado con las ruinas para producir más pintoresco efecto. En el camino obtuvimos vislumbres de otros edificios separados de nosotros por un espeso monte bajo; y después de haber pasado una mañana muy trabajosa, pero interesante, regresamos al primer edificio.

Desde que salimos por primera vez en busca de ruinas, jamás nos habíamos sorprendido tanto, pues durante nuestra permanencia en Uxmal, y hasta mi visita forzada a Ticul y consecuente intimidad afortunada con el cura Carrillo, no había oído hablar nunca de la existencia de semejante lugar. Era completamente desconocido, y los indios que nos guiaron a estos edificios, después de conducirnos hasta ellos, aparecían tan ignorantes de la existencia de los demás, como nosotros mismos. Nos dijeron que éstos eran todos, pero no quisimos creerles: estábamos seguros que había otros enterrados en el bosque, y tentados por la variedad y novedad de lo que veíamos, resolvimos no menearnos de allí hasta descubrirlos todos. Desde que llegamos Nohcacab habían explorado “una ciudad por día” pero aquí nos encontramos con un vasto campo de ruinas en donde trabajar, y desde la primera ojeada nos satisficimos de las muchas dificultades que había que superar.

No existía ningún rancho ni habitación de ninguna clase más cerca que el pueblo. Los edificios mismos ofrecían un buen abrigo: con el desmonte necesario se podían convertir en una residencia extremadamente agradable, y por muchas razones fuera prudente que de nuevo habitásemos entre las ruinas. Sin embargo, este proyecto no estaba exento de peligros, pues la estación de los nortes parecía no tener fin: todos los días llovía, y estando muy espeso el follaje de los árboles, el sol no podía penetrar lo suficiente para secar el terreno antes de que lloviese otro aguacero, y por consiguiente se respiraba por todo el país circunvecino un aire húmedo e insalubre. Reinaba además la abundancia en el pueblo, por nuestra desgracia, porque la cosecha de maíz había sido buena, y como los indios tenían bastante qué comer, no se apuraban por trabajar. Ya habíamos palpado las dificultades que se ofrecían en conseguirlos para el trabajo y la necesidad de que estuviéramos continuamente presentes, día con día, para urgirlos a trabajar. Por supuesto que ni imaginarse debía el que lográsemos persuadirlos a que se quedasen en las ruinas. Determinamos, pues, continuar viviendo en el convento e ir a ellas todos los días.

Regresamos al pueblo por la tarde y en la noche tuvimos muchas visitas. La sensación que habíamos producido había ido tomando incremento, y los indios estaban realmente poco dispuestos a trabajar en nuestro servicio. La venida de extranjeros, aun de personas de Mérida y Campeche, era un evento extraordinario, y hasta entonces nunca se habían visto allí ingleses. La circunstancia de que veníamos a trabajar y descubrir ruinas, era asombrosa, incomprensible, y ni el indio más viejo hacía memoria de que se hubiesen perturbado jamás. La noticia de la excavación de los huesos en San Francisco había llegado hasta allí, y conversaban mucho entre sí y con el padrecito acerca de nosotros. Decían que era muy extraordinario, que hombres con caras extrañas y que hablaban una lengua que ellos no entendían, hubiesen venido con sólo el fin de explorar las ruinas; y tan sencillos como fueron sus antepasados la primera vez que los españoles vinieron a radicarse allí, decían que el fin del mundo se aproximaba.

Era ya tarde cuando llegamos a las ruinas el día siguiente, porque no pudimos salir antes que los indios del pueblo, por temor de que nos chasqueasen, ni tampoco pudiéramos haber hecho nada antes de su llegada: pero ya en el sitio, no tardamos mucho en ponerlos a trabajar. Mutuamente nos vigilábamos los unos a los otros, aunque por causas muy diversas; ellos, por la incapacidad en que estaban de comprender nuestro objeto e intenciones, y nosotros por temor de que no trabajasen si no se estaba a la mira. Si uno de nosotros hablaba, todos paraban el oído para escucharnos, y si nos movíamos, se ponían a mirarnos. Los instrumentos de dibujo de Mr. Catherwood, el trípode, sextante y compás, les eran sospechosos, y de cuando en cuando Mr. Catherwood los acababa de colmar de admiración tirando algún pájaro al aire. Cuando acertamos a conseguir que comprendiesen perfectamente el trabajo que se quería que hiciesen, se hizo tarde y fue preciso regresar al pueblo.

Tuvimos el mismo trabajo al día siguiente con una nueva partida de operarios, pero al fin logramos que trabajasen lo bastante con nuestra vigilancia continua y constantes instancias. Albino nos sirvió de mucho, y a decir verdad, no sé cómo hubiéramos hecho sin él. No descubrimos lo inteligente y activo que era hasta después de nuestra salida de Uxmal, porque allí todo estaba arreglado y entendido; pero en el camino se ofrecían constantemente mil cosillas en que manifestó tanta inteligencia y tal fecundidad de recursos, que nos hubo de evitar muchas molestias. Había servido de soldado y recibido en el sitio de Campeche un sablazo en cierta parte carnosa del cuerpo, lo cual indicaba que se movía en dirección opuesta a la del sable cuando éste le alcanzó. Como no le habían pagado por sus servicios, ni tampoco le dieron ninguna pensión por su herida, le disgustó ser patriota y combatir por su país. Tenía el oficio de herrero, que había abandonado a instancias de Da. Joaquina Cano para entrar en nuestro servicio. Su utilidad e inteligencia se dieron a conocer en Kabah. Como conocía el carácter de los indios, hablaba su lengua, y apenas se hallaba separado de ellos por unos cuantos grados de sangre, los hacía trabajar doble que yo. Es verdad que él tenía para los indios la ventaja de que podían hacerle preguntas y aligerar y distraer su trabajo conversando con él, de suerte que yo sólo tenía que dar las órdenes y dejarlo a él que lo dirigiese todo. Esto contribuyó a darle mayor valor que el de un criado común, y a duplicar además nuestra fuerza efectiva, pues podíamos emprender trabajos en dos lugares distintos, dividiendo a los indios en dos partidas. Albino sólo tenía una mala costumbre, la de tener a cada rato fríos y calenturas, costumbre que no pudimos quitarle, bien que nosotros tampoco le dábamos muy buen ejemplo. En el interior, Bernardo sostenía su reputación culinaria, y evitando la mala costumbre de Albino y sus amos, mientras que nosotros nos hallábamos tan flacos como los perros de los pueblos del país, él tenía unos cachetes que parecían estar a punto de reventar.

En tanto que nosotros nos ocupábamos en trabajar en las ruinas, los habitantes del pueblo no perdían el tiempo. El once comenzó la fiesta del Corpus Alma, con su novenario en honor del Santo Cristo del Amor. Se dio principio a la fiesta con repiques y voladores que, como estábamos entonces en las ruinas, tuvimos la fortuna de no oír; pero por la tarde hubo procesión, y por la noche baile, al cual fuimos formalmente invitados por una comisión compuesta del padrecito, el alcalde y un personaje mucho más importante, llamado el Patrón del Santo.

Ya he dicho que Nohcacab era el pueblo más atrasado y más indio de los que habíamos visto. Teniendo por consiguiente un carácter más indio, el gobierno de su iglesia es algo peculiar, y difiere, según creo, del de todos los demás pueblos. Además de los pequeños santos, favoritos de individuos particulares, tiene nueve principales que se han escogido como objeto de especial veneración: San Mateo, el patrón, y Santa Bárbara, la patrona del pueblo, Nuestra Señora de la Concepción, Nuestra Señora del Rosario, el Señor de la Transfiguración; el Señor de Misericordia; San Antonio, patrón de almas, y el Santo Cristo del Amor. Cada uno de estos santos, considerado con todas las ínfulas de un patrón general se halla bajo el especial cuidado de un patrón particular.

El modo con que un santo se pone bajo patrocinio, es peculiar ciertamente. Cuando se observa que alguna de las imágenes que se hallan colocadas en las paredes laterales de la iglesia atrae la atención particular de los fieles, como por ejemplo, cuando se encuentran indios hincados delante de ella con frecuencia, y se nota que le hacen bastantes promesas, el padre hace una requisición al cacique para que nombre doce indios, llamados mayoles, para que cuiden y atiendan al santo. Cumple el cacique con esta requisición eligiendo los doce indios, los cuales a su vez eligen, pero no de entre ellos mismos, a otra persona que lleva el nombre de patrón, y a quien se confía la custodia del santo. El padre, revestido de sus vestiduras sacerdotales, les hace prestar juramento, el cual santifica rociándoles con agua bendita. El patrón jura vigilar por los intereses del santo, cuidar de las velas y ofrendas que se le hagan, y atender a que la fiesta se verifique como es debido; y los mayoles juran obedecer las órdenes del patrón en todo aquello que tenga relación con la custodia y servicio del santo. Uno de estos santos, a quien se le tenía asignado patrón, era el Santo Cristo del Amor, así llamado en memoria del amor del Salvador que se sacrificó en vida por los hombres. Nos pareció sumamente extraño, y para nosotros era ciertamente una cosa nueva, el que el Salvador fuese reverenciado como un santo, como igualmente el que un santo tuviese su patrón. Era, pues, la fiesta de este santo la que se celebraba, y a la cual se nos había instado formalmente. Aceptamos el convite, pero como habíamos pasado un día muy laborioso, nos hallábamos merendando, cuando acudió corriendo el patrón a avisarnos que la procesión estaba lista para salir, y que sólo se esperaba por nosotros. No queriendo molestar haciendo aguardar, merendamos a toda prisa, e inmediatamente nos fuimos a la iglesia.

La procesión estaba ya formada en el cuerpo de ésta, y a su cabeza, situados en la puerta, había unos indios que llevaban la cruz. A nuestra llegada principió a moverse al son de elevados cánticos y bajo la dirección del patrón. Después de la cruz seguían cuatro indios cargando en hombros unas andas con la imagen del santo, que era la del Salvador, clavada en una cruz de cosa de un pie de alto, sujeta a un ancho espaldar de madera, con un espejito en cada lado y con su correspondiente dosel. En seguida venía el patrón y sus mayoles, el padrecito y nosotros, los vecinos o gente blanca del pueblo, y un numeroso gentío de indios de ambos sexos vestidos de blanco y con cirios encendidos en las manos. Descendió por la gran escalera del atrio, acompañada siempre de cánticos religiosos, y el golpe de vista que entonces presentaba la procesión, con la cruz y la imagen del santo, sobresaliendo por encima de la multitud y perfectamente visibles en medio del brillo de centenares de velas, era solemne e imponente. Se dirigió hacia la casa del patrón y al dar vuelta por la calle que conducía a ella, observamos una soga o cordel tirante que tendría tal vez cien yardas de largo, por lo cual, poco después empezaron a correr fuegos artificiales, que en el país llaman “idas y venidas” y que nuestros pirotécnicos conocen con el nombre de “palomas voladoras”. Los tubos inflamados se escurrían por el cordel, yendo y viniendo con velocidad y desparramando chorros de chispas de fuego sobre las cabezas de la gente, desordenando la procesión y causando mucha risa. A toda carrera condujeron al santo a un lugar de seguridad, y la gente formó calle poniéndose fuera del alcance del fuego. Concluido éste se entonaron cánticos de nuevo, la procesión volvió a organizarse y continuó su marcha hasta la casa del patrón, a cuya puerta el padrecito cantó una salve, y en seguida metieron el santo adentro. La casa sólo contaba con una larga pieza, con un altar portátil colocado en una de las cabeceras y adornado de flores, y en la otra estaba puesta una mesa llena de dulces, pan, queso y varios condimentos tanto para comer cuanto para beber.

Colocaron al santo en el altar, y a los pocos minutos se salió el patrón, encabezando a la gente, por una puerta situada enfrente de aquella por donde habíamos entrado, a una enramada de palma de coco de cien pies de largo y cuarenta de ancho, con un suelo hecho de tierra endurecida y asientos colocados a los lados. Siguieron al patrón los vecinos, y nosotros, como extranjeros y amigos del padrecito, fuimos conducidos a los principales asientos, que consistían en una hilera de grandes sillones de madera, dos de los cuales ocupaban la madre y la hermana de aquél. Las mujeres blancas y mestizas ocuparon los demás asientos, y al momento se llenó todo el espacio, debajo de la enramada, de indios y muchachos que se sentaron en el suelo, dejando en el centro un claro para poder bailar.

Inmediatamente dieron principio los preparativos para bailar: rompió el baile el patrón del santo, que nada de santo tenía en su aspecto, pero que era no obstante, un hombre respetable por su buena conducta y comportamiento, y que en su juventud había sido el mejor toreador que había producido el pueblo.

Empezó con el baile llamado “el toro”. El hermano del padrecito actuaba de maestro de ceremonias, y con un pañuelo llamaba a las bailadoras una tras de otra, hasta que todas ellas bailaron.

Luego se puso en lugar del patrón, quien se hizo cargo del oficio de bastonero, sacando a bailar a todas las señoritas que querían. Era aquello una especie de bal champétre, en la cual no se requería ningún vestido particular; y el hermano del padrecito, que en la primera visita que nos hizo se nos presentó vestido de casaca negra, pantalones blancos y sombrero de pelo, estaba bailando en calzoncillos con sombrero de paja y alpargates sujetas al pie con cordeles que le subían y ceñían casi toda la pantorrilla.

Cuando acabó de bailar, nos suplicaron que tomásemos su puesto, de lo que logramos excusarnos, no sin algún trabajo.

Hasta ahora no he hecho mención de una circunstancia muy notable en todo Yucatán, y que se manifestaba muy palpablemente en este baile; el gran exceso aparente de población femenina, que se estima en proporción de dos por uno. Aunque éste era un objeto interesante de investigación, y no obstante mi empeño en conseguir algunos datos estadísticos que, según se me informó, existían, no pude obtener ninguna noticia auténtica sobre el particular. Sin embargo, no dudo que haya más de una mujer para cada hombre, lo cual, según la opinión de los hombres, constituye a Yucatán en un país envidiable para vivir. Acaso esta circunstancia contribuye a disminuir algún tanto “el estado de la moral”; y sin que se crea que tengamos la intención de desacreditar a nuestros buenos amigos de Nohcacab, y además, como aquel era un baile público, no puedo dejar de mencionar un hecho: y es que la mujer de más atractivo y mejores modales del baile, era la de un hombre casado a quien había abandonado su mujer, y que la señorita mejor vestida y más distinguida, era hija del padre que había muerto en una de las piezas que habitábamos en el convento, y quien, hablando estrictamente, nunca debió haber tenido hijos; y había tantos y tan numerosos casos por este estilo, que nadie hacía alto; y maridos sin mujeres, y mujeres sin maridos, alternaban en sociedad sin embarazo ni tropiezo alguno1. Como muchos de los blancos no hablaban castellano, la conversación se hacía en lengua maya.

Era aquella la vez primera que nos presentábamos en sociedad, y realmente hacíamos el papel de grandes leones, casi iguales en importancia a toda una colección de fieras. Hacíamos algún movimiento, todos los ojos se dirigían a nosotros; hablábamos, todos callaban; y cuando lo hacíamos en inglés, todos se echaban a reír. El padrecito nos dijo que al fin nos veríamos obligados a bailar, y efectivamente se bailó un baile que llaman “saca-lo-suyo”, y todos tuvimos que salir. Entonces el patrón invitó a la madre del padrecito, cuya época de baile hacía tiempo que pasara, pero que no obstante salió a bailar riéndose, y riéndose con ella todos los de la reunión llamó luego a su hijo, que trató de excusarse, pero una vez en el puesto manifestó que era sin disputa el mejor bailador que allí había. A las once de la noche se acabó de danzar, y todos los vecinos de buen humor encendieron sus velas y se retiraron en cuerpo, separándose poco a poco en las diferentes calles que conducían a sus respectivas casas. Quedáronse los indios en su lugar a pasar la noche, bailando en honor del santo.

Todas las noches, además de numerosas visitas, teníamos el baile para pasar el rato, y cuando nosotros no concurríamos, iba Albino. Su inteligencia y posición social como nuestro criado principal, o mayordomo, le daban cierto grado de consecuencia, lo autorizaban a penetrar dentro de la enramada y tomar parte en la diversión y en el baile, en el cual dejó eclipsados a sus amos, y se granjeó la reputación de ser el mejor bailador del pueblo después del padrecito.

John L. Stephens

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1 Este juicio, a pesar de la gracia y moderación con que es emitido, no deja de ser una grave y terrible lección de moral pública que el distinguido viajero ha dejado consignada en su libro. ¡Ojalá sepa aprovecharse!

Traducción de Justo Sierra O’Reilly

Continuará la próxima semana….

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