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Viaje relámpago

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Letras

Joel Bañuelos Martínez

Bravonel, acompañado de su “pior es nada”, salió de su casa a las 7 de la mañana rumbo a la carretera, a esperar el autobús que los llevaría a Peñas. Con sólo dos cambios de ropa, algunos efectos personales, los pastilleros con medicamentos para tres días y una amenaza de tormenta tropical que estaba anunciada desde el día anterior, su hija los despidió desde la ventana, preparándose para ir a trabajar.

En la parada del camión, Bravonel pudo apreciar el pesado tráfico mañanero de la avenida Luis Donaldo Colosio, que no es más que el nombre que toma la vialidad dentro de la ciudad pero que es la vieja Carretera Internacional o la México 15.

El autobús de las siete madrugó y ya había pasado, su hija y su sobrina llegaron a la parada y en unos minutos tomaron el bus y se despidieron para dirigirse a su trabajo; a las 8:45 hizo su aparición el autobús de la línea AD con su leyenda en el parabrisas: Peñas, Santiago, Tepic. Lo abordaron, solo iban como ocho pasajeros; a buena velocidad, pronto estuvieron en Villa Unión, luego en El Rosario y Escuinapa, donde hizo una parada de 30 minutos a la espera de pasaje.

Bravonel bajó del vehículo y compró dos cocacolas, una normal y la otra de dieta, una bolsa con carnitas de cerdo y unas tortillas de maíz. El conductor arrancó y pronto estuvieron de nuevo en marcha por la carretera hacia el sur. Pasaron algunos poblados, la verde vegetación empezó a correr hacia atrás; pasaron un pueblito llamado La Concha, que es el límite del estado de Sinaloa y comienza el de Nayarit. Allí Bravonel suspiró hondo porque sabe que son sus terrenos coras.

A los pocos minutos hizo su aparición el crucero de Acaponeta, la llamada “ciudad de las gardenias”, pueblo donde nació el poeta Alí Chumacero Lora en 1918. Bravonel pidió permiso para bajar del autobús para ir a “cambiar agua a las aceitunas”, regresó y nuevamente se pusieron en marcha.

Pasó el crucero de Tecuala, y Bravonel recordó su último trabajo en ese pueblo, allá por el 79, en una panadería de un señor llamado Roberto Ibarra Ortiz, en donde compartió el tablero con sus amigos José Carranza, Salomón Acevedo y Chicos Ramos, los tres ya fallecidos. Luego pasaron por Rosamorada, el pueblo a donde se fuera a vivir su amigo Margarito Bañuelos, panadero también.

Pronto estuvieron sobre el puente del Bejuco, un ranchito de unas diez casas que conociera de niño Bravonel, acompañado de su tío Agustín y su mamá, y que le debe una historia porque guarda un bello recuerdo de él.

A los pocos minutos ya estaban pasando por Chilapa, el pueblo del paisa Leo Uribe y al que le escribió un texto de un imprevisto viaje. Adelante está El Tamarindo, que también tiene un pasaje de la vida del entonces jovenzuelo Bravonel. El cerro de Peñas se acercaba, poniendo fin al viaje en autobús, luego vendría el viaje en taxi hacia Tuxpan.

Cabe hacer mención que, desde que el transporte pisó tierra nayarita, el cel de Bravonel se volvió un hablador, pues accidentalmente se le activó la función para invidentes y no hubo más remedio que apagarlo, a la espera de llegar a Tuxpan para llevarlo a un módulo de servicio.

Un taxi llevó a Bravonel hasta “la ciudad de las palmeras”. Por el camino de unos diez minutos, Bravonel pudo observar un trecho de la carretera invadida por el agua que desbordaba del Río San Pedro; ya en Tuxpan, Bravonel encontró un centro Telcel donde le desactivaron la función que se le había activado. Pudo llamar a su hermano que por teléfono le comentó que le acababa de picar un alacrán. Bravonel le dijo que le llevaba una caja de medicamento para ello.

Era la una de la tarde cuando salió el colectivo rumbo a Pericos, el pueblo donde vivió su abuelita materna y al que le ha dedicado varias historias que narran su niñez, la de sus primos, la magia de un ranchito que, al verlo de nuevo, después de muchos años, le provocó un nudo en la garganta.

Llegaron por fin con su hermano y el abrazo fue muy efusivo y lleno de tantas emociones que con letras no se pueden describir.

Comieron y platicaron un rato, y a las cuatro se dirigieron a la placita frente a la iglesia, a la espera del taxi que los llevaría de regreso a Tuxpan, y de allí a Ruiz, con su otro hermano. Se despidieron e iniciaron el retorno a Tuxpan, de allí a Peñas y allí tomaron otro hacia su destino final: Ruiz, el pueblo que acunó a Bravonel hace más de sesenta años.

Eran casi las cinco de la tarde cuando descendieron del taxi en la gasolinera del boulevard Juárez, en el barrio de Achota, a tres cuadras de la casa de su hermano, y tres y cachito de la casa que fuera el hogar materno en el que vivió desde su infancia hasta los 26 años, y de donde partió una calurosa tarde noche hacia su destino, con un morral al hombro con todas las ilusiones, y una opresión en el pecho que le clavaba las garras de la tristeza.

No hubo tiempo de ir a la plaza. La plática abundó debajo de los árboles de mango que refrescaban la ausencia de las acostumbradas tardes lluviosas de septiembre. Cerca de las 10 de la noche, todos se retiraron a dormir.

El viernes trajo una mañana ligeramente fresca. Bravonel se levantó, abrió la puerta de la calle, su “pior es nada” dormía, su hermano y su cuñada se habían levantado temprano para ir a vender ropa a Santiago. A paso rápido se dirigió a la gasolinera para comprar un café; pero, como quería tomar algunas fotos, decidió comprarlo hasta el mercado, que está distante desde allí como diez cuadras.

Tomó unas fotos del Cerro de la cruz, luego caminó e hizo lo mismo con el arco de la entrada y el Jardín Morelos, antes El jardín de los burros, y le vino el recuerdo del viejo volantín y la resbaladilla que en sus tiempos hubo allí. A media cuadra estaba una construcción en ruinas, la vieja cantina de don Rafa Carrillo “La despedida”; le pareció verlo rodeado de personalidades, entre ellas al doctor Odilón Barraza, pulcramente vestido y cantando con el Trío Los Barbosa un bolero romántico que al final de tantas bellas palabras de amor decía: “los zancudos no me pican, lo que me pica es tu amor”. Allí no hubo foto porque las hojas de la puerta ya tienen una cadena con candado que no permite las miradas de los curiosos.

Llegó al mercado y compró un café, saludó a Martha Bañuelos, hija de don José, su segundo patrón y dueño de la panadería La sin Rival; se despidió y le tomó unas fotos a la iglesia y el atrio de sus recuerdos.

Se tomó unos tragos de café y se encaminó hacia la plazuela y la presidencia municipal, les tomó su respectiva foto y otra al kiosco. Se terminó su café en una de las bancas y después bajó por la calle Amado Nervo y dobló por la Querétaro; pasó por la casa de su paisana Silvia Estrada, en donde días atrás velaran los restos de su papá don Ricardo Estrada, compositor del Corrido de Ruiz que Bravonel escuchara allá por los sesenta.

Llegó a la esquina con Laureles y Góngora donde vivieron sus amigos Joaquín Martínez López y Santos Navarro. No pudo evitar un suspiro al ver la casa de doña Doro Velázquez, allí nació Bravonel un 25 de noviembre del año de 1955 a pleno mediodía.

Continuó su camino, recordó la casa de doña María y don Juan el cacahuatero, don Rito y don Mere el petatero; justo enfrente sigue estando la casa de José Parra y sus hijas, que hicieron del tejuino su modo de vivir. Vio también la casa que fuera de Pachano Rayas y enfrente, por la San Luis también, la casa donde una vez viviera Juan Manuel Marín Cantú que de hacer pasteles vivió y dio estudio a sus hijos. Allí enfrente topa la calle con la Laureles, sigue en pie la casa donde una vez vivió Mario Canales, hijo de don Chavelo El diablo. En la esquina de la Cuauhtémoc está la tienda de Ramona Salcedo, hermana de Celso e hija de don Rodolfo Salcedo El Chivas. Allí fue la casa de doña Fernanda, mamá de Tina y José Fernández, a quien le apodaban El Cueritos.

Más delante está la casa de Chano Valderrama y Olegaria, compadres de Bravonel, luego sigue la casa amarilla de la esquina donde vivieron su padrino Lucas García y su esposa Virginia Ulloa. Por enfrente hay muchas casas donde antes fue la ordeña de don Carlos Ortega, esa es la esquina de los infantes juegos de Bravonel y es la calle Netzahualcóyotl. Allí, en el antiguo número 38, vivió niñez y juventud.

Todavía estaba fresca la mañana cuando junto con su mujer tomaron camino al centro y desayunaron, para después tomar un taxi que los llevó al panteón, la visita obligada a la autora de sus días.

Ya casi era mediodía cuando regresaron a las puertas del panteón. Había dos hombres y una mujer, y en pláticas Bravonel preguntó al cuidador si sabía dónde habían sepultado a su amigo Chico Ramos. El aludido contestó que no, y luego comentó:

-¡Hay un compa que escribe cosas de Ruiz!

Bravonel sonrió y contestó:

-¡Soy yo, mi nombre es Bravonel!

-¡Yo leo sus historias!- dijo él.

Platicaron buen rato, hasta que llegó el taxi para llevarlos de regreso. Por la tarde, ya en casa de su hermano, hubo una sorpresa: Bravonel conoció a su paisana Rosa Estrada, con quien platicó recordando gentes del pueblo. Más tarde, Bravonel fue a entregar unos libros para su amiga Lupita Chacón a la casa de Isabel Rayas, vecina y amiga de la infancia.

El tiempo se hizo corto, pero se cumplió con el cometido. Faltaron muchos amigos por saludar y muchos sitios por visitar. Ni siquiera hubo tiempo para saborear las famosas y exquisitas gorditas con pollo.

El sábado por la mañana había que regresar temprano, así que a las 8 de la mañana ya estaban Bravonel y su “pior es nada” en Peñas, abordando el autobús que los llevaría de regreso a su ciudad de residencia.

Cuando el transporte estuvo sobre el puente del río San Pedro, otra vez sintió el nudo en la garganta, pero se prometió volver lo más pronto posible.

Fue un viaje relámpago, pero lleno de satisfacciones, de emociones, de alegrías, para cargar las pilas del alma.

¡¡Hasta pronto, pueblito entrañable!!

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