Santa Lucía y sus vecinos de hace medio siglo (IV)

By on febrero 6, 2020

IV

NARRACIÓN TERCERA

Continuación…

El número 490 señala la casa habitación, felizmente ahí permanece inmutable y sobria, que hasta el último de sus días lo fue del licenciado Francisco Canto Rosas, antiguo y distinguido vecino de Santa Lucía a quien debe recordársele con respeto y consideración. Don Francisco un tiempo dirigió la Escuela Normal de Profesores “Rodolfo Menéndez de la Peña” (1960 – 62) y, entre diversos cargos públicos, desempeñó el de Procurador de Justicia y oficial mayor del Congreso Local. Además, con singular arresto practicó por años el oficio periodístico, e incursionaba también en las rutas de la historia. Este culto abogado falleció el 5 de agosto de 1980.

Las señoritas Santa Cruz de Oviedo, Josefa, Julia y Rosaura, “Chaua”, vivieron anteriormente en esta propiedad. Magníficas modistas, daban clases de bordado y costura y también hacían el famoso “hemstitch”. A la vez, su sobrina y profesora de música, la señorita Inés Oviedo, enseñaba piano. Ahí se alojó en 1928, después de algunos años de destierro en La Habana, el poeta y político, licenciado José Inés Novelo, director que también fue del Instituto Literario en 1902 hasta 1910.

Recordamos igualmente el inmediato domicilio de doña Dolores “Lola” Vargas con cuatro agraciadas hijas; el de don Joaquín Barrera, así como el de la señora Angélica Granados de Vázquez, quienes por distintos años ocuparon las casas contiguas. Adelante se encontraba el profesor don Heraclio Moguel Gamboa, casado con doña María Arjona. Hija de tan apreciable matrimonio era la maestra normalista señorita Soledad Moguel Arjona, ahora esposa del profesor Antonio Betancourt Pérez. Imposible sería olvidar que en una casa próxima fijó su hogar, por los años treinta, uno de los escritores de legítima alcurnia yucateca: don Oswaldo Baqueiro Anduze –“La Ciudad Heroica”, “Historia de Valladolid”, 1943.

En la imborrable esquina de La Palma –cruce de las calles 55 y 58– operaba la tienda de abarrotes y víveres de igual nombre, con puertas para ambas calles. Don Benigno Pinzón, su simpático y regordete propietario, nos vendía a centavo los caramelos de leche llamados “quicos”, envueltos en papel encerado. Seguía sobre la 58 el taller artístico de don Leopoldo Tommasi e Hijos. Don Leopoldo era magnífico escultor y lapidario y sus hijos, los señores Tommasi López: Leopoldo, Fausto, Carlos, Alfonso, han sido renombrados escultores y arquitectos. El mayor, de igual nombre de su padre, afectivamente nombrado “Polín”, falleció hace cinco años (27 de febrero de 1976).

Adelante se distinguía el rótulo de los agentes o representantes de la marca Nestlé, oficinas y casa habitación de don José “Pepe” Laviada. Luego, el consultorio dental del doctor Cayetano Rojas; inmediata, la casa de los señores González G. Cantón, prolongándose hasta la vuelta, sobre la calle 57. Media cuadra más al sur, en el número 470, funcionó el colegio “María González Palma”, por los años veinte. El licenciado Francisco M. Paoli en el 480 desahogaba los asuntos jurídicos que tenía encomendados. En el mismo número, pero del lado opuesto, en 1908 tuvieron un bufete asociado los prestigiosos abogados Pastor Esquivel Navarrete y Gustavo Arce. En este despacho se desempeñó como pasante el señor José Ma. Valdés Acosta. Don Pastor Esquivel era el señor padre del licenciado José Esquivel Pren, poeta, polifacético escritor y crítico literario que recientemente dio cima a su colosal obra en XV tomos: “Historia de la Literatura en Yucatán”. Extendiéndonos un poco en el camino, no puede dejar de recordarse que en el predio 484 se estableció la “Escuela Ana Ma. Medina”.

Casi enfrente a la tienda de “La Palma”, en la propia 58, daba asistencia o preparaba comida para particulares doña Candita Rodríguez viuda de Gallareta. Indudable que su cocina era muy buena, pues siempre fue muy recomendada. Encontrábase después la casa del licenciado Jacinto Cuevas Pierce, seguida por la que fue del conocido industrial español don Lorenzo Cue y, finalmente, la residencia de doña Mercedes Troncoso viuda de Guerra, donde se alojaron cuando sus respectivas visitas a Mérida, los generales ex presidentes Plutarco Elías Calles y Abelardo L. Rodríguez. La usufructúa ahora un hotel.

En esta esquina de la 58 con 57, antiguamente conocida con el nombre de “El Flamenco”; a espaldas del Peón Contreras se alzaba la morada de los Luján, entonces habitada por don Ramón Lujan Casares. Inmediata quedaba la casona de los descendientes del licenciado, poeta y galano escritor Roberto Casellas Rivas, quien ahí mismo fundó hace poco más de cien años el colegio “El Afán”, que gozó de bien ganado prestigio.

De regreso a la esquina de “La Palma”, junto a la tienda, pero sobre la calle 55 vivía la señora Bella G. Cantón; luego el abogado Rodulfo G. Cantón y después doña Francisca “Paca” Cervera”. Enseguida, en una casa de puertas y ventanas verdes, las señoritas Layda y Lucrecia Sosa; eran modistas, y lo mismo confeccionaban vestidos y sombreros que pelucas.

En la acera de enfrente, del lado norte, se localizaba la propiedad de don Fernando Zapata Casares, con zaguán de acceso en la calle 58, era fácil de identificar por su extensión y sus grandes ventanales casi siempre pintados de un oscuro color rojo. Doña Anita Castillo, con sus hijas las señoritas Rosa y Ángela Castillo, y Addy, con una pequeña nena, vivían en la casa contigua, y posteriormente, los señores Martínez de Arredondo.

Situándose en la calle 58, acera oriente, junto al de los señores Zapata estaba el domicilio de don Vicente “Bicho” Cano, un tiempo dedicado a reimprimir obras yucatecas de ediciones agotadas; posteriormente, el de los señores Juan Ángel y Enrique Palma Campos, y después el del doctor Juan Andrés Sáenz de Santa María y García Rejón, duque de Heredia, de reconocida prosapia y atildado escritor y autor de interesantes historias genealógicas. Inmediatamente se sucedían las casas del licenciado don Perfecto Bolio y Bolio, de don Juan Enríquez, de doña Carmen Sauri viuda de Trava, conviviendo con su hijo don Rafael Trava Sauri, y al remate de la cuadra achaflanada la de don Tomás Dutton, quien desempeñaba la titularidad consular británica en Yucatán. En el predio anexo, dando vuelta en la 53, don Tomás atendía con esmero su conocido taller eléctrico que ahora está a cargo de sus sucesores.

En la misma ruta de la 58, comenzando donde converge con la 55, lado noreste, hubo una fundidora de metales de los hermanos González. Residían a continuación, en este orden, don Manuel Cervera, donde pasó su infancia su hijo, el hoy abogado don José Cervera Casares; la familia Ocampo Alonzo y el licenciado y juez Maximiliano Canto.

Contiguo estaba el hogar de don Alfredo Zavala Castillo, padre del conocido escritor Mario Zavala, a quien todos llamaban familiarmente “el ostión Zavala”. Terminaba la acera con el extenso frente de la morada de don Joaquín Cicero, tiempo después habitada por su hija la señora Rosario “Charito” Cicero de González. Aquí luego residió largos años la familia Duch: el caballero barcelonés y comerciante emprendedor don Juan Duch Costa y su esposa, llena de virtudes, doña Mercedes Colell, con sus hijos Elicio, Delfos, Néstor, Mercedes y Juan, escritor vigoroso y ágil estilo y poeta de encendidas y singulares imágenes.

Regresando a la acera sur de la 55, donde se ubicaba mi casa, frente al atrio vivía don Alonso Río, que durante años prestó sus servicios en la Tesorería del Estado. Lo acompañaban sus dos hijos menores, Alonso y Hernán. Doña Rita, jefa de la familia, penosamente había fallecido al practicársele una intervención quirúrgica. Don Alonso contrajo nuevas esponsales con la señorita espiteña Candita Díaz. Inmediato, en el número 498, habitaba don Carlos Heredia. Continuaba una barda o muro con un portón que disimulaban las enramadas de una tropical carolina. La modesta, pero extensa, casa la ocupaban el señor Marcial Rosado Gamboa (2) y su esposa, en segundas nupcias doña Candelaria Rodríguez González, matrimonio izamaleño con varios hijos. Los del rumbo irrespetuosamente –nuestras disculpas cobren vigencia a 50 años de distancia– la señalábamos como “la casa de la viejita del agua”, porque ahí vendían agua de lluvia a cinco centavos el cubo o galón. En la esquina con la 60 formando parte de esta misma propiedad, funcionaba una hojalatería a cargo de un hábil artesano chaparrito que todos conocían por “Cat” o “Catito”, ya con regular dosis de años encima. Ahora esta esquina, con visibles señales de derrumbe, se ha popularizado con el nombre de “la casa del zapatero” por haberse instalado en ella, en la última década, la reparadora de calzado “Firpo” del maestro Liguori. ¿Qué muchacho de aquella época no la visitó en su antiguo local de la calle 61 para que le pusiera “gomas” a los tacones o le remendara los zapatos?

Demarcaba el límite de la hojalatería, ya sobre la calle 60, el domicilio de don José Mirales y posteriormente de don Domingo Rodríguez, próspero comerciante tizimileño al que todos identificaban como don “Chumin”, abuelo de la exitosa y joven escritora Elvia Rodríguez Cirerol, hija de “Chumin chico”, Domingo Rodríguez Pereira, quien también respiró los apacibles y románticos aires de Santa Lucía.

(2) El señor Rosado Gamboa remontó el siglo de vida en goce de todas sus facultades. Don Marcial dejó de existir en la misma casa de Santa Lucía que habitó por más de 40 años, precisamente el 4 de febrero de 1958, siete meses después de cumplir lúcidos 100 años, el 30 de junio de 1957.

Delio Moreno Bolio

Continuará la próxima semana…

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