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Ratificación histórica

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Letras

José Peón y Contreras

Parsifal

[Serapio Baqueiro Barrera]

 

No en reciente fecha, han pasado ya muchos días, han transcurrido ya algunos meses, desde que en este mismo periódico publiqué un artículo titulado “Consuelo”, y en el cual hice el elogio de las virtudes de la señorita Consuelo Zavala y Castillo y, como era natural, en este mismo artículo consagré un recuerdo a los padres de tan distinguida mentora, don Francisco Zavala y doña Adelaida Castillo de Zavala.

Al hablar del señor Zavala, que de manera tan eficaz contribuyó al desarrollo en nuestra sociedad de la afición por el arte dramático, en su calidad de muy culto e inteligente empresario de espectáculos artísticos, por lógica concatenación de ideas me referí al origen histórico de nuestro actual y artístico coliseo, pero muy a la figura, sin seguir un orden rigurosamente cronológico. Y no hablé para nada de don Antonino Bolio y Guzmán, quien fue en verdad el que le quitó el vetusto caserón que había adquirido en propiedad el “místico” nombre de “San Carlos” (*) y omití decir esto porque no favorecía en nada a la finalidad que me había propuesto y que fue, sencillamente, la de escribir un artículo. El público –hemos de decir ahora– vio como la cosa más natural del mundo que el señor Bolio le impusiera al teatro el título de “Teatro Bolio”, porque le había costado su dinero y pudo hacer del teatro y con el teatro lo que mejor le vino en ganas… y santas y muy buenas pascuas.

Pero no sucedió lo mismo cuando el señor Zavala que fue dueño del teatro por compra que hizo al señor Bolio le puso el nombre egregio del poeta don José Peón y Contreras entonces… ¡Ah! entonces la sociedad “pacata” (*) protestó indignada, puso el grito en el cielo, vociferó escandalosamente y llenó de improperios al señor Zavala por aquel acto de justicia que había realizado. ¿Por qué?… Porque aquel cambio de nombre equivalió como a una violenta transición de la sombra a la luz, porque determinó un cambio ideológico, porque significó un espléndido triunfo de la juventud liberal estudiosa, pensadora y espiritualista, que reaccionaba enérgicamente sobre todo lo caduco e inservible. El poeta don José Peón y Contreras era el glorioso abanderado de un nuevo ideal, en arte y en política. Y desde entonces en el teatro que ya llevaba su insigne nombre, dejaron de ser representados los soporíferos y muy fastidiosos y largos “autos sacramentales” para ser puestas en escena las obras de don José Echegaray, que era el poeta que en ese momento infundía nueva vida al decaído teatro español. Y es claro que yo no vi el desarrollo de estos acontecimientos como el doctor don Andrés Sáenz de Santamaría, más conocido en las redacciones de los periódicos de esta localidad con el seudónimo de “el Duque de Heredia”, y digo seudónimo, porque no me atrevo a creerlo capaz de ostentarlo como título nobiliario en este histórico momento en que la especie humana se ha regenerado moralmente, en este momento en que es un absurdo creer en la existencia de las castas mal llamadas superiores ineptas e inaptas para hacer ningún esfuerzo viril en pro del progreso. Repito que yo no fui testigo de este movimiento social porque, si lo hubiese presenciado, más medrado estaría mi cuerpo de lo que hoy está, y tal vez un poco demasiado chocho (*). Pero averigüé, investigué y consulté a personas coetáneas del señor Duque de Heredia y, tan honorables y amigos de la verdad como él, entre estas personas se encuentran mis caballerosos amigos el poeta don Ignacio Magaloni Ibarra y el licenciado don Liborio Marín Carrillo, ambos extremadamente vigorosos de cuerpo, ágiles de espíritu y de una mentalidad sana y fecunda. El poeta Magaloni Ibarra, a pesar de que ha sido durante muchos años un infatigable obrero del pensamiento, conserva una admirable lozanía de corazón y de intelecto; se interesa apasionadamente a todo lo que al “hombre interesa”, vibra, se exalta y canta en armoniosos versos la alegría del vivir. El licenciado Liborio Marín Carrillo cuenta en este momento ochenta y tres años y medio de edad, es uno de los abogados más distinguidos del foro yucateco, está reputado como el primero de nuestros jurisconsultos en materia penal, y se le ve dedicado todos los días a los delicados trabajos de su profesión con la misma facilidad y eficacia de un hombre que apenas contase treinta años de vida.

Los dos, contestando al interrogatorio que le hice en mi búsqueda de la verdad, tuvieron la amabilidad de contestarme en sendas cartas que a continuación tengo el gusto de reproducir:

“Señor don Serapio Baqueiro Barrera.

Ciudad.

Querido Parsifal:

Tienes la bondad de ocurrir a mí preguntándome si recuerdo las censuras y hasta los dicterios de que fue blanco el caballeroso, culto y distinguidísimo señor Zavala, cuando le puso a nuestro principal coliseo, a nuestro principal teatro, el nombre glorioso de “Teatro Peón Contreras”. Concretando mis recuerdos de aquellos días, te puedo decir con toda sinceridad que en una botica de esta ciudad que ya no existe, y que estaba ubicada frente al templo católico “La Tercera Orden”; en cuya botica tuve la dicha de conocer entre otros médicos, al ilustre, inolvidable doctor don Agustín O’Horán; oí, escuché con gran atención mía que varias personas, cuyos nombres no recuerdo, por más que lo he procurado, varias personas que asistían a las tertulias de aquella botica, censuraban con bastante dureza, al señor Francisco Zavala diciendo en extracto: que si había quitado al mencionado teatro, que ya era de su propiedad, el nombre de “Teatro Bolio” debió, según esos censores del señor Zavala, de muy escasa cultura, evidentemente; debió haberle puesto el nombre de “Teatro San Carlos” (*), aducían como principal razón de tan peregrina e inoportuna censura la siguiente: que, por respeto a la historia de aquel teatro, debió el respetable y cultísimo señor Zavala ponerle el nombre primitivo “Teatro San Carlos”.

Encontraron naturalmente, muchísimos opositores a tan inoportuno razonamiento. Y decían estos opositores: que ni los católicos más recalcitrantes verían con gusto que se impusiera por segunda vez el nombre de un santo (San Carlos) a un teatro nada menos; que no podría servir nunca para hacer propaganda de ideas místicas; de ideas religiosas; de ninguna religión, etcétera, etcétera.  Ni para que pronunciaran sermones místicos y pláticas religiosas los oradores de ese género.

Que su objeto era otro: el culto al arte dramático; al arte literario; al arte musical; a las solemnes veladas de sociedades científicas y de sociedades literarias, etcétera, etcétera. La opinión pública aplaudía franca y justamente al culto y noble señor Francisco Zavala, por su alto espíritu de justicia; porque contribuía eficazmente a perpetuar el culto al nombre del fecundo y admirable bajo muchos conceptos José Peón y Contreras: poeta dramático sobresaliente, y fecundo repito; poeta lírico fecundísimo; y al mismo tiempo médico distinguidísimo; y espíritu del cual se desbordaban como ríos fertilizadores de aguas encantadas, la inspiración inagotable: literaria y científica; y una bondad de corazón; una generosidad, un altruismo inagotable también. ¿Quiénes de los que tuvimos la dicha, la dicha verdadera, de conocer y de tratar al gran doctor y gran poeta; al maestro inmortal don José Peón y Contreras, no lo recordarán siempre con respeto, y veneración, con admiración y con cariño aquí en Yucatán, y en la capital de la República, en donde también fue siempre objeto justísimo de admiración y de cariño? El doctor don José Peón y Contreras es una gloria del Estado de Yucatán, y es una gloria nacional: de renombre mundial.

Había, sí, grupos mezquinos que censuraron al nobilísimo don Francisco Zavala; dura e injustificadamente, por el hecho de haber impuesto, solemnemente por cierto, el nombre glorioso de Peón Contreras y no el nombre de “San Carlos” a nuestro principal coliseo.

El gran José Peón Contreras fue columna de “fuego” en el desierto: para orientar a los israelitas del numen y del arte. Abrió inmensos y nuevos horizontes, despertó inmensas y fecundas energías en los cerebros creadores de nuestra idolatrada patria mexicana.

***

Y eso acontecía, puede decirse en los tiempos en que apenas nacía nuestra literatura nacional.

***

Parsifal, hermano querido: tú sabes que yo tengo desde hace tiempo admiración por tu obra literaria, por tu obra notabilísima ahora y siempre, de la gran palabra escrita; de pulidor magnífico y vidente del verbo escrito. Permíteme que yo consigne esto que vibra sinceramente en mi conciencia.

***

Y permíteme que yo consigne también que cultivo una muy caballerosa amistad con el Duque de Heredia, él que ha tenido la bondad de no tomar en cuenta, de no ver un obstáculo para esa nuestra amistad, los puntos en que, quizás, no hayamos estado muy de acuerdo él y yo. Pero el Duque de Heredia ha enriquecido con trabajos de verdadero mérito nuestro acervo literario; nuestro caudal histórico. Y está dotado de un generoso espíritu de tolerancia para con aquellos que en algunos puntos de mira no están siempre de acuerdo con él.

***

Y deseo que entre espíritus tan altos y tan nobles como el tuyo y el suyo no sea obstáculo jamás para la mutua estimación entre ustedes dos, cualquier incidente que surja en la gran palestra; en la gran palestra de la discusión; que ilumina y orienta. Todo lo paléstrico para ser fecundo debe tener sello de magnífica nobleza.

Tú, querido hermano Parsifal, lo sabes mejor que yo.

Tuyo siempre admirador sincero.

Ignacio Magaloni Ibarra.”

***

“Señor don Serapio Baqueiro Barrera.

Ciudad.

Querido Parsifal:

Obsequiando el tenor de tu apreciable de fecha de ayer tengo la satisfacción de contestarte, que es muy cierto lo que me dices en dicha carta, pues me consta que cuando el H. señor don Francisco Zavala le puso al teatro que había comprado al señor don Antonino Bolio Guzmán el nombre del poeta insigne doctor José Peón Contreras se suscitó, entre la gente inculta, una protesta por aquel cambio, sin tener en cuenta que el nombre de Peón Contreras que se trataba de ponérsele al referido teatro era el más apropiado, dadas las cualidades y simpatías de que gozaba no sólo en nuestro Estado sino en toda la República el insigne literato y doctor José Peón Contreras.

Creo haber dejado satisfechos tus deseos y como siempre sabes soy tu amigo S. S. Liborio Marín C.”

***

Estas cartas autógrafas están a disposición del doctor Sáenz de Santamaría si desea leerlas. Y yo no escribiré una sola palabra más acerca de este asunto que para mí carece de importancia absolutamente y al cual él parece concederle vital trascendencia.

Mérida, Yuc., febrero de 1937.

 

(*) Esto en buen castellano se llama retrogradar- Retrógrado-da, del latín retrogradus, que retrógrada partidario de las instituciones políticas o sociales de tiempos pasados.

 

Diario del Sureste. Mérida, 23 de febrero de 1937, pp. 3, 6.

[Compilación de José Juan Cervera Fernández]

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