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Palabras en el andén

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Letras

XXV

(Discurso pronunciado por su autora durante la inauguración del Encuentro Nacional de Escritores «Palabras en el Andén», celebrado en Nuevo Laredo, Tamaulipas, del 28 al 30 de abril de 2010)

Recuerdo las madrugadas cuando me despertaba el silbato del tren que pasaba cerca de mi casa, en Mérida. Desde ese momento, la incierta obscuridad sostenía un ritmo acompasado que le daba movimiento a los sueños, amanecidos más tarde en palabras. Ese mismo ritmo que mece el oleaje marino y marca los cambios en la naturaleza tiene roces íntimos con la construcción de palabras expresadas como arte, es decir, la literatura.

No es casualidad que esta noche un encuentro de escritores se sitúe a la altura de los sueños, en sede de la que antes fuera nuestra estación ferrocarrilera.

Emanaciones de locomotora se dispersan en el viento con la fragilidad exacta de las letras que, aunque sólo veintisiete en el alfabeto, son suficientes para construir universos infinitos, impulsores de vida en tanto se procesa el tránsito a la muerte. Esta inevitable y última parada del vaivén en la existencia, tiene cercanía con acontecimientos protagonizados por algunos autores.

Así sabemos que arrojándose a los rieles de un tren acaba con su vida, a los escasos treinta y dos años, el atormentado poeta húngaro Áttila József.

Que después de peregrinar en un vagón durante varias semanas, encuentra descanso final en la estación de un poblado campesino el escritor ruso León Tolstoi quien, obsesionado con la figura del ferrocarril, la hizo motivo de varias novelas. Acaso le hubiera satisfecho saber que su sudario fue una manta impregnada de los polvos acumulados en la vía férrea.

Que los restos mortales de Amado Nervo, cuyo fallecimiento acaecido en Montevideo, Uruguay, cuando representaba a nuestro país en tarea diplomática, se embarcan en larga travesía por Brasil, Venezuela, Cuba, hasta llegar a suelo patrio, al puerto de Veracruz. De ahí, un tren militar lo traslada a la Ciudad de México y, en el trayecto, la gente de los pueblos se asomaba al paso para arrojarle flores cuyos nombres se mencionan en su poema “Guadalupe, la Chinaca”. La Rotonda de los Hombres Ilustres en el Panteón de Dolores fue su morada definitiva, albergue de los más altos honores que se le hayan tributado a figura mexicana alguna.

Distante a nuestro devenir, cercano a sentimientos provocados por elemental conciencia, el recuerdo de los vagones de la muerte que condujeron a los campos de concentración a miles de judíos señalados para el holocausto dispuesto por Adolf Hitler nos horroriza todavía.

De ingrata memoria igualmente, la formación de la United Fruit Company, empresa ferroviaria que extendió redes por Centroamérica con la intención de exportar su producción de plátano y otras frutas tropicales a los Estados Unidos, a costa de la explotación del trabajador agrícola que no recibía justa remuneración y veía saqueadas sus cosechas.

Sin embargo, los furgones adquieren utilidad de aspecto amable si transportan, por ejemplo, carga de paquetería y costales de correspondencia para el servicio postal, llamado también correo, que ha sido origen y destino de innumerables historias.

Andenes de encuentros y desencuentros, palabras volatilizadas en la libertad de los vientos, nos traen distinguidos pasajeros a punto de abordar una fiesta de cadencias y de voces que Mónica Lavín inaugura esta noche, en conferencia.

Eraclio Zepeda, Norma Elia Cantú, Anamari Gomís, Elva Macias, Eduardo Antonio Parra, Guillermo Meléndez, Cynthia Rodríguez Leija, Federico Schaffler, Guillermo Lavín y Eduardo Zambrano, sean todos bienvenidos a esta ciudad hospitalaria. Acomódense al chucuchú de engranajes y conjugaciones, sean pródigos en significados de jolgorio y charla, en tributo a la noche insomne que vivieron Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, durante su travesía de París a Praga, invitados por Milán Kundera en la primavera del sesenta y ocho. Dispongan las emociones a semejanza de Paul Theroux en sus libros El viejo expreso de la Patagonia, narración de un viaje ferroviario de Boston a la Patagonia, y El gallo de hierro, un recorrido sobre durmientes por toda China. Será la oportunidad de comentar entonces, con Mónica Lavín, pormenores de su novela Despertar los apetitos, relato de sabores gastronómicos y sensuales que se fugan de una cabina, en un paseo en Canadá.

La nostalgia removida en esta jornada nos motiva a esperar que, algún día, las autoridades o alguna empresa privada se interesen porque las vías que recorren como venas nuestra república vuelvan a soportar el empuje estruendoso de los ferrocarriles, transporte hasta ahora indispensable para cualquier país con presente… y con futuro.

Señoras y señores: se reconoce y agradece su atención y compañía. A los organizadores del evento doy las gracias por invitarme a este andén del que se ha desprendido ya el convoy y comienza a enfilarse, a tomar rumbo, a cobrar ritmo: movimiento de sueños, sonoro y trepidante.

Paloma Bello

Continuará la próxima semana…

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