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Maíz Sagrado

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Editorial

Desde la lejanía de los tiempos es la península de Yucatán la única que reta a los mares emergiendo a contrario sensu que las otras varias del planeta, emergidas con sus espacios terrenos hacia el sur en los cinco continentes.

Territorio calcáreo, pedregoso, sin caudalosos ríos superficiales, guarda en su seno calcáreo aguas generosas que han permitido, por centurias y milenios, la vida animal, vegetal y humana, en una secuencia ininterrumpida.

La sabiduría de nuestros ancestros estuvo sostenida en la observación de los cielos y su medio ambiente, así como el análisis, estudio y recopilación de conocimientos y experiencias por muchas generaciones.

Conocer su medio, estudiar el movimiento de los astros, observar al medio natural y adaptarse a él ha sido la constante en las generaciones precedentes de coterráneos yucatecos.

Los sabios libros mayas, llamados analtés, con la trasmisión generacional de conocimientos, acontecimientos, sucesos y experiencias, han dado soporte a la reciedumbre de nuestro carácter peninsular, como también al arraigo generacional en esta amada península nuestra.

El hombre fue hecho de maíz, de masa de maíz, nos dicen los textos sagrados. Es así porque han estado y continúan desde hace centurias en el trabajo de siembra, cuidado y cosecha de esta nutritiva gramínea, bendecidos en cada etapa por las aguas enviadas por Chaac desde los cielos.

El hombre maya surgió, pues, en esta planicie, de la semilla del trabajo, de la bendición de los dioses, del sudor y del esfuerzo cotidiano, bendecidos por las dulces aguas enviadas por nuestros dioses ancestrales para cuidar y alimentar a los hijos del Mayab.

Mayab. Ma-ya-ob, no para muchos. Tierra para elegidos de los dioses.

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