Las Domésticas

By on marzo 5, 2015

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– “¡No me pegue más patrón, no me pegue más!” –, suplicaba el indio maya que, amarrado de un poste en la plaza principal del pueblo, recibía veinte azotes de látigo por no haber completado la cuota de pencas de henequén. Exhausto le llevaron sus compañeros a su choza y curaron con sal las heridas de su espalda. Su mujer y sus hijos desconsolados lloraban con él.

– “Era muy malo el mayocol de X’kanlol con los peones” –, decía Pisita al recordar los tiempos de su niñez cuando jugaba con Taz Cupul, la niña india nacida en su casa, hija de una de las sirvientas –llamadas domésticas–, en la hacienda Dzitox, propiedad de su abuelo Nicanor.

Mientras viajaban en el tren con locomotora de leña, narraba Pisita a sus hijos las peripecias de sus primeros tiempos en su pueblo. Sucios por el humo negro de la máquina, volvían al pueblo de la familia para pasar las vacaciones de verano en la casa del abuelo. Ya la hacienda Dzitox no pertenecía a la familia, los abuelos se habían arruinado como consecuencia de los negocios desafortunados, y también por el monopolio de los poderosos del henequén que no les permitían a los productores menores justas ganancias para conservar la hacienda y pagar mejor a sus peones. Sólo quedaban los recuerdos, los tiempos pasados que se recreaban en la bruma de las historias:

– “Doña Benigna, doña Benigna, venga pronto. La niña acaba de dar a luz una linda nené” –, gritaba Francisca, la doméstica de más edad de la casa principal de Dzitox. Doña Benigna apresuró el pasó y llegó al cuarto en donde la tía Felipa, comadrona de las parturientas de la familia, auxiliaba a Remigita, hija única del matrimonio de Nicanor y Benigna. A la niña le pusieron de nombre Prisciliana y la llamarían con el diminutivo de Pisita.

Poco tiempo después, doña Benigna recibió el aviso de otro parto, el de Candita, doméstica de la hacienda. –“¿Está bien?”, preguntó la patrona. –“Sí”, respondió Francisca. “Entonces dile que se apure porque tiene mucha ropa en la batea”, replicó autoritaria doña Benigna. A la niña le pusieron de nombre Tárcila y le quedaría, con su apellido, Taz Cupul.

Las niñas crecieron juntas y Pisita compartía con Taz todos los privilegios de los que gozaba por ser nieta del patrón: ropa, golosinas, el tiempo de juegos y otras ciertas ventajas, aunque no siempre se libraba de ayudar en los quehaceres domésticos, como era obligación de las niñas indias en las haciendas.

Con el tiempo se transformaron en bellas muchachas a las que no les faltaron los jóvenes pretendientes. Se contaban sus secretos amorosos y compartían las picardías y los suspiros por sus enamorados. Un día Taz dijo a Pisita que Pedro, uno de los peones, le había propuesto matrimonio, que pronto querían casarse. Así fue. Pidieron permiso al patrón quien de buena gana proporcionó su ayuda, sin interés alguno del derecho de pernada, pues don Nicanor – de moral cristiana y de valores éticos – detestaba esas infames costumbres que aún algunos malos patrones seguían ejerciendo.

A Pedro y a Taz se les dotó de una bonita casa de embarro y palma, de un pequeño terreno de cultivo, del ajuar para la novia, se pagaron los gastos de la iglesia y otras cosas necesarias para una digna boda. No faltaba más: era  la compañera de juegos de la nieta del patrón. Su luna de miel la pasarían en Río Lagartos, paradisíaco puerto cercano a Dzitox.

Llegó el día de la boda y todo fue alegría en la hacienda. La novia lució esplendorosa ataviada con bello terno de flores bordadas en blanco xocbichuy. Pisita no lució menos con su hermoso vestido de catrina importado de Europa. La orquesta del pueblo tocó  jaranas y también algunos valses europeos que eran las preferencias de doña Benigna, la patrona.

Pasados ocho días, al regreso del viaje de bodas, todo volvió a la normalidad. Pedro regresó a cortar pencas en los planteles de henequén de sol a sol. Taz regresó también a sus faenas de lavar la ropa y otros menesteres propios del servicio doméstico desde muy temprano hasta entrada la noche, y Pisita a su escuela, a sus clases de bordados, de repostería, de pintura, de música, como correspondía a una muchacha de su clase. Pronto tendría que trasladarse a vivir a Mérida para continuar sus estudios.  Pasado algún tiempo, Pisita también contrajo matrimonio en la ciudad con un joven “de buena familia”  y, como Taz Cupul, tuvo varios hijos que conocieron a los de Taz y jugaron juntos como lo hicieran sus madres en la niñez.

Un día domingo por la mañana, don Nicanor cabalgaba en compañía de su familia por la calles del pueblo, como era costumbre  de las personas pudientes cuando se percató de que unos caballos corrían desbocados a gran velocidad y que, entre tumbos por los accidentados caminos, arrastraban un carruaje en el que viajaba un grupo de niños. Espueleando con decisión la briosa yegua que montaba, logró darles alcance y, colocándose en frente de los potros como barrera, logró detenerlos, aunque fue violentamente prensado contra un muro. Murió en el percance.

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Poco tiempo después de la muerte del patrón, el General Salvador Alvarado llegó a Yucatán con el ejército constitucionalista enarbolando la causa de la Revolución. Decretó la libertad de los peones y de las domésticas, con severas penas para los hacendados que infringieran las disposiciones. Eran tiempos en que los trabajadores no podían dejar las haciendas por los amañados adeudos que los sujetaban, que los convertían en  los activos más importantes de las fincas.

Simbólicamente quemó el General Alvarado en Mérida los libros de la “nohoch cuenta y la chichán cuenta”. Liberó a los peones de tan infame injusticia para que pudieran trabajar y vivir con libertad.

Entonces doña Benigna  reunió a sus sirvientas y les dijo:

– “Ya se pueden ir. El gobernador don Salvador Alvarado dice que ya son libres”

– “Pero, ¿a dónde nos vamos, niña?”, preguntó Francisca. “Esta es nuestra casa, aquí nacimos, aquí hemos vivido siempre, yo no quiero irme”

Las sirvientas jóvenes partieron: la juventud les permitía luchar en libertad por la vida y, entre ellas, Taz Cupul, a quien Pisita siguió frecuentando hasta el final de sus días.

El silbato del tren anunció su  llegada al pueblo. Pisita interrumpió sus nostalgias y miró a sus hijos. “Ya llegamos”, les dijo. Lanzó un profundo suspiro y exclamó con tristeza: “¡Eran como de la familia!”

César Ramón González Rosado

crglezr36@yahoo.com.mx

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