La Narrativa Gráfica (V)

By on febrero 15, 2019

V

La censura en la historieta

Los sesentas y setentas para la historieta en México fueron los años de tirajes titánicos, robos creativos y despidos, habiendo tomado los editores de historietas el 80% del territorio de publicaciones periódicas, al igual que los autores que pudieron defender la autoría sus creaciones, dando algo para leer al menos al 60% de la población nacional, refiere Malvido (1989), citado por Iván Moguel (2011).

Las historietas de éxito siguieron vigentes gracias a que continuamente toman lugar en el mercado y un público los sigue, pero ¿todos estaban de acuerdo con que la historieta fuera tan querida por un enorme número de lectores? Pues no. Tuvieron una buena palma de detractores, censores y reguladores. Ciertamente, eso repercutía en los que iba a verse o decirse entre sus páginas.

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Fueron tres etapas en que la historieta tuvo que lidiar con la censura de grupos moralistas, siendo la primera saga en los 40’s, cuando grupos conservadores como los empresarios industriales, la jerarquía católica, el partido opositor y hasta los sinarquistas (que significa “con gobierno”, lo contrario al anarquista) exigían la cancelación de títulos que consideraban contra la moral y los valores, por lo cual su objetivo era “purificar los medios en su lenguaje y temática” según Gantus (2011).

El gobierno en parte los escucha y parte les da atole, formando en 1944 la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas (CCPRI), que entró en vigor hasta en 1951, la segunda oleada de censura.

Esta Comisión se basaba en un reglamento muy breve, podía emitir multas, pero no cobrarlas, dependía de una orden del poder judicial para ello, y sin embargo era una buena forma para presionar a las editoriales a publicar según lo establecido en el artículo 6 del Reglamento sobre Publicaciones y Revistas Ilustradas:

ART. 6o.- Se considerarán contrarios a la moral pública y a la educación el título o contenido de las publicaciones y revistas ilustradas por:

I.- Contener escritos, dibujos, grabados, pinturas, impresos, imágenes, anuncios, emblemas, fotografías y todo aquello que directa o indirectamente induzca o fomente vicios o constituya por sí mismo delito;

II.- Adoptar temas capaces de dañar la actitud favorable al trabajo y el entusiasmo por el estudio;

III.- Describir aventuras en las cuales, eludiendo las leyes y el respeto a las instituciones establecidas, los protagonistas obtengan éxito en sus empresas;

IV.- Proporcionar enseñanza de los procedimientos utilizados para la ejecución de hechos contrarios a las leyes, la moral o las buenas costumbres;

V.- Contener relatos por cuya intención o por la calidad de los personajes, provoquen directa o indirectamente desprecio o rechazo para el pueblo mexicano, sus aptitudes, costumbres y tradiciones;

VI.- Utilizar textos en los que se empleen expresiones contrarias a la corrección del idioma (…)

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Puede observarse que básicamente este reglamento se “preocupa” por la moral pública y la educación. Por lo tanto, no deberá desdeñarse la escuela, ni el trabajo ni promoverse vicios, delitos, oposición a instituciones establecidas, no se debe enseñar actividades opuestas a la moral, las buenas costumbres y tampoco provocar directa o indirectamente rechazo o desprecio al pueblo mexicano, sus costumbres y tradiciones.

Además, no se debía emplear textos con expresiones contrarias a la corrección del idioma, algo así como tener el diccionario Larousse y de la Real Academia Española a la mano junto a tu colección comentada de poesía barroca del virreinato. ¿Cómo lidió la historieta con todas estas indicaciones? ¿Cómo pudo ubicarse en un contexto mexicano si ni siquiera podías usar un “órale” si seguías este reglamento?

Las oleadas de censura continuaron, lo cual generó también que ninguna biblioteca aceptara tener acervos de historietas. Además, se le señalaba como un medio vulgar, empleado por estas censuras como el chivo expiatorio de todos los males que aquejaban a la sociedad: si había morbo, seguro la historieta lo provocó; si había ignorancia, fue la historieta; si había alcoholismo, fue la historieta.

Incluso, de 1971 a 1976, la tercera etapa de censura, hasta un sector de la izquierda mexicana calificaba de “imperialistas” y atrofiar la educación de México (Gantus, 2011) a lo cual exigía no tanto la desaparición, sino la elevación cultural de la historieta, es decir, no les gustaba mucho Lágrimas y Risas, pero con las historietas de Rius sí estaban más contentos.

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A ello, Gantus refiere que “la clase media defendía historietas como las de Disney o los superhéroes, la izquierda buscaba una historieta educativa que informara como los Agachados de Rius y las clases populares seguían leyendo lo mismo de siempre: fotonovelas, dramas lacrimógenos como los de Lágrimas y Risas o aventuras como Chanoc y Fantomas” (Gantus, 2011).

Tomando en cuenta esta parte de los contenidos que se exigían a las editoriales, y estas a su vez a los dibujantes y escritores, ¿cómo podías hacer dibujos e historietas humorísticas sin transgredir un poco la norma?

Ciertamente, los productores de historietas se mofaron mucho tiempo de estos reglamentos y censuras; pero, así como hubo aquellas que nunca les interesó acatar estas normas, siendo en todo momento contrarias a la moral, las buenas costumbres y avivando la superstición (como el caso de la historieta Hermelinda Linda), al mismo tiempo los equipos creativos supieron dar en su mero mole tanto al público consumidor como a los grupos de censura y reglamentación, generando publicaciones con cierto equilibrio de moralismo y picaresca como Memín, La Familia Burrón, el Transas, entre otras.

En 2011, la tesis de Iván Moguel Hernández llamada Las representaciones grafitextuales y el funcionamiento del éxito en Hermelinda Linda (1965-1990) habla mucho de todo lo transgresoras y exitosas que podían ser las historietas mexicanas, y en el tema en específico de la censura pueden consultar la síntesis que Luis Gantus también en 2011 hace del libro Del Pepín a los Agachados, comics y censura en el México Posrevolucionario de Anne Rubestein (2004).

Rubén Camilo Solís Pacheco

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