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La Cruz de Gálvez (X)

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III

Continuación…

Transcurridos más de siete años del asesinato de don Lucas de Gálvez, y cuando ya todo parecía olvidado, dos personajes no se resignaron aún a olvidar completamente.

Uno era el Obispo Fray Luis de Piña y Mazo, que añoraba la compañía de su sobrino contra quien, y de eso estaba seguro, se había cometido una injusticia al acusarlo de un delito que no cometió; el otro era Esteban de Castro, el intérprete de lengua maya quien demostró siempre su marcado antagonismo hacia don Lucas, a quien consideraba su rival en amores y que, a casi ocho años de haber desaparecido, no había logrado que la dama que le disputaba lo aceptara a él por lo que, decepcionado, se dedicó al vicio, convirtiéndose en un alcohólico que se dedicaba a vociferar en público los nombres de encumbrados miembros de la alta sociedad quienes, según él, habían participado en el complot contra Gálvez.

Los cuentos llegaron a oídos del Juez quien, pensando que pudiera haber algo de verdad en las palabras de Castro, mandó a detenerle y, habiéndose presentado en estado de embriaguez, se dedicó a calumniar a don Esteban de Quijano y a sus hermanos, a quienes acusó de haberse valido de él para efectuar el crimen, argumentando todo eso posiblemente en venganza porque no le permitieron sus pretensiones de casarse con doña Josefa de Quijano.

El Juez no le tomó en serio sus declaraciones, conminándolo a presentarse de nuevo en estado sobrio.

Una noche que se encontraba ecuánime, se presentó ante el Alcalde don Anastacio Lara y después de confesarle su participación en el crimen con todos los detalles, proporcionó los nombres de todos los que participaron en el complot, señalando como el autor material y ejecutor de crimen al ex portero de la casa de Gobierno, Alonzo López, y como testigos de lo que se aseveraba a Bernardo Lino Rejón y Yanuario Salazar.

Ante tales evidencias, se abrió de nuevo el juicio y se le comunicó al Virrey don Félix Berenguer de Marquina, quien ordenó que los presos fuesen trasladados a la Ciudad de México, siendo comisionado para efectuar las diligencias del proceso y presidir la vista del juicio el Alcalde de la Corte, don Manuel Castillo Negrete.

Se cuenta que el asesino Alonzo López se afectó tanto su estado de ánimo, que en el momento de comparecer comenzó a sudar con tal abundancia que el sudor no sólo penetró sus ropas, sino que además atravesó su asiento, formándose en el suelo un charco, como si se hubiese derramado agua, y que se puso a temblar en tal forma que apenas pudo pronunciar algunas palabras, aceptando su culpabilidad, y cayó muerto en ese instante.

Esteban Castro, que intervino como intermediario al contratar los servicios de López, quien se comprometió a llevar a cabo su obra por la cantidad de dos mil pesos, se dedicó a amenazar de muerte a Castro a fin de que se pagara lo acordado, por lo que este tuvo que pagárselo en pequeñas cantidades durante largo tiempo; pero, como el asesino siguió exigiéndole dinero continuamente y durante varios años, temeroso de que éste cumpliera sus amenazas, se entregó por su propia decisión a las autoridades, más por el temor que por remordimiento y le contó al Juez en que forma él y López pensaron matar a Gálvez.

Primero tuvieron la idea de envenenarlo pero, como encontraron mucha dificultad para administrarle veneno, a pesar de que los dos tenían acceso al palacio, fue que pensaron luego que, siendo del conocimiento público las rivalidades entre don Lucas y don Toribio que se disputaban el amor de la señorita Cisneros, y sabiendo que del Mazo, como ya mucha gente lo sabía, se disfrazaba de mayordomo para ir a la casa de su enamorada sobre un caballo alazán, decidieron conseguir un disfraz y un caballo iguales a fin de que, después de consumado el crimen, se le culpara a él como en realidad sucedió.

En el juicio que se le siguió en México, Castro declaró todo lo anterior en la misma forma, pero se negó rotundamente a proporcionar los nombres de todos los que participaron en el complot para matar al Gobernador Gálvez. Por este motivo se le sometió a fuerte tormento, rompiéndosele una vértebra, que le producía fuertes dolores, muriendo en la prisión en condiciones verdaderamente lastimosas.

Después del juicio que se siguió en la Corte de la Ciudad de México a López y a Castro, y habiéndose comprobado que el verdadero autor material del crimen fue el primero, y que el segundo actuó como intelectual del mismo, quedó comprobada así la inocencia del Oficial de Milicias.

Ante tales evidencias el Virrey Marquina ordenó ipso facto la libertad de del Mazo y sus compañeros de infortunio, después de haber pasado ocho años en prisión en condiciones verdaderamente deplorables, esperando su muerte, que tal vez hubiera llegado de no haberse descubierto a los verdaderos asesinos.

Se cuenta que se le recomendó al Gobernador de Veracruz que, cuando se le sacara a don Toribio y demás reos de la prisión, no los expusieran repentinamente a la luz por temor de que, al herir ésta la retina de sus ojos, acostumbrados por tanto tiempo a la obscuridad de la prisión subterránea, quedasen ciegos.

El virrey de la Nueva España, para recompensar a don Toribio del Mazo por todo el perjuicio que se le había ocasionado durante los ocho años que permaneció en prisión, le extendió nombramiento de Delegado en uno de los Departamentos de la Ciudad de México, en donde pasó el resto de sus años, sin volver nunca a Yucatán.

El Presbítero don Manuel Correa, quien también estuvo purgando la misma condena en compañía de don Toribio, cuando se le dejó en libertad, con el propósito de resarcirle de todo el daño que se le había causado injustamente, se le preguntó si quería hacerse cargo de alguna parroquia en México, pero él contestó que lo único que deseaba era que le permitieran regresar a Yucatán y hacerse cargo nuevamente de su Iglesia de Tihosuco lo que, desde luego, se le permitió.

De todo lo hasta aquí relatado en relación con el asesinato del Gobernador y Capitán General de la Provincia de Yucatán don Lucas de Gálvez y Montes de Oca, se puede sacar en claro que las causas que influyeron para la ejecución del crimen fueron dos: Primero la de carácter económico, debido a que él afectó, con sus disposiciones reformistas, intereses económicos de particulares que pertenecían a familias influyentes de Mérida; Segundo, aún cuando se exageró demasiado la afición de don Lucas por las mujeres, y se le acusó por este motivo de mujeriego, no cabe la menor duda de que existieron más que fundadas razones para que los afectados por estas dos causas se confabularan en su contra, por lo que no se puede poner en tela de juicio la existencia del complot del que habló Esteban de Castro en sus declaraciones.

Este ilustre gobernante, a quien le correspondió gobernar durante tres años la Capitanía General de Yucatán, ha dejado imperecederos recuerdos en la historia de la Península: por su estímulo al comercio, por haber sido el constructor de los primeros caminos carreteros, por su celo progresista y, sobre todo, por su trágica muerte, ocurrida de una manera misteriosa.

Merece ser recordado siempre y, ahora que se acerca la fecha en que se cumplen doscientos años de su muerte, en junio 22 de 1922, justo sería hacerle algunas mejoras al modesto monumento que yucatecos de buenos sentimientos le erigieron para perpetuar su memoria en la confluencia de las calles 65 y 28, donde antaño comenzaban los caminos de Chichén Itzá y Kanasín. Dicho monumento, hoy en total abandono, tiene las siguientes lápidas; la de más arriba dice así: “ESTATUAS LA ANTIGÜEDAD/A LOS HEROES ERIGIA/Y EN MARMOLES ESCULPIA/EL BUSTO DE LA VERDAD/LA IMPARCIAL POSTERIDAD DIRA Q. A GALVEZ DEBIO/MERIDA ASI QUE LA VIO EL HOSPICIO, LA ALAMEDA/SUS CALLES Y EL BIEN Q/QUER/ENLOS CAMINOS QUE ABRIO/” La segunda dice: “Se reedificó año de 1807 por el Gobernador que era entonces y fue siempre un justo apreciador de la digna memoria del señor Gálvez”. Y, finalmente, la lápida más baja tiene la siguiente inscripción: “Reconstruido por la Junta Directiva de 1860 el 4 de mayo”.

P. Loría T.

Continuará la próxima semana…

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