La Cruz de Gálvez (III)

By on noviembre 7, 2019

I

Continuación…

Es así que una tarde de verano se realizaba una verbena en el atrio de la Catedral.

Don Lucas que desde un balcón del Palacio vio a don Clemente que platicaba con los miembros de la familia Cisneros Rendón, salió de sus oficinas y, decidido, se dirigió a saludar al Tesorero Real quien, al darse cuenta de su presencia, se vio en el compromiso de presentarlos a sus acompañantes.

–Señor Gobernador don Lucas de Gálvez, tengo el honor de presentarle a don Rodrigo Cisneros y Pavón, a su distinguida esposa doña Mariana Rendón de Cisneros y a su encantadora hija doña Carmencita.

Al estrechar las manos de los presentes se dirigió a ellos así:

–Es para mí un verdadero placer conocer en esta tarde tan hermosa a una de las familias más distinguidas de Mérida.

Al oír esas palabras, don Rodrigo respondió:

–Señor Gobernador, para nosotros es un honor conocerle tan de cerca, pues se puede decir que le conocíamos, aunque de lejos, pues desde que llegó le hemos visto pasar en algunas ocasiones por la casa, que es desde ahora la casa de Ud., en donde le esperamos cuando Ud., nos haga el honor de visitarnos.

–Le prometo que muy pronto lo haré, pues tengo el deseo de platicar con Ud.

Dicho esto, se despidió de ellos para dirigirse a sus oficinas, con la satisfacción reflejada en el rostro, después de haber sentido la suavidad y el calor de las delicadas manos de la encantadora Carmen.

Don Lucas, sin desatender sus obligaciones de Gobernante, no desperdició un momento libre para dedicarlo a las mujeres, otra de sus grandes pasiones, ya que con mucha facilidad se enamoraba de cualquier muchacha bonita que le coqueteara.

El ejercicio del quehacer público le hizo asumir actitudes políticas y tomar decisiones que incomodaron a sus enemigos. Con sus reformas pretendía acabar con las injusticias, no permitiendo arbitrariedades y abusos que propiciaran la inconformidad de los mestizos y un posible levantamiento de la población maya.

Por este motivo, dirigió al Rey una enérgica representación para que aboliese la obvención de los mayas, por ser injusta y cobrada con procedimientos inhumanos y violentos. Esta obvención era una de las rentas de los frailes, cuyos haberes se habían convertido en patrimonio de las principales familias de la ciudad.

A fin de contrarrestar esas reformas que afectaban los intereses del clero, el R.P. Provincia Fr. Manuel Antonio de Armas envió una representación al Rey a favor de su primo Porfirio Sabido de Armas, que era el encargado de hacer efectivas las obvenciones.

Preocupado con la actitud del clero católico que se oponía a sus reformas, como lo comprueban las acciones asumidas por el Obispo y el R.P. Provincial de la Orden de los Franciscanos, busca el apoyo de los comerciantes progresistas y emprende, con la colaboración de ellos, obras que despiertan el interés de los habitantes de la provincia, quienes también le ofrecen su colaboración entusiasta. Con ese propósito se dirige a la casa de don Rodrigo Cisneros, para solicitarle su ayuda.

Al llegar a la puerta, lo recibe nada menos que la simpática señorita doña Carmen con estas palabras:

–Señor Gobernador, ¿a qué se debe su agradable visita?

–Carmencita, vengo a hablar con su señor padre sobre asuntos relacionados con la administración pública –respondió– pero desde luego que es una satisfacción para mí ser recibido por tan agradable damita y tener la oportunidad de poder platicar con Ud., aun cuando sea tan sólo por un momentito ya que nunca se había presentado la ocasión de hacerlo.

–Pero pase, por favor, no se quede ahí parado, porque puede asomarse mi padre y recriminar mi falta de atención.

–No se preocupe, doña Carmen.

–Pero ¿por qué me dice doña Carmen?, ¿no sería mejor que me llamara Carmen?

–Por supuesto que sí ¿y no sería mejor que tú también me dijeras Lucas simplemente y no señor Gobernador? Lo que sólo aceptaría de tus labios en asuntos relacionados con el gobierno

–Claro que sí –respondió animosa Carmencita, que disfrutaba de aquel momento con la agradable compañía de don Lucas quien, sin dejar de mirarla un solo momento, tuvo la oportunidad de contemplar extasiado los rasgos nobles y finos de aquella mujer de ojos aceitunados y con una preciosa dentadura que se dejaba ver cada vez que abría sus bien delineados labios para dejar escuchar su dulce voz.

El éxtasis se interrumpió cuando hizo su aparición en la espaciosa sala don Rodrigo.

Don Lucas, poniéndose de pie, le dijo:

–Buenas tardes, don Rodrigo.

–Buenas las tenga Ud., señor Gobernador –respondió el padre de Carmencita– ¿Y a qué se debe su agradable visita?

–Vine a solicitarle su cooperación.

En ese momento se disculpó doña Carmen y se retiró de la sala.

–Ud., don Rodrigo –continuó don Lucas– es uno de los comerciantes más fuertes de la ciudad en el ramo de los granos; sé que tiene en sus bodegas la mayor parte del maíz y el frijol que se consume en Mérida.

–Bueno –interrumpió don Rodrigo–. Yo almaceno lo poco que me llega de las poblaciones vecinas, y digo poco porque no hay forma de adquirir mayores cantidades: el transporte es muy deficiente, todo se hace por medio de recuas, los caminos son muy angostos, si fueran más amplios se podrían introducir a la ciudad carretadas de maíz y de otros granos. Hay lugares donde la producción de maíz es muy buena, como por ejemplo Ticul, de donde se pueden adquirir otros productos; allá se fabrica mucha cerámica, sombreros, canastas, que tienen mucha demanda en la ciudad

–Bueno –dijo don Lucas–. Precisamente ese es el motivo de mi presencia aquí en su casa: deseo incrementar el comercio en la provincia, y para ello se necesitan caminos carreteros, mejorar el transporte para que pueda existir un mayor intercambio de mercancías entre las distintas comunidades de la colonia. Don Rodrigo, yo necesito que Ud., desde luego si es que está en disposición de hacerlo, invite a otros comerciantes amigos suyos a fin de que asistan el sábado próximo a las 7 de la noche a la casa de Gobierno para tener con ellos una reunión, oír sus opiniones sobre esto que hemos platicado, y después plantearles la necesidad de mejorar los caminos. En pocas palabras, incrementar el comercio. Yo estoy seguro que después de esa reunión vamos a contar con su valiosa colaboración en la realización de esta tarea que nos permitirá darle mayor impulso al desarrollo de las comunidades y mejorar la vida de la Colonia. –Desde luego que en lo que a mí me concierne estoy muy de acuerdo –expresó don Rodrigo–y cuente Ud., Sr. Gálvez, con mi ayuda. Todo eso que hemos platicado es ya una necesidad sentida por todos los habitantes de la península. Hace muchos años que Yucatán no avanza, no prospera, es como si viviéramos aletargados.

En ese momento hicieron su aparición en la sala doña Mariana y su hija para ofrecerles café a su esposo y a su distinguido visitante.

Don Lucas, poniéndose de pie para saludar a la señora de la casa, aceptó gustoso el café. Entonces doña Mariana ordenó a una sirvienta servir sendas tazas del preciado líquido; después de saborearlo, el gobernante aprovechó despedirse de la familia Cisneros Rendón, no sin antes agradecer las finas atenciones de que fue objeto, mientras fijaba sus miradas sobre el bello rostro de doña Carmen, quien discretamente correspondió con una leve sonrisa que, aunque leve, fue muy significativa.

Don Rodrigo acompañó al Gobernador hasta la puerta quien, después de estrechar las manos de su amigo, se dirigió a sus oficinas de la casa de Gobierno en donde todas las noches de 7 a 10 se reunía con el Tesorero Real, don Clemente de Rodríguez Trujillo, a sacar sus cuentas y tomar acuerdos para el día siguiente.

Doña Mariana, habiendo observado las miradas que se dirigían don Lucas y su hija cuando saboreaban su café, al despedirse de él, dirigiéndose a su hija le dijo:

–Ay, Carmencita. Tengo la impresión de que tú y el señor Gálvez se han enamorado.

–Fíjate, madre, que sí –confesó doña Carmen–. Don Lucas es un hombre muy atractivo, apuesto y elegante, y creo que no hay mujer en todo Mérida a quien no le llame la atención la personalidad de ese señor. Las veces que nos hemos encontrado no hace más que mirarme y decirme cosas agradables que han hecho que me enamore de él.

–Pero… ¿y que harás con tu otro pretendiente? –objetó la madre–. ¿Qué le dirás a don Toribio que con mucha frecuencia viene a visitarte, que te acompaña los domingos a misa, te lleva a las fiestas donde te invitan y que además ha sido tu pareja en los bailes?

–No sé, madre, no sé –respondió Carmencita–. Toribio no es más que un buen amigo, nunca me ha declarado su amor y tampoco me ha pedido que sea su esposa.

–Pero tú has alentado en él ese propósito, es decir, le has dado oportunidad para que él se enamore de ti.

–No, mamá, no, ya te dije que él no me ha dicho cuáles son sus intenciones.

–Pero niña, no necesita decírtelo: con sólo ver su constante deseo de estar contigo, de acompañarte a todos lados, creo que es suficiente para entenderlo, y si tú no lo has entendido así muchas personas que te han visto muy seguido con él ya lo han entendido y piensan que es tu novio.

–Mamá, ¿pero es que podemos adivinar si algún día don Lucas me pedirá que sea su novia o su esposa? Ni siquiera sabemos si es soltero o casado; para qué anticiparnos.

–Bueno, yo ya te dije, porque este asunto ya lo veo muy serio.

–Sí, madre, tan serio como que estoy enamorada de él; pero no te preocupes, por favor.

–Está bien, hija –expresó doña Mariana y se refirió a sus ocupaciones cotidianas.

Desde luego que las cosas sucedieron como doña Mariana presentía o veía venir: las relaciones entre don Lucas y doña Carmen se fueron haciendo cada día más estrechas, a grado tal que no pasó mucho tiempo cuando don Lucas, que ya frecuentaba la casa de doña Carmen con mucha regularidad, decidió decirle:

–Carmen ha llegado el momento de confesarte que desde que te vi por primera vez en el atrio de la catedral me enamoré de ti, y deseo que estrechemos más nuestras relaciones y creo que no hay obstáculos para eso.

–Obstáculos, sí hay.

–Pero ¿acaso no te intereso?

–Claro que me interesas y estaba deseando que me declararas tu amor, como acabas de hacerlo, pero es mi obligación hacerte saber que Toribio del Mazo, quien es tu amigo, hace más de un año que frecuenta mi casa y, aun cuando él no me ha pedido que sea su novia, me acompaña todos los domingos a misa y a algunas fiestas sociales.

Don Lucas la interrumpe y le pregunta:

–¿Pero es que Toribio está enamorado de ti, y tú le correspondes?

–No –contestó cortante Carmencita. Yo no estoy enamorada de él. Para mí es sólo un amigo y nada más que eso. De quien estoy enamorada es de ti y creo que te has dado cuenta.

–De eso no tengo la menor duda, pero ¿y entonces donde está el obstáculo?

–Pues que viene a verme casi todos los días, ¿y ahora qué le digo para que no venga?

–Bueno, ese problema yo lo voy a resolver de una forma tan fácil que ni te lo imaginas

–¿Pero es que piensas matarle?

–No, cómo crees. Dame un poco de tiempo y verás cómo deja de ser un obstáculo entre los dos.

P. Loría T.

Continuará la próxima semana…

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