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La Conjura de Xinúm – XXIV

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XXII. El Derrumbe

En un momento se esparció la noticia de la muerte de Marcelo Pat. Ante tal desgracia, unos indios se amilanaron viendo en ella algo así como la reprobación de sus actos o un castigo del cielo; otros, en cambio, se exaltaron y abrigaron los más enconados deseos de venganza. Cecilio Chi y Jacinto Pat fueron de estos últimos; con vértigo de desesperación, se dieron a recorrer los principales centros indígenas, ansiosos de levantar gente y de avivar el espíritu guerrero. Pero el fin, tantas veces temido, había llegado; la estrella de estos caciques no alumbraría más y los acontecimientos más negros iban a precipitarse unos tras otros. Chi fue el primero en caer. De modo alevoso fue asesinado mientras visitaba la aldea Chechen en las cercanías de Tihosuco. Diversas versiones corrieron sobre las circunstancias de su muerte. Unos contaron que lo mató su ayudante, un tal Anastasio Flores; otros que en el crimen no fue extraña la propia mujer del cacique y otros que el alcalde de la localidad se valió de unos esbirros para cometer aquel crimen. Nunca se esclareció nada de esto. El caso fue que un día Chi apareció muerto, hendida la cabeza por un machetazo. Su cuerpo fue recogido y llevado a Tepich donde se le sepultó en presencia del pueblo. Algún tiempo después se dijo que Venancio Pec descubrió y mató al presunto asesino y que la mujer, horrorizada de su traición y temerosa de sus perseguidores, huyó al monte y se ahorcó de un árbol, y allí quedó hasta que los buitres deshicieron el cadáver.

Parecida suerte corrió Jacinto Pat. Después de juntar y de reorganizar las tropas que merodeaban por Peto, Ticul y Culumpich, se detuvo en Tabi, donde un grupo de sus enemigos intentó asesinarlo. Pat pudo escapar y, a matacaballo, se alejó por el camino del sur y se internó en las selvas del Petén. Al decir de algunos, allí lo mató un espía de Venancio Pec.

A raíz de estos sucesos, el gobierno empezó a recibir hombres, bestias, generales, armas y dinero y, de este modo, sus ejércitos cobraron fuerza y se vieron en condiciones de actuar con más energía contra los últimos rebeldes. Por este mismo tiempo, llegaron también a las playas de Sisal y de Campeche, partidas de filibusteros –algunos con grado militar– que venían con la santa intención de dedicarse a la caza de indios.

En la lucha –cada vez más angustiosa– los rebeldes se batían a la desesperada o, doblegados por el hambre y el cansancio, se entregaban sumisos a merced del vencedor. En ocasiones, enloquecidos de ira y como si quisieran acabar de una vez, salían de sus trincheras y se dejaban asesinar por el enemigo.

De este modo, la matanza de indios cobró auge y alegría. Las tropas del gobierno se lanzaron sobre las plazas más importantes y su acción vino a ser un trágico paseo triunfal. Casi sin resistencia, uno a uno fueron rindiéndose los últimos reductos indígenas. En poco tiempo Valladolid, Tizimín, Espita, Peto y Yaxcabá, cayeron en manos de las tropas blancas.

Para mejor asegurar estos triunfos, el gobierno decidió entonces establecer cantones en los sitios que se iban dominando. Con el auxilio de estas fortalezas, se abrieron al tráfico los principales caminos de oriente y del sur y se auxilió con más eficacia a las tropas expedicionarias.

Para convencer a los rebeldes todavía renuentes acerca de la inutilidad de la guerra, se despacharon hacia los cuatro puntos cardinales de la Península, sacerdotes de buen ánimo e instruidos para el caso. Pero sucedió que a su llamado sólo acudieron dos o tres cabecillas subalternos y de poco prestigio, pues los de renombre, lejos de atender a la invitación de paz que se les hacía, no sólo declararon su propósito de continuar la lucha, sino que pidieron se les reconociera como suya la tierra que ocupaban y se les otorgara el derecho de nombrar a sus Mayores y a sus justicias.

Como nadie dio oídos a sus peticiones, acabaron por rechazar el trato de aquellos emisarios y en son de guerra se precipitaron hacia los extremos de la Península.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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