Dos siglos de dramaturgia regional en Yucatán – XIV

By on diciembre 2, 2021

XIV

 José García Montero

La caridad cristiana

Drama en cuatro actos sin monólogos ni apartes

Estrenado bajo la dirección del primer actor D. Manuel Martínez Casado, en el Teatro de San Carlos de Mérida, el día 18 de septiembre de 1862.

 

Episodio de la guerra de castas de Yucatán que principió el año de 1847.

 

PERSONAS                                    ACTORES

 

CRISTINA                                        Sra. Salvadora Delgado

IRENE                                               Carmen Guiñé

ADOLFO                                           Sr. D. Manuel Martínez Casado

EL CAPITÁN VELÁSQUEZ          Joaquín Fernández

EL CURA                                         Enrique Font

EL DOCTOR                                    German León

ANDRÉS                                          Antonio Sasso

UN CONVIDADO                            Norberto Trejo

SOLDADOS, etc.                            Resto de la Compañía y comparsas

 

 

La escena pasa el primero, segundo y tercer acto en 1848: el cuarto en 1849.

El primer acto en Ichmul.

El segundo en Tihosuco.

El tercero y cuarto en Mérida.

 

TÍTULO DE LOS ACTOS,

1° El incendio, 2° La locura, 3º La boda, 4° La espiación.

 

ACTO PRIMERO

 

Sala de una casa de Ichmul, ventana, puertas laterales.

 

 

ESCENA I

ADOLFO Y CRISTINA.

 

CRISTINA: No partirás, Adolfo, no partirás.

ADOLFO: Cristina, mi deber me lo exige.

CRISTINA: No, no, basta de tantos sufrimientos en cada incursión a que sales, tras ti se va mi tranquilidad y mi alegría.

ADOLFO: Como soldado tengo que defender a mi patria, como ciudadano mi hogar, como amante, a mi Cristina. Es preciso librarla de todos los peligros que la amenazan.

CRISTINA: Por eso debías quedarte.

ADOLFO: ¿Cómo?

CRISTINA: Cierto, debías quedarte para librarme de los peligros que me amenazan.

ADOLFO: ¿Y qué peligros son esos?

CRISTINA: Ese hombre insiste en su propósito, me persigue por todas partes. ADOLFO: ¡Ah! ¿El capitán VELÁSQUEZ?

CRISTINA: Si, el capitán, que durante tu ausencia ha puesto todos los medios posibles para hacerme caer en sus redes.

ADOLFO: ¡Ah, el capitancillo! ¿eh? Algún día las pagará todas juntas.

CRISTINA: ¿Pero entre tanto?…

ADOLFO: ¿Qué?

CRISTINA: He oído contar muchas cosas de algunos jefes de Cantón que me han dejado horrorizada.

ADOLFO: Si, es verdad: algunos son aún más crueles que los mismos bárbaros a quienes baten, y para lograr sus depravados planes arrasarían con cuanto se presentase a su paso: no les arredraría ni la sangre de sus víctimas, ni los gritos de su conciencia.

CRISTINA: Sabes lo que me ha contado la hija de…

ADOLFO: Sí, sí, no me repitas nada; no hallaría novedad alguna; pues desde que empezó la guerra de los indios de Yucatán hasta esta fecha, es decir, en este cortísimo período, se han cometido más abusos que los que podían cometerse durante más de veinte años. Esta maldita guerra que ha traído tras sí la desolación y la muerte: esta guerra originada únicamente por la ambición de dos mercachifles que se disputan el mando; esta guerra digo, será la ruina de Yucatán si no encuentra una mano benéfica que la salve de la situación en que se encuentra; que la salve del yugo de tantos tiranuelos asociados a los principales motores de esta sublevación indígena.

CRISTINA: Bien, bien; pero… no partirás, ¿es verdad? no me abandonarás a la merced de ese miserable, no irás a exponer tu vida por darle gusto a esos ambiciosos del mando.

ADOLFO: No, Cristina mía; si me he expuesto a los peligros ha sido por salvar tu vida: ha sido por defender nuestro pobre pueblo rodeado de tantas calamidades; ha sido por dejar a ese enemigo común que ha llegado hasta a las puertas de nuestros hogares a jurar con su grito de ¡mueran los blancos! el exterminio de nuestra raza. En cuanto a los otros… (Se oyen gritos, y el estampido de una bomba.)

CRISTINA: ¿Has oído? ¡Una bomba!

ADOLFO: Sí, sin duda es algún aviso para que todos estén alerta. El enemigo tal vez ha osado salvar el dique que le han puesto nuestras tropas y se acerca…

CRISTINA: ¡Y mi madre! Ha salido, ve si la encuentras y la avisas…

ADOLFO: Voy al instante….

CRISTINA: Vuela, vuelve pronto, que sin ti no puedo vivir ni un solo instante… espera, ¿me prometes que volverás y huiras del peligro?

ADOLFO: Sí. ¿Y en cambio?

CRISTINA: Y en cambio te prometo amarte constantemente para hacerme digna de llamarme un día esposa tuya. Te lo juro y además…

ADOLFO: Evitar los peligros de la seducción, huir de ese hombre… cada momento que se pasa es un momento que se pierde. ¡Adiós, Cristina!

CRISTINA: ¡Adolfo! (Se abrazan.) Dios te proteja.

 

 

ESCENA II

CRISTINA – IRENE.

 

IRENE: Cristina, Cristina ¿has oído una detonación y gritería?

CRISTINA: Sí, en efecto…

IRENE: Cuando entraron los indios sublevados en mi pueblo lo mismo se oía.

CRISTINA: Yo también lo he oído…

IRENE: Cuando asesinaron a mi madre….

CRISTINA: ¡Dios mío!

IRENE: ¡Ah! si no hubiera sido por la caridad de usted yo andaría errante, o muerta tal vez.

CRISTINA: Eso más bien se lo debes a tu primo Andrés que…

IRENE: Helo aquí. ¿Qué es eso Andrés?

 

 

ESCENA III

Dichos, ANDRÉS.

 

ANDRÉS: Prima, prima Irene.

IRENE:

CRISTINA: ¿Qué hay Andrés?

ANDRÉS: ¡Ay, ay! ¡los indios! ¡salvémonos!

IRENE:

CRISTINA: ¡¡Los indios!!

ANDRÉS: Los indios, están cerca, ¡huyamos!

CRISTINA: ¿Y mi madre? ¡Madre mía! ¿Has visto a mi madre?

ANDRÉS: No… pero vamos pronto a recoger lo más precioso que tengamos y salvar nuestra vida. Me marcho.

IRENE: No te vayas: vamos allí dentro, ayúdame. (Se van. Al entrar CRISTINA, aparece el capitán VELÁSQUEZ. Al poco rato se oyen golpes en la misma puerta, CRISTINA quiere abrir se lo impide el capitán.)

 

ESCENA IV

CRISTINA, el capitán, que cierra la puerta donde desapareció ANDRÉS.

 

CRISTINA: ¿Otra vez? ¿No le dije a usted que no volviera a esta casa?

VELÁSQUEZ: No puedo prescindir de amar a usted, Cristina. Ángel mío. Idolatrada Cristina, acceda usted a mi súplica, seré su esposo. Cese su enojo, y….

CRISTINA: ¡Atrás! Capitán Velásquez no ose usted poner las manos sobre esta infeliz.

VELÁSQUEZ: Cristina. (Ademan de súplica.)

CRISTINA: Los indios están entrando, Capitán ¿y usted aún está pensando en deshonrar a una débil mujer?

IRENE: ¡Corra usted, auxilie a la población!

VELÁSQUEZ: ¿Qué me importan a mí los demás? Sin usted, sin su amor, la vida me es insoportable.

CRISTINA: Capitán ¡huya usted de mí!

VELÁSQUEZ: Imposible, huyamos los dos.

CRISTINA: ¡Jamás! ¿Y mi madre? mi madre, Capitán, está fuera de casa y la matarán. ¡Sálvela Ud. Capitán!

VELÁSQUEZ: De Ud. depende su salvación y la nuestra. (Se acerca a la ventana.) ¿Ve Ud. esa muchedumbre que se agolpa en la iglesia?

CRISTINA: Sí.

VELÁSQUEZ: Pues ahí tal vez está su madre.

CRISTINA: Sálvela Ud. Se lo ruego.

VELÁSQUEZ: ¿Ve Ud. aquel piquete de soldados que huyen por esa calle?

CRISTINA: Sí.

VELÁSQUEZ: Pues es el resto de mi tropa a quien he mandado tocar retirada. CRISTINA: ¡Miserable! ¡Cobarde!

VELÁSQUEZ: A una señal mía se detendrán y defenderán al pueblo de Ichmul. CRISTINA: Hágalo Ud. Capitán y le viviré eternamente reconocida, se lo ruego de rodillas.

VELÁSQUEZ: Alce Ud. ¡O su amor o la muerte!

CRISTINA: ¡Nunca! No me inspira Ud. más que odio.

VELÁSQUEZ: ¿Y su madre?

CRISTINA: ¡Oh, madre mía! ¡Perdón! ¡Perdón! Sálvela Ud. Capitán. ¡Los indios se acercan!

(Tiros, campanadas, gritos.)

VELÁSQUEZ: Ya han cogido la calle, ya se aproximan. Tocan a rebato. Se oyen algunos tiros. Si será mi tropa que les dé la enhorabuena con la despedida. CRISTINA: ¡Capitán! ¡Capitán! Por Dios, por la virgen Santísima. Por el Cristo de las Ampollas, cuyo pueblo es este. La señal, pronto, se acercan a los grupos. Qué gritos tan horribles, ¡Dios mío! ¡Dios mío!

VELÁSQUEZ: Consiente, al fin, mujer. (Saca una corneta.)

CRISTINA: ¿Y Adolfo? ¡Adolfo querido! Le juré amor constante. ¡Oh, no toque Ud. por favor! ¡No consiento! ¡Le aborrezco hasta la muerte! ¡Madre mía! ¡Adolfo!… Capitán Velásquez ¿no oye Ud.? ¡Cobarde! ¡Cobarde!

VELÁSQUEZ: Esta desmayada: ya es mía. (Toca.)

CRISTINA: (Da un grito y cae privada.)

VELÁSQUEZ: ¡Ahora huyamos!…

 

Huye con ella, cae el telón del fondo y aparece un incendio.

 

Continuará la próxima semana…

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