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La camisa de bolitas

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Letras

Por Joel Bañuelos Martínez

Hay prendas que se vuelven nuestras preferidas, nos sientan tan bien que nos sentimos complacidos cuando nos las ponemos, hasta sentimos que lucimos más atractivos y elevan nuestra autoestima. Pueden ser unos suaves zapatos, un pantalón con buen corte, una playera, cachucha o un sombrero. Llega a tanto tal predilección que a veces abusamos en la frecuencia de su uso por lo que hasta nos etiquetan apodos por tal exceso. Hemos oído decir de más de alguno que frecuentemente usa una prenda negra, por ejemplo: “Mira ese fulano, ya parece viudo”.

Así era la camisa de bolitas.

Va la historia…

Bravonel ya trabajaba en una fábrica de renombre y en sus vacaciones al pueblo, en el mes de julio, hacía sus maletas y se iba con su familia a disfrutar de la tranquilidad provincial una semana o diez días.

Era obvio que, al estar en el pueblo, luego de instalarse en la casa materna se corría la voz y sus amigos eran visitados por él o ellos lo visitaban. No faltaba un viaje a la sierra, a los arroyos, un jueves de cantina o una noche bohemia con alguno de sus cuatachos de infancia y juventud. Este deporte siempre le acarreaba ciertos disgustos e incomodidades, pero estar en la tierra donde se nació después una larga ausencia hace que las pláticas se alarguen tanto, que a veces hasta puede suceder que el canto del gallo y la claridad de un amanecer sorprendan a los amigos después de haber empezado a platicar a las ocho de la noche.

Un día caluroso de junio, después de llegar al pueblo y luego de haber visitado algunos amigos, llegó el jueves del desastre.

Bravonel se bañó y se cambió, se puso loción, un pantalón vaquero blanco, zapatos de vestir y una camisa muy singular. No era una prenda cualquiera, sino la camisa favorita, la que le fue hecha a la medida, bien cortada, y de un color muy extravagante para la época, los 80s; era de una tela suave, con 85 por ciento poliéster y 25 por ciento de algodón, amarilla, y lo que no quería decir… con bolitas blancas. He allí lo peculiar de la camisa: parecía una blusa ya que dicha tela, en efecto, era tela para vestido, pero a Bravonel le importaba un soberano cacahuate, a él le gustaba cómo le quedaba, con sus mangas tres cuartos, y la usaba abierta en su parte superior de los tres últimos botones.

Salió de su casa y, al dar vuelta la esquina, se encontró con su amigo Joaquín. Se saludaron y tomaron la calle hacia el centro; luego de algunos minutos, ya estaban instalados en unos confortables equipales dentro de la cantina “El Bahía”, propiedad de Fermín Morales; un hombre alto, blanco y robusto, de pelo lacio, muy bien vestido siempre.

A Bravonel le llamó mucho la atención que sólo algunas mesas tenían equipales en lugar de sillas y, aunque la parte del respaldo era muy alto y sobrepasaba su cuello, se sintió cómodo por la suavidad del asiento.

El mismo Fermín, luego de una seña de Joaquín, sirvió dos cervezas y se retiró a la barra desde donde despachaba ya que no tenía empleados. Había dos mujeres que tomaban en diferentes mesas y sus escandalosas risas hacían la diferencia entre la plática de los hombres.

Joaquín y Bravonel platicaron de sus trabajos y sus pequeños logros después de ser aquellos jovencitos que un día se separaron para buscar un trabajo de planta con prestaciones para aspirar a un mejor futuro.

Las risas y la algarabía subían de tono mientras las manecillas del reloj avanzaban; los parroquianos, unos se iban y nuevos llegaban. A las doce de la noche llegaron los guardianes del orden y saludaron a Fermín quien, con voz fuerte y decidida, anunció:

-¡Vámonos, señores, ya es hora!- y procedió a cobrar cuentas.

Joaquín y Bravonel salieron y tomaron la calle México, la de los viejos tiempos, la de las cantinas y la que siempre llevaba a los tomadores hasta un adoratorio de Baco, pero también de Venus, que estaba frente a la planta de Pemex.

Joaquín dijo a Bravonel:

-¡Vamos al bule si quieres!

Bravonel tragó saliva, hizo de tripas corazón y contestó con una excusa, mentira que ni él mismo se creyó:

-¡Ya es tarde y mañana tengo que levantarme temprano porque en cuanto abran las oficinas del registro civil voy a ir a sacar una acta del niño!

Joaquín no insistió y Bravonel respiró aliviado, le volvió el alma al cuerpo; sabía que si Joaquín insistía, sería muy difícil resistirse y quería evitarse un disgusto, pues ya no se mandaba solo.

Tomaron la Laureles y cinco cuadras después se despidieron con la promesa de repetir la bohemia antes del término de las vacaciones. Bravonel recorrió solo las tres cuadras restantes y dio vuelta a la esquina, la casa siguiente era la casa de su mamá, llegó, empujó la puerta y entró. En una cama dormía su mamá y sus dos hijos, en la otra su cónyuge. Se quitó la camisa y camiseta, los zapatos y se durmió en pantalones.

Al día siguiente despertó tarde, su mamá le sirvió el desayuno y vio el tendedero lleno de ropa recién lavada, las plantas regadas, el corral limpio de hojarasca y a su mujer muy seria. Era normal ese gesto, pero notó cierto trato cortante y no quiso averiguar la causa, la sabía de antemano: la salida con su amigo Joaquín y su llegada tarde.

Conforme transcurría el día, se acentuaba más la rara atmósfera de indiferencia. Fueron las vacaciones más incómodas recordadas por Bravonel.

No hubo otra bohemia con su amigo Joaquín, las visitas a los demás amigos fueron evitadas.

A los días, Bravonel preguntó:

-¿Y mi camisa amarilla, la de bolitas? ¡No la he visto!

La mujer contestó: ¡Está en la silla que está a un lado del lavadero!

-¿No la lavaste?

-¡No, ni la lavaré!

Al buen entendedor pocas palabras. ¡Qué se puede esperar de una mujer enojada porque el marido se desvela en una cantina! Claro que no es tan grave el asunto, pero vale más no “veriguar” dijo el cora.

Bravonel se dirigió hacia el lavadero con la intención de lavar la prenda que, con varios días sucia, estaría impregnada de olor a sudor y tabaco. Llegó al lavadero y, en efecto, en la silla estaba su camisa de bolitas en total abandono. La tomó para echarla al lavadero y se llevó la sorpresa más desagradable que se haya imaginado… ¡Su camisa estaba hecha jirones a corte de tijera!

Algo disgustado preguntó:

-¿Qué le pasó a mi camisa? ¿Tú la rompiste?

-¡Sí!

-¿Y por qué?

-¿Ya le viste el cuello?

Bravonel vio el cuello de la camisa y se quedó frío: tenía manchas de pintura de labios; pero no era sólo en el cuello, también en la parte de atrás que corresponde a la espalda y el dorso de una manga.

No hubo poder humano que redituara tras la labor de convencimiento. Días después, hubo un mudo retorno, producto de una situación embarazosa de la cual Bravonel no tuvo culpa alguna.

Atando cabos, Bravonel llegó a una conclusión que suena bastante lógica pero que jamás mujer alguna aceptará: era posible que alguna de las mujeres que iban de mesa en mesa con sus amigos o acompañantes pudiera haber dejado pintura en el respaldo del equipal antes de la llegada de él y su amigo y, al sentarse y recargarse cómodamente, pudo haberse manchado la camisa con el mencionado cosmético.

Sea como fuere, la camisa de bolitas tuvo un triste e inesperado fin al morir desmembrada con una tijera. En su siguiente visita, ya calmadas las aguas, el hecho causó la risa de sus amigos y hubo bromas y brindis a la salud de la camisa.

Todo lo que provoca una confusión: disgustos, caras largas, malas caras, cejas arqueadas y un sinfín de etcéteras. Dentro de todo lo malo, no le fue tan mal a Bravonel, a muchos les ha ido peor y no viven para contar la historia. Una camisa se puede reemplazar, por más bonita que sea.

Bravonel no pierde la esperanza de encontrar una tela igual para hacerse una camisa, aunque sea para ponérsela un día y tomarse una foto para compartirla, pero tendrá que asegurarse de no sentarse en un bendito equipal, y menos si hay cerca mujeres con maquillaje, por aquello de “no te entumas”.

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