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Historia de un Lunes – XI

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XI

POSIBLE EXEGESIS DE UNA NOVELA YUCATECA (*)

Creo que fue por 1980, unos meses antes de su fallecimiento, cuando Humberto Lara y Lara vio editada una novela que había escrito unos treinta años atrás. El libro (que está vivo y logra despertar en nosotros las emociones de hechos insólitos que conmovieron a Yucatán hacia 1952) porta el rubro de “Don Toribio de la Tetera”, título afín a la picaresca, acaso porque el mismo protagonista deriva a un personaje de ese género. El escrito responde a las urgencias de la forma novelística, pero el autor, avasallado por su modestia, se satisface con definirlo como “una simple crónica”.

Durante los recientes días de la Natividad, que los juerguistas saturaron de cumbias y de cocteles margarita, delicia de los turistas yanquis, me di a la regocijada tarea de releer Don Toribio. Aparte de ciertas digresiones y de algunos parágrafos sentenciosos consagrados a la meditación de cuestiones políticas demasiado regionales que sólo a nosotros interesan, la novela es una obra audaz, aguda, casi del todo amena. Al estilo lo gobierna una causticidad irreprimible. El autor nos dirá en su introito que no pretende “el favor de un prólogo de algún amigo” y que tampoco ha deseado pertenecer a ninguna de esas “sociedades gremiales de elogios mutuos” tan frecuentadas por nuestros escritores vernáculos. Desdeña su propia competencia para estructurar a sus personajes cuando emite esta menudeada precaución: “Si algún parecido hallare el lector entre mis protagonistas de la vida real, debe considerarse como pura coincidencia”. Pero los retratos resultan tan puntuales que es casi imposible desconocer en ellos a los actores del drama que padeció Yucatán hace más de tres décadas.

En la novela Mérida es Veletilandia (Ciudad de las veletas), veletilandeses los meridanos. La atmósfera, la mise in scene, es estupendamente lograda. Detrás de los numerosos incidentes (totalmente novelísticos) que colman las páginas de “Don Toribio”, nos es dado entrever inobjetables rasgos líricos (no olvidemos que el autor es esencialmente poeta) y reflexivos. Por ejemplo, esta alusión a una Mérida ausente: “Casi en cada casa había una veleta y tantas llegaron a ser éstas que el horizonte de la urbe veletilandesa semejaba a la hora de los crepúsculos, inmensa dentadura de vitalium mordisqueando los lampos iridiscentes de las nubes.”

La anécdota, el sucedido chusco, prolifera. Se habla de lambisconería y del caso extremo de un arquetipo de esa arraigada rutina nacional que un gobernador premió con una diputación puesto “que tenía la atingencia, cuando el mandatario salía de gira por el interior de la entidad, en lugares donde no había comodidades y a veces ni inodoros, de llevar siempre consigo un rollo de papel higiénico que en el preciso y oportuno momento le ofrecía al funcionario para su maloliente uso.” Estas líneas registran el sardónico humorismo del autor, que destila toda la obra.

En otro de sus párrafos (pág. 28) nos recuerda un inmenso rótulo ubicado a la salida del aeropuerto de Mérida al año de 1952. Ese letrero proclama, con impar demagogia: “Está usted entrando a la ciudad más silenciosa del mundo”.

Es fama que don Humberto degustaba con fruición nuestra cocina peninsular. En la página 31 de su libro alude a algunas delicias regionales: “… añoro (don Toribio, naturalmente) el sabroso sacá endulzado con miel y la nívea horchata de arroz, suplantados por la cerveza y la coca cola extranjera, relamióse de gusto recordando las empanadas de cazón campechano torteadas en medialuna, que del comal pasaban calientitas a la boca del cliente, maravilla culinaria desplazada por los fríos híbridos sándwiches de pan de hogaza, chile jalapeño, pollo escabechado y pésimo jamón.”

El autor endosa sobrenombres a sus protagonistas (el Sr. Molinar, el Sr. Cebollas, el “chechén”, el “chupa”, María Colmillo…) pero los retratos (ya lo he dicho) son incontestables. “Don Toribio de la Tetera” comprende 32 capítulos y el consumatum est que pretende ser un epílogo, pero que es en realidad el capítulo 33 del libro.

Entre sus diversos valores, “Don Toribio” ostenta el documental (que de algún modo he denotado antes): cunden las descripciones de entrañables rincones de nuestra ciudad, del paisaje citadino, de algunas chozas miserables de los antiguos barrios de Mérida; no se nos escatiman versos festivos ni frases rotundas y señeras; hay asimismo un acopio de noticias y datos de los que pueden depender los economistas y los sociólogos para indagaciones menos literarias; también  fluyen serpenteando por el libro los inevitables yucatequismos.

Durante la escena de un cocktail-party, el autor nos recuerda el smoking tropical (tan socorrido por los yucatecos de night club al promediar el siglo): “americana crema de sedosas solapas y pantalones negros de palmbeach, corbata de lazo rojiobscura, zapatos charoleados”. El smoking tropical ha sido felizmente, en Yucatán, avasallado por la guayabera. En la página 49 de su libro nos representa el legendario Parque Hidalgo (que él sobrenombra con memorable certeza histórica “Parque de la República”): “minúsculo pero bello, acogedor, lleno de tradición”.

Añade sobre esa frecuentada plazuela: “Sombreábanlo hileras de almendros, debajo de los cuales se alineaban cómodas bancas de madera y hierro forjado que cotidianamente, en las tardes y a prima noche, y en las mañanas domingueras, servían de asiento a las reuniones de los más connotados lenguaraces de la ciudad y, entre ellos, políticos desplazados y en receso.” Por supuesto que alude al bronce del Gral. Cepeda, sin dejar de ejercer su regocijado humorismo.

Su descripción de la atmósfera de algún café de Yucatán, hábitat de intelectuales y otros entes de entonces, es digna de transcribirse: “Es preciso que nos detengamos un poco más en esos cenáculos para enterar de paso al lector de sus funciones trascendentales en la elaboración de la cultura regional, comenzando por consignar que en ellos se congregaban los literatos, los poetas, los artistas, en una palabra, los intelectuales. Los que vivían de su pluma, de su pincel, de sus ideas, de su facundia, contando siempre con un público heterogéneo de médicos, abogados, estudiantes, comerciantes, empleados, corredores y no pocos golfos que frecuentaban los cafés y que los veían con orgullosa simpatía, considerándolos la flor y nata de la inteligencia veletilandesa…” (pág. 120).

A veces el autor se embelesa explicando a la Naturaleza. Entonces, regodeado, nos provee un lenguaje poético de luminosa y apacible belleza: “El ambiente casi bucólico de los barrios influía en sus nervios como sedante. Gustábale ver morir el sol tras el horizonte de los henequenales que rodeaban la ciudad, matizando con sus postrimeros resplandores la copa en sombrilla de los flamboyanes florecidos, el bordado de las rojas bugambilias y las campánulas azules en estrecho abrazo con las albarradas blancas de cal, y contemplar a las mujeres del pueblo, siempre limpias, sentadas a las puertas de sus casas de paja charlando con sus vecinas, mientras vigilaban a sus pequeños hijos correteando y jugando en la calle” (pág. 102).

Pero acaso la más justa de sus imágenes corresponda al dibujo de la choza de la vieja X-cat, uno de los personajes mágicos de la novela. El poeta le consagra dos párrafos en la página 159 de su libro. Reproduzco el primero: “Este misérrimo exterior correspondía al recinto oval de piso de tierra común a las habitaciones campesinas, penumbroso, lleno de silencio, anublado de telarañas. En el extremo derecho veíase una mesa de madera que servía de altar a una Cruz sin Cristo pintada de verde de cuyos brazos pendían, sujetas con cintas de colores, figurillas de animales y antropomorfas en traslúcida parafina, y frente a la cual llameaba día y noche una lamparita de hojalata alimentada con petróleo. A los lados de este rústico retablo estaban un viejo cofre, depósito de las prendas personales de la vieja, un xuxac de bejuco grueso y una pequeña tinaja de barro de Ticul con una jícara embrocada en la tapa.

Mas el humor, lejos de languidecer, coexiste en robusta armonía con los elementos dramáticos a lo largo de la novela. He aquí unos versos festivos consagrados a satirizar a don Toribio, el espurio gobernador:

Porque es tu gobernador

de don Toribio te quejas,

son lentejas ¡ay dolor!

o las comes o las dejas.

No indagues su proceder

ni exprimas más tu sesera:

confórmate con saber

que vino a darte en la mera…

Que no hay perro que le ladre

ni malix ni pequinés,

pues lo apoya su compadre

al derecho y al revés.

Nadie ignoraba entonces que el compadre de don Toribio era nada menos que el Presidente de la República.

Por último, Lara y Lara ha acuñado en su obra ciertas frases rotundas que merecen ser citadas antes de concluir esta posible exégesis de Don Toribio. Copio algunos ejemplos: “En un pueblo pequeño las noticias escasean y son exprimidas hasta la última gota de su jugo.” Estas otras, consagradas a la dignidad de los miserables: “Dele a los millonarios el lujo de la dignidad”; “con los fondillos remendados la dignidad es ridícula”; “por experiencia sabía que, con la alforja llena, los vicios se llaman caprichos, la licencia ‘mundanidad’”. Transcribo un par más: “Aquel que se echa a cuestas la tarea de decir la verdad se siente mal en todas partes”; “En un medio pequeño el ejercicio de las letras despierta admiración, eleva el espíritu, pero no da para los frijoles con puerco si ningún cordón umbilical los une con los fondos públicos”.

Don Toribio de la Tetera es una novela de nuestro tiempo porque nos revela precisamente cuestiones intemporales, id est. las aberraciones de un mal gobierno (la obstinada imposición de un gobernador), el background de esas ocurrencias, el execrable centralismo republicano, el compadrismo irresponsable, la angostura mental privativa de la provincia, los shortcomings de los parodiados personajes… No anhela, como novela, acceder a los desplantes vanguardistas de la narrativa contemporánea (rechaza el monólogo interior, la antipuntuación, la parrafada desbocada, las mentadas de madre y el empleo de términos extranjerizantes a discreción) y se satisface con apegarse a la tradición. Quiero decir que el autor, antes que involucrarse en la odisea de la novela futurista, prefiere dejarnos el testimonio sencillo de hechos que infamaron a Yucatán de los que fue testigo y recopilador.

(Marzo 29 de 1988)

(*) Humberto Lara y Lara, “Don Toribio de la Tetera” (novela satírica). Primera edición 1980. Ediciones del Gobierno del Estado de Yucatán 1976/1982. Mérida. Diseño y edición: Raúl Maldonado Coello; Coordinación Rolando Bello Paredes. Las ilustraciones (tan satíricas como los textos) corresponden a Raúl Maldonado Cetina.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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