Ha vuelto José Juan Tablada

By on junio 6, 2024

Luces de México

José Juan Tablada

Antonio Magaña Esquivel

(Especial para el Diario del Sureste)

Un día amanecieron los periódicos con la noticia: José Juan Tablada, el poeta de los hai-kais, bajaba de las “jaulas de acero que se empinan en Nueva York” y volvía a México de visita, de mero tránsito, casi de turista. Y hacia él fui solicitado por mil curiosidades, entre ellas el ver qué nos había dejado la Babilonia de Acero de aquel consorte de Scherezada que había aprendido a ser mandarín en ritmo y color –según el verso de Rafael López– en el propio Japón.

Un saludo de Teodoro Torres, el novelista de La patria perdida, me sirvió de presentación. José Juan Tablada no había olvidado sus japonerías, sus famosas batas japoneses, sus hai-kais que él beneficia agudamente como una saeta de la imaginación; era el mismo Tablada de mis recuerdos de adolescencia, fuerte y joven a pesar de sus canas y de sus no pocos años.

–Lo que menos interesa para juzgar la edad de un hombre– me dice para satisfacción propia– son sus años. Con mis sesenta y cuatro años a cuestas, me siento joven todavía porque tengo la capacidad de comprensión de cosas que antes no se comprendían.

Y esto en verdad es síntoma de juventud. En la perspectiva general de nuestra actual literatura, José Juan Tablada bien puede ser –y de hecho ha sido– incorporado a la falange joven. Su espíritu tiene una maravillosa facultad de renovación constante y es por esto que ha dejado de la mano la edad cronológica para mostrar suficientemente la fortaleza de su edad vital en versos que han sido el activo fermento, la fuente de inquietudes que hacía falta al nuevo espíritu de la época que busca su forma de expresión. El hai-kai que maneja a perfección y que nos trajo del Oriente, los poemas sintéticos e ideográficas de sus libros Un día… y Li-Pó, los poemas nacionalistas y auténticamente mexicanos de su libro La feria, son claras muestras de su renovación literaria, de su juventud perenne –abandonado el criterio que mide la edad por los años, por la fe de bautismo– que lo hace ser nuestro y de nuestra época.

–Los años sólo tienen valor por sí mismos en las cortesanas y en los caballos. En los hombres, ser joven es tener algo dentro qué expresar de acuerdo con el ritmo de la época. Y yo me siento joven en este sentido.

Tablada me habla de sus propósitos relacionados con este viaje a México. Ha organizado el Congreso Latinoamericano de Fisioterapia, Rayos X y Radium, obteniendo un triunfo al lograr que este Congreso se reúna en nuestra capital cuando había diversas proposiciones para llevarlo a efecto en alguna otra ciudad de Suramérica, y ahora ha venido con el propósito primordial de servir de contac-man entre nuestro gobierno y nuestro país, y los médicos congresistas.

–Toda mi labor en Estados Unidos ha sido encaminada a este único fin; servir a mi país, darlo a conocer en todas sus bellezas y en todas sus excelencias, por sobre todas las cosas. Conmigo vienen eminencias médicas entre las que se cuenta principalmente el doctor Nagel-Schmid, verdadera autoridad en cuestiones de diatermia y otras especialidades afines. Cada uno de estos congresistas será un propagandista de México al volver a su país.

Habla en forma encomiástica del doctor Castillo Nájera, nuestro embajador en Washington, y de su valor diplomática y de acercamiento entre México y Estados Unidos.

–Es el diplomático más popular y más apreciado en la capital de la Unión Americana. Hombre inteligente y culto, amable conversador, el autor de Un siglo de poesía belga se ha captado la simpatía de todos. Hombre que por su enorme simpatía y talento ha influido más en las relaciones y en el acercamiento entre México y Estados Unidos que todas las complicaciones de la política internacional.

Pero para José Juan Tablada no es tan sólo éste el objeto de su viaje a México. El poeta no abandona ni olvida su inclinación natural, la poesía, ni su íntimo afán de servir a su país; recién llegado se ha dado a la tarea de estudiar los progresos artísticos y literarios y ese adelanto perceptible en la educación pública que van realizando en forma apostólica las misiones culturales y la escuela rural. Quiere mostrar a su regreso a Nueva York este nuevo espíritu de México, mediante conferencias y a través de sus crónicas literarias. En los Estados Unidos donde el New York Times, el diario más caracterizado, lo ha proclamado “una autoridad en letras inglesas” (único caso de un latinoamericano que tanto y tan perfectamente escribe en español como en inglés), la figura de Tablada ocupa lugar de primera línea en todo lo que se relaciona con la estética y el arte mexicanos. Sus trabajos sobre “Mexican Paint of To-Day”, “Mexican Cartoonist”, “Mexican New Ceramics”, “Old Mexican Art and Elie Faure”, “Diego Rivera-Mexican Painter”, “Poems of the Tropic”, “Art in Mexican Education”, “J. Clemente Orozco, the Mexican Goya”, y otros escritos en inglés y en español, han sido publicados en los mejores periódicos y magazines de arte de la Unión Americana, tales como International Studio, The Arts, Art Review, Survey Graphic y Shadowland. Su labor, pues, es admirable. El poeta y el escritor se agita en el trajín de las cuestiones artísticas mexicanas, infatigablemente, con un ansia de propaganda y de mejor conocimiento que México debe agradecerle.

–Tengo en preparación diversos libros. Uno de poemas, nuevos hai-kais inéditos, que deseo publicar aquí en México. Tengo también una selección de mis mejores poemas, próxima a publicarse. Además, mis Memorias literarias, con diversos ensayos y juicios críticos, y una recopilación de mis mejores crónicas sobre Nueva York de día y de noche, ampliadas, reformadas, y otros asuntos inéditos.

–¿Y la actual tendencia literaria? En México se percibe ya la iniciación de una verdadera poesía nacionalista, como la soñó el maestro Altamirano.

–¡Oh! Todo este movimiento literario es de enorme importancia. La poesía griega no tuvo carácter universal sino después de haber pasado por un hondo y sincero nacionalismo. El nacionalismo en el arte es condición indispensable para buscar la propia fisonomía, sin perder por eso su acomodación al ritmo universal. Cierto es que existe una aparente crisis de la poesía; y digo aparente porque es un periodo de transición que transpira exuberancia de fuerza vital, crisis que no es en verdad sino enfermedad de crecimiento y también de desorientación: como las fiebres en el cuerpo humano que s ha demostrado no son una enfermedad sino una defensa del organismo precisamente contra la enfermedad.

–En la poesía norteamericana se percibe también esa tendencia a suprimir los “ripios sentimentales”. Usted que viene de allá, ¿qué poeta considera usted como representativo de las nuevas tendencias? ¿Acaso Carlos Sandburg?

–Es difícil precisar: Carlos Sandburg es uno de los representativos. Su poesía de carácter social es de indudable interés, de reconocida altura literaria, y muestra una gran sensibilidad de poeta moderno con claras tendencias hacia la izquierda. Aun entre los negros hay grandes poetas, desgraciadamente poco conocidos en México. Toda esa poesía moderna está cargada de vitalidad, de fuerza; solamente le resta, a mi modo de ver, encontrar su forma de expresión, precisa y justa.

Hasta su mirador de hierro de Nueva York le ha llegado a Tablada la resonancia de nuestra actual literatura, conoce el nombre y ha seguido el rumbo de nuestros poetas, de nuestros literatos jóvenes. Ha atisbado siempre hacia el horizonte literario de México. Me habla de Villaurrutia como crítico de arte, de Pellicer como poeta, de Ortiz de Montellano. A todos conoce y alienta. Si la fisonomía de la ciudad le agarra de sorpresa, el ambiente y el nuevo espíritu ya le eran conocidos.

–Tengo para México una sorpresa. Ha venido en el mismo barco, encantadora compañera de viaje, una mujercita inteligente que está llamada a grandes cosas. Una chiquilla casi: Carlota Díaz de Miranda, yucateca, graduada en las universidades de Columbia y de Nueva York. Algún día, muy pronto, oirán hablar de ella, se lo aseguro.

México, D. F., 1935.

 

Diario del Sureste. Mérida, 1 de septiembre de 1935, pp. 3, 6.

[Compilación de José Juan Cervera Fernández]

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