El Asesinato de Serapio Rendón

By on octubre 12, 2016

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Serapio Rendón en la Revolución Mexicana (1867 – 1913)

El Asesinato de Serapio Rendón

“Ocurre que a veces hay necesidad de exponer calamidades morales o físicas como el tirano, la Inquisición, las epidemias, las hambres, que existen ciertamente en el pasado y que no pueden dejarse de lado sin disminuir grandemente el conocimiento de la vida humana en el tiempo, que es la materia de la historia.”

 

SILVIO ZAVALA

“Conversación sobre Historia”

 

Rendón, con su actitud de peligroso oposicionista, en la Cámara de Diputados y en la casa del Obrero Mundial, se había convertido en candidato al sacrificio de aquel sanguinario régimen.

Al asumir el poder Huerta, él y algunos maderistas yucatecos se exiliaron en La Habana, Cuba. La edición de “El Independiente” –diario capitalino– correspondiente al 22 de febrero de 1913 informa en primera plana: “El Dip. Serapio Rendón huye a Veracruz con los conocidos maderistas Dr. Agustín Patrón Correa y Lic. Calixto M. Maldonado.” Pero, ante la promesa de que serían respetadas sus vidas, Rendón y compañeros regresan y comienza a realizar entonces acciones de suyo riesgosas; en la Cámara atacó el empréstito de 20 millones de libras esterlinas que el tirano pretendía adquirir con el pretexto de financiar obras públicas, pero que en fondo tenían la finalidad de combatir a la Revolución. “Los representantes del pueblo no podemos dar dinero para que se asesine al pueblo mismo,” dijo entonces Rendón.

En otra ocasión, levantó su encendida palabra para que fueran liberados los estudiantes presos y los obreros presos, y “defendió el salario mínimo para los trabajadores, en una época en la que hablar de igualdad para los obreros era casi un sacrilegio.”

En la Casa del Obrero Mundial –fundada el 15 de julio de 1912 con su participación– y en la Cámara, el legislador yucateco fue solidario y orientador de la clase obrera mexicana, olvidada por los constituyentes de 57 y escasamente contemplada por la mayoría de los planes revolucionarios. Y es aquí donde lo sentimos como un precursor de las avanzadas reformas que, en materia laboral, fructifican en la Carta Legislativa de 1917.

La Casa del Obrero Mundial no era un sindicato, pero auspició la creación del movimiento sindical, influida por los grupos socialistas y anarcosindicalista de la organización. El primero de mayo de 1913 sus dirigentes organizaron una manifestación para celebrar, por primera vez en México, el Día del Trabajo; en esa importante manifestación, en la que participaron más de 20,000 personas –entre empleados de restaurante, dependientes al por menor, tejedores y fabricantes de ropa, etc. – los oradores insistieron en dos de las demandas obreras fundamentales: la jornada de 8 horas y el descanso semanal. Allí se escucharon voces de tanto aliento como las de Rendón e Isidro Fabela.

Días luego, en un mitin de la misma organización celebrada frente al Hemiciclo a Juárez, en el bello parque de La Alameda, hicieron uso de la palabra los diputados renovadores Jesús Urueta –el príncipe de la palabra– y Antonio Díaz Soto y Gama, Rafael Pérez Taylor, el poeta peruano José Santos Chocano y, de nuevo, Rendón. Allí el legislador yucateco puso la nota dramática al enderezar una violenta catilinaria en contra del régimen huertista, y excitar a los trabajadores a meditar sobre las condiciones prevalecientes en el país a consecuencia del cuartelazo de La Ciudadela.

Rendón no podía pasar desapercibido por Huerta. Ante hombres de esta consistencia, los tiranos sólo tienen dos caminos: comprarlos o destruirlos. Y Huerta optó por lo primero. Para el efecto comisionó a Requena para que concertase una entrevista, que el legislador desairó. Luego envío a Basail para ofrecerle un cheque en blanco y grandes canonjías: la respuesta fue una bofetada acompañada de las siguientes palabras: “Vaya a decirle a Huerta que Serapio Rendón no se vende”. Tácitamente había firmado la sentencia de muerte.

Antonio Ancona Albertos, ilustre periodista y compañero suyo de Cámara, informa lo siguiente: “Serapio Rendón, yucateco, orador ardoroso, se distingue por sus ataques violentos al régimen espurio. Y una mañana, cuando los renovadores discutían en el “Salón Verde”, se presenta Olimpia Hugues, sonorense gentil, maderista apasionada y le lanza a Serapio esta versión, a boca de jarro:

–“Si va usted hoy en la noche a cierta cena a la que está invitado– es en alguna casa del Paseo de la Reforma– al salir será aprehendido y, después asesinado… Lo oí en la inspección de Policía…”

La señorita Hugues insiste, casi de rodillas. Pero todo fue en vano. Rendón va en la noche a la cena. Y, al salir del palacete, es aprehendido, y después asesinado en Tlalnepantla.

Y digamos que este asesinato, por la indignación que causa, aumenta el número de oposicionistas en la Cámara de Diputados. En el Senado, no; allí solo hay tres hombres: Belisario Domínguez, Salvador Gómez e Ignacio Magaloni. El resto, sí, el resto, es manada de huertistas.

El testimonio de don Víctor Rendón Alcocer, hermano de la víctima, complementa la información: “Uno de los primeros a quienes Huerta quiso atraer a sus miras fue a mi hermano, quien gozaba de robusta influencia entre el grupo parlamentario conocido con el nombre de renovador.”

“Una noche –continúa diciendo el informante–, el doctor Aureliano Urrutia, entonces Ministro de Gobernación, llamó a su presencia a Joaquín Pita, inspector general de policía, y le dijo: “es preciso suprimir al licenciado Rendón, conviene así a los grandes intereses del país.” Pita, sea por amistad o sea por su propia seguridad, o por cualquier otra causa, se negó a consumar acto ninguno sin la debida orden escrita, e indignado Urrutia le apostrofó con estas palabras: “Es usted un gallina, puede usted retirarse; yo me encargaré del asunto.”

Y agrega: “Volvió sus miradas entonces a otro criminal a quien nada arredraba, a Blanquet, ministro de la Guerra, y éste puso a su disposición a su alter ego, el licenciado Vidaurrázaga, su secretario particular, quien a su vez se entendió con Francisco Chávez, verdugo oficial con el nombre de inspector de las Comisiones de Seguridad, y con el vil y cobarde asesino Fortuño Miramón, teniente coronel de un cuerpo irregular de guarnición en Tlalnepantla y nieto del fusilado en el Cerro de las Campanas.”

La cena mencionada por la señorita Hugues se celebró en la residencia de la señora Clara Scherer viuda de Scherer, en el Paseo de la Reforma, con asistencia del licenciado Jorge Vera Estañol, diputado y “amigo íntimo de Rendón”, muy empeñado en que éste se salvara, José María Tornel, el licenciado Fernando Baz y el licenciado José R. Castillo. El último llamó aparte a Rendón y le hizo ver los peligros que lo amenazaban, que sabían él, el licenciado Rafael Zubarán y Tornell, que Huerta había decidido asesinarlo y que la información se había filtrado de la Secretaría particular del general Aureliano Blanquet, Ministro de Guerra.

Según el licenciado Castillo, Rendón lo escuchó con toda intrepidez y sin inmutarse le contestó: “¿Y usted, amigo Castillo, cree en todas esas pamplinas? Si supiera desde cuando me están diciendo que me van a matar se reiría como yo, de lo que me dicen. Van más de diez avisos que me dan. Esos son manejos de los huertistas, que quieren asustarme para que yo me escape como un cobarde, y no lo conseguirán.”

“Insistí –continúa Castillo– sobre los grandes peligros que lo rodeaban; me apoyé en las súplicas de Zubarán, y al fin logré hacerlo vacilar. Pero inmediatamente me dijo: –“Pero si lo que me pide es imposible. ¿Con qué dinero me voy? ¿Cómo dejar a mi familia sin recursos? Yo soy pobre, y bien pobre, créame usted. Yo no he hecho negocitos, ni “chanchullos” como tantos otros. Si me ausento de México, mi familia carecerá de todo.”

“Lo tranquilicé: No le faltarían recursos para el viaje, pues sus amigos allí reunidos estábamos resueltos a proporcionárselos.”

La señora Scherer le pidió que permaneciera aquella noche en su casa y que al día siguiente, en su automóvil, lo llevaría a la Villa de Guadalupe para que se fuera a Veracruz, acompañándole en el viaje Tornell y Castillo. Pero como no aceptara la invitación, el diputado Vera Estañol le dijo con insistencia: “Lo llevaré en mi auto, Serapio”. También rehusó la nueva invitación y se despidió de todos yéndose a pie sobre la avenida del Paseo de la Reforma.

El esclarecimiento del crimen reveló que nuestro personaje fue aprehendido en el trayecto el Paseo de la Reforma a su casa, y llevado al cuartel del Tlalnepantla, donde el oficial Fortuño Miramón le dijo: “Tengo órdenes de fusilarlo y lo voy a hacer enseguida.” La víctima protestó contra el abuso de la fuerza y el oficial respondió: “Es inútil cuanto usted diga, va a morir al instante. ¿Qué necesita?” –“Papel para escribirle a mi mujer y a mis hijos,” contestó resignadamente.

El oficial solicitó el papel y lo condujo a un cuarto en el fondo del cuartel; allí había una mesa y una silla y le entregó el papel, un lápiz y una vela. Y se sentó a escribir.

De una ventana a sus espaldas resonó un tiro y la bala le rompió el cráneo; allí fue rematado con una descarga que le disparó un pelotón que entró por la puerta.

El reloj, paraguas y mancuernas se los apoderó el asesino, y las ropas útiles las distribuyó entre los ejecutantes. El cadáver fue sacado del cuartel para arrojarlo a una fosa sin nombre. Esto ocurría el 22 de agosto de 1913.

Los restos fueron exhumados en el Panteón de la Lomas, de Tlalnepantla, por los doctores Antonio Butrón y Jacinto García, en presencia de los señores Lic. Víctor Rendón Ponce y Dr. Víctor Rendón Alcocer, hijo y hermano, respectivamente, del extinto.

Muy grande fue el dolor de la familia de don Serapio por la pérdida de aquella vida limpia y esforzada, pero también fueron ingentes su emoción y su dignidad. La familia Rendón Ponce inició el proceso al Dr. Aureliano Urrutia, como presunto asesino del diputado Serapio Rendón Alcocer, el 28 de septiembre de 1914, en el Juzgado de Primera Instancia del Distrito Judicial de Tlalnepantla, Estado de México.

Urrutia empleó todas las armas para lavarse esta mancha. A la caída de Huerta marchó a San Antonio, Texas, Estados Unidos de Norteamérica, donde estableció una clínica y, hasta donde estamos informados, desde 1929 intentó, a través de una activa correspondencia dirigida a sus amigos, desligarse de los crímenes del huertismo. En 1968 una afamada revista médica, editada en México, publicó su fotografía en la portada y le rindió homenaje “al eminente cirujano y maestro”, pero el clamor y la indignación populares fueron tan grandes que ya no se insistió en el cínico argumento.

Arturo Menéndez Paz

[Continuará la próxima semana]

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