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El Alma Misteriosa del Mayab – XXXVII

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Leyendas del Mayab

XXXVII

EL HOMBRE QUE FUE CONVERTIDO EN KUXUM LU’UM

Así como la xma’ak’óol, o sea la mujer perezosa ocupó un lugar en la imaginación indígena trasladándola a una leyenda graciosa y sutil, así también y como haciéndole par a aquella, la figura del ma’ak’óol o sea del hombre perezoso, no escapó a la fantasía maya, y con más agudeza, llevándola tan lejos que la hizo dar en el mito con todas las trazas de lo sobrenatural. Y es que la laboriosidad en la raza maya le es tan inherente, acaso por su misma constitución, o acaso también por su triste condición de esclava a través de los tiempos, hasta de los más modernos, que si el tipo de la mujer holgazana le hirió la mente hasta hacerla motivo de una leyenda, el del hombre holgazán le hirió más todavía y de ahí que lo llegara hasta el mismo símbolo.

Kuxum lu’um es el nombre que por derivación se da en idioma maya al hongo, planta que vive a merced de otros elementos. Con su atinada y constante observación de la naturaleza, el indio en este caso como en otros muchos, dio al objeto que quería designar el nombre del medio en que se produce, pues kuxum significa en nuestra lengua española moho y lu’um tierra, medio y condiciones dentro de los cuales se produce el hongo.

Dice esta leyenda que, antes de que existiera el hongo en la flora yucateca, vivía en un rancho un hombre tan perezoso que hasta los más indispensables y más difíciles menesteres de la vida le resultaban de muy difícil realización, pues hasta el comer y el caminar le representaban esfuerzos sobrehumanos.

Vivía, pues, aquel sujeto una vida sin aliciente y casi sin movimiento, sujeto más bien a lo que la naturaleza ponía a su más inmediato alcance. Pero si era la esencia de la pereza en cambio estaba dotado de bellas cualidades físicas, pues era todo un buen mozo como se dice. Y vivía también en el mismo lugar una mujer que era la más completa antítesis de nuestro personaje, tanto que por muy trabajadora se la llamaba la Xsáak’óol que traducido quiere decir la mujer guapa o hacendosa. Lo era tanto que no solamente trabajaba para sí, sino que también ayudaba a los campesinos preparándoles los alimentos.

Mujer al cabo, y tipo bello el otro, enamoróse ella de él, justificándose ante ella misma con la reflexión de que por lo mismo de ser el mozo tan extremadamente holgazán necesitaba de una mujer que lo atendiese.

Dejóse querer el otro desde luego y más que por razones de amor por consideraciones de conveniencia.

Vivieron juntos al fin, y desde entonces encontró el ma’ak’óol más cómodo el ni siquiera levantarse de su hamaca, haciendo que la mujer le sirviera allí mismo los alimentos.

Llegó el día en que el desvergonzado estimara como demasiado trabajo aquello, y dijo a la mujer:

-Me da mucho trabajo tener que tomar el alimento que me ofreces. Te agradecería que me lo pusieses en la boca, pues esto me ahorrará un gran esfuerzo. Y así hubo de hacerla la sufrida mujer.

Pero todavía el perezoso fue más allá. Otro día le dijo:

-Esto de tener que masticar los alimentos es mucho trabajo. Mejor sería que me los dieras ya masticados, que el solo deglutirlos es un gran esfuerzo. Y así comenzó a hacerlo desde ese día su compañera.

Naturalmente el mozo iba para menos, pues por más dones físicos de que lo donara el cielo, aquella vida lo arruinaba y enflaquecía de manera tal que ya parecía una sombra. Demás está el decir que era en vano el pensar en prole alguna. Trabajo imposible hubiera sido para el infeliz eso de procurar conservar la especie. Y es claro que con todos estos antecedentes el amor de la mujer iba a menos trocándose en un sentimiento de lástima.

Llegó el día en que la Xsáak’óol tuvo necesidad de ausentarse, y no halló más remedio que sacar fuera de la casa a su inservible compañero, y acostándolo bajo un zapotal lo puso en condiciones de que los frutos al caer le cayeran en la boca.

Regresó días después la mujer y halló al hombre casi agonizante. Cuantos frutos le habían podido caer directamente a la boca le habían caído, pero dejaron de caer y el hombre había preferido dejarse morir que esforzarse en alcanzar algún zapote. Entonces la mujer acudió al dios de la vida para que solucionase el caso.

Accedió el dios a venir a la tierra y bajó junto al zapotal a cuya sombra el hombre agonizaba. Y enterado de todos los pormenores, dijo a la mujer:

-Tu compañero ha ido perdiendo la sustancia de la vida y debiera morir, pero voy a obsequiar tus deseos porque tú eres una mujer trabajadora y buena.

Y dícese que Dios hizo que el cuerpo del hombre perezoso cobrase raíces, aunque muy débiles, lo suficientes para que no se desprendiese de la tierra, las cuales raíces le quedaron como prendidas a un tronco viejo de zapote que había por allí, condenando así al perezoso a una precaria vida vegetativa.

Y fue así como surgió el kuxum lu’um o sea el hongo indio que se cría en la humedad y sobre cortezas de los árboles viejos cuando ya hasta parecen podridas.

Luis Rosado Vega

Continuará la próxima semana…

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