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Alquiler de Libros

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LECARS

La lectura es una práctica cultural cuyas connotaciones históricas algunas veces nos sorprenden, sobre todo cuando comparamos las ideas que con respecto a ella predominaron en otros tiempos y lugares; más aún si se distinguen notablemente de las actuales. Por ejemplo, cuando estudiosos como Reinhart Wittmann nos hacen saber que en la época de la Ilustración europea hubo una “manía lectora”, una afición creciente a la palabra escrita que incluso movió a los representantes del Antiguo Régimen a pronunciarse en contra de ella por considerar que desviaba la atención popular hacia asuntos que, a su juicio, carecían de legitimidad efectiva.

Fue así como, al influjo de los valores libertarios que la Revolución Francesa exaltó ardorosamente, determinados sectores sociales que tradicionalmente no se habían identificado con la lectura hallaron en ella una fuente de interés, con mayor razón cuando escuchaban en sitios de concurrencia pública que otros ciudadanos leían en voz alta textos que encerraban significados frescos y nuevos modos de entender el mundo.

Esta fascinación y el encuentro de contenidos deslumbrantes que la letra impresa trajo consigo se reflejaron en los hechos de varias maneras. Entre ellas, se constituyeron instituciones y recursos de uso colectivo cuya novedad puso a circular energías inesperadas; algunos de los medios que surgieron para canalizarlas fueron los gabinetes de lectura, patrocinados por asociaciones literarias, y las bibliotecas de préstamo que a cambio de una módica suma ponían los libros al alcance de un número cada vez mayor de personas.

En la capital de Yucatán hubo una biblioteca que alquilaba obras de los más diversos títulos a lectores consuetudinarios y emergentes: así ocurrió por lo menos desde 1914 y hasta la segunda década del siglo pasado. Su propietario fue Arsenio Carrillo Fernández, hombre joven (en 1917 tenía veinticinco años) que de manera constante anunció sus servicios en periódicos literarios e informativos.

El establecimiento de Carrillo estuvo situado en el predio número 515-D de la calle 62 entre la 65 y la 67, frente al Liceo de Mérida. Cuando inició sus actividades logró reunir cuarenta suscriptores, que luego se multiplicaron, según declaró él mismo durante una conversación con Alejandro Moguel, quien luego la publicó en forma de entrevista. Entre 1914 y 1917 cobraba 99 centavos mensuales por el préstamo de libros, precio que en 1922 aumentó a dos pesos. “¡No compre libros! Alquílelos para leer en su casa…”, indicaba uno de los anuncios de esta biblioteca ejemplar.

En 1920, Arsenio Carrillo hizo imprimir la primera edición de su catálogo, que dos años después contaba 164 páginas y 2 000 títulos. Puede suponerse que el servicio que brindaba tuvo una gran demanda, por el hecho de haber perdurado durante casi una década, hasta donde se ha podido saber.

Este diligente promotor de la lectura señaló en 1917 que la preferencia de sus suscriptores se orientó hacia una lectura ligera. Por ello decía que el público “busca literatura sencilla y fácil, que le deleite; algo busca como para quitarse algún amargor del alma”. La agudización de esta tendencia daba como resultado que sus libros científicos y filosóficos fuesen poco solicitados. Del mismo modo, lamentaba que los niños pidieran en préstamo obras del género policial, para gozar con los aventuras de personajes como Sherlock Holmes, Raffles y Fantomas.

Por supuesto que, paralelamente a este préstamo de obras por alquiler, siempre estuvo presente el préstamo de libros entre particulares, del que en 1894 se quejó el crítico literario Manuel Sales Cepeda en el número 100 de la revista Pimienta y Mostaza, por constituir un gesto de solidaridad intelectual que, tal como vivió en carne propia, redujo su colección bibliográfica, aunque al mismo tiempo le permitió nutrirla de otros volúmenes.

También es posible recordar que, durante el decenio de 1970, algunos pequeños establecimientos comerciales, como misceláneas y tiendas de barrio, ofrecían en alquiler historietas y fotonovelas para satisfacer la demanda concreta de ciertos grupos populares. Para entonces, la biblioteca de Arsenio Carrillo y sus géneros predilectos constituían apenas una referencia sepultada entre las páginas de periódicos antiguos, vencida por las costumbres generacionales cuya mudanza es inevitable.

José Juan Cervera

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