Abducción

By on marzo 13, 2015

Para Erick del Jesús y Wilma, mi esposa y compañera de siempre

abduccion

Una noche después, o pudo ser una noche antes, o cuatro meses antes o después, da lo mismo. El tiempo no tiene tiempo pero llega exactamente a tiempo; siempre es puntualmente exigente.

Aproximadamente las diez. Era de noche cuando Dam salía de la oficina, cansado pero contento, despreocupado y tranquilo después de haber cumplido satisfactoriamente su programa de proyectos de producción y ventas para el siguiente mes. Dam se desenvolvía como ejecutivo de una compañía refresquera de corte internacional.

Ya cerrada la puerta de su privado, caminaba por los pasillos hacia la salida al estacionamiento destinado a los ejecutivos de la Empresa. Al pasar por la solitaria recepción percibió a lo lejos, en la semioscuridad, la silueta de Don Beto con el planchado uniforme de vigilante nocturno.

Acercándose a él, bromeó el joven ejecutivo:

“Perdiste Beto. Tu equipo de futbol sólo sirve para tres cosas: para nada, para nada y mucho menos para nada. No llores, mejor cambia de equipo, cámbiate al mío”.

“¿Me cambio al suyo, Ingeniero?” respondió Don Beto. “Ni loco: puro extranjero caro que juega por dinero y no por el orgullo de portar una camiseta que pertenezca a un equipo nacional”.

“No sigas llorando, Beto. Pasa buena noche y sueña en otras cosas. Hasta mañana”.

“Que descanse, Ingeniero”, se despidió Don Beto. “Buena noche”.

Dam, joven ejecutivo de la empresa referida desde que en el Instituto concluyó su preparación y obtuvo el título de Ingeniero en Sistemas Computacionales, se desenvolvió en pocas industrias técnicas del ramo y, por último, aceptó una plaza en su trabajo actual y en éste, por su entrega y capacidad, logró los ascensos necesarios hasta lograr un importante puesto ejecutivo.

Resultó en realidad un funcionario estricto, activo, realista, ágil y visionario en su profesión, sin perder su carácter jovial y dicharachero. De baja estatura, un tanto rollizo por su buen comer, de tez morena, ojos negros vivarachos y sonrisa fácil; pero firme y obcecado en sus proyectos. En el ámbito laboral, este joven ejecutivo, es de todos conocido y apreciado por jefes, otros ejecutivos, demás empleados y subalternos. Felizmente casado con su Mari, como él llama cariñosamente a su esposa, y con una pareja de adolescentes, sus hijos, a quienes quiere entrañablemente. En fin, un destacado joven ejecutivo feliz y con mucho futuro.

Después de bromear con Don Beto, Dam contento continuó su andar hacia donde se encontraba su Nissan gris. Al llegar tomó las llaves y al abrir la puerta del vehículo levantó la mirada y reparó en la tranquilidad de la noche.

Había estrellas titilando en la profundidad del firmamento. No se notaba mucho la oscuridad a pesar de que la mayor parte de las farolas de alumbrado en el estacionamiento estaban apagadas. El ambiente y el clima eran agradables en ese momento aun cuando durante el día el calor se dejó sentir agobiante; ahora se apreciaba saludable, fresco.

También notó que la luna brillaba por su ausencia. “Es correcto”, pensó: el calendario de la oficina marcaba esa noche como de luna nueva.

“Bueno, bueno”, dijo para sí, meneando la cabeza. Se sentó al volante y dio marcha al motor del vehículo. Esperó tranquilo hasta que el tablero de control le indicara que ya podía iniciar el retorno a casa. Salió como todas las noches por la puerta sur y tomó rutinariamente el camino sobre la Avenida de las Industrias no Contaminantes.

Desde el tablero de control sintonizó una estación de radio para enterarse de las noticias, mientras pensaba qué le habría preparado Mari para la cena.

Por esos rumbos de la ciudad, a esas horas de la noche, el tráfico vehicular era reducido comparado con las horas “pico” del día. Siguió su marcha sin cambiar de dirección, con la intención de adentrarse a la calle cincuenta del Fraccionamiento Francisco de Montejo para dirigirse, como siempre, hacia la glorieta localizada bajo la mole de concreto del puente situado en ese sector del circuito exterior de la ciudad, glorieta que ayuda a mejorar la circulación cuando la concurrencia de automóviles y camiones es intensa.

Los semáforos, técnicamente distribuidos, a esa hora tristemente ordenaban el alto a nadie y ofrecían preferencia a nadie. “Pobres semáforos olvidados”, pensó Dam mientras distinguía a lo lejos que los indicadores próximos parpadeaban en color ámbar. Se preparó a cumplir con el deber de detenerse cuando la señal roja así lo indicara, aun cuando a esa hora no había a quién cederle el paso.

Cuando detuvo el carro, respetando al semáforo, quizá ayudado por la triste soledad de aquel sitio a aquella hora el joven pudo observar en la bóveda celeste frente a su vehículo, pero a larga distancia, un pequeño aeroplano con sus luces encendidas que, a muy moderada velocidad, volaba perdiendo altura en dirección aparente hacia donde el Nissan estaba momentáneamente detenido.

Dam calculó que el avión pasaría encima de él. Su interés subió de tono al notar que una potente luz de aterrizaje iluminó intensamente todo aquel enredo de avenidas, calles y callejones que le circundaban. Los potentes reflectores apenas permitían que se pudiera ver el cambio del semáforo a luz verde.

Nuestro conductor, cubriéndose parcialmente los ojos con la mano izquierda, aceleró poco a poco y cruzó lentamente la avenida transversal. La cegadora claridad que aquel aparato emitía no le daba oportunidad de conducir libremente por lo que prefirió orillarse a la vera de la avenida asfaltada. Se detuvo y pensó esperar hasta que el pequeño aeroplano con su idiota piloto pasaran volando a baja altura sobre el Nissan.

Pero, para mayor sorpresa de nuestro amigo, la luz se detuvo a escasos metros del vehículo. No se distinguía aeroplano alguno, solo la luz cegadora, por lo que cubrió nuevamente sus ojos con los antebrazos e intrépidamente descendió del vehículo.

Estaba ya de pie sobre el asfalto cuando la potente luz se desvaneció. El cambio repentino le cegó, dejándolo   turbado. Dam abría y cerraba los ojos, frotándolos con ambas manos.

Un momento, o un siglo, después pudo distinguir, suspendido en el aire, sin moverse, un aparato volador de forma triangular con anchas y extensas alas. Pequeños reflectores emitían luz tenue e intermitente de diferentes colores en su perímetro, por lo que la conformación de la nave podía apreciarse fácilmente.

En el centro inferior del triángulo volátil se abrió una compuerta y de ésta, como oruga, se fue formando una rampa hasta llegar a la banqueta, la cual se iluminó con azulado resplandor.

Con los ojos desorbitados, temblando por el miedo y la desesperación, no creía lo que miraba. No podía moverse. Quedó sujeto al pavimento como si fuera una pétrea escultura.

En la plataforma de la rampa aparecieron dos personas, “humanos” como nosotros, las cuales caminaron rumbo a Dam que, para entonces, ya no era de piedra sino un guiñapo humano por la impresión que tal situación le causaba.

Con caminar acompasado, el par de individuos se fue acercando lentamente. El avance de los extraños se hacía una eternidad. Dam, nervioso, miró a su alrededor y encontró oscuridad excepto por los reflejos que las luces del aparato emitían y por lo brillante del reflejo de los trajes de aquellos extraños que se dirigían a él.

Intentó correr, escapar hacia donde fuera, pero sus músculos no obedecían las órdenes de su cerebro, ya embotado por el pánico que esta extraña situación le producía. “¿Qué hacer?”, pensó.

Sin embargo, permanecía inmóvil, pasmado, esquizofrénico quizá.

Uno de los extraños se dirigió a él hablándole, si así puede entenderse una comunicación sin palabras ni sonidos. “No temas Dam, somos amigos. Te conocemos. Sabemos quién eres”.

El otro extraño dijo: “Esta visita será agradable para ti y para todos nosotros. Venimos a invitarte a visitar nuestro módulo, y lo que experimentarás será –ya es, por lo que aprecio– una inolvidable sorpresa”.

Dam, absorto, no escuchaba voces, nada, pero comprendía perfectamente lo que los nuevos “amigos” le comunicaban. “Telepatía”, intuyó.

Los extraños ya se encontraban junto a él. No distinguía sus rostros ni sus facciones, pero ambos emitían un halo misteriosamente agradable. Uno y otro vestían uniformes en los cuales predominaban los colores azul, rojo y blanco, armónicamente distribuidos en la superficie de su vestimenta, que parecía de licra elástica brillante adherida a sus atléticos cuerpos. Rápidamente, el “invitado” estimó que la estatura de cada uno de ellos podría alcanzar un metro con ochenta centímetros, aproximadamente. Gigantes, diríamos, comparando esa estatura con la de Dam.

Nuevamente, uno de ellos amablemente le instó a acompañarlos, comentándole que esa invitación no resultaba un rapto o, como coloquialmente los ciudadanos de este sitio lo denominaban, una ABDUCCION, sino un proceso de revisión física rutinaria que sus expertos llevaban a cabo cotidianamente en este y otros lugares del planeta. “Ahora mismo”, dijo, “en varios sitios de la Tierra se está repitiendo este episodio con otra gente”.

“A cambio de esta revisión voluntaria de rutina” – intervino el otro visitante – “a los molestados se le ofrece una visión substancial de lo que en su medio ocurre, cómo ocurre y por qué ocurre. Asimismo, se les da a conocer, si así lo prefieren, su pasado o su cercano futuro”.

“Amigo mío”, insistió el extraño, “reitero nuestra invitación para subir al módulo flotante”.

Dam titubeó. No sabía cómo explicarles lo que sentía, su excitación, confusión, sorpresa, intriga, deseo de conocerles mejor, de conocer el origen de su procedencia, sus adelantos y la razón de los experimentos y protección, si es que esta existiera o fuera su intención.

En esto pensaba aceleradamente Dam cuando recibió rápida respuesta de sus interlocutores. “De todo esto y más recibirás respuestas válidas cuando cómodamente estés en nuestro módulo”.

Después de comprender las intenciones, un tanto convincentes, llegó a concluir que no podía negarse a la invitación por motivos fundamentales: la superioridad numérica de sus invitantes, la fuerza física reflejada en la presencia corpulenta, pero también porque se despertó su curiosidad por conocer algo nuevo, sobrenatural pero existente, y por la aparente bonhomía que emanaban aquellos extraños.

Dam fue despertando a una nueva realidad presente, puesto que la estaba viviendo.

De buen grado aceptó el ofrecimiento con la condición de que le dieran respuestas lógicas y verídicas a todas sus interrogantes. “A sus órdenes”, dijo. “Estoy dispuesto a acompañarles”.

La rampa que conducía a la nave no era larga, el piso era completamente liso y emitía una tenue luz blanca que permitía orientarse cómodamente. La operación de ascenso no producía sonido alguno; tan firme se sentía la persona al ascender que la rampa no contaba con bordes ni pasamanos.

Dam observó en la parte superior una puerta cuyo umbral en ese momento se encontraba totalmente oscuro. Él ascendía en medio de sus invitantes. Llegando casi a la cúspide en la oscuridad, estalló de pronto un espectáculo de luz: era como un caleidoscopio en el que giraba un mundo mágico de luces de mil colores, espectáculo único, inusual, bello que de momento cegaba. Lentamente, las luces se fueron amalgamando hasta concentrar los destellos en un solo reflejo luminoso que permitía visión perfecta con tenue pero suficiente resplandor azuloso. Apenas llegaron al umbral del módulo, Dam sintió que le invadía una atmosfera de tranquilidad. De momento, para él todo resultaba confiable, novedoso e increíble.

Ya en el interior, caminó por un pasillo cuyas paredes aparecían iluminadas con la misma tenue luz azulada. Por más que lo intentó, no logró distinguir ningún foco, bombilla o reflector: eran las propias paredes las que generaban la iluminación. Miró el piso, que lucía impecablemente lustrado, la conformación de la superficie parecía de mármol pero en una sola pieza gigante que cubría por completo todo el espacio. El conjunto, hacia cualquier lado que se mirara, resultaba fenomenalmente impresionante.

Silencio sepulcral, sólo se percibía el sonido de sus pisadas al golpear el “mármol”. El calzado de sus acompañantes parecía de caucho por su silencioso andar.

Caminaban por el angosto pasillo cuando, a la derecha, automáticamente se abrió una puerta. Sus acompañantes le invitaron a entrar y, para su sorpresa, se encontró en una estancia que parecía sala de reuniones de alguna empresa importante, con sobria decoración y mullidos sillones distribuidos en circunferencia.

Sus acompañantes le indicaron que tomara asiento y esperara ser atendido por el Comandante del módulo. Acto seguido, por la misma puerta utilizada para acceder al salón, se retiraron después de rendir educada reverencia al invitado.

(Continuará)

Diego M. Meseta Chan

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