Tatuaje en el Alma

By on marzo 11, 2021

 

GLORIA MARTÍN PÉREZ*

¿Nacer mujer es un pecado?

Esas palabras resonaban en la cabeza de Rebeca, la reportera encargada de entrevistar a mujeres mexicanas en el marco de la celebración del Día Internacional de la Mujer que se celebraría en pocos días.

Al llegar a casa, se sentó frente a un pequeño escritorio dentro de su habitación, en él acostumbraba a escribir a cualquier hora del día, incluso interrumpiendo sus descansos; le era más práctico tenerlo cerca. Se conocía demasiado bien: en sus momentos interrumpidos de sueño continuaba escribiendo algo inconcluso, o simplemente una idea que de manera intrusa se asomaba a la mente y era necesario atraparla.

Era conocida como una de las mejores corresponsales, título ganado a pulso y en base a innumerables sacrificios a los que les restaba importancia para poder dedicarse a su pasión.

Tomó el fajo de hojas para ordenar sus apuntes y comenzar su redacción. Se detuvo indecisa… ¿Con quién iniciaría?

Fue uniendo las historias para extenderlas en el mueble y compararlas más objetivamente. Inició como siempre: con una introducción que despertara el interés de los lectores; después, ya decidida, comenzó a relatar la historia de una mujer soltera y ocupada en la confección de vestidos en el lugar donde vivía. De unos 45 años, que aparentaban 5 o 10 más, la llamaría Regina para salvaguardar su identidad. Mientras lo hacía, recordaba cada palabra, gesto y emoción transmitida en cada respuesta a su entrevista. ¿Por qué sólo escribiría la de ella?

“Creo que no fue bueno haber nacido mujer” fue la respuesta que recibió cuando le preguntó su opinión acerca de ser mujer. Regina había sufrido maltrato en su ámbito familiar, con dos hermanos mayores y uno menor, un padre chapado a la antigua, machista 100 por ciento que imponía a su hija servir a sus hermanos y a él, a pesar de que contara con escasos siete años.

Al recordar un acontecimiento sucedido a la edad de once años con uno de ellos, la mujer bajó la vista, avergonzada y nublada de lágrimas. “Me dijeron que no le contara a nadie. Recuerdo que mamá había discutido por primera vez con papá, porque siempre callaba y yo en ese entonces no pude entender…”

La mano en la garganta y los sollozos le impedían continuar.

Los dedos de Rebeca dejaron de teclear, un suspiro hondo y una mueca llena de indignación se marcó en su rostro. Dio una fumada al cigarrillo a punto de apagarse, para calmarse.

Al cubrir noticias en el Oriente y otras partes del mundo, por supuesto que estaba al tanto de la falta de equidad de género que privaba mucho más en algunos países como México; de cómo las falsas creencias, las tradiciones, eran capaces de cerrar puertas al sano desarrollo y al derecho de superación de la mujer. Sin embargo, no esperaba ser testigo del enorme daño que tatúa en el alma de quienes han sido agraviadas por quienes menos esperan.

Cerró la computadora, estiró los brazos hasta llevar sus manos a las sienes, abrió las ventanas de su cuarto y salió a la terraza.

Aspiró la brisa nocturna con fuerza y elevó la vista al cielo bellamente estrellado. Hacía algunos años dejó de ser creyente devota, debido quizá a aquellas preguntas que habían quedado al aire cuando “hablaba con Dios”.

Esa noche de nuevo sintió la imperiosa necesidad de obtener una respuesta que sosegara su corazón de mujer.

Continuó escribiendo: “Regina había logrado salir de su pueblo a la edad de 21 años, al ver morir a su madre, víctima de la ignorancia, la violencia y la pobreza. ‘¿Estudiar alguna carrera al menos? ¡Ni por casualidad! Era privilegio de los varones; a fin de cuentas, las mujeres se casan y tienen luego quien las mantenga’ había dicho su padre.”

“Debido a su nula preparación, sólo hallaba empleos domésticos en los que la mayor de las veces tuvo que renunciar a causa de patrones abusivos. Conoció a un hombre del que se enamoró y aceptó irse a vivir con él. Su incapacidad de respuesta sexual debido a la experiencia vivida de niña le atrajo golpizas de parte de su pareja, al grado de estar a punto de perder la vida.”

Rebeca, sin darse cuenta, tecleaba con más fuerza debido a la indignación e impotencia ante lo que escuchara.

“Finalmente, logró ser contratada como niñera por una modista que servía a las mujeres más adineradas y exigentes del lugar; ahí aprendió el arte de la confección para después poner su propio taller y dar trabajo a otras mujeres. Con el sueño de estudiar, ahorró hasta terminar la carrera de abogada.

“Hoy brinda su aportación gratuita en los servicios de derecho estudiantil y laboral, después de defenderse ante la Procuraduría universitaria de una injusta reprobación a su examen de grado por parte de un sinodal al cual había rechazado siendo su docente, casado. Después de haber perdonado tanto a su pareja como al médico que la dejó estéril por mala praxis en su primer parto, se separó de él.

“Esto nos demuestra cuánto camino nos falta para que la equidad de género sea una realidad y no sólo bellas palabras de falsa esperanza para tantas y tantas mujeres que han clamado y clamarán porque sus derechos,” continuó escribiendo la corresponsal para concluir: “En efecto, mis queridos lectores, Regina es cada una de las mujeres con derecho a voz y a ser escuchadas con respeto y sin ningún tipo de discriminación. Ella, como tú y yo, somos igualmente dignos de ser tomados en cuenta.”

Rebeca envió su artículo deseando que la historia de Regina fuera la voz de todas las mujeres de ayer y hoy que vivieron y viven en situación de riesgo.

Marzo 8 2021

*Gloria Martín Pérez posee estudios superiores de Psicología, es escritora y miembro del Club de Escritores de “Voz de Tinta”, y del Taller “Alquimia Literaria” que dirige el escritor Jorge Pacheco Zavala.

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