Relatos del pájaro sabio – XI

By on agosto 11, 2022

Relatos

XI

La nuera

Don Búho y su hijo tomaban su baño de luna llena acostados en una laja, A cierta hora, el padre se reacomodó en su sitio y, con el beneplácito de su polluelo, inició la acostumbrada plática nocturna:

Hace muchísimos años en el pueblo de Óopil, Luciano, hijo de una familia con tradición milpera, era muy joven cuando se casó con Hilaria: él tenía apenas dieciséis años y ella todavía no llegaba a los quince. Al cumplirse dos años de vivir en matrimonio, como Hilaria no había logrado embarazarse, estaba muy preocupada y así lo comentó con su marido:

–¿Qué pensarán de mi tus padres, Luciano? Soy la única de sus nueras que no les ha dado un nieto. ¡Daría hasta mi vida por tener un hijo o una hija!

–No debemos preocuparnos por la opinión de mis padres, mujer. Bien sabes lo mucho que deseamos tener un hijo, pero si Dios decide otra cosa no podemos hacer nada.

Nunca dejaron de implorar al Creador que les concediera el privilegio de tener un vástago. Tenían ya veinte años de casados cuando Hilaria se embarazó y dio a luz un niño que bautizaron con el nombre de Fulgencio.

Como la mujer no concibió otro hijo, Fulgencio recibió todas las atenciones y el cariño de sus padres. Le compraban zapatos y ropa cara; le daban cuanto se le antojaba; fueron tantos sus mimos que en ese pueblo no hubo niño más consentido que él.

Cuando cumplió siete años, no lo llevaron a la milpa, como se acostumbra con los hijos de los milperos a fin de que poco a poco aprendan los trabajos y a su debido tiempo puedan producir sus propios alimentos.

Fulgencio tenía catorce años la primera vez que pisó la milpa; en principio lo pusieron a limpiar de hierbas y arbustos debajo de los árboles, tiempo después a trocear las ramas de los árboles talados por su padre…, y al paso de los años pudo dominar todos los trabajos. Contaba más de veinte años de edad y don Luciano estaba contento de haber logrado hacer de su hijo un hombre que podía valerse por sí mismo. Un día, mientras la familia comía en la casa dijo:

–Mujer, ¿qué vamos a hacer con nuestro hijo? Ya es todo un señor y todavía no piensa en casarse. Es más, ni siquiera nos hemos enterado de si tiene novia.

–¡Qué te importa, chingado viejo! Si mi hijo no piensa casarse pronto es muy su gusto; tú no trates de inmiscuirte en su vida. Deja que se divierta en las vaquerías de las fiestas de los pueblos cercanos. No tiene de qué preocuparse, vive su madre para que lave y planche su ropa. Además, yo atiendo a mi hijo con mucho gusto –dijo doña Hilaria.

–Bueno, hoy que estás sana todo está bien. Pero qué pasaría si llegaras a caer enferma y Fulgencio todavía no se casa– contestó don Luciano.

–Creo que porque te casaste muy joven conmigo ves con malos ojos que Fulgencio ya sea todo un hombre y todavía no se casa. Pero te aseguro que el día que decida tener compañera de inmediato se casa. ¿Verdad, hijito?

–¡Así es, mamita, tienes toda la razón! –contestó, Fulgencio.

El marido enseguida pensó: “Esta mujer consiente mucho a nuestro hijo. Dios quiera que viva muchos años para que siga mimándolo, porque no veo que este muchacho tenga intenciones de formar un hogar. Le encanta tener relaciones con mujeres casadas, por más que la hija de doña Cristina ‘babea’ por él”.

Pasaron dos largos años sin que don Luciano mencionara el tema de la boda de su hijo. No tenían otras preocupaciones y en su casa reinaba la alegría.

Cierta tarde, al regresar de la milpa, don Luciano y su hijo encontraron a doña Hilaria acostada en la hamaca, gritando de dolor, a la vez que oprimía con fuerza su pecho izquierdo. La señora murió de un fulminante ataque cardíaco, sin que hubiera tiempo de que fuera atendida por el médico.

Al morir doña Hilaria, una de las vecinas se hizo cargo de preparar la comida y de lavar la ropa del viudo y su hijo. Acostumbrado Fulgencio a tener la comida servida, el agua para lavarse las manos, el agua caliente para el baño y otras comodidades, no tardó en extrañarlas. Con tal de tener una mujer que lo atendiera, pronto comenzó a cortejar a la hija de doña Agustina.

Cuando la muchacha aceptó casarse con Fulgencio, don Luciano fue a solicitar la mano de ella a sus padres. La boda de Fulgencio con Justina también benefició a don Luciano, porque su nuera lavaba su ropa y le daba de comer. El nacimiento de su nieto le dio mucha alegría. Al regresar de la milpa, descansaba un rato y luego abrazaba al niño y jugaba con él. De esta manera se distraía y dejaba de pensar un buen rato en su difunta esposa.

Al correr de los años, la avanzada edad y el reumatismo que aquejaba a don Luciano fueron mermando sus fuerzas. La salud de este anciano se vio seriamente afectada cuando comenzó a sufrir dolores a causa de cálculos renales. Para el tratamiento de este mal le daban el sancocho de cabellos de elote, combinado con hojas de chaay y ele’muy, además lo llevaban a consulta con el médico, pero ni las medicinas de patente que éste prescribía, ni la infusión de hierbas, logaron que orinara las piedrecillas alojadas en uno de sus riñones.

Cuando las fuerzas lo abandonaron totalmente y ya no pudo salir a realizar sus necesidades fisiológicas en el traspatio, se orinaba y defecaba en la hamaca y Fulgencio se encargaba de asearlo. Pero como vivían en una casa de paja de una sola pieza, la fetidez del excremento y la orina contaminaban dentro de la vivienda. Cierta noche escuchó a su nuera decirle a Fulgencio:

–¡Ya estoy harta de estar soportando el olor de la mierda de tu padre! ¡Te advierto, lo sacas de la casa o te quedas solo con él! Yo ya decidí irme con el niño a casa de mis padres –dijo muy molesta la mujer.

–¿Qué te pasa, Justina? ¿Cómo te atreves a pedirme que saque a mi papá de su casa? ¡Recuerda que estamos de encomendados porque no tenemos casa! –dijo Fulgencio.

–¡No pregunté si es casa de tu papá, o no! ¡Dije que no quiero seguir oliendo las heces fecales de ese viejo! ¡Por lo tanto, escoge con quién deseas quedarte! –dijo, la mujer, al ir por sus ropas, para salir de la casa.

Fulgencio quedó cabizbajo, pensando qué hacer para que su mujer no lo abandonara; después de unos instantes, dijo:

–Justina, por favor no te vayas de la casa. Anda con el niño a la cocina mientras baño a mi papá para que puedan regresar a la casa. Cuando amanezca, voy a construir un jacal debajo de la mata de ciruela campechana para que mi papá tenga sombra y un lugar dónde colgar su hamaca.

–¡Está bien, me quedo esta noche! Pero si no cumples tu palabra, nadie va a detenerme en esta casa –amenazó nuevamente la mujer.

Apenas asomaron los primeros bigotes del sol en el oriente, Fulgencio se puso a construir la choza. Al terminar con esta labor, entró a la casa para decirle al viejito:

–Papá, ya tienes donde guarecerte del sol y la lluvia, voy a llevarte a tu nueva morada, ahí nadie te molestará. Mi esposa no quiere que sigas viviendo con nosotros en esta casa.

Abrazó a don Luciano para levantarlo de la hamaca y lo sentó en un kisiche’. Enseguida, procedió a desatar la hamaca del enfermo, la llevó al jacal y regresó por él. Mientras acomodaba al anciano en la hamaca le dijo:

–¡Viejito lindo, perdóname! Sé muy bien que estoy obrando mal al sacarte de tu casa, pero como no hay otra donde yo pueda vivir con mi esposa, me veo obligado a cumplir su deseo para conservarla a mi lado.

Don Luciano no pronunció ninguna palabra. De sus labios no brotó reproche alguno por haberlo sacado de su casa como si fuera basura. Aguantó como todo un hombre el dolor que le causó la inhumana acción de su hijo; solamente unas diminutas lágrimas regaron sus cansados ojos.

A partir de ese día, Fulgencio le llevaba el desayuno, el almuerzo y la cena, y se encargaba del aseo personal del anciano. Su nieto Cipriano le daba agua para calmar la sed y platicaba con él cuando no lo veía su madre, porque la mujer azotaba al niño con bejuco si lo sorprendía parado junto a la hamaca de su abuelo.

Don Luciano murió dos semanas después de estar viviendo bajo el jacal. Fulgencio lo encontró sin vida cuando le llevó el desayuno. Algunas personas afirman que el viejito murió de hambre, porque ni siquiera probaba los alimentos que le llevaba su hijo, todo se lo daba al perro; otras aseguran que el frío acabó con su vida, pues aquella madrugada del mes de diciembre azotó un frío que calaba hasta los huesos. En el sepelio, sólo Fulgencio y el pequeño Cipriano derramaron lágrimas por la partida del anciano de este mundo.

Los años pasaron sin sentir, Fulgencio lo supo cuando vio que su hijo Cipriano estaba por casarse con Natividad, una joven muy hermosa. Como era su único hijo, dijo a su mujer:

–Justina, como no tenemos a otro retoño, quiero que la fiesta de la boda de Cipriano sea una de las mejores en el pueblo.

–Si cuentas con el dinero para ese tipo de fiesta que quieres dar, no te detengas –le contestó,

–¡Por dinero no hay problema! Bien sabes que las cuatro vacas heredadas de mi difunto padre ya se multiplicaron. Si no alcanza con lo que tengo ahorrado, puedo vender dos o tres de mis ganados para que no haga falta la plata.

Al cumplirse un año de la boda de Cipriano, doña Justina murió de cirrosis. Fulgencio había vendido todas sus reses para costear los gastos médicos de su esposa, pero no pudo salvarle la vida. El dolor por haber perdido a la compañera de su vida y la preocupación de haberse quedado en la miseria hicieron decaer la salud de Fulgencio. El reuma que lo aquejaba años atrás se complicó con la diabetes; orinaba a cada rato, se le nublaba la vista y se sentía muy decaído. El anciano no podía levantarse para ir al traspatio a realizar sus necesidades fisiológicas, defecaba y orinaba en la hamaca. Cierta noche que despertó de momento, escuchó a su nuera discutir con Cipriano:

–¡Ya dije todo, no tengo más que decir! Consigue otra casa para tu padre y paga a una señora que lave su ropa –decía Natividad, sumamente molesta.

–Shiiit. ¡Mejor te callas, mujer! Mi papá puede escuchar lo que dices. ¿Cuántas veces he de repetirte que no puedo sacarlo porque está enfermo? ¡Duérmete! Mañana, cuando amanezca, veremos cómo resolver este problema –dijo Cipriano,

–¡Resolverás tú y nadie más! –dijo Natividad, tapándose con su hamaca y dispuesta a dormir.

Después de haber escuchado a su nuera, y consciente de cuál sería su destino, Fulgencio pensó: “Ahora vengo a comprender: La maldad de ayer se paga hoy y la maldad de hoy se paga mañana”.

Al día siguiente, aprovechando que Natividad había ido a la cocina para prender el fogón y preparar el desayuno, llamó a su hijo y le dijo entre sollozos:

–¡Cipriano, por favor, no cometas el mismo pecado que yo cometí! ¡Te lo suplico! No me saques de la casa como lo hice con tu abuelo, por no haber sido lo suficientemente hombre para enfrentarme a tu madre. Muchacho, está en tus manos hacerlo, pero te advierto, si te atreves a cometer ese agravio, quedarías en espera de que tu recién nacido hijo haga lo mismo contigo el día de mañana. De esa manera, no se acabaría con esa maldición que aflige a nuestra ascendencia.

Después de escuchar a su padre, Cipriano meditó unos instantes; luego expresó lo siguiente:

–Papá, juro que a partir de este día esta familia andará siempre por el sendero del bien. Tus palabras me hacen comprender que como hijo tuyo debo protegerte de cualquier adversidad, sobre todo ahora que no puedes valerte por ti mismo. Hoy me toca devolver el favor de haberme amparado cuando era un niño –dijo Cipriano al abrazar a su padre para darle un beso en la frente.

Don Fulgencio recuperó su salud en poco tiempo y vivió muchos años más bajo los cuidados de su hijo y sus nietos.

Santiago Domínguez Aké

Continuará la próxima semana…

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