Relatos del pájaro sabio – VI

By on julio 8, 2022

Relatos del Mayab

VI

La cacería del pavo de monte

El buhito estaba atemorizado esa noche. El cielo se iluminaba intermitentemente con figuras de tsáab kaan1 a las que seguían los estampidos del rifle de Yum Cháak, quien con ímpetu volcaba el líquido sagrado de su calabazo para mitigar la sed de la madre tierra. Para calmar el temor de su hijo, don Búho se sentó junto a él y así comenzó su plática: “Hace más de sesenta años, cuando el fomento de la milpa se hacía masivamente, el pavo de monte abundaba en Yucatán, porque ésta ave, además de alimentarse con frutos, insectos y pequeños animales silvestres, come maíz e iib de la milpa, Los pavos vivían en los montes del ejido y la carne no faltaba para el consumo familiar.

Cazar pavo de monte no es tarea fácil, se necesita ser diestro para llegar a buena distancia de tiro. El cazador debe tomar las debidas precauciones y conducirse con sigilo, como el gato en pos de la presa, para no delatar su presencia, pues aun el leve ruido de un palillo al quebrarse ahuyenta al pavo.

La cacería se facilita desde el mes de abril hasta junio porque es el periodo en que el pavo canta y la pava entra en celo. Para atraer a la hembra, el pavo canta en la rama de un árbol, luego juega con ella en el suelo; antes del apareamiento, la corteja entrelazando sus gargantas, momento de distracción que el cazador aprovecha para dispararle. Sólo en contadas ocasiones se salva la hembra. La cacería del pavo de monte se realiza durante todo el año, pero se le persigue con insistencia durante la época de su canto porque resulta más fácil localizarlo”. Después de esta interesante explicación, don Búho continuó con el acostumbrado relato:

Petronilo y Luis, dos jóvenes del pueblo de Dzono’otkayil, cultivaron una bonita amistad desde niños, y ambos llegaron a aficionarse mucho a la cacería del venado y del pavo de monte. Cierto día que andaban en el monte y no habían logrado cazar tan siquiera una beech2, Petronilo dijo:

–Estamos perdiendo el tiempo, Luis, hoy no es nuestro día de cacería, mejor regresamos a casa.

–¡Oye, Petronilo! ¿Qué te pasa? ¿No te avergonzaría llegar al pueblo solamente con la escopeta al hombro? Recorramos otra parte del monte, si no encontramos algún animal para cazar, nos vamos derechito a la casa –dijo Luis, al encaminarse hacia una vereda dónde andaba el ganado.

Petronilo fue detrás de él para no dejarlo solo. A poco rato de andar en el monte, escucharon: tíim, tíim, kopok’oroch, tíim, tíim, kopok’oroch…, era el canto de un kuuts posado en la rama de un árbol.

–¿Escuchaste, flojo? Si nos hubiéramos encaminado al pueblo, no íbamos a comer pipián de pavo de monte. Pasa adelante para ahuyentar tu flojera, tú serás el encargado de enviar al otro mundo, a ese “cantante”–dijo Luis.

–¡No puedo, no me siento bien! Aunque me pagues, no aceptaría cazar ese pavo de monte. ¡Mejor anda, y lo matas tú! Aquí te espero, bajo la mata de ya’axnik.

–¿Así que hoy te pesan los cojones, Petronilo?… Conociendo tu entusiasmo por la cacería, no logro entender tu destemple de hoy. No tardo en regresar con esa ave.

No tenía mucho de haberse sentado en una piedra, cuando Petronilo escuchó el disparo de la escopeta de Luis a muy poca distancia, enseguida pensó: “el mentecato tenía razón, no le llevó mucho tiempo cazar ese pavo”. Unos instantes después, escuchó los gritos de Luis.

–¡Petronilo, ven! ¡Necesito tu ayuda!

–¿Qué sucede, Luis? ¿Están comiendo tus críos? –preguntó en son de broma.

–¡Cállate chawak áak3, no estoy para chascarrillos! Se escapó el condenado pavo. Lo tenía en mi sabucán y se salió; se fue corriendo entre las yerbas. Hice todo lo posible por atraparlo, pero no pude –dijo Luis, y pidió a su amigo que juntos lo buscasen. Cansado Petronilo de andar de un lado a otro en busca del plumífero sin encontrarlo, le dijo a Luis:

–¡No trates de engañarme, dime la verdad! Fallaste, no le atinaste bien a esa ave, por eso buscó monte.

–¿Cómo te atreves a dudar de mi puntería? Si no le hubiera acertado, ¿cómo pude meterlo en mi sabucán? –preguntó molesto.

–¡Seguro que no le acertaste! ¡No trates de justificar tu mal tino! Eres un embustero.

Luis insistió en afirmar que había acertado el tiro y Petronilo se obstinó en contradecirlo. Estuvieron discutiendo largo rato y por momentos se alteraban los ánimos; parecía que iban a llegar a los puños. Al percatarse Petronilo que la discusión con su amigo se había tornado riesgosa, dijo:

–¡Cálmate, Luis! No tiene sentido seguir discutiendo por un insignificante pavo de monte, ya estamos hartos de ese animal. ¡Creo que estamos locos, je, je, je! –rió Petronilo.

–Tienes razón, Petronilo, ni cuando éramos niños nos peleábamos, mucho menos lo vamos a hacer ahora –contestó Luis, mientras palmeaba los hombros a su amigo.

Juntos regresaron al pueblo, pero Luis estaba inquieto, así que contó lo sucedido a su padre, don Aniceto. Después de haber escuchado al joven, dijo don Aniceto:

–Hijo, lo que acabas de relatar es una señal que te previene de algún percance. Debes cuidarte; deja de cazar si no quieres exponer tu vida. Recuerda que en la cacería se corre mucho riesgo.

–¡Papá, no cabe la menor duda, tu vejez te hace creer en tonterías! ¿Cómo es posible que ese suceso lo interpretes como un aviso? Esas son puras supercherías, tonterías de personas ignorantes como tú, analfabetas. Yo logré terminar mi primaria, soy una persona estudiada y no puedo dar crédito a tus fantasías infantiles. Si es cierto que lo que sucedió anuncia que sufriré un accidente, dime cuándo para que me cuide ese día. ¡Ji, ji, ji! –dijo riéndose de su padre.

–¡Muchacho, no es bueno ser lengua larga, hablar sólo por hablar! Muchas cosas no has logrado aprender, por más que te las inculco siempre; enseñanzas que no se dan ni en las mejores escuelas, sino solamente en la universidad de la vida. ¡Qué Dios te cuide, hijo!

Luis no le dio importancia a las advertencias de don Aniceto. Como todos los jóvenes que menosprecian los sabios consejos de sus padres y hacen lo que les viene en gana, no dejó de ir de cacería casi a diario con su amigo Petronilo.

Cierto día que anduvieron durante unas dos horas tratando de cazar un escurridizo pavo de monte que se posaba de árbol en árbol, los sorprendió la noche sin haber logrado su cometido. Ya cansado, Luis, dijo:

–Vamos a descansar, Petronilo. En la madrugada regresaremos por ese pavo. Seguramente se quedará a dormir en un árbol de esta parte del monte donde se nos perdió.

–Luis, no creo poder acompañarte mañana –contestó Petronilo–, queda muy poco maíz para el nixtamal de mi mamá, voy a ir por elotes a la milpa se agravó la reuma de mi padre, y él no puede ir.

–No te preocupes por los elotes, yo te acompañaré a cosecharlos después de cazar el pavo.

–¡Está bien, amo, tú ordenas! –contestó, Petronilo,

–¡Vamos, déjate de ironías! Si no aligeramos el paso, será complicado salir del monte y encontrar el camino para el pueblo –dijo Luis, al indicar la vereda a seguir.

Luis sabía lo difícil que resulta cazar el pavo de monte cuando termina de cantar y baja del árbol en busca de insectos, pequeñas serpientes y otros animales para alimentarse; por eso, al despertar, apenas la anunciadora de la aurora, xux eek’4, hubo brotado en el oriente, fue por Petronilo:

–¡Petronilo! ¿Ya despertaste? Vamos, ya está por despuntar el alba. Petronilo salió de su casa de paja, y Luis, al ver que no llevaba su escopeta, enseguida le preguntó:

–¿Vienes sin tu arma? ¡Aligera, ve por ella! ¿No te das cuenta que el tiempo nos está ganando?

–Me siento nervioso, Luis, no quiero ir contigo. Presiento que algo malo va suceder–dijo Petronilo, quitándose las lagañas.

–¡Petronilo! ¿Qué pasa contigo? Te pareces a esos viejos supersticiosos que dicen presentir una desgracia. Aunque pensándolo bien, tienes razón, algo va a suceder: ¡nos va a dar empacho el relleno de pavo de monte, ja, ja, ja! –dijo Luis, pegando sonora carcajada.

–No te burles de mí, en verdad estoy intranquilo, por momentos siento escalofríos y se me eriza la piel.

–Posiblemente sean síntomas de gripe, ponte una chamarra para que no se dañen tus pulmones con la frescura del amanecer.

–Está bien, espérame, no tardo –aceptó Petronilo.

Ya en el monte, Luis tomó la delantera con pasos agigantados por la prisa de llegar antes que el hocico del sol asomara en el horizonte; con la lámpara en la frente alumbraba el camino. Rezagado, Petronilo corría a ratos tratando de alcanzarlo.

Pasado un tiempo, escucharon el canto de un pavo de monte: tíim, tíim, kopok’oroch, tíim, tíim, kopok’oroch. Seguramente era aquel que no lograron cazar la víspera. Tuvieron que correr para llegar pronto al punto de donde provenía el matinal concierto del cantante.

–¡Ese condenado pajarraco no se va a escapar el día de hoy! Ponte detrás de mí, vamos a avanzar poco a poco, guardándonos detrás de los árboles con mucho sigilo, hasta lograr llegar a buena distancia de tiro –dijo Luis a Petronilo.

Debido a un leve descuido de los jóvenes, el pavo notó la presencia humana. De inmediato bajó de la rama del árbol donde estaba posado y se fue cantando en dirección al sur, como retándolos a seguirlo; “tíim, tíim, kopok’oroch, tíim, tíim, kopok’oroch”.

Los dos muchachos corrieron un buen rato detrás del ave, hasta que la perdieron de vista. Andaban desesperados buscándola, cuando de nuevo escucharon su canto al oriente de donde se encontraban. Se habían encaminado hacia esa dirección, pero de pronto el canto del pavo se escuchó por el lado poniente.

Petronilo, vete por el oriente –dijo Luis–, yo iré hacia el poniente, así, por donde quiera que vaya, uno de nosotros lo caza. No va a dejar en vergüenza a dos expertos cazadores. El ave los llevaba de un lado a otro. De pronto, se escuchó el fogonazo de la escopeta de Luis, seguido de un angustioso grito:

–¡Way! ¡Ya me heriste, Luis! –fue lo que alcanzó a decir Petronilo, antes de caer por tierra con el pecho ensangrentado. Temiendo por la vida de su amigo, Luis tiró el arma y corrió en la dirección por donde escuchó el grito. Estuvo a punto de desvanecerse cuando vio a Petronilo tendido en el suelo y respirando con suma dificultad. Se arrodilló junto al herido y tomó su cabeza entre las manos, gritando con desesperación:

–¡Aguanta, Petronilo! ¡Resiste hermano, ponte macho como siempre! ¡No te mueras, voy a llevarte a Motul, para que te atienda un médico! ¡No me dejes solo, por favor!

Al ver que su amigo no reaccionaba y que cada vez la respiración era más pausada, la angustia se apoderó de Luis.

¡Jiiim! ¡Perdóname Petronilo, te lo suplico! ¡Sabes muy bien que no lo hice a propósito, hermano! Perdóname por el amor de Dios, perdóname, jiim, jiim!–suplicaba entre sollozos.

Se calmaba un instante, y luego continuaba:

–Perdóname, Petronilo! ¡No pensé que fueras tú!  Vi claramente que era ese maldito pavo de monte, que le brillaban las plumas a la luz del sol. ¿Me escuchas? ¡Te juro por la vida de mi linda madre que no fué intención mía!

–¡Petronilo, tienes que vivir, no te dejes vencer, vas a sanar! –repetía Luis, al sacudir la cabeza de su amigo, tratando de reanimarlo. Con mucho esfuerzo Petronilo abrió sus cansados párpados, miró con honda ternura a Luis, su amigo, para decirle

–Hermano, no… no puedo más, ya me voy. Me… me siento muy agotado. No llores; te… te perdono, sé… sé que no lo hii… ciste inten…. –fue todo lo que pudo decir, y esbozó una leve sonrisa al momento de partir para siempre de este mundo.

Pasado un año de haber fallecido Petronilo, con honda nostalgia Luis lo recordaba desde la cárcel. Demasiado tarde comprendió que pudo haber salvado la vida de su amigo si no hubiera desdeñado los consejos de su padre.

Tan trágico final, casi hizo llorar al buhito, quien prefirió irse a la hamaca sin decir palabra. El rifle de Yum Cháak hacía rato que había dejado de tronar y sólo se sentía una suave lluvia matutina.

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1 Tsáab kaan (Víbora de cascabel).

2 Beech’ (Codorniz).

3 J–Chawak aak’ (Lenguón).

4 Xuux eek’ (Estrella avispa–Venus)

Santiago Domínguez Aké

Continuará la próxima semana…

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