Relatos del pájaro sabio – II

By on junio 9, 2022

Relatos

II

El pájaro sabio

A la luz de la luna llena que se levanta en el firmamento y baña de brillos y sombras el campo yucateco, doña Búho le enseña a su hijo a volar. Como toda madre desea que su vástago pueda valerse por sí mismo y se esmera en hacerlo de la mejor manera posible, siempre atenta a cualquier distracción del buhito.

–¡Fíjate bien cómo vuelas, muchacho! ¿Cuántas veces he de repetirte que no mires hacia todos lados cuando estás volando? –advirtió a su retoño, al percatarse de que éste estuvo a punto de golpearse en la rama de un ya’axche’.

–¡Ya me cansé mamá! –contestó el buhito, mientras se posaba a descansar en una enorme mata de ja’abin.

Vio a su hijo detener el vuelo. A doña Búho no le quedó más remedio que ir a posarse en el mismo árbol. Al levantar la vista y observar las tsáab1 cerca del cenit, señal que anuncia la media noche, dijo preocupada:

¡Vamos, chico, vamos a casa! De seguro tu padre ya regresó de la cacería y estará ansioso por comer.

–¡Oye mamá! ¡Déjame reposar un rato más, estoy muy cansado! Hoy se te pasó la mano, me hiciste volar mucho –dijo el buhito mientras se abanicaba con las alas, tratando de contener el sudor que brotaba de su cara.

–¿Qué espera? ¡Nada de espera! ¡Vamos! Ni yo que estoy vieja. Tú acabas de nacer y debería darte vergüenza decir que te sientes cansado. ¡Vamos! Recuerda que a tu papá no le gusta que lleguemos muy tarde –dijo doña Búho, temerosa del regaño de su marido.

–Vamos entonces, ya recuperé mis fuerzas y siento que puedo volar hasta el amanecer. ¡Ju, ju, ju! –se rió el buhito al alzar el vuelo detrás de su madre.

Cuando se dió cuenta de que estaban a medio camino de su casa, apresuró el vuelo y dio alcance a su madre, para preguntarle:

–Mamá, ¿qué vamos a comer? tengo mucha hambre –dijo al señalar su vientre hundido.

–¡No lo sé! Lo que buenamente haya logrado cazar tu padre –contestó doña Búho, y aligeró el vuelo para llegar con más prontitud.

Cuando llegaron, papá Búho se encontraba descansando en un rincón de la casa. Apenas vió que no estaba el buhito, le preguntó a la mamá:

–¿Dónde dejaste al chaval?

–No lo dejé en ningún lado, allá viene entrando contestó doña Buho, señalando a su hijo con el ala.

–No iban a encontrarme si se demoraban un rato más en llegar. Como no llegaban, estaba por salir para ver dónde los encontraba. Pensé que habrían tenido algún percance.

–No, no tuvimos ningún problema. Bien sabes cómo se comporta tu hijo, primero tiene que descansar para que quiera regresar a casa.

–¡Lo sé! ¿Cómo no voy a saber que es un máak’óol2 ese chamaco? ¡Ju, ju, ju! –rió a carcajadas don Búho, contento de estar con su familia.

El búho se acercó a platicar con su hijo, tiempo que aprovechó doña Buho para ver lo que había cazado su marido, porque también ella sentía hambre. Al poco rato, se escuchó su potente voz:

–¡Vengan a comer, ya se está enfriando la comida y sé que a ustedes no les gusta así!

–¡Vamos muchachito, vamos a comer! Bien sabes que a tu mamá le molesta llamarnos dos veces.

Cuando el buhito vió el animal que iba a comer, hizo muecas con la boca y entrecerró las fosas nasales para evitar el olor de un pequeño ratón, separado para él, y dijo:

–No tengo hambre, coman ustedes. Voy a jugar–dió media vuelta y se fue.

Don Búho enseguida preguntó a su esposa:

–¿Por qué no quiere comer el mozuelo? ¿Será que está enfermo?

–Qué va a estar enfermo ese diablillo, lo que sucede es que no le agrada la comida de hoy. ¡Pero vas a ver cómo va a regresar a comer! ¡No va a hacer lo que quiera! –dijo doña Búho al encaminarse en busca de su hijo.

–¡No vayas a pegarle al chaval! –advirtió don Búho.

–Tú consientes demasiado a ese mozalbete, por eso se ha vuelto muy desobediente –dijo molesta doña Búho.

El buhito corría con las alas extendidas alrededor de una mata de cholúul cercana a su casa, cuando escuchó a su madre:

–¡Ven hijo, vamos a comer! ¡Vente si no quieres que te pegue! –dijo doña Búho, posándose frente a la cueva que les servía de hogar.

El buhito dejó de jugar, no esperó otra llamada y fue a comer, sabiendo que de no hacerlo podría sufrir las consecuencias. Al ver que su hijo comía de mala gana y sólo jugueteaba con la carne de ratón, doña Búho dijo, muy molesta:

–¡Aligera y come toda tu comida! ¡Cuidadito no te la acabes toda, porque hoy conocerás quién es tu madre! ¡Comerás lo que se te antoje, cuando aprendas a cazar!

Al darse cuenta don Búho del enojo de su esposa y de que en cualquier momento podría pegarle al buhito, intervino buscando calmar la situación y a la vez convencer a su hijo para terminar de comer.

–Muchachito, aprende a obedecer a tu madre, ella te quiere mucho. Si te regaña, es porque se preocupa por ti y desea verte crecer sano y fuerte. El chamaco que escoge su comida no crece y además queda flaco y débil.

Convencido de los beneficios de alimentarse bien, el buhito prácticamente devoró la comida en pocos minutos y luego fue a jugar a un rincón de la casa. Sus padres se quedaron a platicar de cómo les afecta la tala indiscriminada de montes y de la excesiva caza de animales que muchos hombres realizan actualmente, y también del castigo que éstos reciben por haberse desligado de la vida espiritual.

Preocupada doña Búho al enterarse de que con el paso de los días el hábitat animal se reduce cada vez más, ocasionando la escasez de alimentos para familias como la suya, dijo a su esposo:

–Creo que ya es hora de dar a conocer a nuestro hijo las cosas que suceden en estos días; debe entender que nuestra vida no es nada fácil.

–Tienes toda la razón, mujer, no tenemos compradas nuestras vidas; sólo estamos de paso en este mundo. La santa muerte anda con nosotros y nos puede llevar en cualquier momento –contestó don Búho. Estuvo un buen rato cabizbajo tratando de ordenar sus ideas para hablar con su hijo. Luego lo llamó.

–Deja de jugar jovencito, ven acá. Hoy quiero platicarte muchas cosas –dijo mientras le hacía señas para que se acercara.

Como todo adolescente deseoso de aprender cosas nuevas, el buhito dejó de jugar y fue hasta donde estaban sus padres.

–¿Vas a platicarme de cosas bonitas? –preguntó, dando brincos de júbilo. Si, muchachito, escucharás lo que todo padre debe enseñar a su hijo, cosas bonitas e interesantes y también muy necesarias para cuando llegue ese momento de enfrentarte solo a la vida –contestó mientras indicaba al buhito que se acomodara junto a él.

–Quiero que me platiques de cacería, deseo aprender a cazar, quiero ser un buen cazador como tú. Así podré comer iguana y murciélago que tanto me gustan –dijo el buhito.

–Muchachito, no te apresures, las cosas se aprenden poco a poco, recuerda cuando eras polluelo lo difícil que te resultó dar los primeros pasos y luego aprender a volar, siempre vigilado por tu madre y por mí. Ahora que ya aprendiste a volar y eres todo un búho te llevaré a observar cómo cazo; luego, cuando tengas la suficiente habilidad para hacerlo te dejaré cazar, tal como lo hizo tu abuelo conmigo.

Ansioso por saber cuándo comenzaría su aprendizaje, el buhito preguntó a su papá:

–¿Cuándo voy a ir a cazar contigo? ¿Mañana?

–Sí, muchachito, mañana te llevo a cazar conmigo. Pero hoy quiero platicar de cómo era la vida antes y cómo es ahora, de los cambios que se han venido dando y de sus consecuencias; de todo lo que un muchachito debe saber para que el día de mañana pueda conducir su vida con sapiencia, dignidad y respeto.

Don Búho buscó las palabras adecuadas para despertar el interés de su hijo en esos temas, y después comenzó su relato:

–Jovencito, tu abuelo me platicó que hace muchos años, cuando los españoles no habían llegado a estas tierras, se vivía en armonía con la naturaleza y la relación de los hombres con sus dioses era muy estrecha. En aquel entonces se contaba con vastísimas extensiones de tierras para fomentar la milpa; sólo se talaba el monte necesario para el sustento familiar, y por más que la población de venado y pavo fuera muy abundante, únicamente se cazaba para variar la dieta alimenticia. La costumbre de ofrendar a los dioses de la naturaleza los primeros y mejores productos de la milpa, así como una parte del animal cazado estaba muy arraigada en los mayas. Entre los hombres de estas tierras del Mayab reinaba mucho respeto hacia los ancianos, y un alto sentido de ayuda mutua familiar y comunitaria.

El buhito interrumpió la plática de su padre para hacer varias preguntas a la vez:

–¿Quiénes son esos dioses? ¿Por qué los mantienen los hombres? ¿Son superiores los hombres a los Dioses?

–Muchachito, entre los principales dioses de la naturaleza tenemos a Yum K’áax, Dios del Monte; Yum K’áak’, Dios del Fuego; Yum Cháak, Dios de la Lluvia, y Yum lik’, Dios del Viento. Los hombres alimentan a los dioses porque así lo dispuso Junab K’uj, padre de todos ellos, cuando los envió a encarnar los elementos naturales, dadores de vida humana, animal y vegetal. Junab K’uj encomendó la tarea de perpetuar la vida vegetal, animal y humana en la Tierra, no sólo a los dioses, sino también decidió que fuera en corresponsabilidad con los hombres. Debes saber que los hombres no son superiores a los dioses. Los dioses son capaces de crear un ambiente propicio para que los hombres obtengan sin mayor esfuerzo lo necesario para vivir y tienen la facultad de castigarlos si no cumplen con su cometido. Aprovechando una pausa, el buhito preguntó temeroso:

–Entonces, ¿si los hombres quisieran, podrían acabar con los animales?

–La verdad, sí, podrían acabar con nosotros los animales, así como con los montes, pero sería también atentar en contra de su vida. Precisamente es de lo que deseo platicarte.

Cuando se dio cuenta de que su esposa estaba cabeceando de sueño, don Búho interrumpió un momento su conversación para decirle:

–¡Despierta mujer, ya hasta tienes torcida la garganta!

–Eh…, eh… Estaba escuchando…, continúa con tu plática –dijo doña Búho, mientras se restregaba los ojos para que se abrieran bien.

En busca de que su esposa estuviera más atenta a la plática y no contagiara de sueño a su hijo, don Búho tosió fuerte tres veces y luego continúo con su charla:

–Muchachito, debes saber que Junab K’uj, no permite a los hombres acabar con la vida en este mundo porque le daría trabajo poblarlo nuevamente. Por ello, así sea muy grave la falta cometida, no castiga a los hombres sin antes enviarles un mensaje de advertencia a través de sus hijos, para que puedan pedir perdón y corregir su conducta. Da a los hombres la oportunidad de mejorar su destino, pero ninguna persona que atente seriamente contra el entorno ecológico o contra sus semejantes queda sin castigo: aquí la hace y aquí la paga.

El buhito interrumpió la plática de su papá para manifestar su admiración por él:

–¡Juuuy, papá! ¿Quién te enseñó tantas cosas? ¡Se ve que sabes mucho! ¡Estoy muy orgulloso de tener un papá como tú!

–Una buena parte me las platicó tu abuelo; otras las aprendí en la universidad de la vida –contestó don Búho.

–¿Eso quiere decir que mi abuelo sabía mucho? –preguntó el buhito

–¡Es cierto, era todo un sabio! Pero las cosas de la vida van cambiando con el paso de los años, sobre todo en estos tiempos. Muchos hombres no conviven con la naturaleza, sino que la someten a su antojo, cegados por su desmedida ambición material, sin tomar en cuenta el daño que causan al entorno ecológico e incluso a ellos mismos.

Papá Búho hizo una breve pausa en su plática, al tiempo que se puso de pié para estirar las alas y de esa manera desentumirse, tiempo que aprovechó el buhito para meditar acerca de los temas que más le interesarían, y luego dijo:

–Quiero saber cómo los dioses previenen y castigan a los hombres por cazar a muchos de nuestros compañeros animales y cómo las personas que se comportan mal con sus semejantes también reciben un castigo. ¡Platícamelo, por favor!

–Jovencito, lo siento mucho, la plática de hoy aquí termina. Ya es muy tarde, ya es hora de ir a la hamaca. Un búho de tu edad debe dormir lo suficiente para que sus huesos se desarrollen mejor y no se quede kislu’um3. Hace rato que tu mamá desea descansar, así que vamos a unir pestañas. A partir de mañana comenzaré a contarte esos relatos que te interesan.

–¿Me lo prometes, papá?

–¡Te lo prometo, muchacho, te lo prometo! Mañana apenas anochezca iremos de cacería, para regresar a buena hora; así tendremos más tiempo para platicar –dijo don Búho, posando su ala en el hombro del buhito para conducirlo a la hamaca.

El canto de las aves canoras anunciando el nuevo día arrulló al buhito, quien en pocos minutos quedó profundamente dormido, Don Búho fue a descansar en otro rincón de la casa, dispuesto a reponer energías para enfrentarse a una nueva jornada en busca del sustento familiar.

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1 Pléyades.

2 Perezoso.

3 Chaparro.

 

Santiago Domínguez Aké

Continuará la próxima semana…

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