Nuevas leyendas contadas por jóvenes*

By on noviembre 23, 2023

Letras

Compiladas por Dr. Adán Echeverría

Para rescatar la tradición oral de nuestra actualidad, decidí revisar con mis alumnos algunas de las historias que se cuentan en sus familias, sucesos que pudieran parecerles extraños y que siempre se cuentan en la sobremesa, en ocasiones para crear esa sensación de miedo en los pequeños de cada familia. Estas son algunas de las historias que me contaron.

Los búhos de trapo

Jesús Yael Goytortúa Villanueva

En un tranquilo pueblo de San Luis Potosí se cuenta una antigua historia que ha sido transmitida de generación en generación. Los habitantes del lugar creen firmemente que los búhos, conocidos allí como tecolotes, son en realidad brujas disfrazadas.

Según la leyenda, en cierta ocasión un valiente poblador logró matar a uno de estos tecolotes. Cuando se acercó a revisar el cuerpo del ave, descubrió que, en lugar de tener tripas, el búho estaba lleno de trapos enredados. Este hecho reforzó la creencia de que los tecolotes eran brujas.

En otra narración, una familia se encontraba acampando a la orilla del río durante la noche. Eran tres hijos y su padre. Cuando se disponían a dormir, un tecolote comenzó a cantar desde un árbol cercano, emitiendo su característico y aterrador sonido. El padre, al ver a sus hijos angustiados, decidió enfrentar al tecolote con su rifle de caza. Al dispararle, el tecolote cayó muerto y, para sorpresa del padre, no tenía tripas ni carne como cualquier otro animal, sino su interior era todo de trapos y remiendos de tela.

El niño llorón 

José Saldaña

Cuenta mi abuela que hace muchos años una joven se mudó a un lado de su casa; la joven estaba embarazada. Dice mi abuela que al poco tiempo ya se había aliviado, pero no miraba al bebé ni nada.

Mi abuela tenía plantas atrás de su casa, acostumbraba regalarlas por la madrugada. Un día escuchó el llanto de un bebé; pensó que era el bebé de esa joven. Al día siguiente se repitió el mismo llanto en la madrugada, y los días siguientes.

La joven se fue de ahí. Pasaron los días y el llanto en la madrugada se seguía escuchando. Mi abuela nos contó que al principio nadie le creía hasta que un tío, durante un fin de semana que estaba borracho, lo comprobó en la madrugada.

Mi abuela se acostumbró al llanto, sabiendo que la chica ya no vivía ahí. Mis primas contaban que al jugar en el patio les jalaban el cabello, ellas corrían y les contaban a todos; era difícil de creerles porque eran solo niñas.

Con el tiempo se fueron normalizando esas actividades paranormales en nuestra familia, ya que mis primos y yo estábamos jugando fútbol y de la nada nos aventaban piedras; incluso, una vez estábamos todos en un cuarto jugando a las luchitas cuando de la nada se apagó el foco de la luz y bruscamente se cerró la puerta del cuarto.

Mi abuela ya no le sorprendía nada; solo decía que lo maldijéramos cada que nos hiciera algo y así él se tendría que ir. Ella misma contaba que el niño le hacía travesuras. Un día nos confesó que, mientras lavaba los platos, lo miró colgado de una reja. Su método para enfrentarlo era solo maldecirlo y aquel desaparecía.

Con el paso del tiempo, mi abuela cuenta que lo sigue escuchando, solo que ahora es el llanto de un adulto.

Bruja o fantasma en el rancho

Santiago Arredondo Pérez

La leyenda o historia fue contada por mi padre y mi abuelo, a quienes aconteció este suceso. Hace ya más de 20 años sucedió en el rancho de mi abuelo, detrás de una empresa química que procesaba flúor. Ellos, al dedicarse a la venta de leche y quesos, tenían que ir a ordeñar las vacas a diario, aproximadamente entre las 3 y 4 de la mañana. En ese tiempo, a mi abuelo le habían amputado una pierna y el que se encargaba de ordeñar era mi padre, pero mi abuelo lo acompañaba y se quedaba arriba de la camioneta.

Un día sucedió algo fuera de su rutina. Mi papá se encontraba ordeñando, como de costumbre, cuando por un camino de tierra venía caminando una señora ya muy mayor de edad; traía puesto vestido completamente blanco. La señora se metió hasta donde se encontraba mi padre ordeñando para preguntar una dirección y pedirle dinero, según lo que me contó. Mi papá le dio unas monedas y la señora se fue. Solo habían pasado algunos minutos cuando mi abuelo, después de escuchar lo que la señora le pidió a mi padre, lo llamó y le dijo:

  • ¿Quién era?
  • Una señora ya muy vieja, quería dinero y saber cuánto faltaba para encontrar la colonia más cercana.
  • ¿Le viste los pies?

Mi papá le dijo que no.

  • Ve a buscarla; si es una vieja, como dices, no debe haber llegado lejos.

Mi papá fue a seguirla por el camino, era un camino larguísimo por lo cual la señora debía verse, ya que caminaba muy despacio. Papá no encontró señal alguna de la señora.

Mi abuelo le dijo:

  • Qué bueno que no le viste los pies, porque te pudieron ocurrir varias cosas. Te hubieras asustado a tal punto de no poder moverte. Al darte cuenta de que no tenía pies, podría haberte hecho algo muy malo. No era una persona real, era una bruja o un fantasma penando, fue por eso que te pidió la dirección de la colonia. Y en caso de que te hubieras portado mal con ella, o no la ayudaras, te hubiera hecho o pasado algo malo.

Mi abuelo sabía que no era humana porque junto con sus hermanos ya habían experimentado varios casos iguales en ese rancho. Varios de los vecinos habían sufrido distintas consecuencias al no ayudar a esos seres.

La carreta sin jinete

Nicolás Castillo

Cuenta mi mamá que en el pueblito de donde ella es se cuentan muchas historias; una de ella es la de la carreta sin jinete.

Había un grupo de jóvenes que les gustaba mucho salir a dar las mañanitas a los que cumplían años, lo hacían entre las 12 de la noche y 1 de la madrugada.

En una ocasión fueron a dar las mañanitas a un ranchito de ahí cerca, a una muchacha que era sordomuda llamada Mireya. Cuando llegaron a la casa de la cumpleañera, ellos no sabían que la muchacha era sordomuda y empezaron a cantar las mañanitas. En ese momento salió su mamá, doña Reina, y les dijo que la muchacha no los podía escuchar porque era sorda; dejaron de cantar y tocar sus guitarras y escucharon ruidos en la carretera, pero no se veía nada. Asustados, se escondieron tras unos arbustos para ver quién iba por el camino cuando de pronto vieron que era una carreta antigua, pero nadie la iba dirigiendo. Quedaron muy espantados y corrieron hacia la casa, ahí los resguardó la señora y los dejó ir hasta que amaneció.

Esta carreta suele aparecer cuando se acerca el día de muertos, aparece desde las orillas de la población y recorre las calles hasta desaparecer del otro lado.

Desde entonces, aquel grupo de jóvenes dejó de salir si no eran acompañados por varios adultos para seguir tocando las mañanitas a los cumpleañeros del público.

En unas vacaciones que fui a casa de mi abuelita; por la noche la vi levantarse como a la una de la madrugada. Escuché cómo sonaban las ruedas de la carreta entre las piedras del camino; también se escuchaba a los caballos, pero ni ella ni yo quisimos asomarnos para ver lo que había afuera.

Un rancho llamado…

Juan Carlos Ramírez

En un rancho llamado Ceilán, cerca de Ciudad Victoria, Tamaulipas, a las afueras de la ciudad, más pegado a los montes y cerros, vivía una pareja de abuelos en una casa. Una tarde, sus hijos fueron a visitarlos, decidieron beber por el hecho de reencontrarse; felices y en plena convivencia, un hijo de los ancianos decidió ir a orinar atrás de la casa. Había mucha niebla, frío; la noche había caído sobre ellos, era un lugar con milpas, donde no se podía ver bien, y se sentía una vibra súper extraña.

Al orinar, y percatarse de una presencia tras él, observó el fondo de la milpa: entre los árboles alcanzó a distinguir una silueta. Contó que era un hombre alto, vestido de soldado; en ese lugar varios locatarios han reportado apariciones y avistamientos de dicho sodado. La persona se quedó aterrada y pasmada.

Regresó a la parte de enfrente con sus demás familiares, contándole a un primo lo que había visto. No le creyeron, pensaron que era efecto del alcohol. La fiesta siguió y al rato se dieron cuenta que un primo había desaparecido.

Empezaron a buscarlo y se percataron que el perdido estaba en la parte de atrás, entre la milpa y el monte. Miraba la lejanía, estaba maloreado, como poseído. Repetía que se quería ir de ese lugar. Entonces lo metieron a una habitación y lo acostaron. Había mucha tensión en los que lo ayudaban, porque al tipo le salían varias voces cuando intentaba hablar, era como si hubiera cambiado de personalidad.

Una tía de aquel grupo era religiosa, empezó a tratarlo, a rezar, a tratar de que se sintiera mejor, ya que la persona pateaba e insultaba, diciendo muchas groserías. Después de una sesión, pudo volver a la normalidad; se sentía cansado, y no pudo contener el llanto… No se supo nada después de ese extraño suceso.

De los muertos que se despiertan cada 31 de octubre 

En memoria del señor Juan

Patricio Hernández

Muchas personas creen que los fantasmas no existen, pero la realidad es otra. En las colonias Obrera, Acuario y Santa Elena, cada 31 de octubre se dejan ver ante los demás. Esto se remonta mucho tiempo atrás, cuando todos esos terrenos solamente eran el rancho Santa Elena y los narco-satánicos estaban en su punto máximo de fama y trabajo. Se supo que enterraban los cuerpos de sus víctimas cerca del rancho. Las tres colonias mencionadas tenían cadáveres por todos lados y, como los cuerpos eran usados en sus ritos, se quedaban con esa energía maldita.

Por eso no hay casa en la que falte una cruz. Ya de por sí te hablan o te gritan estos espíritus solo para asustar, pero muchos dicen que no son espíritus sino demonios.

Aún hoy sueles escuchar tu nombre, pero eso no es lo peor: cada 31 de octubre los demonios se dejan ver, toman forma de payaso, o de diferentes animales comunes. Se cuenta que siempre que es Halloween se pierden niños en esas colonias. Por eso siempre la gente se reúne para pasar en grupos por las calles de estas colonias, ya que nadie quiere ser el siguiente desafortunado en desaparecer.

Se cuenta que hay un señor que llegó a escaparse de estos demonios cuando tenía 15 años. Primero vio a un tipo alto y sombrío que seguía a una flamante señorita, hasta que en un parpadear ni uno de ellos estaba. Se asustó y corrió por las calles de la colonia, pero los locales estaban vacíos. Sintió que él sería la siguiente víctima de aquel tipo sombrío, cerró los ojos, oculto tras una barda, y sintió que ya era víctima de este demonio. Lo que lo salvó fue que el demonio decidió llevarse a otra niña en vez de a él.

Por eso, desde aquel día, se arma de valor y sale con sus amigos en busca de estos seres para evitar que más niños desaparezcan.

El señor que me contó esta historia murió hace mucho tiempo; la última vez que le escuché este relato, yo tenía 7 años.

Luci

Joshua Cerón

Luci era una niña dulce y adorable, le encantaba jugar en el patio con sus muñecas; como todo niño inocente e inconsciente jugueteaba por toda la casa. Antes de dormir tenía que tomar una pastilla que su madre siempre le tenía preparada. Un día Luci cayó en un sueño profundo del cual no pudo despertar jamás.

Mi familia y yo habíamos decidido mudarnos, ya que la casa en la que estábamos anteriormente quedaba muy lejos de la de mi abuela. Mientras encontrábamos casa propia, decidimos rentar una que se encontraba a unas casas de mi abuela. Pasaron dos semanas desde que nos habíamos mudado. Listo para dormir, entré a mi habitación y me acosté en mi litera. De repente, mi cuerpo empezó a helarse, lo que no comprendía si estábamos a 36 grados de temperatura. Sentía que me observaban, tenía un miedo que paralizaba cada parte de mi cuerpo. Nunca olvidaré aquella espeluznante cara que apareció en la ventana de mi habitación.

Después de esa noche tan horrible que pasé, no pude estar a gusto en esa casa, ya no la sentía mi hogar. Le conté a mi madre lo sucedido. Resultó que en aquella casa, en mi cuarto, hacía 4 años había ocurrido la muerte de una niñita por las pastillas que le daba su madre.

La mujer de blanco

Diana Zárate

Crecí escuchando a mi abuelo hablar sobre una mujer de vestido blanco, con cabello largo a la altura de su cadera, lo raro era que nunca pudo ver su rostro, mucho menos los pies. “Como si ella estuviese flotando, no se apreciaba el movimiento que cualquier persona hace al caminar,” mencionó mi abuelo.

Siempre creí que lo decía de broma, para asustarnos. Aclaro: nunca me asusté, pero tiempo después mi hermano (el menor) me comentaba que miraba a una mujer con las mismas características: una mujer de vestido blanco, cabello negro y largo, a quien nunca le miró el rostro. Solía aparecérsele cuando iba hacia la tienda: antes de cruzar la esquina, ella ya estaba ahí, caminando frente a él, pero al llegar a la esquina desaparecía, como si fuese producto de su imaginación.

Pensé que solo quería asustarme, entonces las palabras de mi abuelo vinieron a mi cabeza. Mi piel estaba chinita al sentir un escalofrío.

Un jueves 9 de febrero del 2017, mi abuelo falleció, dejando un gran dolor en la familia. Ese mismo día lo velamos en una funeraria. Mis tíos estaban tomando y escuchando música, tal como mi abuelo pidió que fuera el día que él ya no estuviese más con vida.

Un par de meses después, mis tíos y mi hermano (el mayor) relataron algo que les había sucedido en el funeral del abuelo: en el terreno de al lado, lleno de monte y neblina, una mujer de blanco pasaba —no parecía caminar, parecía ir flotando, aclararon—, quedaron paralizados porque no solo era uno quien la estaba mirando, eran mis tres tíos y mi hermano. ¿Será coincidencia? ¿Acaso era la misma mujer de la que mi abuelo una vez me habló?

Hasta el día de hoy algunas tías mencionan verla por las madrugadas; no la escuchan, solo sienten su presencia y la necesidad de voltear a verla.

La niña atropellada

Sara García Jiménez

Mi abuelita me contó que hace mucho tiempo, cuando ella estaba chiquita, vivía con sus padres en la casa de enfrente de donde nosotros vivimos ahora. Iban a hacer una fiesta porque una sobrina cumplía años. Andaban apurados para tener limpio el lugar. Le pidieron al papá de mi abuelo que fuera a comprar algunas cosas, él enciende el carro y le da para atrás sin fijarse que había una sobrina de él en la parte de atrás, y la atropelló.

La niña perdió la vida, vino la policía y el papá de mi abuelo fue a la cárcel. La fiesta se canceló y enterraron a la pobre niña. A la noche siguiente se escuchaba un llanto de sufrimiento, se escuchaban risas, o a veces la niña se aparecía.

He visto a la niña. Al principio mi mamá decía que era mi amiga imaginaria y después, cuando crecí, supe la triste historia.

 

La curva

José Armando Herrera Guzmán

En el kilómetro 82 de la carretera que corre de Matamoros a Valle Hermoso hay una curva donde se han accidentado una gran variedad de auto. Tal cantidad de muertes, que hay variedad de cruces de cemento en la orilla de la carretera.

Se dice que hay algo aún más peligroso que la curva misma: una joven muerta que se sube a tu automóvil en movimiento.

Algunos señalan que es la aparición la que provoca dichos accidentes, por el pánico que causa; otros dicen que esta joven murió en unos de estos accidentes.

No se sabe si este hecho sobrenatural es verídico, pero es muy conocido entre la sociedad.

Los ahorcados de Lucio Blanco

Juan Martín Castillo Hernández

En el ejido Las Rusias, donde vivo, se cuenta que se pueden ver a unas personas ahorcadas en los árboles por el rumbo hacia el laguito, casi a la salida de nuestro ejido. La mayoría de las veces los ven a altas horas de la noche, se sienten vigilados y que hablan cerca de ellos por lo que se evita manejar por las noches, para evitar cualquier tipo de encuentros en las brechas.

Se dice que Las Rusias fue un campamento militar de Lucio Blanco en la revolución mexicana, por lo que se mandaban a ahorcar a los que no querían revelar posiciones enemigas; eso se cuenta. Por eso muchos evitan viajar de noche por esos rumbos en los que no vive nadie.

La chica de la carretera

Juan Luis Cuadros Rodríguez

La leyenda familiar cuenta que hace tiempo, aquí en Matamoros, Tamaulipas, mi abuelo Jesús se dedicaba a cortar leña a los alrededores de la ciudad. Tenía un camión grande donde se recolectaba la leña que había cortado junto con sus compañeros.

Un día, después de que realizar su trabajo, tenía que regresarse por la carretera para llegar a su casa; cada día realizaba el mismo recorrido, hasta que se encontró a una mujer pidiendo ayuda en la carretera. Mi abuelo aceptó ayudarla y la subió al camión. La mujer estaba lastimada, tenía sangre y pedía ayuda. Repetía una y otra vez si le podía ayudar; hasta que de repente dejó de hablar. Cuando mi abuelo volteó para ver si estaba bien, la mujer había desaparecido.

Mi abuelo se había asustado mucho y trató de llegar lo más rápido a su casa.

Desde entonces, mi abuelo trata de no pasar por esa carretera y, de llegar a pasar, lo hace de día. Desde entonces ya no volvió ayudar a alguien en la carretera.

Chaneques

Jesús A De la Cruz Vázquez

Mi papá creció en San Luis Potosí, en Río Verde, en un ranchito que se llamaba El Jabalí. Muy cerca de ahí había un pueblo al que le decían “El pueblo de las brujas” porque en él se veían avistamientos paranormales por las noches.

Mi padre las veía por las noches, mientras jugaba. También me contó que, como ellos no tenían un baño normal como los de la ciudad, sino baño de pozo, cuando quería orinar pues salían de su casa.

Me dijo que siempre, al salir por la noche, veía sombras como de pequeños hombrecillos que les llaman “chaneques”. Me contó que esas sombras lo llamaban y le decían su nombre y que querían jugar con él; sin embargo, él se lo contó todo a su abuelito y a mi difunta abuela y le dijeron que jamás se fuera con ellos a jugar porque, si se iba o jugaba con ellos, lo llevarían a un lugar donde jamás volvería.

 

 

*Todas las historias fueron contadas por estudiantes de

Mantenimiento Industrial de la

Universidad Tecnológica de Matamoros

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