Mi visita a Real de Catorce

By on febrero 23, 2023

Letras

Ca

José Arrazolo

Viajamos de Matehuala a Real de Catorce, ubicado a una hora de camino en el corazón de la Sierra en el estado de San Luis Potosí. Nuestro propósito era visitar a San Francisco de Asís, un santo muy venerado en nuestro país y por generaciones pasadas de mi pueblo. Éramos diez personas incluyendo mis hermanos, primos, mis padres, distribuidos entre la cabina y la caja de la camioneta. Yo iba en la caja donde había más espacio, para disfrutar el paisaje en la carretera. El clima era en extremo frío, nos cubrimos con cobijas y chamarras para soportarlo esa mañana.

Por las historias de nuestros abuelos, sabíamos que a “Panchito” se le atribuían muchos milagros y, como somos creyentes católicos con la fe bien puesta, teníamos la convicción de que el santo nos iba a hacer el milagro de sanar a mi abuelita que estaba muy enferma.

El arco con las letras indicaba “Bienvenidos a Real de 14”; habíamos llegado a nuestro destino; nos acercarnos a la fila de autos para pagar la cuota y esperar turno a la entrada del túnel “Ogarrio”, del acceso al pueblo. Un poco inquietos por la tardanza, esperamos hasta que nos dieron la señal para iniciar el recorrido, seguimos a otros autos por el túnel por una longitud mayor a dos kilómetros.

El túnel es frío y húmedo y nos impresionó el misterio que lo rodea y la ostentación del poder con que fue construida tamaña obra. Mientras recorríamos la ruta, como por un viaje en el tiempo hacia el pasado, sentimos la presencia de figuras tenebrosas que nos seguían sin descanso.

Entramos al pueblo e iniciamos nuestra aventura por sus calles y edificios de piedra. Mis hermanos quisieron comida para agarrar fuerzas para el recorrido y estuvimos de acuerdo, así que buscamos un puesto de quesadillas y gorditas con un café calientito.

Luego, continuamos hacia la plaza principal donde está ubicado el templo “La Purísima Concepción”, patrona de los mineros, donde se aloja la imagen de “San Francisco de Asís”. Había mucha gente en la Iglesia y, después de encontrar lugar seguro donde dejar la camioneta, nos dirigimos hacia allí, caminando con la emoción contenida.

Ya en el interior nos maravilló la construcción, el piso hecho de madera y las imágenes en las paredes; pero el momento solemne llegó cuando estuvimos frente a la imagen del santo patrono. Ansiosos, tocamos su vestimenta y con gran fervor brotaron de nuestros labios alabanzas y peticiones que guardábamos cada uno en nuestro corazón, sin olvidarnos de pedir por la salud de nuestra querida abuela y que nos echara su bendición.

Como en trance, cada uno de nosotros terminó sus plegarias y en silencio nos retiramos y buscamos una banca donde sentarnos, para de ahí observar el altar principal con la Virgen Purísima en todo su esplendor y las imágenes en cada rincón de la parroquia. En aquel silencio místico, percibimos la presencia del Santo, que no dejaba de observarnos.

Ya por la tarde, mis padres decidieron terminar el recorrido, para regresar a casa antes de que fuera muy noche. Tomamos la ruta del túnel para el retorno y, a unos cien metros de la salida, una densa neblina nos impidió ver con claridad el exterior. Un temblor recorrió nuestro cuerpo, como si las almas de los difuntos de otras épocas guardaran con celo aquel sitio y no quisieran que abandonáramos el pueblo. Finalmente, salimos del túnel cuando el sol ya se ponía en el horizonte y las estrellas comenzaban a aparecer en el firmamento.

Algunos peregrinos salían caminando del túnel cargando cirios encendidos. Mi padre redujo la velocidad de la camioneta y reconocimos a Don Simón, vecino del barrio donde vivíamos. A paso lento, Simón caminaba con el grupo y se escuchaba un murmullo de voces como si estuvieran orando. Nos detuvimos un poco: “¡Don Simón!, Don Simón!”, le gritamos.

—¡Vámonos para el pueblo! —decía mi padre, invitándolo para que se regresara a casa con nosotros, pero nos saludó muy serio y continuó con su camino junto a las otras personas.

Reanudamos el viaje, y vimos cómo se perdía en la distancia la luz que proyectaban los cirios de aquella misteriosa procesión. Durante el camino, con el frío de la noche calando hasta los huesos, platicamos un poco sobre Don Simón y su comportamiento extraño. Por coincidencia, cuando llegamos al pueblo, en la colonia donde vivimos, encontramos a su esposa barriendo la banqueta afanosa al frente de su casa.

Mi padre detuvo la camioneta y sin bajarse le llamó:

—¡Seño! —le dijo— Vimos a su esposo en una procesión a la salida del túnel en Real de Catorce. Lo invitarnos a subir para que regresara con nosotros, pero no se quiso venir. Nos lo saluda cuando regrese a casa por favor.

La señora dejó de barrer, abrió los ojos sorprendida y casi a punto de llorar, le dijo a mi padre:

—Mi esposo tiene dos semanas de haber fallecido.

Bajó la vista y continuó barriendo, mientras nosotros quedábamos congelados por la impresión. Se produjo un largo silencio que solo era interrumpido por el viento frío que golpeaba nuestros rostros en aquella noche estrellada.

Mas tarde, antes de dormir, se reunió la familia y pedimos a “Panchito” por nuestra salud, y también oramos por el descanso eterno de todos los difuntos.

 

José Arrazolo. Matamoros, Tamaulipas, 1960. Ingeniero industrial en producción. Gerente de Producción.

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