La voz de la razón

By on junio 3, 2021

José Juan Cervera

Para José Luis Ripoll Gómez, tenaz divulgador de la filosofía

Pablo Moreno instruyó los fundamentos del método cartesiano en el Seminario Conciliar de San Ildefonso, en Mérida; Andrés Quintana Roo y Lorenzo de Zavala los asimilaron reconociendo su eficacia. Eligio Ancona impartió la cátedra de Filosofía Racional en el Instituto Literario del Estado, recién fundado en 1867. Entre sus reflexiones acerca del estilo, Ermilo Abreu Gómez ponderó los aciertos de la obra más conocida de Descartes señalando que, además de inaugurar una manera distinta de pensar, representó el tránsito de la conciencia a la sustancia, del idioma a la gramática: “La didáctica de las lenguas vivas empieza con la frase gracias a esa alteración de los términos provocada por Descartes.” Aunque las líneas precedentes abordan sólo una región específica, la influencia racionalista se multiplicó al grado de traspasar muchas fronteras geográficas y de sobreponerse a las limitaciones del tiempo.

                    René Descartes (1596-1650) ocupa un lugar de primera fila en el pensamiento occidental. Su trascendencia histórica puede discernirse si se observa la actitud que, ya desde su siglo XVII, lo sitúa como uno de los precursores del movimiento ilustrado que habría de cuajar en la centuria siguiente. Su Discurso del método es una obra clave tanto para comprender las inquietudes más sensibles de su tiempo como para mirarlas a contraluz de ciertas predisposiciones mentales que han ganado terreno en la actualidad.

                    Sería ocioso hacer aquí una sinopsis de sus principios filosóficos cuando es posible encontrarlos en enciclopedias digitales e impresas, más aún si el propio Descartes advirtió las distorsiones que pudieran vulnerar la fidelidad de sus ideas cuando fueran dadas a conocer por otros y no por él mismo. Claro que es necesaria la divulgación del conocimiento científico y filosófico, pero también es indispensable la lectura directa de los autores comentados, sobre todo en ediciones debidamente anotadas que ayuden a apreciarlos en el contexto de su época. Cada intento de aproximación tiene sus plazos y sus guías.

                    El propio filósofo destacó la necesidad de comunicar los descubrimientos logrados por cada estudioso de la verdad, de tal modo que otros puedan continuar esos esfuerzos, en una actitud que coincide plenamente con lo que, hacia 1945, Karl R. Popper denominó “el carácter público del método científico,” al exponer su crítica a la sociología del conocimiento por reducir los alcances de su objeto principal a la conciencia del científico como individuo, como garante de una supuesta imparcialidad en su campo de investigación.

                    Descartes recurrió con frecuencia a la analogía para afianzar la comprensión de sus juicios, como cuando reconoció la posibilidad de equivocarse con ellos al exponer las cualidades del método por él descrito, y creer de ese modo que lo que tomaba por oro y diamantes podía ser sólo un poco de cobre y vidrio. También aprovechó ampliamente las enseñanzas que le depararon sus frecuentes viajes para aceptar la diversidad cultural como fuente de opiniones dispares entre las comunidades humanas, de tal modo que las que no concuerden con las del grupo de origen no resultan por ello dignas de salvajes o bárbaros. Asimismo hay varios pasajes que muestran el empeño vigoroso con que Descartes dialogaba y polemizaba, en cierto modo, con pensadores y científicos de su tiempo, algo que aporta una mayor riqueza a su obra.

                    Hay muchos aspectos que despiertan gran interés en el Discurso del método (texto introductorio de otros de mayor extensión), como cuando su autor reflexiona acerca de la posibilidad de construir máquinas que imitaran funciones de animales y personas, y cómo aquellas, aun si conservasen la apariencia exterior del original, en el primer caso no habría forma de distinguirlas de éste, y en el segundo sí. O bien cuando al final de la obra argumenta el motivo de su preferencia del francés sobre el latín para formarla, porque así podría interesar a las personas de buen juicio más que a quienes sólo buscaran concordar con el principio de autoridad representado en la lengua de los doctos.

                 Descartes se pronunció por moderar la precipitación en el acto de emitir juicios, así como en propiciar la concentración para el logro de más eficaces aproximaciones a la verdad de las cosas, elementos decisivos del método que lo distingue. Si hoy fuera posible aplicarlos como parte de una aceptación masiva de semejantes cualidades, no sólo conducirían a un mayor entendimiento de la realidad del mundo sino también a una convivencia con efectos benéficos para toda la especie humana.

 

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