La revolución que quiso ser – IV

By on diciembre 1, 2023

Porfiriato

CAPITULO II

EL PORFIRIATO Y LAS LUCHAS ANTIREELECCIONISTAS EN YUCATÁN

1.El Porfiriato en Yucatán: la Hacienda Henequenera y el Control Monopólico del Mercado

 

La consolidación de la hacienda como base orgánica de la producción henequenera, se desarrolló de manera paralela al proceso de maquinización de la agricultura norteamericana y al desmantelamiento de la economía doméstico-colectiva que caracterizaba a las comunidades indígenas de Yucatán al mediar el siglo XIX.

Si queremos comprender las características y el comportamiento de la oligarquía henequenera, que fincara sus bases de dominación en el control monopólico de la producción y la comercialización henequenera, tenemos que empezar por definir las relaciones que mantenía la hacienda henequenera tanto con los grandes intereses industriales norteamericanos, como con los numerosos grupos indígenas que constituían la masa de trabajadores endeudados y acasillados.

La producción de fibra de henequén con fines comerciales constituyó el proyecto que habían venido buscando los grupos dominantes desde finales de la colonia, a fin de aprovechar la mayor riqueza de la península de Yucatán: la mano de obra indígena, abundante y sumisa.

Distintos intentos durante los primeros treinta años de vida independiente habían tratado de subsanar la dependencia comercial que había marcado a Yucatán durante la colonia, con un nuevo esquema de organización social que retomara la ancestral subordinación de los indígenas (11).

El estado de emergencia implantado a raíz de las revueltas indígenas –en lo que se ha querido presentar como una “guerra de castas”–, sirvió para echar atrás la rueda de la historia; esto es, para desplazar formas de libre relación entre la economía mercantil y la economía comunal de los indígenas y para sustituir las formas de relación libre salarial que ya se daban por aquellas otras que suponían el arraigo físico del trabajador a la hacienda y el complemento del sustento mediante la deuda, ante la insuficiencia de un jornal que se pagaba a manera de salario.

Para poder acceder a la vastísima demanda que representaba el mercado norteamericano de fibra, la hacienda henequenera tuvo que resolver, antes, el problema técnico que le representaba el desfibrado de las hojas de henequén. Las hojas de agave, transportadas por los propios cortadores en distancias de dos y tres kilómetros, hasta el área de desfibrado, se veían sujetas a un proceso manual para separar la fibra de la pulpa que contiene substancias ácidas que manchan y disminuyen la resistencia de la fibra. El desfibrado mediante el tonkós y el pacché constituía un “cuello de botella” en el proceso de producción de fibra, toda vez que se requerían hasta diez “raspadores” para desahogar las hojas cortadas por un solo peón en el campo, esto es entre dos y tres mil hojas por jornada, incluyendo el despunte y el acarreo hasta el casco de la hacienda.

La aplicación del sistema mecánico de cuchillas al desfibrado de las hojas de henequén y la instalación de los sistemas de rieles portátiles, Decauville, para el acarreo de las hojas desde los planteles hasta el tren de desfibración, liberó a una enorme cantidad de mano de obra, que pudo aplicarse en la ampliación y cultivo de planteles de henequén.

Apenas se descubrió que el hilo de henequén–o sisal– podía ser utilizado por los equipos cortadores de espigas con engavillado mecánico, abundaron los créditos para la apertura de nuevas áreas de cultivo y para la adquisición de maquinaria y equipo, por parte de comerciantes y financieros norteamericanos, que mantenían relaciones de negocio con algunas firmas yucatecas. Los créditos contaban con la garantía de las propiedades en explotación y contemplaban el compromiso de ser liquidados con la fibra de henequén producida por el deudor. El interés vigente en estas operaciones era de 9%; cinco destinado a cubrir el interés financiero, dos para la casa comercial norteamericana y el dos por ciento restante era la comisión que llevaba la casa comercial yucateca, intermediaria de la operación (12).

Seis u ocho firmas comerciales norteamericanas refaccionaban a dos docenas de “casas comerciales” en Yucatán, durante el período de multiplicación y expansión de las plantaciones henequeneras (13). Las “casas comerciales” en Yucatán jugaban el doble papel de abastecer con maquinaria y equipo a las haciendas y con los bienes de consumo que requería el sostenimiento de sus peones, impedidos de conseguir el sustento diario mediante la práctica tradicional de la “milpa”. Al mismo tiempo recogían y comercializaban la fibra que producían las haciendas henequeneras (14).

Podemos ubicar el período expansivo de la producción henequenera el que va de 1857, año en que se construyeron las primeras máquinas de desfibrado mecánico, hasta 1881, cuando estalló una severa crisis agrícola que impactaría profundamente el precio del henequén. El historiador Moisés González Navarro nos refiere que los sesenta mil mecates sembrados de henequén, en 1860, rebasarían la cifra de un millón, apenas veinte años después. Entre 1913 y 1917 se alcanzaría la cima de este proceso expansionista al haber más de diez millones de mecates sembrados de henequén. En 1880 se exportaron más de veinticinco mil toneladas de fibra cuando apenas siete años atrás, en 1873, se habían exportado un total de seis mil toneladas.

Naturalmente la siembra de henequén utilizaba recursos, tierra y mano de obra, que las comunidades indígenas habían utilizado ancestralmente para la siembra del maíz, principal producto en la dieta indígena. El mismo González Navarro nos refiere que antes de estallar la “guerra de castas”, en 1847, el cultivo de maíz ocupaba el 94.78% de la superficie explotada con fines agrícolas, lo que resultaba una cifra superior a los seis millones de mecates sembrados de maíz; mientras que los cultivos de azúcar, henequén, tabaco, que podrían ser catalogados como “comerciales”, ocupaban menos del 4% de la superficie agrícola. En 1881 se tendría que importar maíz de extranjero a resultas de una severa sequía. A partir de entonces la importación de maíz sería constante como complemento de la producción interna que ya resultaba insuficiente para satisfacer el consumo de la población. Los años de sequía la importación de maíz crecía en volumen y llegaba a rebasar en porcentaje al maíz producido localmente, como sucedió en 1901, 1905, 1907 y 1911.

Un trabajo realizado por Margarita Nettel Ross nos ilustra sobre el proceso que vivió la actividad productiva en Yucatán, al pasar de la producción de bienes de consumo necesario a la exportación de henequén. En 1877 la producción yucateca generaba bienes de consumo básico por 18.1 pesos/habitante, cifra excepcionalmente alta en comparación con la media nacional. Para 1910, esto es 33 años después, la producción de bienes de consumo básico había disminuido hasta 0.48 pesos/habitante, la cantidad más baja entre todas las entidades del país. Por el contrario, se había pasado de 9.28 pesos/habitante, en la producción agrícola con fines de exportación en 1877, a 58.38 pesos/habitante, en 1910, la cifra más alta para todo el país (15). Según las estadísticas de Antonio García Cubas, la exportación henequenera significó un ingreso de 21’936,156.00 pesos en 1880, creciendo hasta 38’324,604.00 pesos, en 1891 (16).

Este vuelco en las actividades agrícolas significó una profunda transformación en la sociedad yucateca. Si para 1860 había unas cuantas centenas de trabajadores acasillados en las haciendas existentes, para 1880, según datos del historiador Suárez Molina, la cifra de peones acasillados rebasaba los 20,000. Calculando que veinte años después, en 1900, se alcanzaba la cifra máxima de 80,000 peones acasillados (17).

La siembra y explotación de henequén requería, de manera primaria, de mano de obra abundante y permanente. Por eso para la hacienda henequenera la disponibilidad de tierras era un factor secundario, subordinado a la existencia de mano de obra “arraigada”. Fue así como la producción henequenera se fue ampliando de una manera extensiva, estableciendo nuevas haciendas como unidades independientes que reproducían a su interior las formas de organización y el acasillamiento de la mano de obra endeudada.

Según datos del historiador Robert Patch, llegarían a constituirse hasta 1,200 haciendas que abarcaban una superficie no mayor del millón de hectáreas (ver fig. 1). Si tomamos estos datos como ciertos, veremos que el promedio por unidad productiva es cercano a las 800 Has., cifra muy inferior a las extensiones alcanzadas por las haciendas clásicas del centro y del norte del país (18).

Podemos considerar que esas 1,200 unidades productivas pertenecieron en el período de difusión del modelo hacendario a cerca de 800 propietarios. Eran contados, por ese entonces, los casos de un mismo propietario que llegaba a tener 5 ó 6 haciendas, aunque ya se daban casos de familias extensas que llegaban a sumar hasta veinte o treinta propiedades entre sus distintos miembros (19).

Al iniciarse la década de los ochentas se habían establecido plenamente las bases sobre las que descansaría la relación de dependencia de la producción henequenera respecto a la producción de maquinaria agrícola y la elaboración de cordeles, que operaban en los Estados Unidos.

Para 1885, después de cuatro años de una intensa sequía que afectó la producción granelera norteamericana, el precio del henequén alcanzaba sólo la tercera parte de lo que había costado nueve años atrás. Se había terminado el apoyo norteamericano a la apertura de nuevos y numerosos plantíos de henequén. Los compradores norteamericanos habían encontrado el mecanismo para descargar el costo de las inversiones realizadas –la acumulación primaria– en los propios productores de la fibra, salvando la parte que consideraban les correspondía, mediante la fijación del precio de la fibra y el control de la fase industrial en la elaboración de cordeles.

Los hacendados henequeneros, a su vez, habían descargado en sus trabajadores el costo de la apertura de planteles y el establecimiento de las plantas desfibradoras. El acasillamiento, la “tienda de raya” y el endeudamiento de la mano de obra, la extensión de la jornada de trabajo mediante la fijación de “tareas”, además de los usos de violencia corporal como forma de control de los trabajadores y de su productividad, conformaban un ambiente de virtual esclavitud en las haciendas yucatecas. Y fue este sistema el que permitió la ampliación de las plantaciones henequeneras y la acumulación de enormes fortunas en manos de los hacendados yucatecos y de los cordeleros e industriales norteamericanos.

El proceso de implantación de estas relaciones, que corre paralelo a la ampliación de las plantaciones de henequén, permitió un espacio que aprovecharía el grupo de comerciantes locales para ampliar y diversificar sus bases de sustentación. De esta manera, cuando los compradores norteamericanos lograron unificar sus políticas, se encontraron con un poderoso grupo de intermediarios yucatecos que, si bien les satisfacían sus requerimientos y exigencias, sabían cobrar la parte que les correspondía por los servicios prestados. De igual manera, los intermediarios contaban con mecanismos comerciales y financieros que les permitían reducir las percepciones de los hacendados, productores directos de fibra, en su beneficio.

Al mediar la década de los ochentas del pasado siglo, los comerciantes locales habían establecido dos sucursales de bancos nacionales con capital local, que les permitían financiar de manera directa sus operaciones de compra-venta de henequén. De igual manera se habían hecho de múltiples concesiones para construir ferrocarriles y habían inaugurado las rutas más necesarias para la comercialización del henequén, incluyendo las instalaciones portuarias de Progreso. Eso además del inmenso poder que les significaba el ser también productores de fibra, al convertirse en los hacendados con más y mayores predios en explotación.

El mundo de los negocios y las oportunidades especulativas identificaban a jefes militares, a dirigentes políticos, hacendados y comerciantes, ya de por si relacionados por rasgos de parentesco y afinidades ideológicas, Conforme pasaba el tiempo y crecía la importancia de la actividad henequenera el grupo dirigente en Yucatán aumentaba en su cohesión, pronunciaba las formas de subordinación a que se veían sujetos los sectores mayoritarios de la población. Fue así que se constituyó un pequeñísimo grupo con características de oligarquía, en tanto sumaban el control político y militar de la sociedad al dominio asegurado en las actividades económicas. Funciones integradas de manera orgánica en tanto se suponían e implicaban las unas a las otras.

La derrota del Imperio en Yucatán coincidió con la ampliación de la actividad henequenera. Los contratos y las concesiones para construir ferrocarriles, la apertura de bancos con capital local, las operaciones comerciales y las múltiples actividades sociales, dieron ocasión para postergar las diferencias ideológicas que pudieran existir entre quienes habían luchado de parte del Imperio o en su contra, o en quienes habían militado en las filas del Partido Conservador, quienes lo habían hecho del lado Liberal. El triunfo federalista legitimó al liberalismo como la corriente políticamente predominante. Pero la asunción de Porfirio Diaz al poder reivindicó a sus antiguos aliados en Yucatán, que fueran los más distinguidos y beligerantes miembros del conservadurismo en el estado, reforzando el proceso de integración que, de por sí, ya se daba.

La tendencia a la concentración de capitales que caracterizó a la economía mundial a fines del siglo XIX también se hizo presente en el ámbito de la cordelería y de la producción de maquinaria agrícola. Dicho proceso trajo enormes consecuencias para la economía y la sociedad yucateca (20).

 

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(11) El historiador Howard F. Cline dejó testimonio de esto en dos excelentes trabajos realizados en la época de los cuarentas: “El Episodio Azucarero en Yucatán 18251850” (reproducido por la revista Yucatán: Historia y Economía; N° 5; 1978) y “El Progresivismo en Yucatán: regionalismo y sociedad; 1825–1847” (mecanuscrito, sin edición).

Addy Suárez (1980), Margarita Rosales y Lourdes Rejón (1981) y Robert Patch (1976), han profundizado en el análisis y la descripción de esta etapa.

(12 ) Suárez Molina. Víctor; 1977; 47.

(13) El historiador Allen Wells ha podido reconstruir la intrincada red de relaciones sociales e intereses económicos de la elite yucateca desde mediados del siglo XIX y que fue la beneficiaria del “boom” henequenero hasta bien entrado el siglo XX. (WELLS, Allen; 1979 y 1985). Junto con Gilberth Joseph han avanzado en el análisis de las relaciones vigentes entre la oligarquía yucateca y la International Harvester desde 1902. (WELLS y JOSEPH; 1982 y 1983).

(14) Entre los investigadores locales que se han preocupado por el análisis de la oligarquía henequenera podemos citar a: FRANCO, Iván; 1985; y a BARCELO, Raquel; 1983.

(15) NETEL ROSS, Margarita; 1976.

(16) SUAREZ MOLINA, V.; op. cit.; 47.

(17) PATCH, Robert; 1976. KATZ, Friedrich; 1962; 114.

(18) FRANCO, Iván: op. cit. JAVER, Eva Rosa; 1980. BATT, Rose Marie; 1980.

(19) MONTALVO, Enrique; 1976. DEWING, Arthur; 1973. WELLS Y JOSEPH; op. cit.

(20) WELLS; op. Cit. HARTMAN, Keith; 1996.

 

José Luis Sierra Villarreal

Continuará la próxima semana…

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