La revolución que quiso ser – II

By on noviembre 16, 2023

Letras

CAPÍTULO I

2.Carácter del Estallido Revolucionario

 

Rota la conjugación del orden interno con los intereses del capital extranjero, el dictador Porfirio Diaz comprendió que su régimen había sido tocado de muerte. Su renuncia, sin luchar, reflejaba la incapacidad de un régimen fundado en la coerción para enfrentar una fuerza más que regional.

Sin embargo, la renuncia y posterior destierro del dictador dejaban intocado el aparato porfirista y empujaban los acontecimientos y las fuerzas políticas del terreno de la lucha antirreeleccionista al de la lucha política revolucionaria. La desaparición de la figura del dictador provocó, en un primer momento, la dispersión regional del poder y, con ello, la desaparición del aval que el “poder central” ofrecía a jefes políticos y caciques locales. Las fuerzas locales emergentes se enfrentaban, de esta manera, a los grupos de poder aislados, proliferando a lo largo y ancho del país estallidos con los más distintos matices por sus demandas y formas de lucha.

En este ambiente de inestabilidad generalizada, las pugnas entre la oligarquía comercial-terrateniente y las distintas fracciones burguesas aumentaron en número y profundidad. El grupo de burgueses anti-porfiristas, salidos de las propias filas oligárquicas, no trascendían los marcos del caduco orden, buscando el remplazo del dictador por la vía electoral. La importancia de este sector, estructuralmente débil y políticamente timorato, se agigantó por el hecho de que las fuerzas populares radicalizadas y movilizadas, en su confusión, enarbolaban demandas que, históricamente, coincidían con los intereses de una burguesía activa y modernizante (3). De esta manera, la burguesía cobró un peso político mayor que el que en realidad tenía.

Sin embargo, la movilización popular no fue sólo el ariete con el que una fracción de la burguesía desencajó el poder de aquellos que habían optado por el desarrollo capitalista del país por la vía más reaccionaria, la de la especulación y de los privilegios, los terratenientes, sino además empujó el descontento popular hasta sus últimas consecuencias, encarnándose como el “burgués-radical” –según la caracterización leninista.

El campesinado y el conjunto de fuerzas populares en la revolución mexicana se lanzaron a destruir los puntales del orden porfirista, y en ese sentido constituyeron un movimiento ANTI–CAPITALISTA. Acción revolucionaria dirigida contra el CAPITALISMO EXISTENTE, el de los terratenientes, el capitalismo agrario: pero no contra todo el capital, sus objetivos y mecanismos (4). Más aún, el carácter de sus demandas podía inscribirse en el marco propugnado por aquella fracción que, habiendo sido terratenientes, había incursionado en la industria, el comercio y las finanzas, hasta encontrar asfixiante el estrecho marco social del porfiriato.

Pero había una diferencia sustancial entre la propuesta de reformas de la burguesía y las demandas del movimiento popular: la forma de plantearlas y de garantizar su ejecución. Los primeros propugnaban por instancias al margen de las presiones directas y de la movilización y organización de las masas. Esto es, el cambio “desde arriba”. Los otros, exigían la satisfacción inmediata de sus demandas, como resultado de su movilización y supervisando directa y activamente su realización (5).

El maderismo fue la expresión más redondeada de la propuesta reformista de la burguesía. Si se argüía el descontento popular y el fantasma de la insurrección, no era por su identificación con las causas populares o por su convicción de ser necesaria la acción de las masas para el logro de dichas demandas. Por el contrario, se manejaba esto sólo como un elemento más en la negociación con el dictador. El grupo maderista temía tanto a las masas movilizadas, como el propio grupo porfirista.

Este proyecto se limitaba al campo de la lucha antirreeleccionista y nunca se preocupó por hacerse de formas orgánicas y bases para la insurrección.

La viabilidad de este proyecto quedó cancelada, paradójicamente, en el momento mismo en que se recurrió a las armas. La posibilidad de una burguesía “gestora” del cambio dejó de existir al interponerse un nuevo y vigoroso interlocutor: las masas movilizadas por la insurrección armada.

Madero, desde la Presidencia, trató de rescatar la centralización lograda por el porfirismo, inyectándole una nueva dinámica. Y se encontró que quienes recurrían a él no eran, como en el porfirismo, los “jefes políticos” y los caciques regionales sino, por el contrario, las masas enardecidas que exigían soluciones sin plazo ni mediación.

Las masas se identificarían con el maderismo sólo si atendía al concreto de su realidad, sus demandas.

Frente a esta propuesta existió un segundo proyecto revolucionario: el del Partido Liberal Mexicano. Las demandas contenidas en el Programa del P.L.M. no difieren mucho de los planteamientos reformistas de Madero, excepto en lo concerniente al reparto de tierras. Pero hay diferencias profundas respecto a la forma de lograrlo y a la importancia que se reconoce al movimiento de masas.

Desde los primeros escritos periodísticos del grupo de Ricardo Flores Magón hasta sus manifiestos abiertamente anarquistas, posteriores a 1912, aparece como una constante el que las reformas sean impuestas y mantenidas por las masas movilizadas y organizadas.

A diferencia del maderismo, los magonistas apelaban a la insurrección popular, aunque lo hicieran desde una óptica conspirativa. Esto es, proliferación de pequeños grupos clandestinos que deberían encabezar la movilización generalizada en el momento oportuno. Su estrategia, pues, se oponía a la centralización orgánica, planteando a la acción como lazo de unidad.

Esto determinó que su influencia política fuera muy limitada al no tener formas de relación directa y permanente con el movimiento de masas. Tras el impacto alcanzado por acciones armadas en dos o tres puntos del país, en 1910, el Partido Liberal Mexicano desapareció prácticamente del horizonte, quedando sólo como referencia nominal en los escritos de “Regeneración”. Sus postulados seguirían presentes en distintas fuerzas a través de toda la lucha revolucionaria y serían retomados, con ajustes y mediatizaciones, por los “jacobinos” y los “radicales” del Constituyente de Querétaro, en 1917.

La realidad de las cosas fue que, una vez logrado el objetivo central de derrocar al dictador, las fuerzas populares carecieron de un proyecto político propio. Mientras se luchaba contra el caduco orden de los terratenientes, las urgencias militares diluían las diferencias políticas de las distintas fuerzas que conformaban los ejércitos revolucionarios. Pero, tan pronto se controlaba una zona arrancada al enemigo, surgían diferencias profundas sobre las medidas a tomar y los pasos a seguir.

No creemos sea necesario discutir la primacía de los grupos campesinos en las filas revolucionarias. Sin embargo, es evidente que el campesinado, como grupo principal, no pudo elaborar un proyecto que englobara las diferencias regionales y respondiera al conjunto de demandas populares mediante propuestas de reformas de carácter general.

El campesinado mexicano había sido presa de la desintegración social y física durante el porfiriato y así había respondido al constituirse en movimiento revolucionario. Estaba histórica y políticamente incapacitado para representar los intereses generales y para plantear los objetivos nacionales, por más que fuera abrumadora mayoría.

Tal incapacidad se manifestó durante el gobierno de la Convención, en 1914, cuando el sínodo de generales de la revolución, de origen campesino en su mayoría, se reunió en Aguascalientes para determinar los pasos a seguir una vez erradicado el porfirismo y no pudieron hacer a un lado sus diferencias para elaborar un programa conjunto. Es claro que no había una comprensión de los distintos problemas que atañían a las diferentes regiones del país y que, por lo tanto, tampoco se podía responder a ellos de manera específica e integral (6).

Mientras las fuerzas campesinas se apuntaban triunfos militares y evidenciaban su incapacidad política, el General en Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, ganaba prestigio militar y acrecentaba su influencia política. El grupo de jefes militares aglutinados en torno a Carranza percibía la necesidad de desplazar la actividad militar por las relaciones políticas, para un futuro inmediato. Los dirigentes del norte, como ningún otro grupo, tenían un marco de referencia de la sociedad a la que aspiraban, derivado, en gran parte, de su vecindad con los Estados Unidos.

Esta influencia vecinal se reflejaría en el carrancismo en dos direcciones contrapuestas. Por un lado, la admiración hacia una sociedad desarrollada con formas racionales de organizarse y hacer política. Por el otro, fortaleciendo el espíritu nacionalista fincado en las diferencias entre los dos pueblos y el respeto a la autodeterminación y soberanía nacionales.

Y si el carrancismo había diferido el enfrentamiento político entre las distintas corrientes del constitucionalismo, una vez derrotado Huerta, y durante la Convención de Aguascalientes, entendió que era el momento de externar las diferencias y afrontar sus consecuencias. Porque Carranza sabía que una cosa era el establecimiento de alianzas para la acción militar y otra muy diferente era la constitución de un Estado en el que los intereses de una clase prevalecen sobre las alianzas circunstanciales. Y lo sabía porque había sido porfirista, maderista y sostén del constitucionalismo.

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(3) E. Semo complementa la debilidad histórica de la burguesía mexicana con el papel dirigente alcanzado por la pequeña burguesía:

«Hasta ahora en las revoluciones mexicanas, las masas campesinas han ocupado un lugar más destacado que las plebeyas de las ciudades. La pequeña burguesía jugó un papel muy importante en las tres revoluciones. Frecuentemente se adjudicó las tareas que una burguesía débil aún no podía ejecutar. Luchó siempre por colocarse a la cabeza de la revolución y, en ciertos momentos, lo logró». (Semo E.; 1975; 56).

(4) «La revolución de 1910 es una rebelión en contra del modelo de desarrollo capitalista (el de los terratenientes latifundistas del porfiriato, JLS). Se trata de implantar una reforma agraria que destruya los latifundios y el poder de los terratenientes; crear un capitalismo de Estado capaz de actuar como contrapeso al capitalismo extranjero y promover el desarrollo de la burguesía mexicana; colocar en el poder nuevas capas de la burguesía, interesadas en una vida de desarrollo más revolucionaria del capitalismo en la agricultura y la industria; modificar el dominio del imperialismo sobre la economía del país, o bien, restringirlo. La revolución de 1910 no logró sustituir el ‘desarrollo desde arriba’, por la vía revolucionaria de instauración del capitalismo, pero su resultado fué un híbrido, una amalgama muy peculiar de soluciones revolucionarias y reaccionarias». (Semo E.; 1975; 55).

(5) El historiador Carlos Pereyra refiere la existencia de estos dos proyectos al carácter de las transformaciones planteadas: «En la primera década del siglo se desarrollaron en México dos proyectos revolucionarios: uno perseguía metas casi exclusivamente políticas en las que estaban interesados los empresarios y hacendados, dirigidos por Madero, sin vínculos firmes con la administración de Porfirio Díaz. Otro que se orientaba hacia una transformación socio-económica planteada por el PLM. Estos dos proyectos, lejos de fusionarse polarizaron todo el movimiento social al extremo de que su enfrentamiento fue el que determinó el carácter del proceso de 1910 a 1917…»

(Pereyra C.; 1972; 10).

(6) A. Gilly analiza este aspecto desde una perspectiva distinta:

«El zapatismo no se planteaba, obviamente, la cuestión del Estado, no se proponía construir otro diferente. Pero en su rechazo de todas las fracciones de la burguesía, en su voluntad de autonomía irreductible, se colocaba fuera del Estado. Su forma de organización no se desprendía o se despegaba de ésta: tenía otras raíces. Y quien está fuera del Estado, si al mismo tiempo decide alzar las armas, se coloca automáticamente contra el Estado».

(Gilly A.; 1971; 23).

José Luis Sierra Villarreal

Continuará la próxima semana…

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