La Conjura de Xinúm – XVI

By on noviembre 11, 2021

XIV. Sotuta

Apoyándose en Tihosuco y en Peto, los rebeldes habían extendido sus correrías hacia el oriente y el sur de estas poblaciones. Sin mayor esfuerzo barrían los estorbos que encontraban a su paso. En pocos días batieron e incendiaron Kankabzonot, Cacalchén y San Vicente. De este último rancho sólo la capilla se libró del fuego, gracias al coraje del cura don Petronilo Alcocer que se obstinó en no apartarse del altar. Los rebeldes no se atrevieron a ponerle las manos encima y se alejaron del templo. Más tarde, se apoderaron de las haciendas de Xul y de Santa Fe; y casi en seguida arremetieron contra las villas de Tabi y Tixcacaltuyú, cuyas guarniciones no tuvieron más remedio que rendirse, dejando el campo cubierto de cadáveres y heridos. A la semana siguiente atacaron Yaxcabá, que era plaza fuerte de mucha fama. Al principio, los defensores resistieron a pie firme las embestidas, pero, faltos de municiones para aguantar el sitio, una noche abandonaron la plaza y, a marchas forzadas, se dirigieron a Izamal, a donde llegaron dos días después. De aquí salieron a la mañana siguiente y se concentraron en Sotuta.

Se diría que sólo esto esperaban los rebeldes para sitiar la plaza. La rodearon de trincheras y cortaron los caminos adyacentes, invadiendo los solares vecinos. Pero, contra lo que se temía, no se lanzaron al asalto, tal vez porque tenían la esperanza de que la población se rindiera por falta de recursos. Se contentaron con aislarla dedicándose a devastar los ranchos y las haciendas de los alrededores. Nada escapó a su furia. Tierra quemada parecía ser la norma que habían adoptado. Además, se mantenían alerta para interceptar a las tropas de auxilio que, sin darse cuenta del peligro que corrían, solían aproximarse a la ciudad. En cuanto las sentían a tiro, las batían y les quitaban armas y bastimentos. En menos de quince días Sotuta quedó completamente cercada.

Paso a paso, los indios aproximaban sus trincheras, iniciando ataques aislados, acaso sólo con el objeto de tantear la resistencia del enemigo. En los momentos de tregua, hacían alarmas de ruido y aparato y sus gritos y alaridos se oían a mucha distancia. Días y noches repitieron esta alternativa de agresión y de burla, quebrantando la paciencia y el coraje de los defensores de Sotuta.

Estos estaban seguros de que el asalto definitivo vendría de un momento a otro. Y así fue en efecto; una mañana, antes de que saliera el sol, los rebeldes se presentaron en gran número por el lado norte del pueblo. En lo más sangriento de la batalla aparecieron otros por los caminos de Tixcacaltuyú y Cantamayec, armando el consiguiente bullicio. Pero con ser tan recios sus golpes no lograron abatir la resistencia de los sitiados. De pronto, la lucha tuvo que suspenderse debido a una lluvia torrencial que en un instante todo lo dejó inundado; por ningún sitio se podía transitar; aquí se atascaban los peones; allí los carros y más allá las bestias.

Mas los sitiados, con verdadera audacia, aprovecharon la ocasión para destacar patrullas con el objeto de flanquear la retaguardia de los indios. Su propósito fracasó, pues fueron descubiertas y atacadas con tanto vigor que no tuvieron más recurso que volver sobre sus pasos para no ser aniquiladas. Un corneta de órdenes que se desvió de su camino, enloquecido de espanto, siguió toca que toca en el monte y por horas su clarín se oyó en aquella soledad hasta que, repentinamente, enmudeció.

Al día siguiente llegó la noticia de que los rebeldes solicitaban parlamento para proponer condiciones de paz. El coronel Alberto Morales, jefe de la plaza, aceptó la petición y dispuso que con bandera blanca salieran del cuartel los sacerdotes Juan de la Cruz y José Antonio Monforte. Para impresionar más a los indios -que como es sabido son afectos al boato religioso- dichos sacerdotes avanzaron revestidos con sus más ricos ornamentos y llevando en alto una cruz de plata, cuyas cintas las sostenían dos soldados sin armas y descubiertos. Del campo rebelde salieron cuatro jefes vestidos de gala, con bandas cruzadas sobre el pecho, en señal de autoridad. Despacio se acercaron a los delegados de Morales.

Sin rebasar sus posiciones, los dos grupos se saludaron con reverencia y se pusieron al habla. La entrevista fue breve, pues los indios se limitaron a pedir, como requisitos para concertar la paz, la devolución de las armas que el gobierno les venía decomisando; la entrega de don Antonio Becelis, por ser hombre perverso y cruel; y el retorno, con los honores debidos, de la Virgen de Tabi que la tropa había traído a Sotuta. Conforme a sus instrucciones, los representantes de Morales se concretaron a oír aquellas demandas y, con iguales muestras de cortesía, se despidieron de los indios y volvieron al cuartel.

Morales consideró inaceptables las condiciones propuestas y, acto seguido y previo aviso a los rebeldes, ordenó que se reanudara la lucha.

A la hora convenida, ambos bandos abrieron fuego; y al cabo de dos horas de tiroteo, los rebeldes lograron saltar sus trincheras y, a pecho descubierto, avanzaron hasta los barrios de la ciudad. Los defensores empezaron a ceder terreno, y sólo la presencia de ánimo del jefe de la plaza evitó una desbandada general. Pero ya era imposible levantar el espíritu de aquella gente cansada, exhausta, y sin esperanza de recibir ayuda de ninguna especie. Esa misma tarde hubo un conato de rebelión en el cuartel y varias trincheras fueron abandonadas. Dos días después, al despuntar la aurora, la tropa rompió el cerco y se refugió en Hocabá.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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