Historia de un lunes – LVI

By on febrero 25, 2021

LVI

MANUEL PASOS PENICHE, HUMORISTA

“Al que la burla le dé cólicos, que se

cinche la barriga” – Scarron

El humorismo yucateco perdió a uno de sus más altos paradigmas el 22 de diciembre de 1981, hoy hace diez años. Hablo de Manuel Pasos Peniche, abogado, político, versado en cuestiones henequeneras, pero ante todo hombre de humor, faceta que todos le conocieron. No creo inoportuno hacer unas breves reflexiones acerca de este hombre de espíritu festivo en el Décimo Aniversario de su deceso.

Pasos Peniche era un humorista natural, provisto de la espontaneidad del clásico humor yucateco, virtud que tanto elogió otro humorista que acaba de desaparecer, Marco Aurelio Almazán. No pretendo calibrar en el presente escrito sus luces y sus sombras políticas, ni su erudición en aspectos henequeneros, asuntos que no sé si para bien o para mal ignoro. Aspiro solamente a juzgarlo como hombre burlesco, festivo, irónico y muchas veces sarcástico, que se mofaba de todos empezando consigo mismo.

Habitué de cenáculos intelectuales, de conocidos bares meridanos (el de Chemas(+), el del restaurante del Patio Continental, del Malecón, abigarrado grupo de escritores y periodistas de los que se rodeaba y a quienes consagraba recitales del bueno, del robusto humor yucateco que ha trascendido nuestras fronteras regionales.

Me asombra su repentismo. Junto con Rodolfo Concha Campos, Pedro Rosado Acereto, Jaime Díaz y uno o dos más por allí), lo conceptúo uno de los grandes repentistas yucatecos de este siglo, que aderezaba con una palabra procaz, la cual, sorprendentemente, enriquecía las frases irónicas que lanzaba como dardos envenenados. Lo recuerdo hoy, en su Aniversario, y en verdad lo echo de menos. Era el legítimo humorista que torpedea a quien se lo merezca, afectando una inesperada gravedad. Es fama que los mejores humoristas son los que simulan seriedad al emitir sus bromas. Pasos Peniche era de éstos, aunque muy lejos de conllevar aquella “cara de palo” de Buster Keaton. Su expresión grave la acentuaba con su hábito de usar sus inconfundibles espejuelos.

Su presencia iluminaba de sarcasmo la imprenta del poeta Humberto Lara y Lara, cuyos talleres frecuentaba día a día. Allí, en esa gozosa intimidad con olor a tinta y a papel, no estaba a salvo ninguna reputación, y la historia de Yucatán se reescribía con espíritu antisolemne, enemigo de árboles genealógicos (“si escarbas las raíces aparece la sotana”, solía decir Pasos Peniche) y decrépitas alegorías heráldicas que a nadie le importaban.

No había tiempo que perder. La vida se deslizaba apresurada y había que disfrutar, ignorando las penas, cada minuto de ella. Pasos Peniche, como Goethe, sabía que “solo se vive una vez en la vida” y prodigaba su gozosa ironía sin permitir, para emplear una frase ramplona, “títere con cabeza”. Lo recuerdo bien: era hombre alto, erguido, de gafas. Impoluto en el vestir, de cabello envaselinado y siempre oliendo a lavanda. Sus alegatos con Humberto Lara y Lara son dignos de recordar. Discutían, disputaban sobre cierto punto particular en el que no estaban de acuerdo, blandían el infalible arma del humor y acababan brindando con una cerveza “fría como un desprecio”, según la frase feliz de autor de “Inútil fuga”.

¡Qué mediodías! Qué memorables momentos aquellos donde también se aprendía, porque ahí estaban Clemente López Trujillo, Leopoldo Peniche Vallado, Alfredo Barrera Vásquez, Alberto Cervera Espejo… Cuando arribaba de México solía visitar la imprenta Ricardo López Méndez, el “Vate”.

Persuadido por sus amigos, Pasos Peniche escribió tres libros festivos; el primero, “En el mundo de las frases”, era una recopilación de sentencias célebres que él parafraseaba en forma deliciosa. Luego, entusiasmado, publicó sus dos tomos de la “Historia Regional en Anécdotas Picantes”, en los que seleccionó algunos de sus más chuscos sucedidos ocurridos a él y a sus amigos aquí en la ciudad de México, donde desempeñó el cargo de diputado federal.

El humorismo escrito de Pasos Peniche dio mucho que decir (la edición se agotó rápidamente aunque, en honor a la verdad, nunca superó a su humorismo oral, el espontáneo, el que le brotaba con inimitable soltura en cantinas y en otros sitios públicos. Entonces era el rey de la fiesta, porque iban emergiendo la ironía más punzante o la broma sutil y el más contundente sarcasmo que producía la hilaridad de sus alborozados contertulios. El tiempo, el imbatible tiempo, no había podido con él, hasta entonces.

Un día antes de su impensado fallecimiento (casi en la víspera de la Navidad de 1981), había bromeado con sus amigos de siempre, mientras disfrutaba de una cerveza yucateca. Su cuota del delicioso lúpulo la había reducido por instrucciones médicas. A la mañana siguiente se apagó, como se apagan los astros en el vasto firmamento. La noticia de su deceso me desconcertó. Asistí a su funeral y pude atisbar a un hombre vestido con admirable elegancia en el fondo aterciopelado del bruno catafalco. Lo miré tan tranquilo como si acabara de lanzar alguna chispa de su inigualable ingenio, como si acabara de hacer chunga de algo o de alguien. Sentí de pronto el irreparable silencio de su jocosa voz. Sus contristados amigos, –que eran muchos– merodeaban el ataúd, escépticos de lo que veían. Todos lamentaban su infinita ausencia, su dolorosa ausencia.

Yo, por mi parte, estoy cierto de que volveré a gozar de sus frases cáusticas y de su mordacidad, algún día, no sé dónde, acaso en la eternidad.

(21 de diciembre de 1991)

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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