Federico García Lorca en Cuba

By on agosto 27, 2020

Atisbando Cuba

ALFONSO HIRAM GARCIA ACOSTA

Considero, agradeciendo esta primera foto de Lecuona autografiada, el inicio de mis recuerdos en La Habana, del Gran Teatro de La Habana, que llevó por muchos años el nombre de este insigne poeta español.

He tenido la suerte y privilegio de ver dirigir su gran orquesta a directores amigos, asistir a puestas en escena durante la semana de la Ópera en Cuba, presentaciones de zarzuelas y, desde luego, como invitado de la propia Alicia Alonzo, cuyo nombre engalana el Gran Teatro de La Habana. Asistimos invitados por la propia Alicia a un palco para sus invitados mexicanos y amigos de Mérida: Socorro Cerón Herrera, Isabel Solís y Filia Herrera, las dos primeras directoras de danza en Mérida y Cozumel, y la última hermana de Héctor Herrera “Cholo”, madre de los cantantes que triunfan como “Filio” cada uno.

En esa época éramos funcionarios del INDER, Instituto Nacional del Deporte y la Recreación en México, siendo delegado en Yucatán Víctor Alayola Rosas, y el que escribe fungía como Coordinador del Deporte en Yucatán.

Nuestra primera misión era concertar una cita con el Director del Deporte en Cuba, el olímpico Alberto Juantorena, “El Caballo de Hierro”, para concertar un intercambio deportivo con Socorro Cerón y traer la gimnasia femenil a nuestro país. Ahora se ven los resultados de esa visita al deporte cubano. A Alicia Alonzo se le considera la diva de la danza mundial, por su organización y trascendencia.

Pero ya me aparté de lo principal: atisbar a Federico García Lorca en su estadía en La Habana, con algo de la investigación del musicólogo José Ruiz Elcoro, mi hermano en Cuba, en México y en los Estados Unidos, un talento cultural de la música cubana.

Cubierta del libro “Cuba en Lorca”, de Carlos Ripoll”.

El Gran Teatro de La Habana se llamó durante muchos años Federico García Lorca, y ahora se llama Alicia Alonzo –de la misma dimensión, pero en disciplinas diferentes. Es la sede del Ballet Nacional de Cuba, una de las principales instituciones plurales de la capital cubana, y arquitectónicamente uno de los iconos de la ciudad. El actual edificio fue levantado para acoger la sede del Centro Gallego de La Habana y fue el recinto donde se tocó por primera vez la marcha del Himno gallego.

La foto que antecedo la envió el musicólogo y colaborador del Diario del Sureste, José Ruiz Elcoro, como una primicia del poeta García Lorca, con autógrafo en La Habana, 1930, foto tomada en el Estudio “Rembrandt”.

Elcoro nos dice que es posible que esté dedicada al Dr. José María Chacón y Calvo, quien lo había conocido antes en España, le habló de los hermanos Loynaz y lo estimuló a visitar Cuba.

Tengo varias fotos, desconocidas, inéditas, de Lorca en La Habana junto a importantes músicos en Cuba. No las tengo a mano, nos dice el investigador musical cubano.

 

La rosa.

no buscaba la aurora:

Casi eterna en su ramo

buscaba otra cosa.

La rosa

no buscaba ni ciencia ni sombra:

Confín de carne y sueño

buscaba otra cosa.

La rosa

no buscaba la rosa:

Inmóvil por el cielo

¡Buscaba otra cosa!

Imagínense a un viajero que llega a La Habana, pero no un viajero habitual que desde siempre ha buscado en aquellas tierras su clima, su tabaco y sus mujeres, sino a un enamorado de la obra del poeta español Federico García Lorca. Aquella isla, con forma de caimán, le ofrecerá al viajero, además de sus productos y consignas habituales, una serie de recorridos en los que permanentemente la figura de Lorca aparece y reaparece. Sin duda, La Habana, la ciudad en la que más tiempo permaneció en su estancia cubana, no escatima, después de más de cincuenta años de Revolución, recuerdos del poeta; pero también otras ciudades, sobre todo Santiago, Pinar del Río, el Valle de Viñales, Cienfuegos o Varadero, fueron visitadas por nuestro autor, quien llegó a decir que en Cuba: «pasé los mejores días de mi vida», o en frases que podemos entresacar de cartas a sus padres: «Esta isla es un paraíso. Cuba. Si me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba» o «No olvidéis que en América ser poeta es algo más que ser príncipe».

El viajero lorquiano deberá comenzar su andadura por el barrio de El Vedado, en cuya calle 23, entre I y J –yo viví cerca, en Paseo y 15–, se encontrará con una hermosa estatua del Quijote, precedida por una placa en la que reza lo siguiente: «Porque somos de España en Lorca, en Machado, en Miguel de Cervantes. Porque España es la última mirada del Sol del pueblo nuestro. Porque no hemos nunca medido el tamaño de los molinos de viento y sentimos bajo nuestros talones los de Cervantes.»

El viajero deberá dirigirse a continuación a la calle Calzada entre 14 y 16 con salida por la calle de la Línea, frente al mar, al lado mismo del final del Malecón. Es allí donde encontrará la casa de los Loynaz, lugar donde García Lorca pasó casi todas las tardes de su estancia habanera, entre canciones y charlas sobre literatura. Muy cerca de aquí está el Centro de Estudios Martianos donde puede que aún se conserve un cartel anunciando un homenaje a Federico García Lorca («En un coche de aguas negras: encuentro del poeta y la ciudad»). De aquí, como hacía Lorca con los Loynaz, deberá visitar La Habana Vieja y sentarse en el Templete, en el Bengochea o en el Floridita, lugar este que Hemingway inmortalizó por sus daiquiris, pero si de ser lorquianos se trata, deberá tomarse un whisky con soda. De La Habana Vieja emprenderá su camino hacia el Gran Teatro de La Habana, o también denominado por la mayoría como Teatro García Lorca porque una de sus salas, la principal, lleva su nombre desde 1962. Al lado de este antiguo y bellísimo Centro gallego, convertido en teatro, está el Hotel Inglaterra, en cuyo comedor, situado frente a un parque en el que se divisa una hermosa estatua de José Martí, los intelectuales habaneros ofrecieron una comida de despedida al que consideraban uno de los mejores escritores españoles del momento. El ansioso viajero no podrá, desgraciadamente, conocer el Teatro Principal de la Comedia, donde Lorca dictó sus conferencias, pero sí el hotel La Unión, donde se alojó durante casi tres meses en pleno corazón de La Habana Colonial, entre las calles Cuba y Amargura. También el Hotel Detroit, en la calle Águila, frente a la Paya del Vapor, entre Reina y Dragones, último hotel en el que residió el poeta granadino antes de embarcar hacia España. Las afueras de La HabanaGuanabacoa, Regla, Guanajay o Santa María del Rosario— también fueron visitadas por Federico; pero su lugar preferido eran las playas de Marianao pues, como recordaba Nicolás Guillén, «le gustaba irse en las noches a las “fritas”, a los cafetines de Marianao, donde ya está el Chori, y allí se hizo amigo de treseros y bongoseros»; experiencia esta, la de la playa de Marianao, que será decisiva, como ya veremos, en su interpretación del duende.

Foto firmada con un poema de Lorca, en el Malecón de La Habana, frente al Castillo del Morro, esperando el cañonazo de las ocho. AHGA.

Seguramente, y a pesar de haber pasado más de ochenta años, la impresión del viajero sobre La Habana será la misma que tuvo García Lorca cuando llegó allí procedente de Nueva York. Así lo contó Lorca en su conferencia sobre “Poeta en Nueva York” en el 1933: “Pero el barco se aleja y comienzan a llegar, palma y canela, los perfumes de la América con raíces, la América de Dios, la América española. ¿Pero qué es esto? ¿Otra vez España? ¿Otra vez la Andalucía mundial? Es el amarillo de Cádiz con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez.”

Esta guía lorquiana, que no ofrece ninguna agencia de viajes, nos puede servir, o al menos ese ha sido el propósito, para conocer los lugares frecuentados por García Lorca en la isla. Al haber tenido la suerte de pisar suelo cubano desde Cabo San Antonio en el occidente, hasta Maisí la ciudad más oriental, puedo entender por qué el poeta retrasó su vuelta a España y porqué su estancia en la isla fue tan positiva en relaciones e incluso en producción literaria. A mí, y hay constancia escrita de ello, me ha pasado lo mismo en la isla hermosa del ardiente sol…

Su llegada a La Habana fue un 7 de marzo de 1930 y se prolongó hasta el 12 de junio del mismo año. Su misión era la de dictar unas conferencias invitado por la Sociedad Hispanocubana de Cultura, presidida en aquel tiempo por Fernando Ortiz, uno de los intelectuales más prestigiosos de la isla y principal conocedor de la influencia africana en la misma. A él le dedicará Lorca el único poema donde hay referencias explícitas a Cuba, e implícitamente a su música, el «Son de negros en Cuba». Su amistad con Fernando Ortiz creo que debió de ser muy decisiva para entender la cultura negra cubana y diferenciarla de la norteamericana; y lo más importante, identificarla con la suya: «Y salen los negros —nos sigue diciendo en su conferencia sobre Poeta en Nueva York— con sus ritmos que yo descubro típicos del gran pueblo andaluz, negritos sin drama (para diferenciarlos de los negros norteamericanos) que ponen los ojos en blanco y dicen: “Nosotros somos latinos”». Junto a Fernando Ortiz, debemos recordar a Juan Marinello, fundador de la Revista de Avance y uno de los escritores cubanos que más relación tendrá con el poeta español y quien resaltará que «el nuevo modo, genialmente arbitrario a veces de Federico, levantó en la Cuba de los años 30 el ceño adusto de escritores maduros, presos sin remedio de las maneras transitadas». José María Chacón, activo americanizador de la cultura española, por su parte, acompañará a Lorca a Caibarién y lo presentará a los poetas e intelectuales del lugar.

El escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, que en esos momentos estaba en Cuba, también se dejará llevar por la magia lorquiana y lo calificará como «una leyenda».

El poeta mulato Nicolás Guillén será otro de los escritores cubanos que más impactados quedarán por la figura de Lorca; y estando este en La Habana se publicaron los “Motivos de Son en la sección «Ideales de una raza» del Diario de la Marina el 20 de abril de 1930: obra cargada de osadía y novedad donde Nicolás Guillén trata de amulatar con humor el romance español en un intento de fusionar música y literatura.

Sin duda, por su amistad con Guillén, Lorca leería aquellos «minidramas barrocos» que trataban de acercarse a la cultura y a las costumbres afrocubanas; sin duda, un modo de acercamiento similar al de Lorca con la cultura gitana.

Otros escritores como Alejo Carpentier, Jorge Mañach, Eugenio Florit o Emilio Ballagas, pertenecientes con Marinello y Guillén al grupo de la revista Avance, acogerán también con entusiasmo al poeta. A estos nombres se unen el de los pintores Gabriel García Maroto, Carlos Enríquez y Mariano Miguel, el maestro Pedro San Juan —director de la orquesta filarmónica— o el crítico musical Adolfo Salazar.

Lorca en el mirador de Yumurí, Matanzas, Cuba, 1930.

Mucho más profunda fue su relación con el matrimonio español formado por María Muñoz y Antonio Quevedo, músicos que Lorca conoció por mediación de Manuel de Falla, Federico de Onís y Fernando de los Ríos y como fruto de esta amistad publicará su «Son» en la revista Musicalia dirigida por Quevedo. El «Son» aparece publicado junto a una foto de García Lorca, realizada por el fotógrafo cubano Rembrant, y unas frases muy elogiosas que rezan así: «Tres meses han durado los desposorios paganos de García Lorca con La Habana; poeta y urbe se han comprendido bien y se aman. ¡Qué nazca ahora el romance criollo!». Su relación con estos dos españoles cubanizados le llevó a conocer a numerosos escritores y músicos y «seguramente —como apunta César Leante— ellos lo familiarizan con la música cubana de resonancias africanas».

Sin embargo, desde un punto de vista literario, los hermanos LoynazFlor, Dulce María, Carlos y Manuel Enrique— serán sus principales interlocutores. Muchas tardes pasará García Lorca en compañía de estos músicos y poetas en «mi casa encantada», como le gustaba llamarla el poeta granadino. A raíz de esta gran amistad, a Flor le mandará el manuscrito de “Yerma” y a Carlos Manuel le regalará su pieza teatral “El público”, escrita en su tiempo habanero y finalizada en España en agosto del mismo año. A este respecto quiero sacar a colación una carta escrita por Dulce María y dirigida a su biógrafo, Aldo Martínez Malo, fechada en La Habana el 19 de junio de 1977, en la que la poeta cubana apunta: La obra de Carlos Manuel sí se perdió totalmente; se perdió con un drama de García Lorca que este le había dedicado, “El público”, del que ahora se habla tanto, pero le aseguro que no valía la pena. Probablemente el que dicen haber aparecido en Nueva York es apócrifo, lo que nos hace pensar en la existencia de varios borradores, divergentes entre sí, de la citada obra teatral.

La relación de Lorca con los Loynaz se centró sobre todo en Flor y en Enrique; no tanto en Dulce María, que sí llegaría a ser conocida como poeta y ganadora del Premio Miguel de Cervantes en 1992: Dulce María Loynaz no coincidía en sus gustos poéticos con el poeta granadino; y en una carta a Aldo Martínez explica: «Lorca nunca escribió sobre mí. Los poetas no son aficionados a escribir sobre otros poetas y además no estimaba mucho mi poesía, sino la de Enrique»; Lorca dejó una huella profunda en su vida, no así en su poesía.

Hasta aquí por hoy, en esta primera parte sobre “Lorca en Cuba”, con nuestro agradecimiento a José Ruiz Elcoro, por darnos el pie con sus letras y fotografías de Archivos: Elcoro y AHGA.

Agradezco especialmente a la investigadora Carmen Alemany Bay, de la Universidad de Alicante en España, cuyas crónicas sobre Lorca me ha brindado un cúmulo de conocimientos que darán para una segunda parte, para poder seguir escribiendo sobre “Lorca en Cuba”, adobándolos con mis recuerdos de tantos viajes a la Antilla Mayor, para seguir atisbando la huella Lorquiana en la cara bonita de la isla: SU CULTURA.

”Historia de una pasión” FEDERICO GARCÍA LORCA en Cuba. 1930.

Fuentes

https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Teatro_de_La_Habana

https://cvc.cervantes.es/literatura/lorca_america/lorca_cuba.htm

Archivo ELCORO – AHGA

Continuará la próxima semana…

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