Cura de Pueblo – II

By on abril 15, 2021

II

EL MORO SE LES FUE

Por aquellos años, Cuautla de Amilpas ni siquiera figuraba en el mapa. ¿Pa’ qué, pues? Si nomás era una calle larga de casas de un piso, una iglesia y un convento y párenle de contar. Hasta que llegó mi general Morelos, con sus tres mil chinacos, y se quedó a defender la plaza contra Calleja, con sus siete mil chaquetas

La batalla se inició el 19 de febrero de 1812, y durante varias horas todo fue un puro avanzar y retroceder por parte de ambos bandos, hasta que Calleja se convenció de que aquel era un hueso bien duro de roer y mejor se retiró, dejando tirados doscientos cadáveres frente a nuestras líneas, como si en vez de cristianos fueran basura.

En cuanto llegó a su campamento, pensando en cómo justificar su fracaso, el argüendero aquél le mandó un mensaje al virrey Venegas, inventándole que en aquella plaza habíamos doce mil patanes decididos a morir antes que rendirnos. Así que mejor sugería ponerle cerco al lugar. ¡Total, aquello no duraba arriba de una semana!

Mientras tanto el padre Morelos, hecho un mar de contento, iba y venía, ocupado en organizarnos un baile pa’ celebrar nuestro primer triunfo. Pero aun así se dio tiempo para dictar una carta y entregársela a Goyo con la orden de ir a caballo con bandera blanca, entregársela al Calleja y retirarse cuanto antes, sin esperar respuesta.

Cuando vio venir a aquel mensajero, Calleja se sintió más que satisfecho. ¡Claro! ¿A poco los guarachudos esos iban a querer enfrentarse al mejor militar que había pisado las Américas? ¡Era de esperarse cuando tenían por comandante a un cura de pueblo que en algún momento de delirio llegó a sentirse general!

Pero aquel gusto, en cuanto leyó la misiva, se le convirtió en un espantoso retortijón, porque ya de antiguo sufría de ataque de bilis. Tuvo que tomar una taza tras otra de té de tila, durante horas, para bajar el dolor, porque el mensaje era una maloreada del general Morelos, y en realidad iba dirigido a los criollos que andaban en el ejército realista.

En ese pliego de papel, el señor Morelos no los bajaba de traidores. ¿Pos qué andaban haciendo defendiendo intereses gachupines siendo ellos americanos? Mejor los convidaba a desertar y unirse a su bando.

En cuanto Calleja pudo menearse, ordenó un ataque brutal sobre Cuautla. Cuatro días y sus noches de bombardeo. Con los primeros cañonazos, la gente corría enloquecida, entre la desesperación y el terror. Pero como vieron que al Jefe no se le movían ni las cejas, y que no se mudaba de la casita que tenía de cuartel desde que llegó, poquito a poco le bajaron al pánico.

Y para ayudarnos, mi general Morelos le ordenó a Galeana que por cada bomba que cayera tocara las campanas a fiesta, para que aquellos zonzos realistas entendieran que no por unos cuantos tiritos los insurgentes nos íbamos a rendir. También le pidió a don Nicolás Bravo que sacara todo el aguardiente de la tropa y nos lo repartiera, para levantarnos el ánimo.

¡Bueno! Aquello se convirtió en un fiestononón en el que había cuetes –que ponían los realistas–, música, baile –en el que Morelos no se perdió ni una pieza, danzando con todas las señoras que asistieron– y sobre todo risas, carcajadas plenas –que poníamos nosotros–, y toda aquella algarabía era como cientos de dardos envenenados que llegaban volando hasta las trincheras enemigas.

El caribe del Calleja, muerto de rabia, le escribió a Venegas que aquel párroco infame era un segundo Mahoma que les prometía a sus fieles los goces del paraíso en esta vida y en la otra. Y si no, nomás había que ver las pachangas que cada día se celebraban en Cuautla.

Esto se supo por toda la Nueva España, y de inmediato la gente empezó a llamar el Moro a mi general Morelos, aparte de los otros apodos que ya tenía. Pero Calleja no era de los que creen que las palabras causan daño, así que ordenó cortar todas las entradas de agua a Cuautla.

A los pocos días, yo vide con mis propios ojos animales y cristianos corriendo enloquecidos de sed por las calles. Entonces ordenó mi general Morelos:

–Señor Galena, es imperativo que tome usted el reducto de Juchitengo y que lo sostenga ¡a cualquier costo!

Tata Gildo, a quien todos veíamos como a un abuelo, era tan hombre que ni chistó, con todo y que aquella orden era como mandarlo a la muerte. Así que se fueron él y sus mulatos, y mientras unos disparaban, otros, en medio de la balacera, iban echando hileras de adobe y capas de argamasa.

Para la nochecita ya habían levantado un torreón al que no se acercaban ni los conejos, porque los mulatos de don Hermenegildo, a punta de disparos, lo impedían. Y el agua regresó a Cuautla y allí se quedó, hasta el final del sitio.

Entonces Calleja le apostó al hambre, porque supuso que se nos tenía que acabar a comida… ¡Y se nos acabó cómo de que no!

Pero no contaba con nuestra terquedad… Empezamos devorando yerbajos, lagartijas, ratones, perros, gatos, y al final, muy despacito, dejando los de los comandantes pa’ lo que se ofreciera, le dimos mate a los caballos.

Cuando ya no hubo nada que comer, en las calles resquebrajadas por los cañonazos pusimos peroles de agua hirviendo en los que echamos cinturones, botas y guarniciones de espadas, pa’ ablandar el cuero y poder mascarlas.

Los de Calleja también andaban hambreados, porque los convoyes de bastimento tardaban un chorro en llegar desde la capital y a veces ¡ni llegaban! Porque otros insurgentes los atacaban en el camino y les quitaban la comida.

Así que los dos ejércitos enflacábamos a ojos vistas y hasta el señor Morelos, que siempre tuvo muy buen diente, por aquellos días se veía esbeltito, esbeltito, a pesar de lo cual andaba por allí con la sonrisa de oreja a oreja, ideando tanteadas y fiestas.

Pero luego cayó sobre Cuautla una terrible maldición: la peste de tifo. La iglesia de San Diego, que usábamos de hospital, cerró sus puertas porque ya no le cabía ni un alfiler. Y entonces los enfermos andaban trastabillando por la calle, como borrachos, y caían muertos en cualquier sitio.

A los soldados realistas tampoco les iba mejor. Con las lluvias, se desató en su campamento una epidemia de disentería, los traía corriendo a cada rato detrás de los matorrales, pa’ hacer de las aguas mayores.

Como a mi general nada se le iba, se dio cuenta y sonriendo maliciosamente me mandó llamar:

–Señor tambor, va usted a tocar a Generala.

Pos la mera verdad que a mí se me fruncieron… y, hasta donde vi, a los comandantes también. Porque tocar a Generala era tocar a atacar con todo… y pos así como andábamos de enfermos y hambreados…

–¿Ahora, mi general? –le contesté con la voz hasta temblona.

–Ahora y cuando se le pegue la gana, chamaco… Sobre todo de madrugada y en distintos puntos. Mejor aún si averigua dónde duerme Calleja y toca por ese rumbo.

Y frente la cara de zonzos que pusimos todos, nos explicó muy contento.

–Se trata de destantearlos, de que nunca sepan cuándo los vamos a atacar de a de veras.

Así que las siguientes semanas, los soldados realistas se la pasaron montando a caballo pa’ repeler el ataque que nunca llegaba, desmontando al poco rato, pa’ correr al matorral antes de que les ganara diarrea.

Aquello era ya un infierno para los dos bandos y, después de anunciarle al virrey Venegas que levantaría el sitio en cualquier momento, que dizque porque él y sus hombres ‘taban graves de lo enfermos casi como pa’ no dejar qué decir, el primero de mayo le mandó un último mensajero al señor cura, conminándonos a rendirnos.

El mensajero enemigo, que era todo pellejo sobre los huesos, lo mesmo que su caballo, le entregó la misiva al General Morelos y esperó a que terminara de leerla.

–Tiene cuatro horas para contestar –le dijo.

No las necesito ¡Pluma! –le gritó a su ordenanza. Y en el dorso de la hoja escribió la respuesta. Dobló la hoja y la devolvió al correo, que se alejó galopando.

Los comandantes se acercaron de inmediato para enterarse del chisme.

–Calleja nos ofrecía el indulto a usted, señor Galeana; a usted, señor Bravo, y a mí, siempre y cuando le entreguemos la plaza hoy mismo.

– ¡Ahhhhh! ¿Y qué le contestó, mi general?

–Pos qué va a ser. ¡Que le concedo la misma gracia a él y a los suyos! ¡Les perdono la vida si se rinden hoy mismo!

¡Pos claro, qué se creían! Aunque estuviéramos cansados, hambrientos y enfermos, mi general Morelos no era de los que se rendían y nosotros ¡tampoco!

Pero a setenta y dos días de sitio, lo único que nos quedaba era romper el cerco.

Al anochecer se tocaron las campanas para llamar a la gente a la plaza.

–Nunca antes –dijo el general– se le había pedido tanto a un pueblo y éste había respondido con tanta generosidad. Pero este sacrificio debe cesar. Por eso, ahora mismo ¡vamos a romper el cerco! Los invito a unírsenos. A los que se quedan… les dejo mi corazón, pero a todos les pido lo mismo: silencio absoluto. Porque vamos a intentar lo que el enemigo jamás sospecharía. Aprovechando que hay luna nueva y la oscuridad es total, nos vamos a escurrir en medio de ellos, como gatos, encomendándonos a la Virgen de Guadalupe para poder escapar.

A una señal suya de sable, callados, iniciamos la marcha. Ya casi habíamos dejado atrás al enemigo, y apenas quedaba por pasar la retaguardia, cuando alguien tropezó y se le disparó la pistola. Los gachupos se nos fueron encima como enjambre de abejas enfurecidas.

Pero nosotros, que sabíamos que esta vez no era de pelear, sino de pelarse, nos dispersamos como lagartijas, escapándonos la mayoría.

Calleja se quedó revolcándose en su propia bilis. Ni siquiera quiso entrar a Cuautla para no ver las ruinas que había dejado tras de sí aquel moro infame.

Eso sí, le ordenó a su segundo que buscara hasta por debajo de las piedras al tambor que los había tenido destanteados varias semanas. Quería fusilarme él mismo. Claro que a mí no me vieron ni el polvo, porque me había fugado con mi general Morelos.

Cuando el amargoso aquel regresó a la capital, a pesar del desfile que se organizó para hacerle una entrada triunfal, el recibimiento de los ciudadanos fue bien tibio, porque el recuerdo risueño de mi general Morelos lo opacó. Por otro lado, el militar español se encontró con un nuevo motivo de berrinche. Resulta que unos comediantes del teatro principal habían puesto de moda un diálogo, que la gente recitaba alegremente por todos lados:

– Aquí les traigo el turbante del moro que atrapé.

–¡Ah! ¿Y el moro?

–¿Ese?… ¡Ese se fue!

Laura Rivas

Continuará la próxima semana…

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