Corona de la luna

By on octubre 27, 2022

Letras

José Juan Cervera

El sur de Yucatán guarda experiencias colectivas de gran importancia. La villa de Peto ejemplifica una dinámica singular del orden de vida comunitario, tal como manifiesta el libro Semblanza histórica de Peto (Mérida, Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarios, 2004) de Luis Arturo Rodríguez Sabido, cronista de dicho municipio. Es un estudio monográfico que satisface la demanda de información básica de sus pobladores y pone a la vista de quienes habitan otros espacios los procesos de variación de hechos y costumbres portadores del sentido esencial de un lugar cuya relativa lejanía de la capital del estado puede inspirar extrañeza y desapego, pero que alimenta el cometido latente de tejer lazos de afinidad y de comprensión mutua.

Quien haya nacido fuera de su suelo o de sus inmediaciones buscará motivos para interesarse en un municipio del que apenas ha de tener nociones vagas. Apreciará cualquier referencia estructurada en torno de prácticas y significados cuyo conocimiento permita ponderar lo inmediato y lo remoto, lo que se palpa en primera instancia o se observa de manera indirecta; éste es el camino que lleva a valorar los contrastes de la identidad cultural de un pueblo frente a otros, y mueve a concebir los caracteres de un grupo humano que muestra distintas formas de asumir los retos de todos los días con los recursos a su alcance.

La toponimia de Peto se traduce como “corona de la luna”, de acuerdo con una de sus acepciones admitidas con mayor frecuencia. Es una población cuya historia se asocia con la llamada Guerra de Castas, pero en época previa constituyó la parcialidad de un señorío prehispánico, y luego un lugar de encomienda, figura institucional que acentuó el despojo implantado con la presencia de conquistadores europeos.

Esta villa modificó notablemente sus actividades habituales con la llegada del ferrocarril, pasando por diversas formas productivas que abarcaron, cada cual en su momento, los cultivos de azúcar, de henequén y de especies frutales, así como la extracción de resina de chicozapote en las selvas quintanarroenses, labor que repercutió entre sus vecinos, porque para realizarla se alistaron trabajadores un tanto improvisados si se les compara con los que provenían de otros puntos del territorio nacional.

El libro registra también la presencia de misioneros de la congregación estadunidense de Maryknoll, la cual se extendió por varias décadas y se manifestó incluso en hechos tan concretos como el auge del baloncesto entre los moradores del lugar y el apoyo entusiasta a los primeros que emigraron al vecino país del norte para aumentar sus ingresos económicos, hasta constituir una abundante comunidad de yucatecos en los Estados Unidos de América.

Las creencias tradicionales, las costumbres generalizadas y las festividades religiosas y civiles han contribuido a conformar el sentido de pertenencia de una población que resulta singular por muchos motivos; uno de ellos el que sentencia la frase “negocio de Peto”, que muchos yucatecos emplean para referirse a un espíritu de empresa fallido y contraproducente, cuyo origen explica el autor valiéndose de conjeturas extraídas de las versiones que aporta la oralidad del pueblo, rememorando como su inspirador a un comerciante foráneo que llegó a la villa cuando ésta era poco accesible, y perdió en ella el dinero invertido en su mercancía.

Obras como ésta incitan a revalorar el esfuerzo de los cronistas comunitarios que, pese a las desventajas materiales que enfrentan y a la relativa indiferencia con que suelen recibirse sus acciones, buscan canales de expresión para formar parte activa de los procesos que fraguan los contenidos de la memoria histórica y del diálogo intercultural.

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