Y nunca de su corazón(XXXI)

By on julio 11, 2019

XXXI

TODO SE LEVANTÓ EN EL ACTA

El hombre puso en el suelo su sombrero de “huano”, frito en la herrumbre de añejos sudores, y se aproximó con pasos menudos a la mesa del juez de la localidad. Saludó con un “bons días, tat” y comenzó, sin más, a exponer su queja.

–Vengo a decirte –tuteaba por naturaleza y sin malicia– que mi mujer se huyó con Ponciano K’antún ayer tarde, cuando ya estaba cerrado este juzgado. Cuando regresé de mi trabajo en la milpa, mi mujer ya no estaba en mi casa. Ponciano K’antún la robó. Ese que mandaron de presidente del concejo municipal.

–¿Y cómo sabes…? –comenzó a inquirir el funcionario–. Pero, ante todo, ¿cómo te llamas?

–Mi nombre, “tat”, es Eusebio Uicab. Us Uicab me dicen, hijo del difunto de mi papá Crisanto Uicab, que se murió cuando se desbocaron las mulas de su carreta y las ruedas pasaron encima de su cuerpo.

–¡Ah sí! Me acuerdo. Ese día tu papá, como siempre, estaba borracho.

–¡Chismes de la gente, “tat”! Mi papá estaba en su sano juicio cuando se desbocaron sus mulas. Su “carretilla” llevaba siete pacas de sosquil. Eso no es moco de pavo para que lo aguante su cuerpo de uno. El pobre de mi papá murió majado por las ruedas de su carreta. Sólo, sí, levantaron en el acta que estaba borracho. Para que no le den ni un centavo a mi linda madre por la muerte del difunto de su marido. Así lo arregló con el hacendado ese tal Lol Chac que era presidente municipal antes de que venga en su lugar Ponciano K’antún, mandado por el señor gobernador. Ese sinvergüenza del juez que estaba antes que tú, “tat”, lo puso todo en el acta como le dio la gana a Lol Chac. Dicen que le dieron dinero por el hacendado. De seguro que sí.

–Bueno, hombre, bueno…. –cortó el juez mixto menor–. Dime ¿y cómo sabes, cristiano, que tu mujer se fugó con el presidente del consejo municipal?

–Lo sé, “tat”, porque me lo dijeron mis vecinos. Vieron cuando salían de mi casa con un envoltorio. De seguro el envoltorio de su ropa de ella. Y a Ponciano K’antún lo vieron con su sombrero de político y el bollo de su revólver en su nalga, debajo de su chamarra.

–¡Ajá! ¿Y qué quieres que yo haga, “chan Us”? –dijo el juez con arrugas de malicia en la cara, invitando al quejoso a la resignación.

–Lo que quiero que hagas, “tat”, es que levantes mi queja en un acta. Que escribas en un papel donde digas lo que me pasa.

No es raro que el hombre maya, cuando se hace bilingüe, chapurree el castellano, porque lo habla pensando en su idioma materno. Así es que no da tratamiento alguno y su sintaxis adolece de los vicios de una traducción literal del maya al español.

Si el juez hubiera sabido el idioma aborigen, él y el quejoso se entenderían mejor, y sabría que le estaban tratando como se trata a un padre, diciéndole “tat”, equivalente respetuoso, aunque llano, de papá y que ahora se traduce por “señor”.

–Oye, “chan Us”, ¿tienes testigos de lo que dices? –el funcionario, no obstante su ignorancia del idioma maya, conocía algunas palabras del mismo, ésas que han tomado carta de naturalización en el español que se habla en Yucatán pero, o no sabía usarlas en su correcta acepción, o malévolamente, al menos en el presente caso, le estaba atribuyendo un significado despectivo al adjetivo “chan” que, antepuesto a un nombre, hace un diminutivo cariñoso.

–Los tengo, “tat” –se apresuró a responder Uicab–. ¿Pues no ya te dije que todo lo vieron mis vecinos? Mi mujer y Ponciano salieron de mi casa con un envoltorio. Como cuando yo la robé y vino en mi poder y me casaron con ella. Si quieres, “tat”, voy a buscar a mis vecinos a que te vengan y te digan la verdad de todo lo que te vine a decir.

El juez se quitó el lápiz que llevaba a caballo en el surco de la oreja derecha y se lo puso en la boca. Era señal de que necesitaba meditar. Porque cuando aprisionaba entre los dientes la goma del lápiz y hacía girar hacia arriba sus globos oculares, para ponerlos en blanco, mirando sin ver, sobre sus anteojos, podía asegurarse que el caso en turno era peliagudo. Y claro, tenía que serlo ya que, no obstante la decantada independencia de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, quieras que no, Ponciano K’antún, Presidente del Concejo Municipal de Yalajau, era su jefe. Su jefe y el más destacado y peligroso, por otra parte, de esos triunviros que el gobernador envía a regir los destinos de un poblado, cuando el congreso local decreta la desaparición de un ayuntamiento, sin más trámite que la dichosa coyuntura de complacer al “ejecutivo”. Con lo cual el remedio resulta peor que la enfermedad.

–Está bien, “chan Us” –dijo al cabo de un rato el funcionario judicial, mientras hacía volver el lápiz, cómplice en el pensar, a la montura de la oreja y miraba al quejoso con rencor de burócrata perturbado en su molicie, a la vez que recitaba su decisión–. Tráeme a tus testigos y levantaré el acta.

–Pero yo, “tat”, no me voy a conformar con que todo lo levantes en el acta. Tienes que decretar la formal prisión de mi mujer y de ese hombre que la robó. A mi mujer tienes que “depositarla” en su casa de algún señor de respeto. Y a K’antún…

–Eso ya lo veremos cuando “depongan los testigos”.

En la comarca deponer se acepta como vomitar unas veces y otras como evacuar. No obstante, con un “ajá” de conformidad, se volvió para retirarse, no sin retirar su propósito con estas palabras:

–Ya me voy, “tat”. Voy a buscar a mis testigos para que vengan y hagan eso que acabas de decir.

Y haciendo una genuflexión al pasar junto a su sombrero, recogió la prenda y se fue mascullando palabras ininteligibles.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

 

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