Y nunca de su corazón (XXIII)

By on mayo 17, 2019

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EL ABRAZO

Continuación…

Timot Can, con marcha tambaleante, caminaba el primero murmurando palabras sin sentido. Cosas sobre la quimera del agua en el camino. En su camino. En todos los caminos del Mayab, cuando el sol prende su lumbre sobre lo vivo y lo muerto. Cuando es llegado el tiempo de que lo vivo sea muerto por el sol y el agua es solo vana esperanza en la sequía. Y ahora, cada vez que Timot Can avizoraba, en el claroscuro de su embriaguez, el espejismo del agua, pretendía en vano acelerar el paso. Su paso de ebrio del alcohol reciente y del de todos los días, crónico desde mucho. Paso endeble de hombre ya comido de la pelagra también, que no sabe hasta dónde hay que levantar los pies ni con qué fuerza hay que poner las plantas en el suelo. Sería por el alcohol o por la pelagra, pero así era. Su intento de apresurar la marcha era sólo para hacer mayores eses y dar traspiés y detenerse a guardar el equilibrio y talonear sin compás y pisar unas veces con mayor ruido que otras, sin ritmo, sin el chas chas isócrono de sus alpargatas en el polvo suelto de la senda.

Si hubiera llevado a cuestas una verdadera carga de leña, hubiese sucumbido bajo su peso. Pero cargaba tan sólo un miserable atado de palos secos, retorcidos y espinosos, recogidos de aquí y de allá, junto a la cerca rústica de los sembrados, hecha con los arbustos del desmonte antiguo. Ya no tenía Timot ni fuerzas para leñar. Ni vergüenza para avergonzarse de que su hija hiciera el trabajo de la milpa y se internase en los montes vecinos en busca del árbol de “catzín”, de parada entraña, resinoso de olores y chisporroteante cuando arde; del “chucún” de roja madera, lo menos a que puede aspirar un buen leñador. Nada. Sh-Madal trabajaba mientras él dormía su borrachera, resguardado del sol en el “pazel”, o cantaba a la sombra con lamentos y gemidos lastimeros.

Era más bien por hábito que llevaba alguna carga a cuestas de regreso a su choza. Y su carga era el producto de ese descansado recoger pequeñas ramas secas, retorcidas, abandonadas por los leñadores como desechos, trabajo propio de mujeres y de niños.

Timot comenzó a hablar en voz alta. Consigo mismo a ratos. Dirigiéndose a su hija a veces, otros. Esa “puñatera” de sh-Elut que se había largado con el jodido de Tran, “hijo del sexo desgarrado de su madre”. Y que se había llevado a su hijo, a quien soñó ponerle un nombre bonito, como hace la gente de Mérida. Al que iba a ponerle, si era mujer, Beberli Deisi del Socorro; si nacía hombre: William Timoteo de los Reyes, para que lo llamaran Reyes. Reyes Can. Cobá por la madre. Reyes Can Cobá. Reyes a secas. Rey con cariño. Al que iba a comprar, si era hombre, un par que alpargatitas cruzadas con rechinido para cuando empezara a caminar. Y un “hipilito” de hilo contado si nacía hembra. Y a Eleuteria su premio por haberle dado otro hijo: su “gala” igual que en la “vaquería”, cuando zapateaba la “jarana” de tres por cuatro y dejaba su pie en el aire un ratito, como si ya no pesara nada y se fuera a caer de repente para majar su otro pie; su gala sería un terno de “burato” blanco, bordado de seda, mas que sea a máquina, si no alcanzaba para otro mejor, con su cuello y su tira de “shocbí chuy”. Un terno con docenas de alforzas y el fustán con su orilla de encaje doble ancho. Y un lazo de cinta colorada, así tamañote, para su peinado. Y sus zapatos de charol negro brillante y hasta unos zapatos del diario. Tal vez no alcanzara a comprarle cadena de rosario de oro con cuentas de cocoyol. Porque de filigrana … ¡Jay diosén! Eso fue en otro tiempo.

Todo eso le iba a comprar para cuando le dieran a uno su dividendo del ejido. El dividendo de mil novecientos cincuenta y dos. Pero los fregados esos de los políticos no dieron dividendo ese año. Y así no pudo comprar nada. Se lo robaron ésos de arriba, en el año en que llegó de México un señor a dar su título de propiedad del ejido a toda la gente. En el año en que los habían engañado. Una vez más. Como siempre. Como ese engaño y esa mentira del agua en el camino de uno, que se desaparece cuando uno se acerca; y se hace chiquitito y se va cuando uno se cree que se va a mojar “su” pies en el agua que parece que es, pero que no hay. Y él que no sabía que sh-Elut lo engañaba y tenía sus “qué veres” con ese sinvergüenza de su compadre Tran Pisté. Ese hijo de la…. Con razón se congraciaba con él….

Y Timot caminaba trabajosamente bajo el peso de su borrachera, más que de los escasos palos secos que llevaba. Y seguía hablando. Habloteando de cosas que pasaban por la mente de sh-Madal como sucesos lejanos. Cosas de ayer. De cuando el padre llegaba a la casa, temprano, a las once, a las diez o a las nueve a veces, después de haber trabajado en el ejido. Casi siempre llevaba saludos para Eleuteria. Los del compadre Tránsito Pisté. Presidente de Comisariado Ejidal de Xajal. Cuando Timot, después de refrescarse en la hamaca, meciéndose con leves patadas de uno de sus pies, salía a jalar agua del pozo para su baño tras el brocal. Y venía después a agacharse a la sombra del zaramullo donde estaba la batea en la que sh-Elut lavaba, cantando aquella “jarana” de tres por cuatro que tanto le gustaba a Timot:

“Palomita blanca que en el campo vuelas / si me hicieras un favor: / de llevárle esta carta a mi amado / y decirle que allí va mi amoooor. / Y después que l’haigas llevado / esperas la contestación / para ver si siempre me quiere / o si no me muero de amoooor”.

Los sábados, día de pago en el ejido, Timot llegaba con una raya increíble, como si hubiera trabajado dos semanas en una sola. Y comentaba con sh-Elut, riendo los dos picarescamente, las pillerías que arreglaba su compadre Tránsito Pisté con el encargado de la planta de Xajal y con el pagador que venía de Mérida. En ocasiones Timot, que había festejado el reparto sabatino, se ponía a zapatear, complaciéndose en marcar la patada cuando sh-Elut recalcaba las notas y daba un recio acento a ciertas sílabas de su canto.

Bien que recordaba todo eso Madal, que caminaba en pos de su padre con el paso menudo de su fatiga y su acezar cansino de perro acalorado.

Timot iba por delante, arredrado por la hija. Así los vieron marchar muchos que se cruzaron con ellos o que los rebasaron en corto trecho. Los más pasaron en silencio, mirándolos, si acaso, de reojo. Los que los conocían se limitaron a murmurar: ¡Caláam! – que quiere decir: ¡Está borracho!

El paso de una carreta cargada con rollos de pencas, y que llenaba el camino a todo lo ancho, obligó a la pareja a internarse entre los arbustos de la cuneta. Allí, a la sombra escasa de las ramas espinosas, Timot se derrumbó. Se dejó caer con su carga de palos secos. Lo había vencido el alcohol, la lumbre quemante de los cielos, el ardor de la tierra. Su propia debilidad. Tirado sobre la maleza, rompió a cantar con un lamento extraño y doliente. Con algo que era más bien una queja prolongada y sin fin. Un quejido que no parecía salir de su garganta, sino venir de muy lejos, como un eco del pasado doloroso de su raza. Un canto triste hecho de lamentaciones por el presente amargo y sin remedio. Una invocación que a la vez imprecara. Una reptante melodía monótona, bordada en dos o tres notas de la escala. Una especie de canto llano, pero herético y blasfemo, salpicado de palabras soeces –las que podían descifrarse–, todo él hecho de sones lúgubres de voces de rebeldía y lamentos de sumisión, de mansedumbre y fatalismo. De no resistencia al mal. Era el canto del indio dolido cuando está borracho. Canto que parece venir de lejos, de muy lejos, de todo lo lejos que es su antigua esclavitud y que es inmemorial su dolor y viejo antañón su sufrimiento. El canto de su raza. Más bien el de su raza como clase que trabaja y sufre en espera de la muerte.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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