Y nunca de su corazón (XXII)

By on mayo 9, 2019

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EL ABRAZO

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Había remedos de charcos en la mitad del camino, franjas de través, a lo lejos, con brillo de tierra mojada e imágenes espejeantes que vibraban con la reverberación, a flor de tierra, en el bajo aire ardoroso: mentirosos espejismos que hacía la luz, pasado el mediodía, en medio del camino.

Timoteo Can estaba curado de tales ficciones en los caminos del Mayab, cuando el sol arde sobre la piedra y calcina todo lo vivo y lo muerto y lo que está en trance de morir: los hombres, los árboles, las bestias. Todo.

No obstante, cada vez que Timot Can alcanzaba a divisar el espectro del agua, lejos, sobre el camino, sentía ganas de que aquella ficción, ahora sí, fuera agua de verdad. Agua. Aguardiente. Licor fuerte, recio, estrujante, del que raspa. Mistela o amargo, verdín de yerbabuena, ron de cáscara de naranja o “manchado”, para apagar su sed en el charco embustero de licor.

Nunca, sin embargo, se había creído de tales espejismos. Sabía que a medida que se acercara a ellos se harían más borrosos, menos espejeantes, más pequeños, hasta desaparecer, para surgir otra vez, uno o varios, siempre lejos, sin esperanza de alcanzarlos. Y, a pesar de eso, nunca como ahora había tenido ganas de darles alcance y sorprender su apariencia mentirosa, de llegar a tiempo para mitigar su sed en el primer charco quimérico antes de que se esfumara. Charcos embusteros de licor, de humedad, de frescura y de esperanza.

Su sed. Esa sed que lo devoraba siempre. ¿Y si fuera agua? ¿Y si fuera agua de verdad? ¿Y si en vez de eso fuera aguardiente? Estaba loco. Borracho de mistela. Desde mucho, más que nunca, como antes, siempre. Desde que Eleuteria Cobá, su mujer, “se huyó” para ir a entregar su cuerpo hermoso al apetito de Tran, de Tránsito Pisté, ese “hijo del sexo desgarrado de su madre” del Presidente del Comisariado Ejidal de Xajal.

A ratos, Timot Can se volvía, trabajosamente, dando traspiés, a sh-Madal, su hija Magdalena, para preguntar como un alucinado, con un dejo de sumisa dulzura en la voz, con un canto con tremor de culpa por la sinrazón de su pregunta:

–¿Mas si no que es agua, hija?

Sh-Madal, catorce años detenidos en un cuerpo de diez, se quedaba mirándolo con susto desde lo profundo de sus ojos marchitos, remansados en las cuencas sin luz de sus ojeras. No era raro que su padre viniera diciendo tonterías de tiempo atrás. Cosas raras. Demasiado raras. Extrañas. Extravagantes. Sin sentido. Desde que se dio a la bebida y redobló su crónica embriaguez. Desde que sh-Elut huyó con Tran llevándose al hijo recién nacido.

Cierto que ahora estaba más borracho que de costumbre. Había vaciado su media botella de “ron manchao”. Bebió desde que salieron de su choza, en la madrugada, camino de la milpa, bajo el guiño de las estrellas pálidas de humedad. Lo mismo que cuando salía otras veces Timot solo, no tan temprano sin embargo, hacia el Ejido de Xajal, al corte de pencas o al chapeo, según. Cuando le tocaba porque, cuando no, iba a su milpa.

Y hoy, como ya era costumbre, no había querido comer. Y se había negado a beber “pozole”, ése que por ahí de las nueve, cuando el sol estaba ya alto y comenzaba a quemar, la muchacha había desleído en una jícara, usando agua del calabazo, con sus pobres manos huesudas, erisipeladas de aquella cosa fea que le desollaba el dorso de las manos y antebrazos y hasta más arriba. Y los codos arrugados. Y el empeine de los pies hinchados, con la marca en surcos de las sogas de las alpargatas. Y sus tobillos y las cenizas pantorrillas, de muerta opacidad, que no recordaba desde cuándo también habían comenzado a hincharse. Lo mismo que su cara, con eso que llaman “mala enfermedad de los chiquitos” o “culebrilla”: la pelagra.

–¿Agua, mas si no, hija? –volvía a ratos Timot con su extraña pregunta, deteniéndose, sin virar a ver. Cierto que estaba borracho como siempre. Pero él no quería agua.

–Si quiera que sea mistela –añadía Timot, riendo como un tonto, con risita a trancos de su boca con sed. Risa de quien parece estar burlándose de sí mismo porque se sepa diciendo tonterías.

Sacó la botella vacía de la pretina de sus calzones, bajó la cortina del delantal de cotín, sucio y remendado, como nunca se viera en él, desde que sh-Elut se marchó llevándose el fruto de su adulterio. A vivir con ese “puñatero” y sinvergüenza de Tránsito Pisté, el padrino de “chan sh-Madal”, su compadre traicionero. El padre del “chiquito” que tuvo sh-Elut, la mujer que lo hizo vivir ilusionado al contemplarla dando otros hijos, aparte los tres o cuatro que murieron. No recordaba ya cuántos…

Timoteo embocó la botella vacía en un vano intento de succionarle un residuo inexistente. De traerle quizá las pocas gotas embarradas dentro. Pero ni eso. Si acaso el olor.

–Vamos, “tat”. Ya está muy caliente el sol.

Madal le hablaba con timidez, casi casi con miedo. Y era por respeto. Ese doliente respeto pávido hacia un padre en quien la embriaguez es un derecho, casi un deber cuando de ahogar penas se trata. Su temor se veía acentuado por la actitud de su cabeza y de su cuello tenso bajo el mecapal tirante, con el tercio de leña a la espalda que la hacía encorvarse. Y en el giro de sus ojos, sus negros ojos opacos, esforzándose por mirar bajo las cejas fruncidas por la presión en la frente de la correa de henequén que sostenía la carga.

–Vamos “tat”, sigue tu camino. Ya está muy caliente el sol.

Frente al pecho de la muchacha colgaban el calabazo y el sabucán, oscilantes desde la nuca. Con la marcha se movían en péndulo, de lado a lado, de atrás adelante, oblicuamente y alcanzaban a rozar los pinchos morenos de los pezones, remate de los “chuchúes” marchitos adheridos a la parrilla del tórax, como dos pequeñas mojoneras prontas a señalar algún día que las fronteras de la infancia crónica quedarían atrás. Algún día, quizá sin mucha opulencia, si la desnutrición y la pelagra lo permitían. Senos que esbozaron a tiempo su turgencia, pero que volvieron sobre sí mismos para enjutarse en piel plegada de arrugas, en cuyo centro se acurrucaban los conos de los diminutos pezones, igual que “zapotitos” de dulce con apariencia de escrotos.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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